Texto aleatorio

Es la última fiesta, la última gran fiesta del verano, y el hombre que un día fue un niño, que se siente ahora el más joven entre los viejos, vuelve a llevar pantalón corto y es, de nuevo, el niño al que todo el mundo fingía no ver. Toda su vida ha recordado aquel momento en que tenía seis años y sus padres le gastaron una broma que apenas duró unos minutos, los más angustiosos de su vida, incluso más que cuando, hace ya cuatro años, le dijeron que «se apreciaba una mancha dudosa en la ecografía». No tendría más de seis años y sus padres, sus tíos, incluso su abuelo, reunidos a lo largo de la mesa, fingieron no verlo. Él hablaba y ellos no lo oían. Incluso su padre empezó: «Y el pequeño Gabriel ¿dónde está?, ¿alguien puede ir a buscarlo a su habitación?». «¡Gabriel! —llamó su madre—. Está lista la comida». Y la nana, que era la única que podía haberlo entendido, la cómplice de todos sus juegos, alegrías y pesadumbres, se quedó callada, en la puerta de la cocina, mientras Gabriel decía: «Estoy aquí. Estoy aquí. ¿Es que no me veis?».

Pero los adultos siguieron su cháchara. «¡Estoy aquí!» Por unos instantes, Gabriel dejó de existir. De hecho, creyó que nunca había existido. Pero entonces fue presa de un miedo cerval. ¿Y si era la gente la que no existía y solo existía él, mudo, pequeño, indefenso, atrapado en una realidad imaginada, anhelada?

Le contaron que arrancó a llorar y, angustiado, se fue corriendo hacia su habitación para encerrarse en el armario, hasta donde fue a buscarlo su madre. La memoria de Gabriel se funde a negro, pero su madre le contó cómo, llorando, repetía sin cesar: «Mis padres no existen. La gente no existe».

De la misma manera que hay piedras sobre las que se erigen civilizaciones enteras, la primera piedra, existen momentos fundacionales de una vida, así los llama Gabriel, «fundacionales», porque la vida se funda, se enraíza, se estanca y se detiene en momentos singulares. Y de aquella broma cruel y pesada, Gabriel recuerda el miedo, la desconfianza en esos adultos que, en su memoria, están siempre ebrios, de alcohol pero también de vida, conversando alrededor de mesas, libros y periódicos, balcones sobre el mar, y él solo, el niño solo, alejado de la mesa, de la vida. La gente no existe. O existe solo en momentos determinados, un haz de luz intermitente que la convierte en real, el niño que llora agazapado dentro de un armario. «Pero claro que existimos, claro que existes. Ahora solo estás asustado, Gabriel», le dijo su madre, impresionada también por el efecto devastador que tienen algunas de las cosas para las que no preparamos a los hijos.

El miedo y el dolor son también las formas que toma lo real. Afirman los médicos que cuando en los sueños aparecen estas dos emociones, el miedo y el dolor, el cerebro reacciona activando los mismos mecanismos que si estos fueran reales. Sin embargo, Gabriel ha experimentado en sus carnes la insondable diferencia que existe entre el sueño y la vigilia. Conoce bien el terror de estar frente al oncólogo que cruza los brazos sobre la bata blanca y se despoja lentamente de las gafas de ver como si estas le pesaran. Como si para dar ciertas noticias, para pronunciar unas palabras determinadas, tuviera que estar un poco más desnudo, más ligero. Fue el lunes 17 de agosto y Gabriel asintió y entonces, a la salida del hospital, llamó a su mujer, a Greta, y le dijo, entre sollozos, que se había curado. Al otro lado del teléfono, Greta tardó en reaccionar, dijo que le devolvía la llamada en un segundo y así lo hizo, salió del aula donde estaba dando un curso de verano y se apoyó en la pared del pasillo y no podía hablar, callaba, llorando ella también. Tanto que parecía que fuera a ahogarse. Le faltaba el aire, prueba de esa felicidad tan inesperada. El golpe de suerte. Ella, tan comedida, que no había manifestado apenas muestras de la fatalidad en la que vivían sumidos desde hacía cuatro años, sintió que se derrumbaba, que le fallaban las piernas. «Es el mejor regalo que la vida me ha hecho en sesenta años, Gabriel. Que estés curado». Gabriel la escuchaba desde el interior del coche, en el parking del hospital, y, cuando colgó, se reclinó hacia delante, dejó caer la cabeza sobre el volante y cerró los ojos. Desapareció. Se apagó la luz y estaba solo, agazapado en el armario del dolor.

