Texto aleatorio

La luz del sol le arañó en los ojos. Entraba por las persianas, afilada como hojas de guadaña. Miró con gesto dolorido e incrédulo el despertador. Los puñales del reloj se batían en duelo. Ana se había ido sin despedirse, dejando en el lecho un vacío lleno de reproche.

Notó en la piel el sudor aceitoso y azucarado de la borrachera. Era tan tarde que sintió una vergüenza antigua, de campesino holgazán. Se metió debajo de la ducha y abrió al máximo el agua fría. Ojalá arrastrase todo, aquel limo de música nostálgica que le había dejado la noche. Una fiesta de viejos compañeros. Como babosas, todos masticando las hojas de la fucsia del edén perdido.

Ana había dejado encima de la mesa de la cocina una nota con la dirección y los datos precisos. Un chalet en Mera. Cumpleaños. El niño se llama Óscar. Tiene nueve años. Gente de pelas. Tres horas, a cinco mil pesetas la hora, quince mil pesetas. Sumar dos mil de desplazamiento. Total: diecisiete mil pesetas.

Buscó en vano en el papel un signo de cariño. Ni siquiera estaba firmado. Otro reproche.

Cogió unas zanahorias en la nevera y se puso a roerlas con ansia. Crear el conejo nuevo.

Cuando tenía resaca, le ajustaba las cuentas al tonto soñador que llevaba dentro. Ese tonto que, no obstante, se salía siempre con la suya. Fue él quien se puso seis aros en la oreja y tatuajes en el dorso de las manos. Fue él quien compró la Yamaha en vez de un coche, como quería Ana. Y era él quien lo seguía enredando como zarzal en todo lío cuanto se cruzaba en su camino.

Ese tonto soñador tenía en Ana a su peor enemigo. Lo miraba de frente y le decía: ¡Por Dios! ¿Cuándo dejarás de ser un crío?

Tenía el tiempo justo. Se vistió de payaso y con la moto se dirigió hacia Mera por la carretera de la costa. Era curioso. Siempre se repetía la misma historia. Los adultos que conducían lo miraban con severidad, como si se sintiesen objeto de burla. El resto, no. Los viejos y los niños que iban en los asientos traseros de los coches o en los autobuses lo saludaban, reían o hacían el simulacro de disparar con las manos.

En el portal del chalet había uno de esos porteros electrónicos con visor. Apretó el botón, miró fijamente el ojo oscuro de la cámara. Aún así preguntaron quién era y él respondió muy serio.

—Soy yo. El payaso.

Sabía lo que iba a pasar. En pocos segundos se oirían los chillidos de los chavales. Como crías de gaviota. Allí estaba mamá gaviota, observándolo de arriba abajo. Una de esas rubias con dotes de mando.

—Este es Óscar. ¡Óscar, saluda al payaso!

¡Hala, venga, a jugar! Portaos bien con él, ¿eh?

Pico, el payaso, se echó a correr a la pata coja.

Todo el mundo en esta fiesta

se tendrá que divertir.

Todo aquello que yo haga

lo tenéis que repetir.

—¡A saltar! —gritó Pico.

Y todos saltaron.

—¡A volar!

Óscar y un compañero con rizos de ángel rubio permanecieron con los brazos caídos, se dijeron algo al oído y lo miraron con gesto burlón.

—Óscar, por favor, ven aquí —dijo Pico.

El chaval le obedeció perezosamente, con cara de fastidio.

—Mira, Óscar, me duele muchísimo esta muela —dijo Pico abriendo la boca y señalando—. ¿Me la quieres sacar?

Todos los niños y niñas se acercaron a ellos y miraban expectantes.

—Es un poco más grande que las otras. ¿La ves?

—Sí, sí —dijo el niño algo nervioso—. Pero ¿cómo quieres que lo haga?

—¡Con esto! —dijo Pico, mostrando de improviso unas tenazas que sacó del fondo del bolsillo.

—¿Con esto?

—¡Venga, venga, sin miedo!

El chaval titubeó antes de meterle la herramienta en la boca.

—¿Quieres que lo haga otro? —preguntó Pico.

Contrariado, el chaval apretó las tenazas y tiró de la muela con tanta fuerza que cayó hacia atrás. Era una muela de mentira. Todos se echaron a reír. El payaso se llevó la mano a la mejilla con mucha chanza.

—¡Qué estupidez! —dijo Óscar al levantarse.

Para el juego siguiente, el payaso les mandó ponerse en corro. Había que aprender una canción y bailar.

Conga, conga,

que rica es la milonga.

Queremos ver a Pico

bailar conga.

Una mano en la cabeza,

la otra en la cintura,

moviendo la colita

como una señorita.

Repitió el número tres veces. Bailaba con gracia y los chavales, sobre todo las niñas, aplaudieron.

—Bien. Ahora le toca a Óscar.

—No, no quiero —dijo el niño del cumpleaños.

—¡Óscar, Óscar! —gritaban todos.

—¡Venga, hombre, anímate! —dijo el payaso con un tono ya un poco serio—. ¿Por qué no quieres?

—¡Es un juego de mariquitas! —rio el ángel rubio.

—¡Sí, es de mariquitas! —dijo Óscar.

El payaso se dio la vuelta y preguntó quién quería salir en primer lugar. Los crios parecían desconcertados. Por fin, una niña levantó la mano.

—¿Como te llamas?

—Ana.

