Hace cientos de millones de años,
Europa se alejó de América a la misma
velocidad con la que crecen nuestras uñas.
National Geographic
Para Lorrie Moore
Ponte el abrigo de lana azul marino que te compró en aquella tienda tan cara que hacía esquina con Rue du Calvaire, Nantes, 2009. No te lo quites ahora, Barcelona, 2019, aunque no tengas frío, porque sabes que el abrigo es un símbolo y un símbolo es lo que permanece.
Entra en el restaurante y siéntate a su lado en la barra. Cuando te hayas terminado la copa de vino tinto, dile que le quieres mucho pero que te tienes que marchar, «me tengo que ir», y aquí ir no es sinónimo de viajar, de dar un paseo, sino que es ese mismo verbo envenenado que utilizan los que hablan de los muertos como de «los que se han ido».
Sentada en un taburete alto, observa los bogavantes frente a ti, tras las vitrinas, vivos aún, con las pinzas atadas con un elástico verde. Se mueven y tú los ves sobre el hielo haciendo el esfuerzo inútil de quien quiere volver a la vida. Apura el vino tinto y dile, de repente, que le querrás siempre, y que la cuenta, por favor, que no hace falta que pida nada más, que no tienes hambre, y que sientes no haberlo hecho mejor. Y realmente es así.
Siente un leve remordimiento cuando lo veas llorar. Llora también tú, aunque no sepas si las lágrimas son de rabia, de impotencia o de secreto alivio.
Mira por última vez los bogavantes después de pagar la cuenta. En la calle, bajo los toldos naranjas que imitan los de una brasserie francesa, despídete con un abrazo largo y cálido. Prométele que os veréis pronto. Vete a tu nueva casa y llora, siéntete el centro de todos los clichés, de todas las series americanas, de las películas de sábado tarde, y ahoga las lágrimas en la almohada.
Llámalo a las dos semanas para repartiros las últimas cosas. Quédate con la batidora de diseño y el peluche de un delfín bebé y la lámpara que nunca ha funcionado bien. Cédele los vinilos, las toallas con esa cenefa tosca, el aspirador que le compró su madre pero que usabas tú. Coge los trastos y deja que él te lleve abrazada por los hombros cuando te acompañe a la estación de metro. Baja las escaleras y vuelve a llorar.
Mándale un mensaje la tarde de un domingo triste: «Te echo de menos», y siente la angustia por si no responde o por si tarda en responder. Y arrepiéntete de haberlo hecho cuando te conteste que «nadie dijo que fuera fácil», pero maldice de nuevo su falta de empatía, su apego a las frases fáciles, a los eslóganes publicitarios. Enfádate contigo misma por haberle enviado el mensaje y ponte esa película que habla de una pareja que lleva años junta y que de repente se separa. Piensa, mientras te haces la cena, que esa película te ha contado tu vida.
Pon tú sola la funda del nórdico y piensa en él.
Deja pasar las semanas y decide, al final, no escuchar más música porque todo lo que escuchas te hace pensar en él. Supón, aunque no lo sepas, que él ya está con otra porque no te dice nada. Recrimínate entonces que tampoco tú le estás diciendo nada y que qué demonios, si al fin y al cabo fuiste tú.
Encuentra, entre tus pijamas de verano, una camiseta suya del festival de música de Cap Roig. Escríbele un mensaje y luego, a punto de mandarlo, bórralo.
Encuéntrate también a su mejor amigo por la calle y abrázale fuerte. «Cuánto tiempo». Evita preguntarle por él, como si no te importara ya. Muéstrate segura, una mujer que tiene las cosas claras, que está sola. Finge que te alegras cuando te dice que han estado juntos el fin de semana, e imagínatelo contento y aliviado de estar sin ti. Súmete en un estado de autocompasión absoluta diciéndote que nunca encontrarás a nadie mejor, que no habrías tenido que dejarlo.
Tira la camiseta del festival de música de Cap Roig.
Vete a cenar con aquel chico al que sabes que le gustas aunque él no te guste a ti. Deja que te bese en la primera copa. Tómate otra copa, y después otra. Y cuando ya no te tengas en pie deja que te acompañe a casa, que te meta en la cama. Cuando te levantes al día siguiente, resacosa y perdida, y le veas a tu lado, en su sitio, cierra los ojos de nuevo como si pudieras volver a la pantalla anterior deseando que nada de esto estuviera ocurriendo.
