Texto aleatorio

Desde hace tiempo,

me acostumbré a estar muerta.

WILHELM JENSEN,
 Gradiva

Durante años lloré en las bodas. Había dos momentos concretos en los que tenía que hacer esfuerzos para evitar el llanto. En primer lugar, cuando la novia entraba en la iglesia. Era quizás el color blanco, la tela aún impoluta de la cola del vestido deslizándose por el suelo, volviéndose gris, sucia, el padre que llevaba a su hija del brazo a entregársela a ese otro hombre que, amoroso, la esperaba. Los hombres entregan a las mujeres, pasan de unas manos a otras como si solas se cayeran, como si ellos fueran las ramas que las sostienen.

Cuando las veía entrar, a las novias de blanco, con sus tacones, sus velos, y avanzar por los estrechos y floreados pasillos de la iglesia, a mí, que no tenía padre pero sí había tenido muchos novios, se me enrojecían los ojos.

«Yo te recibo a ti como esposo y me entrego a ti y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida».

Lo repetían por turnos, como si con una vez no bastara, con la mirada al frente, hacia el futuro, infinitos días numerados, pero los que estábamos sentados en los bancos sabíamos que habría divorcios, que los anillos de pedida terminarían vendidos en una web de segunda mano o fundidos en medallones de comunión, que los niños quedaban bonitos en las fotografías pero que luego eran demasiados pañales y sacrificio, que la suegra y el suegro, que el amor, ay, el amor a veces se quedaba tan solo, tan raquítico, que terminaba por desaparecer hasta de las fotografías.

En la iglesia, el cura solía hablar de inicios, de la nueva vida que se extendía ante aquella promesa. Nunca escuché a nadie que dijera la verdad.

Ya fuera de la iglesia, había otro momento en que tenía que hacer esfuerzos para no llorar: el discurso. Solían ser los novios los que, en medio de la cena, o al terminar, antes de dar comienzo el baile, cogían un micrófono y sacaban del chaqué un tímido papelito doblado. Se levantaban y, mirándolas a ellas, empezaban.

Nunca logré terminar de escuchar ninguno de esos discursos. La última vez fue en una boda en París. El novio, llorando, emocionado, miró a su ya mujer con los ojos rojos también y le dijo: «Tu es la femme de ma vie». Salí corriendo, sorteando a la gente, pisando solo con la parte delantera del pie para que el tacón no se hundiera en el césped, sintiendo que de repente volvía el frío, aunque fuera agosto, que regresaban la rigidez y el entumecimiento en los dedos pequeños de los pies, aferrados con fuerza a las suelas de las sandalias.

Me encerré en el baño y, sentada sobre la tapa del váter, lloré. No eran lágrimas de emoción sino de incredulidad, de rabia. Era esa tristeza que me estrechaba, que me oprimía. Como un hueso de ciruela que se hubiera quedado atascado en la garganta, dejando el suficiente espacio para respirar pero asfixiándome lentamente.

Podía sentir aún ese dolor antiguo, adormecido, que se cernía sobre aquellos dedos pequeños, liberados ya de las tiras de las sandalias, que descansaban en el suelo frío del baño. La piel antigua, la memoria de la piel, tiritaba debajo de la nueva. Podía sentirlo. Entonces, como en un fogonazo, regresó la imagen de un hombre vestido con una bata blanca que me preguntaba, como había sucedido quince años atrás, por qué. Por qué había estado dos horas caminando sola a través de la nieve y del hielo de febrero si llevaba puestas unas míseras bailarinas y unas medias de rejilla finas.

—Podrías haber perdido los dedos de los pies.

Asentí y musité cualquier cosa, quizás un «lo siento», aunque no le dije la verdad. No le dije que lo había hecho porque me lo merecía. Estoy segura de que el médico no lo hubiera entendido.