Celebran ahora, dos semanas después, el 31 de agosto, que Gabriel ha vuelto a la vida. Gabriel está fuera, en el balcón, y observa desde ahí, a través del cristal, cómo van llegando ellos, sus hijos, sus amigos, esa familia que ha ido construyendo a lo largo de los años. Greta intuye que está allí, en el balcón, retirado, sabe que a veces Gabriel necesita alejarse un poco para tomar perspectiva, como si quisiera retener el tiempo. A lo largo de los años, ambos han entendido que el matrimonio es una cuestión de encontrar una distancia, la distancia adecuada. Gabriel la observa moverse con un vestido de gasa de color verde agua y un hombro al aire, la ve sonreír y que, cuando lo hace, echa la cabeza atrás y tintinean los pequeños aros dorados. Enmarcando a Gabriel, más allá del pinar, el mar de agosto cálido y templado, la quietud perfecta. Su hija Olivia le hace señas desde dentro. «¡Papá, venga, déjate de contemplaciones, que te estamos esperando!» Los invitados se giran entonces hacia el balcón, él sonríe, saca el teléfono de las bermudas, apoya el bastón en la puerta y les pide que posen, que están muy guapos.

Olivia sujeta a la bebé, su hija de nueve meses, «despídete del abuelo, va, que ahora te vas a dormir», pero la bebé hace rato que está dormida y Gabriel le acaricia el pie regordete, el tobillo con la picadura de mosquito. La besa en la coronilla y acompaña con la mirada a su hija hasta la habitación. El vestido de su hija deja al descubierto los flancos y no puede evitar comentarle algo.

—Hija, el cáncer no ha podido conmigo, pero no puedo decir lo mismo de ese tatuaje…

Todos ríen, Olivia incluida, que explica que en la inscripción se lee, en griego, «conócete a ti mismo».

Greta, sirviéndose una copa de champán, finge impaciencia.

—Llevan doce años discutiendo sobre la idoneidad del tatuaje —cuenta a los invitados.

—¿Idoneidad? Chabacano si acaso…

—¡Papá, bienvenido! Ya te echábamos de menos. ¡Chabacano, dice! Pero si es lo que nos contabas de niños sobre el oráculo de Delfos… ¡Tanta cátedra de Filosofía y luego hubieras preferido que me tatuara un ancla o un símbolo chino!

Greta levanta la copa. Propone un brindis.

—Por los tatuajes —empieza, y ríe—. Por los oráculos, por las buenas noticias. Por ti, Gabriel.

Los momentos fundacionales de la existencia son pocos pero indiscutibles. En el verano de 1975, frente al oráculo de Delfos, Gabriel decidió dejar la carrera de Arquitectura para matricularse en la Facultad de Filosofía. Aquella frase tan manida, la de «conócete a ti mismo», inscrita en la pronaos del templo de Apolo llegó a simbolizar, con los años, la vuelta a los inicios, a uno mismo. Aquel era el relato que él se había contado. Había ido a Grecia en un viaje organizado por la universidad, con otros estudiantes de su curso de Arquitectura, y, una vez allí, constató que no servía para la arquitectura. Ni siquiera le interesaba lo suficiente como a aquellos compañeros suyos con los que compartía tarde en el monte Parnaso.

Al año siguiente empezó a estudiar Filosofía y Letras, y ahí, en esa facultad, vio por primera vez a Greta. Delfos se convirtió, de alguna manera, en el símbolo fundacional para esta pareja de filósofos que, cuando se cuentan a sí mismos la historia de cómo se conocieron —porque igual que hay primeras piedras, existe un relato y el relato es la verdad—, dicen que fue Delfos el causante, porque le mostró otro camino a Gabriel y en ese camino la encontró a ella, a Greta. Gabriel sabe que sus hijos, Olivia y Yago, piensan en su matrimonio con Greta como en un bloque monolítico e indescifrable, un amor antiguo y fuerte que nunca han visto trastabillar. Sabe también que Olivia asocia el oráculo de Delfos a encontrar el camino, a las segundas oportunidades. Se hizo el tatuaje al cumplir los dieciocho, cuando lo dejó con su primer novio, y aquella fue la única vez que Gabriel se enfadó con ella: la filosofía, tan sagrada para él, banalizada de forma absurda en el costado izquierdo de su hija.