Deja que pasen las semanas, apúntate a bailar salsa, empieza a correr, haz cosas nuevas, «sal de tu zona de confort». Pregúntate si, aunque sea alguna vez, él se acuerda de ti.
Deja que lleguen las primeras Navidades y sal a pasear sola por el barrio, las calles engalanadas, las familias que van a comprar regalos. Cuando recibas un mensaje de su madre, de su hermano, «Te echamos de menos», retuércete de dolor y nostalgia mientras piensas que todo podría haber sido distinto, aunque rectificas al poco porque sabes que no lo fue.
Hazte un test de reserva ovárica y marca la casilla adecuada, la que dice «mujer sola».
Deja también que llegue su cumpleaños y llámale y escucha su voz a través del teléfono, esa voz que te era tan conocida, y permite que se te caiga el mundo a los pies. Dite que es nostalgia, que solo te ocurre a ti. Cuando te sugiera quedar esa misma tarde para poneros al día, siente que no tienes que hacerlo pero hazlo, porque por un momento crees que será bueno.
Ponte guapa, que te vea bien, maquillada incluso. Cómprale una tontería. Tú aún le quieres, aunque sea distinto. Y él aún te quiere y, cuando os veis, soñáis que volvéis a ser los de antes, y «te acuerdas cuando» y «cómo está tu madre», y «joé, mira cómo nos lo pasábamos» y «Marta y Raúl han sido padres ya», «y mira quién nos lo iba a decir», pero no le menciones lo de la casilla de mujer sola y el miedo de no saber ahora con quién tendrás tú los hijos, y «con lo bien que nos iba y ya casi un año desde que lo dejamos». Continúa llamándole por su mote de siempre, el que te inventaste, piensa que le sigue quedando igual de bien esa camisa azul que le regalaste. Vete a casa con el regusto a óxido del pasado y debatiéndote entre la culpa y la nostalgia, pero mándale un mensaje a otro, aunque solo sea por sentir que estás avanzando, que tienes otra vida y que te gusta, aunque no estés segura.
Observa que ha pasado el primer año del calendario. Siéntete ligera, con fuerzas ya para empezar cualquier cosa, sonríele abiertamente en esa fiesta en la que te lo encuentras, aunque sepas que lleva todo el rato hablando con otra. Dile que claro, que quedáis la semana siguiente, que hace mucho que no os ponéis al día, y piensa en lo desafortunado de la expresión «ponerse al día» con quien se han compartido tantos años. Respóndele con despreocupación, cuando te pregunta si estás con alguien, que «ha habido alguien pero nada importante», finge desinterés cuando escuchas, sin que se lo hayas preguntado, que a él le ha ocurrido lo mismo pero «que ya no nos vemos».
Pregúntate, en casa, quién es y si es más guapa que tú. No la busques en las redes. No la busques. O sí, búscala y encuentra esa foto, la de ellos dos en una playa en la que hay perros. O no. Un momento. Cerdos. Pigs Island, se llama.
No duermas esa noche. Recréate en la isla de los Cerdos. Descubre que está en las Bahamas y piensa en que tú no has hecho ningún viaje con nadie desde que no estás con él.
Deja que pase aún más tiempo y finalmente cede, vuelve a quedar con él, aunque ya no sea para cenar, aunque sea para tomar algo antes de la cena porque tienes trabajo, porque antes quieres ir al gimnasio. Siéntelo distinto, su tono de voz, los gestos. La camisa es nueva, quizás es por eso. Reconócelo solo cuando sonríe y entonces piensa en Machado y que aún es siempre todavía. Olvídate pronto de Machado, porque suena la alarma del teléfono y la tintorería cierra y necesitas el traje para la reunión de las nueve de la mañana, y levántate rauda, deja el agua con gas a medias y dile que le llamarás, claro, cómo no vas a hacerlo, que tenéis que veros más a menudo. Y al llegar a casa, sin haber ido al gimnasio, con el traje que dejas caer pesado sobre el sofá, ten remordimientos y piensa en mandarle un mensaje para decirle que sientes que haya sido tan corto, pero lo borras antes de enviarlo porque no sabes exactamente qué le quieres decir.
No le llames ya por su cumpleaños, mándale un mensaje. Llámale por su nombre mejor, aunque siempre hayas utilizado ese mote que ahora se ha quedado pequeño y cojo, como una palabra de una lengua hablada por una civilización antigua.