Aquellos episodios, las lágrimas y el recuerdo de la piel fría y muerta, esa gangrena atemporal que se cernía sobre los dedos de los pies, me sobrevenían únicamente en las bodas. Fue cuando escuché aquello, «tu es la femme de ma vie», cuando entendí que era entonces, durante la ceremonia, cuando observaba desintegrarse una y otra vez aquel globo lleno de deseo mantenido durante largos años. El deseo que era a la vez miedo, un temor hondo y oscuro, casi violento, que me angustiaba cuando proyectaba en aquellos discursos felices las grietas de mi propia decepción, esa pregunta, un ruego, si acaso, el «cómo has llegado hasta aquí», y no me refería solamente al lugar de la celebración. Me refería al momento exacto en el que sabes que estás muy cerca de alcanzar el punto de no retorno.

Por eso, la de París fue la última boda a la que asistí.

La gangrena es la muerte de tejidos orgánicos que se produce por la falta de riego sanguíneo o por la infección de una herida. Hay muchos tipos de gangrena, y antes de saber lo que era, antes de que me ocurriera a mí, bromeaba a menudo. «Qué frío, casi se me ha gangrenado la nariz».

La gangrena real, sin embargo, poco tiene que ver con esas frases trilladas que usamos cuando se nos enrojecen las orejas o los nudillos bajo los guantes de goretex. La gangrena se parece a una muerte, a una amputación. Una carcoma que, lenta pero firme, avanza de manera imperceptible.

A los dieciocho años me fui a estudiar a una ciudad fría. En aquellos días, se había puesto de moda una canción de Fito y los Fitipaldis que decía: «escogiste a la más guapa y a la menos buena», y el chico que era mi novio entonces solía decir que la segunda parte de la frase le recordaba mucho a mí. Me quería, creo, pero lo hacía de una manera intermitente y supongo que por eso me dejó varias veces a lo largo de los tres años que salimos juntos. A menudo me transmitía una sensación desasosegante, la de que yo no era lo suficientemente buena para él, y no es que me lo hubiera dicho así, con esas mismas palabras, sino que, cuando se enfadaba, algo que ocurría con bastante frecuencia, me echaba en cara que no podía estar conmigo porque que me faltaban cosas. Nunca supo aclararme de qué se trataba, qué eran todas aquellas cosas que me convertían en alguien incompleto y por debajo de los estándares, alguien a punto de suspender un examen del que no existía temario, pero estaba claro que yo poseía una tara que solo él podía detectar. Y por eso, porque él no se podía comprometer con alguien así, alguien a medias, acuñó aquella expresión, la de «estar a prueba», como si tuviera una garantía invisible para devolverme en cualquier momento.

Yo estudiaba primero de Periodismo y gané una beca gracias a mi expediente académico, lleno de matrículas de honor y comentarios que auguraban un futuro de éxito y la alfombra roja en cuanto terminara la carrera. A pesar de eso, nadie me había explicado jamás cuáles eran las pruebas que avalaban que una era buena, que era digna de ser amada, que no le faltaban cosas, así que yo me esforzaba en saber, en comprender, en dilucidar cuál era mi fallo.

Fue el primer chico al que besé entre copas de Malibú piña y vodka con lima, sabores dulzones que disfrazaban la amargura del alcohol. Al principio de estar juntos me hablaba a menudo de las estrellas, señalaba al firmamento e inventaba teorías sobre aquellos puntos parpadeantes.

Pero cuando el frío y el invierno empezaron a hacer imposible aquello de salir a contemplar estrellas, nos aficionamos a ver una serie de televisión cuya protagonista se llamaba Amanda. La daban los martes y los jueves por la noche y yo me escapaba del colegio mayor en el que vivía, a las afueras de la ciudad, para verla con él.

Amanda era rubia y de ojos verdes, coqueta, delgada pero bien proporcionada, como decía el chico, y salía con un hombre llamado Jeff que trabajaba en una inmobiliaria y tenía, además de a Amanda, a otra mujer, la oficial, de la que no recuerdo su nombre, pero sí que se peleaban porque Jeff siempre estaba cansado cuando llegaba a casa.

A mi novio le gustaba Amanda porque decía que había pocas mujeres como ella, aunque yo no entendía si con eso se refería a que no tuviera taras, carencias, o a algo más profundo: a que las mujeres como Amanda no existían.