Gabriel tardaría tiempo en entender que la naturaleza de su enfado no era otra que la constatación de que su hija se había hecho irremediablemente adulta, mayor. Crecer es una forma de castigo, de separación de lo originario.

«Ni siquiera sabes por qué te has hecho eso», le espetó cuando se lo enseñó, y Gabriel temió que respondiera esas dos palabras: «Por ti», como hizo semanas más tarde cuando volvieron al tema. Porque para Gabriel nada hay más importante que las palabras y supo que Olivia solo trataba de acercarse más a él, al padre mítico e idolatrado que había sido para ella. Gabriel le pidió perdón y el tatuaje pasó a formar parte del relato, la versión actualizada de un mito ya gastado, con los cantos redondeados, palabras que se pasan de padres a hijos.

La llegada de su hijo, el ser más impuntual sobre la faz de la tierra, lo saca del momentáneo instante de nostalgia. Y Yago, que es también el ser más cariñoso del mundo, lo abraza, porque desde las últimas noticias aún no se han visto, y entonces, antes de que empiece a llegar la comida, Yago propone otro brindis. «Por papá. Por todo lo que vendrá».

Gabriel lleva dos semanas preparando la fiesta. No falta nadie y, ahora sí, las fuentes de comida empiezan a llenar los rincones del salón. Han apartado los muebles, el piano, el sofá. Hay velas aromáticas que desprenden un ligero olor a vainilla. La estancia es grande y la brisa del mar se cuela a través de los enormes ventanales. La música suena, al principio como un rumor que guía y acompaña las animadas conversaciones. Gabriel, en el centro, a pesar de que a él no le gusta estar en ese lugar, escucha y cuenta. Es un hombre admirado, aunque solo la enfermedad le ha demostrado hasta qué punto.

Lo peor de la enfermedad, le dijo a Greta, es que te conviertes en nada más que eso: en un enfermo. A lo largo de esos cuatro largos años, desde el diagnóstico y los consiguientes tratamientos, su vida se había convertido, para él y para los que lo rodeaban, en una incertidumbre. Gracias a algunas pocas clases que siguió dando en la universidad había conseguido mantener una mínima normalidad, pero sentía que la vida, la vida real, se había ido a otra parte. Era cierto que la enfermedad le había dado algunas treguas, como las vacaciones en que fueron a ver leones, pero eran unas vacaciones, él lo supo, orquestadas ante una posibilidad inquietante: quizás aquella sería la última ocasión en que podía verlos. Gabriel fingió no darse cuenta de qué significaba aquel empeño de Greta, que no conseguía dormir si veía un lagarto en el porche, en hacer un safari. Pero aceptó, viajaron hacia aquel delta interior y vio a leones nadando, también grandes llanuras anegadas de agua, y fingió felicidad. Tomó fotografías, condujo una canoa llamada mokoro por angostos canales desde los que avistaba, en las orillas, animales que acudían a saciar la sed. Sin embargo, solo fue feliz cuando, aún en la canoa, cayó una tormenta repentina y torrencial. Greta se asustó pensando, sin decirlo, que quizás aquello sería perjudicial para su salud. Pero él sintió que lo único real que le estaba pasando aquellos días, lo único no premeditado, era la tormenta, el agua que le calaba. Pensó, en aquel delta del sur de África, que se deja de existir en el preciso instante en que se finge la felicidad.

Hoy, sin embargo, no finge. Existe. Es todo lo feliz que no ha podido ser a lo largo de estos últimos años. Es la esperanza, el brillo en las miradas, las copas, la ausencia de compasión. No más leones en compensación del hipotético final.

De fondo, escucha la cháchara de los demás. Sus estudiantes y discípulos, que le hablan al fin de sus inquietudes, de las tesis que tienen atascadas, de los problemas del departamento. Hay nimiedades y las nimiedades le gustan. Silvia, que se queja del nuevo plan de estudios, de que le han quitado horas de clase. La hija desgarbada y querida de sus amigos a la que se le empañan los ojos cuando habla de una ruptura reciente y de la consiguiente mudanza. Greta, que se enfada momentáneamente con él porque ha olvidado sacar la botella del congelador y ahora está helada. Hacía años que Greta no se permitía un reproche. Nadie le habla ya como si fuera a morir en cualquier momento. Ha vuelto a nacer, es él, de nuevo.