No repares en que él se olvida de tu cumpleaños y te felicita un día después. No repares tampoco en que te llama «guapa». A ti. Sí, guapa.
Sonríele con autosuficiencia cuando te lo encuentres en la fiesta de inauguración de un festival de cine. Dirígete hacia él, lentamente. Di, mientras le agarras de la manga de la americana, con suavidad, para que no note ninguna urgencia, que luego os veis, que claro, que le buscarás entre la gente, que vas a por una cerveza. Sonríe de nuevo sabiendo, como sabe él, que no lo harás. Que irás al baño y verás al hombre interesante de antes, que tu amiga querrá ir a la barra a por un gin-tonic que no sea una basura. Que tu exjefe hará su aparición triunfal y tratará de saludarte como si pudiera sostenerse y tú volverás a pensar en la suerte que tienes de no verle más. Que luego alguien propondrá ir a cenar y ni siquiera lo dudarás. «Mientras no sea el mexicano del otro día», añadirás. «Mientras dejen beber más vino», bromearás. Que entonces irás al guardarropa y recogerás ese abrigo azul marino con el forro de los bolsillos agujereado que alguien te compró en la Rue du Calvaire, Nantes, 2009, y que trajiste por si hacía frío.
Sabes que nadie te espera ya en la barra. Los que erais ya son otros y la trituradora del tiempo avanza mientras tú le das la ficha del guardarropa a un chico joven y pelirrojo y él te desea una feliz noche y tú piensas en la cena que os espera y en pedirte otro vino mientras te pones el abrigo y observas con fastidio que se te han colado unas monedas por el forro del bolsillo. Lo tienes que tirar un día de estos, y abandonas el hotel sabiendo que a él ya no lo buscarás. Que no lo harás nunca más.
—Pero yo no estoy muerto —se oyó decir con perplejidad.
Sin embargo, el caballo no parecía tenerlo tan claro y fue aproximándose más. Cada vez más. Se acercó tanto que con su lomo, brillante, vigoroso, casi podía rozarle el antebrazo. Entonces él, paralizado, sin atreverse a hacer ni el más mínimo movimiento, lo repitió, levantando un poco la voz para que sus residentes y compañeros de departamento pudieran escucharlo.
—Yo no estoy muerto.
El caballo emitió un largo gemido.
—¿Verdad? —musitó.
El caballo andaba a cuatro patas y pesaba quinientos kilos, pero ello no le impedía acceder a los hospitales, montar en los ascensores y entrar en las habitaciones de los enfermos más graves. Era un semental de catorce años, un ejemplar de doma clásica que dejaba perplejos a médicos y veterinarios. Poseía una capacidad prodigiosa para detectar a quienes padecían enfermedades en fases avanzadas: cáncer, alzheimer u otras dolencias de mal pronóstico. El caballo no los curaba, pero los aliviaba, los acompañaba. Los tranquilizaba.
Cuando a Pedro, el director del departamento de Cuidados Paliativos, con veinticuatro años de experiencia a sus espaldas, tres ascensos ganados a pulso, un divorcio reciente y la sensación constante, a pesar de sus cincuenta y tres años, de haberlo visto todo, le preguntaron frontalmente —llevaba semanas evadiendo el tema— aquella cuestión acerca del caballo, respondió con una palabra anticuada: «Pamplinas». Él mismo se sorprendió al escucharse decir eso en la reunión del departamento. Había que tomar la decisión de si daban consentimiento o no a que el caballo tuviera acceso al hospital y a los enfermos.
—Pamplinas —afirmó Pedro—. Lo que me faltaba por ver: un caballo mágico.
Ante las miradas reprobatorias de sus compañeros, siguió:
—Pero ¿estamos locos, o qué?
Salió de la sala indignado, estrujando el vaso de plástico con los restos del infame café de máquina que siempre se juraba no volver a tomar y que, sin embargo, tomaba día tras día.
Sus dos residentes, Mara y Javier, sonrieron con resignación, acostumbrados ya a que su jefe jamás cediera ante cualquier procedimiento innovador que se saliera de la norma. «Pamplinas», dijo Javier en un susurro que hizo reír a cuantos lo escucharon.
Días más tarde, Pedro se reunió con el director general del hospital y terminó cediendo. Si querían al caballo, adelante, que se arreglaran entre todos.
—Pero no me pidáis que participe en ningún numerito circense. Que suficiente tengo ya con lo que tengo. Y con lo que no tengo —añadió con sorna.