Fue gracias a los libros que llenaban las estanterías del cuarto de planchar de casa de mis padres como supe lo que era el sexo. Se trataba de novelas románticas, y en ellas una mujer era deseada por varios hombres y la entrega de su virginidad, entendida la virginidad como si fuera un regalo que las mujeres hacemos a los hombres, era el objetivo principal que guiaba la historia. Ellas, heroínas rubias y hermosas, encandilaban a esos hombres en apariencia duros pero traumatizados por una madre castradora o una infancia exenta de cariño. Sin embargo, había algo oscuro y maquiavélico tras esas historias aparentemente bobaliconas: la presunción de que ellas, las mujeres encantadoras, iban a revertir el comportamiento errático de aquellos hombres inmaduros pero irresistiblemente seductores. O peor: la presunción de que ellas podían salvarlos, redimirlos del mal que habían causado para que su amor los transformara.

Fuera de los libros, en la vida, descubrí el sexo encerrada en un coche que detuvimos en un mirador apartado de la ciudad fría. No había estrellas fuera, ni luna. Estaba oscuro y el chico me obligó a desnudarlo. Me miró fijamente:

—¿Alguna vez has chupado una?

Le respondí que no y entonces me agarró la cabeza a la fuerza hasta aplastármela contra su entrepierna.

—Hazlo, va —rio.

Lo hice. A pesar del asco y de la tristeza. Se me dislocó la mandíbula y cuando acabó, cuando vi aquello, el líquido blanco, denso y pegajoso que yo no había visto nunca en la realidad, ni siquiera en la tele, tuve arcadas, abrí la puerta, salí y vomité. Él reía. Y sé, porque eso lo recuerdo, que lloré, hasta que su risa se fue desvaneciendo y puso música. Entonces me obligó a subirme de nuevo al coche diciéndome que ya era hora de que empezara a espabilarme, y yo movía la mandíbula de un lado al otro tratando de encajarla, pero no encontraba la manera.

Meses más tarde perdí la virginidad.

Él había inventado aquel concepto, estar a prueba, y cualquier cosa que contraviniera sus deseos señalaba esa garantía de devolución invisible. No hacerlo era una constatación más de mi carencia, de mis taras. Cuando terminamos, perpleja, asustada, viendo aquellas manchas de sangre sobre la sábana, él me dio las gracias. Al poco rato se marchó.

Aquella relación duró tres años. Años de mirarme al espejo buscando el fallo, el error, buscando a Amanda tras mi apariencia de niña asustada. Buscando justificaciones, explicaciones. A veces, recuerdo que encendía el televisor y, en la sección de sucesos del telediario, escuchaba que un hombre había matado a su mujer a golpes, a navajazos, y yo me escandalizaba. Eso solo ocurría en los polígonos de mala muerte, me decía. Eran mujeres analfabetas, mujeres con miedo. Pero a mí no podía ocurrirme.

Tardé muchos años en comprender que existe una infinidad de tipologías de abusos y que algunos de ellos ocurren en silencio y con el consentimiento adormecido de una de las partes. El consentimiento se llama estar a prueba. Se llama ceder. Se llama miedo a perder. Coacción. Se llama no pensaba que me estuviera ocurriendo a mí.

Este tipo de abuso deja otras marcas menos visibles y por ello es más difícil de detectar. En los programas de televisión no se habla de ellos ni de esa otra muerte, de la que vive dentro. Una muerte que no imposibilita vivir, respirar, sonreír o salir a hacer la compra. Una muerte que afecta los tejidos, las articulaciones, que favorece el entumecimiento lento pero definitivo del corazón.

A mí no, eso no podía ocurrirme: yo era una universitaria que sacaba matrículas de honor y sonreía, alegre siempre, una costumbre que nunca dejaría de arrastrar por consultorios, terapias, entrevistas de trabajo.

Yo sonrío siempre. En las fotos, cuando me presentan a alguien, cuando no sé qué decir. Cuando me equivoco, cuando me pierdo y no hablo el idioma de los demás. Cuando cada día paso por la portería de mi casa y digo: «Muy bien, gracias. Que tenga un buen día».

Hay gente que llora, gente que se vuelve egoísta. Gente que cae en depresiones.

Yo solo sonrío. Lo hago todo el tiempo. Así me defiendo.

