A las tortugas Ninja,
que enseñaron a mis hijos a decir:
«¡De puta madre!».
—Ven, Mary, este es nuestro patrocinador —dijo Thanks Danke con una sonrisa de oreja a oreja—. El señor Mille Tausend.
Era más artificial que la sonrisa de un sobrecargo de avión. Lo único natural era el color blanco chimpancé de la palma de las manos.
—Hola, querida. Encantadora, Danke, tal como la imaginé.
Yo había tenido una mañana fatal. Se quemaron las tostadas y peleé con Hahn Cock. Lo dejé para siempre. Sólo me llevé las llaves del coche.
—Danke me dijo que ustedes querían financiar una serie.
—Exactamente, querida.
—¿Le gustan los dibujos animados, señor Tausend? —pregunté por preguntar.
—Son mi pasión, querida —dijo él con sarcasmo.
—Si no me engaño, el protagonista tendrá que pasar el día comiendo salchichas.
—Algo así. ¿A que es una buena idea?
—Salchichas de cerdo.
—Todas las salchichas del mundo, querida, siempre que sean de cerdo. Del resto —dijo levantando los dos pulgares—, ¡total libertad!
—Pagarán muy bien, Mary —terció Thanks.
—Seguro.
Pues así fue como nació Fat Fatty, el personaje más repugnante que conseguí imaginar. El interés de Mille Tausend por los dibujos animados no tenía nada de casual. Había aparecido en el mercado, con gran acogida, la nueva salchicha vegetal. El impacto de este producto no había sido ajeno al lanzamiento previo de la serie infantil protagonizada por Green Grun, quien se había convertido en un gran héroe en pocas semanas. Se podían ver carteles de Green Grun, pegatinas de Green Grun, insignias de Green Grun, muñecos de Green Grun, videojuegos de Green Grun y, por supuesto, las salchichas Green Grun. El patrocinador de la serie era Denaro Money, el tradicional enemigo de Mille Tausend. Aunque las empresas de televisión mantenían ese dato en secreto. Lo sé porque el guionista era Hanh Cock, mi examante. Tausend y Money competían en todo, pero especialmente en salchichas, cuadros y mujeres por este orden. Un día se insultaron en una subasta de arte en Sotheby’s y tuvieron que separarlos los respectivos matones. Tausend iba acompañado por la exmujer de Money, una exmodelo indonesia, y Money llevaba del brazo a la exmujer de Tausend, una exmodelo jamaicana.
Gracias a Fat Fatty, un héroe asesino sin escrúpulos que fascinaba a los niños y que comía salchichas por docenas después de mear encima de los cadáveres y pintar en las paredes: «Muerte a los repollos», pude por fin comprar un ático con techo de cristal en un edificio inteligente construido en la Gran Manzana.
Una noche, jugando al ajedrez con mi ordenador, estalló una terrible tormenta. Nunca hasta entonces había experimentado lo que era el pánico. Salí al pasillo y cuando pulsé el mando del ascensor, escuché una voz impersonal, de azafata de aeropuerto.
—Lo siento mucho, señora, pero tengo problemas para funcionar.
También era un ascensor inteligente. La escalera de socorro, por su parte, me recomendó que no la utilizase. Su voz era más ronca que la del ascensor.
—Estimados inquilinos, en caso de tormenta eléctrica permanezcan en su vivienda —dijo otra voz, con ese inequívoco tono clínico de los que aterrorizan cuando pretenden tranquilizar.
Ya de vuelta en mi ático, constaté que, por fin, alguien había tomado una decisión inteligente. Se había cerrado la gigantesca bóveda del techo, liberándome del celeste fragor bélico. Pero ahora, en la cubierta metálica, el granizo repicaba con ira de ametralladora. Era superior a mis fuerzas. Allí estaba yo, indefensa ante el ataque inclemente del terrorista internacional por excelencia, eso que llaman Gaia, la pérfida Naturaleza, la maldita Madre Tierra, y justo en el corazón de la ciudad más urbana del mundo civilizado. Recordé, con una mezcla de rencor y morriña, a Hahn Cock. Era un tipo curtido. Llegó a salir en un anuncio de tabaco y había escrito una Guía patriótica para la infancia antes de dedicarse a los dibujos animados. Lo llamé, claro.
—Tranquila, querida. En diez minutos estoy ahí.
—Es un edificio inteligente. No sé si te dejará entrar.
—No te preocupes. Sé cómo tratar con esos cacharros.
Imaginé, por un instante, que Hahn llegaría volando, a caballo de un relámpago, y que caería ahí de frente, con una sonrisa de acero inoxidable. Me alegró una barbaridad escuchar el timbre muy poco después. Era Hahn, mi Hahn Cock. No pude evitar arrojarme en sus brazos. Pero él, después de manosearme con rudeza y de darme un beso animal, me tiró en el sofá violentamente.
—Puta. Quieres acabar conmigo.
—Pero ¿qué dices, Hahn?
—Ya sabes a qué me refiero.
Nunca lo había visto así. Tenía los ojos llenos de odio. Mi instinto me decía que no bromeaba. Parecía que había perdido totalmente el control.
—Te voy a matar, Mary.
—Cock, querido. Tú eres mi único amor.
—Ahora no se trata de eso, rata cachonda.
Me pareció un cumplido simpático, pero no era precisamente el momento de reír.
—Ya sabes a qué me refiero. Vas a tragarte todo esto tú sólito. Una a una.
¡Cielo santo! Era un paquete superfamiliar de las salchichas de Fat Fatty.
—¿Sabes? Dicen que soy un fracasado y van a retirar la serie de Green Grun por culpa de tu grasiento y repugnante asesino meón mata-berzas.
—Escucha, Cock.
—Nunca pensé que te ibas a vengar de esta forma, puto perversa.
—Escucha, Cock. ¡Odio a Fat Fatty!
—¿Qué?
—Sí, lo que oyes. Odio a ese cerdo seboso y lo mataré si tú me lo pides. No habrá más historias de Fat Fatty.
—¿Estás segura de lo que dices?
—Te lo juro, Cock.
Se fue tranquilizando. Luego nos besamos en el sofá y acabamos rodando por el suelo. Acabado el combate, nos sentamos relajados. Reparé en que ya no se escuchaban las balas en el techo y descorrí la bóveda.
—¡Ah, Mary, qué hermoso! —exclamó él con voz de John Wayne en la pradera y en noche estrellada.
—Gracias a Fat —dije de forma que no le resultase molesto.
Rio.
—Eres genial como guionista, Mary. Si te dejo, acabas conmigo.
Le dije que iba a preparar algo de cena para mi amor. Entré en la cocina y fui derecha a la nevera. Tenía un buen cargamento de salchichas Green Grun. Y también, en la despensa, unas cápsulas de veneno de efecto fulminante.

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