El director lanzó una risita forzada.
—¿Todo bien, Pedro?
—Todo en orden.
Antes de salir del despacho, se fijó en las vallas publicitarias de la carretera de La Coruña que se veían a través del cristal del despacho. «Soluciones de comunicación», decía una, y la otra, al lado, con un número de teléfono escrito en cifras gigantes: «¿Has sufrido un accidente?».
El director le preguntó qué miraba.
—Nada —le respondió, y se encaminó hacia la máquina de los cafés.
El caballo podría haberse llamado Atila, Quebrantahuesos, Pegaso o Sultán. Sin embargo, se llamaba Ramón. Cuando se lo presentaron a Pedro —dijeron eso: «Tenemos que presentártelo»— tuvo que aguantarse la risa al escuchar que se llamaba Ramón, de manera que decidió que para él sería simplemente «el caballo».
—Encargaos de este asunto vosotros dos —les dijo a sus residentes—. Yo ya os dije que no quería saber nada del caballo.
—Se llama Ramón.
—Por mí como si se llama Juanito.
—Pamplinas —repitió Javier cuando Pedro enfiló el pasillo en dirección a su despacho. «Pamplinas», en la que ya se había convertido en una broma común para referirse a aquel médico tan venerado y, a la vez, tan caricaturizado.
La mujer de Pedro se había marchado de casa seis meses atrás. Era radióloga en un centro de diagnóstico y se había llevado a los gemelos con ella. En el hospital lo sabían pero nadie conocía los motivos. Cuando Sandra, la secretaria del departamento, le preguntó a Pedro qué había ocurrido, le respondió con una estadística.
—El ochenta y siete por ciento de las parejas se separa después de unas vacaciones.
Zanjó así la conversación, sin dar pie a que le preguntaran por nada más.
Todo había sido muy rápido. Volvieron de Mozambique y, al mes y medio, su mujer se marchó de casa.
—Aquí hay terceras personas —sentenció la propia Sandra unos días después en la pausa del café.
—¿Qué quieres decir? Pero si Pedro no tiene ni tiempo para una amante… —dijo Mara.
—Y quién te dice a ti que es él, a ver…
El caballo generó una auténtica expectación en el hospital. El primer día que apareció, preparado, la crin trenzada, el pelaje brillante y sedoso, acompañado por su cuidador, el funcionamiento del hospital se detuvo. Todos acudieron en masa a la planta de paliativos e hicieron fila en el pasillo, fuera de las habitaciones, para ver a Ramón. Y Ramón no hacía nada en particular, pero se acercaba quedamente, como sin querer molestar, a aquellos enfermos que estaban sufriendo más. Se detenía a su lado. Se apoyaba en ellos, en las partes del cuerpo que más les dolían, como si pudiera saber, como si pudiera comprender. Su presencia traía sosiego, era como una brisa inesperada que calmaba.
Pedro lo observaba apartado, con una angustia creciente.
Aquel primer día tuvo que entrar en una de las habitaciones y sintió la mirada fija del caballo. Se la devolvió, pero la apartó al instante. No era capaz de mantenerla.
—Te está mirando porque Ramón sabe quién manda aquí —dijo Javier con sorna. Pedro ni siquiera sonrió y decidió desmarcarse por completo de los circuitos y rutinas de aquel caballo que le producía, aunque no quisiera reconocerlo, un terror infinito.
Nos interesa más lo que intuimos que lo real y, justo por eso y a pesar de que no había indicios de absolutamente nada, se había empezado a rumorear en el hospital que la mujer de Pedro se había ido con otro más joven, como si aquella opción, los tópicos, ya se sabe, fuera la única. Sus compañeros sabían los titulares. Por ejemplo, que los niños estaban con ella, y que Pedro había pedido un aumento de sueldo porque no podía hacer frente a la pensión y al alquiler del nuevo apartamento al que se había mudado. Lo sabían porque el adjunto a la dirección de Recursos Humanos, al que acababan de contratar, se lo había comentado a Sandra, y aún no se había enterado, el pobre, de que decirle algo a Sandra tenía la misma capacidad expansiva que publicarlo en los tablones de anuncios del hospital.
