Yo también tuve un tío en América. Y espero tenerlo todavía, regando rosanovas en el Panteón Gallego con su cubo de zinc.
Mi tío se llamaba Amaro y se había muerto por lo menos ocho veces antes de morirse. Era un especialista en morirse y siempre lo hacía con mucha dignidad. Volvía de la muerte perfumado con jabones La Toja, peinado como el acordeonista de la Orquesta Mallo, con un traje nuevo Príncipe de Gales y con una historia sorprendente. En una ocasión hizo una descripción muy detallada del menú del Banquete Celestial, en el que, según él, abundaba el lacón con grelos.
¿Y había cachola?, preguntó mi padre con retranca.
¡Hombre claro! Una cabeza de cerdo en cada mesa, con dos ramitas de perejil en los agujeros del hocico y un collar de margaritas.
¿Qué tal tiempo hacía?
Soleado, pero algo frío. En el purgatorio, no. En el purgatorio soplaba un nordés horripilante. Aquello es un brezal desarbolado.
Esa capacidad de morir sin morirse del todo se la atribuía a una extraña naturaleza de niño vaquero de sangre azul, extremo este que Amaro demostraba en las fiestas rompiéndose la nariz, igual que cristal de escarcha, con sólo hacer pinza con dos dedos. Entonces resbalaban dos azulísimos hilos que sorbía como anís de menta.
Me parece, no obstante, que había aprendido a morirse en el inmenso cementerio de La Habana.
Aún se movía el océano bajo mis pies cuando alguien me puso una escoba y un cubo de zinc en las manos. Así contaba él aquel su primer viaje, desde la aldea de Néboa al Caribe. Era tan joven que no conocía la navaja barbera. Seguí los pasos de Mingos O’Pego, el paisano al que me habían encomendado mis padres, y con escoba de palmitos y aquel cubo luminoso entré en la intendencia del Cristóbal Colón, el cementerio más principal de América. Y no salí durante un mes, lo creas o no. O’Pego era un devoto del ron. Tenía toda una bodega oculta en uno de los nichos del Panteón Gallego. Mira este difunto, me dijo, ¡je, je! Y me avisó bien avisado: ¡Tú ni tocarlo, eh chaval! Corría de su cuenta buscarme una habitación en la parroquia de los vivos, pero mientras, trabajaba allí todo el día y allí dormía, en una cabañucha del camposanto, entre coronas de flores y cruces de mármol. Allí aprendí a oír voces y músicas que los demás no escuchaban.
Me acurrucaba en el regazo de Amaro, y mi miedo parecía animarlo.
¡Qué noches en el camposanto de La Habana! ¡Indios, negros, gallegos! ¡Tambores y gaitas!
¡Todos bailando en la noche cálida, mientras O’Pego roncaba sobre almohada de rosanovas y coronas de claveles! Teníamos un gato que por la noche se hacía muy grande, ocelote o jaguar, y devoraba ratas grandes como liebres, ¡je, je! ¡La Habana, Habanita mía, qué bonito es todo en La Habana! ¡Hasta era bonito ser enterrador en La Habana!
Mis padres regentaban una taberna en la calle coruñesa del Orzan, una calle tan marinera que el océano subía a veces por el ojo del retrete. Y la clientela era fija, tan fija que tenía las tazas de vino numeradas. La de Amaro era la 36. Al contrario de lo habitual, mí tío bebía a pequeños sorbos, delicadamente, acercando con solemnidad la porcelana blanca. Luego miraba con ojos húmedos el poso del vino ribeiro, como quien mira un dramático bordado. ¡El mundo! ¡Si supieras qué pequeño es el mundo, criatura!
¡A ver, pasmarote, dime! ¿Qué es más vieja, la Torre de Hércules o la Catedral de Santiago?, preguntaba en la barra la taza número 7.
¡A mí, todo, tooodo, me importa un carajo!, proclamaba la taza 9.
Están as nubes chorando
por un amor que morreu.
Están as rúas molladas
de tanto como choveu1.
Quien cantaba era un marinero que no tenía taza numerada y había llegado arrastrando una tormenta que dejó en el quicio de la puerta, aullando como un perro abandonado.
¡Cierra el pico, animal!, dijo la taza número 3, que era uno de esos solitarios mimetizados con la mesa de pino viejo, y con telas de araña colgándole de los ojos.
¿Eso va por mí?, preguntó desafiante el marinero, sacando pecho de lobo.
Oiga, caballero, medió oportunamente mi tío Amaro, ¿conoce usted La Habana?
¿La Habana? ¡De punta a cabo!, gritó desde la barra. Después sé acercó, picado por la curiosidad. ¡La Habana, cielo santo, qué hermosa es La Habana! ¡Me salta el corazón sólo con mencionarla!
Y a mí me duele, dijo mi tío Amaro en un suspiro. ¿Y el cementerio Cristóbal Colón? ¿Conoce el inmenso camposanto de La Habana?
Pues no. ¡Llevaba otra ruta!
Lástima. Allí fui yo oficial jardinero mayor, explicaba con sentido orgullo mi señor tío.
Los crisantemos son buenos para los muertos, dijo la taza 5.
¡Prefiero las dalias!, proclamó la siguiente.
¡Borrachos!, gritó un solitario que no se tenía en pie, después de un largo trago.
¿Hace mucho que se vino?, se interesaba el marinero.
Fue cuando Aquello. Yo era pobre, pero tenía un diente de oro, y alguien llegó gritando que la Revolución me quitaría mi diente de oro. Aún lo conservo. Y abrió la boca para enseñarle la prótesis dorada al marinero, quien inclinó la cabeza con mucho interés. Cuando me di cuenta, había perdido La Habana, dijo mi tío después de lustrar el diente con la gamuza de la lengua.
En esos casos, comentó el marinero con voz sentenciosa, uno siempre va detrás de los otros y a veces mete la pata.
¿A cuánto sale ahora calzarse un diente de oro?, preguntó la taza número 12.
¡No llega la paga de Navidad!, dijo la 7.
¿Y cómo quedaba La Habana?, preguntó mi tío con tono herido.
Despintada… y bonita.
Así la dejé yo. Y después alegraba la voz. ¡Deshojemos la rosa del ribeiro en su memoria!
Maldita la gracia que le hacían a papá aquellas rondas impagadas. Amaro no tenía un duro y siempre acababa muriéndose después de brindar por La Habana. Y así fue. Hartos de su trajín de un mundo a otro, esta vez mis padres no le prepararon velorio, ni hubo perfume, ni peinado, ni traje.
Quédate ahí, ordenó mi padre, y avísanos cuando vuelva.
Me quedé dormido a su lado, pero al despertar estaba frío y con aspecto de no volver nunca de ese viaje. Tenía una sonrisa dolorida y, en la boca entreabierta, se echaba en falta su diente de oro. Por ahora no regresó de la travesía. Meter, lo metieron en un nicho en la aldea de Néboa, pero yo lo imagino en alguna aduana, intentando pagar el billete con su diente en la palma de la mano como precioso grano de maíz, y haciendo gestiones para volver al inmenso camposanto de La Habana.
- Están las nubes llorando / por un amor que se ha muerto. / Están las calles mojadas / de tanto como ha llovido. ↩︎

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