Nunca se lo conté a nadie, solo a aquella mujer con la que compartí asiento en un autobús, cinco horas de trayecto hacia Madrid. Hablamos de todo con la confianza que da el anonimato de ser unas completas extrañas que se encuentran por casualidad. Me dijo que era psicóloga y cuando paramos en Lerma, en aquella área de servicio desvalida, en medio de la nada, se lo conté. Solo me preguntó por qué lo había permitido y no supe qué responderle. Ahora le respondería que lo hice porque no sabía que podía no permitirlo. Esa misma mujer, cuando terminé de contarle cómo era él, afirmó que eso era lo de menos.

—Ese hombre abusó de ti durante tres años —sentenció.

Pero yo nunca le había puesto ese nombre.

Cuando llegamos a la estación de Avenida de América me dio su tarjeta de visita y me pidió que por favor la llamara. Que quería hablar conmigo. Le prometí que lo haría y estuve a punto de hacerlo. Pero no pude. No supe dar con las palabras para seguir contándolo.

Los años de prueba terminaron un día de febrero en aquella ciudad del norte. Nevaba y estaba oscuro ya cuando, dentro de su coche, derramé sin querer un poco de Fanta de naranja sobre el asiento. Me gritó porque la tapicería estaba limpia. Porque dijo que no tenía cuidado. Porque era sucia y desconsiderada. Me hizo bajar e ir andando hasta el colegio mayor.

Recuerdo la tormenta de nieve y que yo llevaba unas bailarinas negras y unas medias de rejilla finas. Que me detuve en una marquesina, pero el autobús no llegaba. Que pensé entonces que aquello era una penitencia por algo que yo no llegaba a comprender.

El autobús nunca apareció y al rato empecé a andar por los caminos helados, hacia el pueblito en el que estaba el colegio mayor. A duras penas llegué y, al hacerlo, me di cuenta de que no podía mover los dedos de los pies, que estaban hinchados, muertos. Me habían estado doliendo mucho pero, de repente, pensé aliviada que el dolor empezaba a remitir. Fue poco después de esto, de pensar que todo estaba bien, cuando llegó la ambulancia y me desmayé.

Más tarde ya solo recuerdo al médico en ese pequeño cubículo de urgencias, la luz cenital que caía sobre mis pies vendados. El médico me miraba asustado, como si no pudiera dar crédito.

—¿Por qué no cogiste un taxi?, ¿por qué no te quedaste en una cafetería esperando a que alguien te recogiera?

Pero no sabía qué responder a esas preguntas. Sabía, sin embargo, que merecía el frío y la soledad, y que tampoco podía ser tan grave, puesto que había dejado de doler. Ignoraba que el entumecimiento significa que ya no hay nada que hacer: el tejido está muerto. Y los muertos nunca regresan a la vida.

De niños, mi hermano y yo nos resguardábamos del calor del verano en una piscina hinchable que mis abuelos colocaban en el jardín. De esas piscinas aprendí que el agua podía escaparse por agujeros diminutos y casi imperceptibles. A veces no lográbamos descubrir dónde estaba el agujero, pero eso daba igual: terminábamos comprando una piscina nueva.

Lo que me ocurrió, ahora lo entiendo, es algo parecido a eso.

En las bodas siempre lo veo a él y yo corro y me escondo en el baño porque sé que existen esos agujeros invisibles por los que se escurre la vida. En las bodas, en el pasillo de las iglesias, en los discursos rebosantes de felicidad, regresan también mis dedos de los pies de color azul. Y aquel médico joven que lleva, bajo la bata blanca, la camisa impoluta abrochada hasta el último botón, me pregunta que cómo se me ha ocurrido ir andando hasta casa con la que está cayendo. Lo hace como si yo no pudiera entenderle, como si mis oídos no procesaran el mensaje porque estoy sorda, lejos o muerta.

—Esto que te ha ocurrido es muy serio —escucho a lo lejos. Y yo asiento y, pese a todo, sonrío porque no me duele, no me duele ya. Sonrío siempre. Porque él no sabe que estoy a prueba e intuyo que no se lo puedo contar. Porque cuando deja de doler es que estás muerta.


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