Así, en el hospital, barajaban distintas hipótesis partiendo de las pocas certezas que les habían ido llegando. Certezas que no tenían absolutamente nada que ver con lo que había ocurrido en Mozambique. Porque en aquellos corrillos que se formaban en los pasillos, en las cañas de después en el bar cerca del metro de Argüelles, ninguno mencionaba los datos importantes, como que, por ejemplo, la ruta de Inhambane a Maputo era larga y serpenteante. Que de noche es casi intransitable. Que los accidentes son frecuentes y que, desde entonces, Pedro sueña recurrentemente con plátanos esparcidos por el suelo y con un ruido seco, el del retrovisor que impacta contra algo duro, el manillar de una bicicleta quizás, o un árbol en el medio de la calzada, un cráneo o un puesto de fruta que no ha logrado esquivar.
Después de esa primera vez en que el caballo miró a Pedro con ojos penetrantes e inquisidores, o eso pensó él, Pedro asistió, por casualidad, desde el marco de la puerta de una habitación de paliativos, a un espectáculo dantesco. El cuidador del caballo les había contado días atrás que, en ocasiones, este se adelantaba y detectaba dolencias que ni siquiera los médicos habían sido capaces de nombrar, de encontrar.
Lo que vio desde el marco de la puerta lo dejó sin aliento. En la cama estaba Gerardo, uno de sus pacientes más queridos, haciendo frente a los últimos días de sedación. Al entrar en la habitación, el caballo se acercó, en primer lugar, al paciente y detuvo su hocico en el estómago. Páncreas, eso era. Se mantuvo unos instantes en esa posición, pero luego levantó la cabeza y escudriñó a las demás personas de la estancia. Con un pavor que no experimentaba desde niño, Pedro observó cómo el caballo se dirigía hacia la mujer de Gerardo, sentada en el sofá, y bajaba la cabeza hasta su rodilla.
—Lo sabe —dijo ella—. La artrosis que me está matando por dentro —y se puso a llorar mientas el caballo emitía una especie de gemido quedo y apesadumbrado que sumió a todos los que contemplaban la escena en el más profundo estupor.
Pedro se marchó rápido, sin despedirse de nadie. Empezó a correr por el pasillo y no fue ni siquiera capaz de esperar al ascensor. Se precipitó por las escaleras y bajó cuatro plantas, cogió uno de esos cafés de máquina que aborrecía y, ya en su despacho, lo apuró de un sorbo y se quedó unos instantes removiendo con la cucharilla de plástico el azúcar que había quedado en el fondo. Se dijo que ya había visto demasiado de toda aquella locura del caballo y se reafirmó en la determinación de evitar al animal a toda costa.
Algunos días, cuando Pedro llegaba a su nuevo piso, que ni siquiera había terminado de amueblar, era ya de noche. No es que tuviera tanto trabajo, pero, después de visitar a sus pacientes, se encerraba en su despacho y se ponía a ordenar expedientes antiguos. En más de una ocasión se había sorprendido a sí mismo con la mirada fija en la ventana. No era capaz de concentrarse, y entonces echaba mano de ese blíster de pastillas que guardaba a buen recaudo y que le permitía estar ausente, que era justamente lo que necesitaba.
Desde el coche, camino a ese apartamento que había alquilado en un barrio desangelado de nueva construcción, llamaba a sus hijos y les preguntaba por el colegio, por las extraescolares. Su ya exmujer se ponía al teléfono y una vez le pidió que por favor pensara las cosas, que fuera a un médico, que ella podía acompañarlo. Le dijo: «No es tu culpa, Pedro, no puedes seguir diciéndote eso a ti mismo», pero él no retenía lo que no le interesaba. «Claro que lo es. No pienso ir a un loquero, yo nunca he necesitado esas cosas».
Pero sí había ido al psicólogo. Cuando llegaron de Mozambique y él dejó de comer, de dormir, su mujer, engañándole, fingiendo que la consulta era para ella, lo acompañó a un terapeuta que le preguntó una y otra vez por lo ocurrido, por el niño.
—No lo llames «el niño». Tiene un nombre —le espetó al psicólogo.
—Tenía, Pedro, tenía —corrigió.
—Munashe. Se llama Munashe.
Pero no recordaba su cara. Cuando Pedro trataba de evocar la cara del niño a veces la confundía con las manchas del test de Rorschach. Una sombra oscura que podía ser una agresiva masa tumoral, un brochazo difuminado de pintura o incluso la silueta desinflada de un corazón.