—¿Ana, eh? ¡Magnífico! ¡Venga, todos juntos!

Conga, conga,

que rica es la milonga.

Queremos ver a Ana

bailar conga…

Al reclamo de las palmas acudieron algunos mayores, que también bailaron. Pico miró de reojo. Óscar y el ángel rubio sonreían con desprecio y tenían el aspecto inequívoco de tramar algo.

—¡Ven, Óscar! —llamó amigable—. Ahora vamos con algo que te va a gustar. ¡La carrera de sacos!

—¡Qué tontería! —exclamó Óscar.

—¡Qué payaso más aburrido, tío! —dijo por su parte el ángel rubio.

Pico hizo que no había oído. Él mismo metió los pies en un saco y se puso a brincar con tanta rabia contenida que parecía que iba a salir volando por encima del seto de cipreses, como uno de esos personajes de ficción. Su caída fue muy celebrada con carcajadas. Bien, de eso se trataba, pensó, había que caer y caer para que los otros se sintiesen en la vertical de la felicidad.

—¡Payaso!

Era Óscar quien lo llamaba. Parecía más contento.

—Payaso, ven por favor. Quiero enseñarte algo que te va a gustar.

—¡Venga, chavales! ¡Vamos con Óscar!

—No, no —dijo el niño—. Sólo tú. Es una sorpresa. Después que vengan todos.

Pico se olió una diablura. Aquel mocoso seguramente estaba jugando a una de esas películas estúpidas de niños repugnantes, tipo Solo en casa o así. Pero no había más remedio que tirar para delante y ver en qué paraba la cosa.

—¡Por aquí, por aquí!

Óscar abrió la puerta de una especie de invernadero de aluminio y cristal.

—Oye, Óscar…

El chaval salió de repente y cerró la puerta a su espalda. Pico forcejeó pero Óscar, con una sonrisa siniestra, corrió el pestillo. Cabrón, murmuró el payaso, mamarracho.

—¡Abre, Óscar! ¡Por favor!

Pero el chaval apoyó la nariz en el cristal. A su lado estaba ya, con la misma sonrisa siniestra, el ángel rubio.

El pabellón estaba atestado de grandes plantas de aspecto tropical. Hacía un calor húmedo y él se sintió como en una sauna vegetal. No estaba mal aquel invento. Decidió sentarse. Ya se cansarían aquellos mocosos. Fue entonces cuando su sexto sentido, lo que el llamaba el Detector de Dentro, empezó a pitar enloquecido. Miró alrededor sin ver nada especial hasta que se dio cuenta de que uno de los troncos del Brasil también lo miraba. Murmuró una maldición.

Hacía tiempo que se había acostumbrado a la idea de que su indumentaria de trabajador autónomo era la de payaso, Pero ahora se sentía tan fuera de lugar como si corriese desnudo por la selva. Tranquilo Pico, no grites, pensó. Puede ser peor. No, no parece un cocodrilo. Debe de ser un caimán.

Pese a su apariencia, son muy veloces. Cuando atacan, lo hacen como un rayo. Muerden y no sueltan. Etcétera.

Muy despacio, sin apartar la mirada, se puso de pie en la silla. Fue entonces cuando gritó.

—¡Socorro, socorro!

¿Quién inventó esa palabra? Era demasiado larga. Hay mujeres que se llaman así, Socorro.

—¡Socorro, socorro!

Le temblaban las piernas. Nunca había sentido un miedo igual. En las cristaleras se agolpaban todos los niños. Muy divertido. Una de dibujos animados. Cabrones.

La rubia con dotes de mando apareció por fin, lo llevó al interior de la casa y le ofreció algo para reanimarse. Sí, claro que tomaba un whisky.

—Tú y yo tenemos que hablar —le había dicho su madre a Oscarcito.

Durísima. Aquel criminal en potencia ni se dio por aludido. Salió corriendo con el ángel rubio a jugar a matar gente.

—¡Cosas de niños! —dijo ella—. Estarás acostumbrado.

—Sí. Me pasa casi todos los días. Cuando no es un caimán, es una serpiente boa.

Sonrió. Chica lista.

Le ofreció el baño para que se desmaquillase y se cambiase de ropa. Se lo agradeció. Hoy le pesaba de verdad el personaje. Tenía ganas de ver resbalar por los desagües aquella máscara pegajosa.

Cuando estaba en la ducha, oculto por la mampara, sintió que alguien abría la puerta y entraba. ¡Así que sí! Óscar y el ángel rubio venían a hacer pis. Salió de un brinco y se apresuró a echar el pestillo para que no pudiesen salir.

Lo miraron extrañados. ¿Quién era aquel invitado y qué hacía allí desnudo con aquella sonrisa siniestra?

—Sois dos niños muy malos, muy malos —dijo Pico con sorna, muy lentamente.

Lo reconocieron y rieron nerviosos. Había un tono inquietante en su forma de hablar. El payaso tenía la cara pálida, con restos de pintura blanca en las ojeras, y su pecho era peludo como el de un gorila.

—¿Sabéis lo que les pasa a los niños malos? ¿No lo sabéis?

Ahora Pico dejó de imitar a Jack Nicholson en el papel del Joker de Batman. Puso la voz solemne de Dios el día del juicio final.

—Pues los niños malos van al infierno.

Óscar y el ángel rubio soltaron una risita de espanto. Reían como ríen los niños malos poco antes de caer por la tapa del infierno.


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