Aún no me lo creo, Gabriel. Esto tenía que ser así. Todo tiene un final. Dios aprieta pero no ahoga. Y todo lo que nos queda. Las próximas vacaciones ya no tienes ninguna excusa para no venir. ¿Cuándo empezamos a correr otra vez? ¿Te lo podrás montar para ir al congreso de Roma, entonces? Puse tantas velas pensando en ti. El dolor siempre tiene sentido. Leí una entrevista donde un actor decía que el cáncer le ayudó a dar sentido a su vida. Estas cosas escucha, y sonríe aunque tiene ganas de gritar que eso no es cierto, que el dolor aparece en multitud de ocasiones sin sentido y que menudo desastre de vida debía de tener el actor para que un cáncer le tuviera que mostrar el camino.

Hay muchos brindis y también una tarta. Su nieta llora y Olivia va a por ella. Sale Yago de la habitación donde estaba dormida y empieza a disculparse ante su hermana. «Solo quería darle un beso a mi ahijada» y «pues parece que la has despertado, ¿no?, ¿te vas a encargar de volverla a dormir?» Greta y Gabriel se miran en la distancia y los dejan discutir, como siempre han hecho, como siempre harán. Mirarse en la distancia, eso es lo que una vez le contó un fotógrafo de bodas que era la clave de las parejas que salían adelante.

Solo hay un hombre que no sonríe, que también hoy ha sentido la necesidad de quitarse las gafas. Sus pequeños ojos azules, cálidos, lo desmenuzan todo desde la esquina. Es un hombre paciente, bueno. Gabriel lo observa hablar con Greta, con amigos suyos. En estos cuatro años se ha convertido en alguien imprescindible para él. Su oncólogo, su amigo, que se marcha el primero de la fiesta y, cuando se despiden, Gabriel, de nuevo, le da las gracias. «Por dejarme hacer esta fiesta».

Es un poco más entrada la noche cuando suben la música y todos salen al jardín. La última fiesta del verano, la primera de las muchas que darán por la recuperación de Gabriel, para la que ha venido gente desde todos los lugares. Han escogido la música ellos mismos, Gabriel y Greta, y los jóvenes se quejan de que son unos «carrozas», aunque salen los primeros a bailar.

Con la música cada vez más alta y la gente dispersa, bailando cada uno a su ritmo, los ojos cerrados, dejándose llevar, Gabriel vuelve al interior de la casa y sube a la planta de arriba, entra en su despacho y desde ahí sale al balcón que da al jardín, a la piscina alrededor de la que todos bailan. Está cansado de repente. Gotas de sudor le perlan las sienes. Apoyado en el bastón, los observa. Es feliz. Greta, Olivia y Yago, los tres agitan las manos como poseídos por la música. Su hijo ondea teatralmente las caderas y baja hasta casi el suelo y se cae. Olivia se ríe. Y el tatuaje, siempre el tatuaje. Nadie se percata de su presencia en el balcón. Siente que, a ojos de los demás, no existe, como en aquellos minutos de terror que le han durado toda la vida. La gente quizás no existe. Nadie existió jamás. O quizás sí. Es ahora cuando existe por fin, cuando no tiene futuro.

El médico le dijo «no más de un mes, a lo sumo dos», entonces se quitó las gafas de ver y él le dio las gracias. Después, desde el coche, antes de telefonear a Greta, lo llamó para pedirle ese favor: una última noche.

Ha vivido toda la vida con miedo, un miedo profundo a no existir. Sabe ahora, cuando le quedan semanas, días quizás, que existe. El reflejo de la piscina le devuelve la imagen de la luna, las luces, el pinar. Ve a Greta, el pelo ya suelto, y siente una punzada de vértigo. No le dijo ni le susurró eso de que «pronto moriré», porque él lo que desea es vivir para siempre y regalar a los que más quiere lo único y lo más precioso que le queda: unos instantes de asombrosa felicidad.


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