En su única visita al psicólogo atendió con desgana e irritación a sus pedantes explicaciones. Si había algo que Pedro detestaba profundamente era a la gente que utilizaba símiles y metáforas para explicar cosas que, en argot médico, no necesitaban ni de una paráfrasis. Así, aquel psicólogo pretencioso sentenció, refiriéndose a él, a su estado anímico, que había que ser rápido con el veneno de las serpientes, aunque nadie hubiera mencionado a esos reptiles en ningún momento de la conversación. Era necesario actuar con velocidad, dijo, porque el veneno podía paralizar en un primer momento, incluso podía ser letal. «Pero lo peor de todo es el veneno que adormece y se queda dentro. El veneno que permanece y mata lentamente». Cuando terminó la perorata, Pedro le dijo con enorme fastidio: «Pero ¿quieres hacer el favor de dejar de hablar de serpientes y decirme lo que me quieres decir?».
En agosto, su mujer lo había acompañado a un congreso en Maputo y cuando terminó alquilaron un coche para irse unos días a descansar a Inhambane, un pueblecito de pescadores a siete horas de la capital de Mozambique. Desde la terraza del hotel donde se hospedaban, Casa do Capitão, podían verse lenguas de arena en las que grandes barcos se habían quedado varados.
—Calcularon mal —había dicho él en la primera cena, tras el extenuante viaje.
Y hablaron de los errores de cálculo. Pedro trataba de imaginar en qué momento habrían encallado y cuánto habrían tardado en darse cuenta de que la situación era irreversible. Aunque no era el hombre más intuitivo del planeta, cuando conversaron sobre aquello, de los errores de cálculo, de cuando aquellos enormes cachalotes habían empezado a tocar fondo, se dio cuenta de que su mujer trataba de hablarle de otra cosa, de ellos mismos. Pronunció la palabra «atascados» para referirse a cómo habían estado desde que los gemelos ya no necesitaban tantas atenciones. Pronunció de nuevo aquella palabra, «atascados», el día antes de regresar a Maputo, y a Pedro, poco dado a las conversaciones que ahondaban en sentimientos, en intangibles, se le había hecho un nudo en la garganta, había fingido cansancio y se había retirado a la habitación a dormir a pesar de que eran las siete y media de la tarde.
Emprendieron el viaje de vuelta cansados. En Inhambane oscurecía pronto. A las seis, el sol se escondía detrás del mar y por el camino veían las palmeras perfiladas en negro sobre todas aquellas tonalidades. Naranja, rosáceo. El azul oscuro. Todas ellas bailaban, menguaban, se confundían, hasta que desaparecían en un manto oscuro. Su mujer condujo las primeras horas y luego él tomó el relevo a pesar de que no estaba del todo centrado. Por su cabeza merodeaba esa palabra, «atascados», y pensaba en cómo, a veces, los acontecimientos se precipitaban irremediablemente después de que se hubieran pronunciado determinadas palabras.
Fue un viaje tranquilo hasta que llegaron a la altura de Xai-Xai, donde se encontraron con un control policial. Les pusieron una multa por exceso de velocidad, aunque aquel policía enclenque aceptó de buena gana el billete de cincuenta dólares que Pedro le entregó a cambio de que les dejaran pasar. Comieron un sándwich de queso en una gasolinera destartalada y después, ya casi de buen humor porque se intuía el final del viaje, se adentraron en el último tramo del camino hacia Maputo.
No había alumbrado, solo oscuridad. Escuchaban, desde el interior del coche, celebraciones, fiestas. Viernes noche, casi las doce, pero a Pedro le daba la sensación de que eran altas horas de la madrugada. No quedaba nada para llegar a Maputo, apenas una hora.
Al final, fue imposible evitar al caballo.
Pedro había bajado a la entrada de consultas externas con Mara y Javier para hacerse una fotografía que saldría en el próximo número de la revista del hospital. En la rampa de entrada, habían sonreído los tres a la cámara hasta que a Pedro se le torció la sonrisa cuando divisó, a lo lejos, al caballo.
—Tengo prisa, muchísima prisa —le dijo al fotógrafo.
Pero la prisa no le salvó del caballo que, al avanzar por la rampa, se detuvo en seco, a pesar de que su cuidador hizo todo lo que pudo para que continuara andando. Se paró frente a Pedro y sus dos residentes, y el fotógrafo, que no entendía lo que estaba ocurriendo, siguió disparando. Mara y Javier se fueron retirando, asustados, y Pedro los imitó. Pero el caballo siguió tras él hasta arrinconarlo contra la fachada del edificio.
—Quitadme a este bicho de aquí ahora mismo —gritó, enfurecido.
—Pedro… —empezó el cuidador—, Ramón solo quiere acercarse.
—¡A la mierda Ramón! ¡Vete! —le gritó al caballo—. ¡Que he dicho que te vayas!
Entonces se dio cuenta de que estaba rodeado de gente que lo miraba con una mezcla de tristeza y curiosidad.
—Pero yo no estoy muerto —se oyó decir con perplejidad.
Sin embargo, el caballo no parecía tenerlo tan claro y fue aproximándose más. Cada vez más. Se acercó tanto que con su lomo, brillante, vigoroso, casi podía rozarle el antebrazo. Entonces él, paralizado, sin atreverse a hacer ni el más mínimo movimiento, lo repitió, levantando un poco la voz para que sus residentes y compañeros de departamento pudieran escucharlo.
—Yo no estoy muerto.
El caballo emitió un largo gemido.
—¿Verdad? —musitó.
El caballo no se movía; tampoco Pedro, petrificado, sin poder escapar. Vio, helado de terror, cómo se acercaba aún más. Resolló, lo tenía tan cerca que el aire caliente le alborotó los mechones de pelo ralo con los que hacía intentos infructuosos para cubrir las entradas, la coronilla.
Pedro y el animal se convirtieron en el centro de atención de los transeúntes, de los que acudían al hospital. Sentía sobre él no solo los ojos de la gente, sino aquella mirada acuosa del caballo. Sentía que le estaba reclamando algo.
—¡Vete! —gritó de nuevo.
Pero el caballo dio un último paso hasta que dejó caer su hocico sobre el hombro de Pedro y así apoyado, el animal cerró los ojos unos instantes. Fue entonces cuando Pedro lo vio. Al niño, a Munashe, cuyo nombre significaba «con Dios». Vio los plátanos en el aire, los plátanos esparcidos por el suelo. El sonido. Crac. Las manchas del test de Rorschach.
—No pude hacer nada. No pude hacer nada. Yo no lo vi. Salió disparado, llevaba plátanos, un bol lleno de plátanos, y saltaron por los aires —dijo sin aliento.
Nadie entendía, sin embargo, de qué estaba hablando.
—Fue un accidente. No había apenas luz, de repente salió un niño. Y no lo vi. Detrás iba su madre pero a ella no le pasó nada. Al que no vi fue al niño. No lo vi. No podía verlo.
—Pedro, ¿qué te pasa? Estás temblando —preguntó Javier, asustado.
El cuidador intentó llevarse al caballo, reticente al principio, que se negaba a apartarse de Pedro.
—¿Quiere decir eso que moriré? —le preguntó Pedro al cuidador.
—No. A veces se equivoca y confunde la enfermedad con el dolor.
—¡Pero necesito saberlo! ¡Quiero saber qué demonios sabe ese caballo!
El cuidador, sin añadir nada más, consiguió llevárselo por fin y, de repente, Pedro se vio rodeado, solo, con todos esos ojos que lo estudiaban con curiosidad.
—Yo no estoy muerto —dijo, blanco, empapado en sudor—. Ni siquiera estoy enfermo.
Cerró los ojos. Fue tan solo una décima de segundo en el tiempo extendido del universo y vio a una madre desesperada y a él mismo, que se bajaba del coche para ver qué había sido aquel tremendo golpe. Y lo vio, entonces lo vio: Munashe. Pero Pedro ya no estaba ahí, había dejado de estarlo, y su mujer gritaba: «Pedro, haz algo, por favor. Pedro, por el amor de dios». Sin embargo, Pedro solo podía permanecer de pie, sintiendo que el alma lo abandonaba, como si se fuera de él hacia otro lugar, con el otro Pedro que se había quedado conduciendo el coche hacia Maputo, que ya no sería nunca más él. Vio también la sangre y los plátanos por el suelo, la gente del pueblo que salió a la carretera ante los gritos de esa madre y él, de repente, que se arrodilló, en el único gesto que fue capaz de hacer, y dijo: «Don’t cry, madam. Don’t cry, madam», y su mujer, arrodillada también, llorando junto a la madre que intentaba despertar al niño. «Eres médico, Pedro, haz algo, por favor…, ayúdanos». Pero Pedro supo entonces que ya no era él.
—Yo no estoy muerto —dijo a ese auditorio de repente congregado en la entrada del hospital—. Ojalá.

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