El que escribe es el que se salva y ocurre igual con los narradores de las novelas. Eso ya es una pista: si lo cuentas, es porque estás vivo. Por eso, yo escribo desde ese día de mayo aún, 31, mientras en mi otra vida ya es junio, y lo hago desde este paraíso quemado —Paradise—; y no puedo evitar pensar en lo que decía Paul Celan, aquello de que existen palabras —incluso lenguajes enteros, horadados y malditos— en las que anida la semilla de su destrucción.
Escribo desde ese día de mayo aún, 31, desde el interior de una cafetería de toldos verdes. Detrás de los cristales, zigzaguea hasta la salida del pueblo la Skyway —camino al cielo— y, al otro lado de la carretera, un cartel anuncia un restaurante llamado Cozy Dinner. Qué manía esta nuestra de anticipar, de decir cómo será lo que te encontrarás. En este caso, lo único que se mantiene en pie es el cartel. El local, el Cozy Dinner, se quemó. Pegado al ahora inexistente restaurante, otro cartel en rojo en lo alto de un poste metálico: señala el Bob’s Tyres, y franquea la entrada a un taller familiar en el que se afana un tipo vestido con un mono azul. Repara neumáticos y no se llama Bob, como cabría esperar, sino John. Me ha dicho su nombre cuando he detenido el coche frente al chiringuito con la esperanza de que pudiera arreglarme la rueda perforada por un pedrusco.
—Tiene mala solución.
—Tampoco iba tan rápido —he soltado a modo de respuesta.
Luego ha proferido un par de gruñidos, como si le hablara directamente a la rueda, y se ha ido a buscar unos papeles.
—Tú debes de ser Bob, entonces, ¿no? —le he preguntado mientras señalaba el cartel.
Ha negado con la cabeza.
—Soy John. Bob era mi hermano. Murió en el incendio —y ha seguido sin que pudiera decirle ni siquiera que lo sentía—. Me llevará más de una hora. Puedes esperar ahí —ha añadido mirando el café de los toldos verdes—. Lo han abierto hace poco. Antes era una guardería.
Escribo, entonces, desde este café que antes fue una guardería. He estado dando vueltas con el coche por este pueblo arrasado por el fuego seis meses atrás y he ido fijándome en lo que se había salvado de la quema, y era poco. Cubertería, platos, tazas. Estatuas de jardín, enanos, ángeles, guerreros, budas, animales que custodiaban los porches, figuras protectoras abandonadas ahora a la maleza. Antenas parabólicas abombadas por el calor. Fuentes. Chimeneas. Bicicletas. Coches de color cobre, derretidos. Balancines. Un letrero medio deshecho que anunciaba que ahí se hacían los mejores tatuajes. Las escalerillas metálicas de piscinas que debieron de conocer la alegría, piscinas de agua marrón, cubiertas de verdín, surcadas por intrépidos renacuajos.
La vida después de la vida, flores que nacen de las grietas del cemento ajado.
Ni siquiera me he molestado en sacar la cámara de la funda. Estaba ahí, dentro de la mochila en el asiento de atrás, como si fuera ese hijo que no tengo. No se me ha perdido nada aquí, me he dicho, por eso, he decidido dar media vuelta hacia Sacramento.
Entonces lo he visto y me he detenido en seco. El carrusel. Lo único que ha sobrevivido al fuego en un pueblo donde se destruyeron doce mil viviendas y murieron ochenta personas atrapadas en sus coches cuando intentaban marcharse es un carrusel. La estructura estaba casi intacta. La plataforma rotatoria, sus asientos de plástico con forma de cabeza de caballo, de burro, conejos sonrientes. Si acaso los rasgos de algunos animales un poco desdibujados por la ceniza, el calor y el miedo. Pero ahí estaba, un carrusel. Lo he observado fijamente, como si pudiera hablarme, como si él mismo constituyera un mensaje oculto. Entonces he pisado el acelerador, quizás un poco más fuerte de lo debido, con la mirada fija en él, sin percatarme del enorme pedrusco que había en medio de la calzada. He escuchado un ruido fuerte y después la rueda se ha deshinchado a la velocidad de la luz.
En la barra, no he podido pagar el café porque el datáfono no funciona y el camarero, un mulato sonriente, me dice que no me preocupe, que invita la casa, y se lo agradezco mucho.
—¿Estás trabajando por aquí? —pregunta mirando el ordenador y las libretas que he dejado sobre la mesa.
—Sí. Más o menos. Soy fotógrafa. Estaba recorriendo el pueblo, no he visto una piedra, bueno, un pedrusco, y… me lo he comido. Se me ha pinchado la rueda. Me la están arreglando.
—¿Has encontrado algo? —me pregunta—. Cuando todo ocurrió no paraban de venir fotógrafos y periodistas de todas partes.
—No sé. Es difícil dar con el tono.
—¿El tono?
—La manera. ¿Puedo hacerte una pregunta? —digo. Asiente—. ¿Cómo…? ¿Cómo fue? —digo tímidamente.
—¿El incendio? ¿Que cómo empezó?
—No, eso ya lo sé…, lo del poste eléctrico. Me refiero a… —y no me salen las palabras—, a lo que ocurrió.
—Bueno… —parece que no va a decir nada, pero de repente coge aire, como si ya lo hubiera contado muchas veces—. El pueblo se convirtió en una ratonera. Eran las seis de la mañana, ¿sabes? La gente estaba durmiendo y cuando llegaron a sus coches ya era demasiado tarde.
—Ya…
—Había ceniza. Y era imposible ver nada. Imagina que estás en una habitación y empieza a entrar mucho humo. Entonces te dices: voy a abrir la puerta. Pero no la ves. Estás atrapado.
—Me imagino, bueno, no, la verdad es que no puedo hacerlo.
—No pude llevarme nada de valor. Se me ocurrió, en el último instante, abrir la nevera y coger las vieiras que había comprado para cenar aquella noche. Me habían costado treinta dólares. Eso fue lo que me llevé. ¿Puedes creerlo?
Agarro el café con las dos manos, aunque quema, y miro instintivamente las puertas de cristal de la cafetería. A lo lejos, veo a John trajinando con la llanta. Escucho cómo una mujer pide un té helado con melocotón y mi interlocutor se dirige hacia ella y da la conversación por terminada. Le doy las gracias y voy hacia la mesa donde he dejado mis cosas. Desde ahí puedo ver a John, puedo controlar que mi medio para abandonar el pueblo sigue en pie.
Me hicieron este encargo a mí, que únicamente hago retratos, que mi trabajo gira sobre todo alrededor de personas. Me pidieron que viniera aquí con la distancia de estos seis meses, a fotografiar una ciudad muerta. No entendí por qué me lo pedían a mí, que lo que más amo de mi trabajo es hablar con la gente a la que retrato, pero lo hizo una mujer que me había dado trabajo años atrás, cuando no tenía nada, en el que quizás fuera uno de los peores momentos de mi vida.
Decido escribirle un e-mail desde el café para decirle que no tengo fotos, que no voy a poder hacerlas. Que no es lo mío, que gracias por confiar en mí de todos modos. Me voy por las ramas, me lío dando rodeos y explicaciones, justificándome cuando no haría falta, y en esas estoy cuando me interrumpe el camarero, que me trae unas galletas.
—¿Las quieres? Como queda una hora para cerrar, se las regalamos a nuestros clientes.
—¡Claro! —digo con demasiado entusiasmo—. Por cierto, siento si antes te ha incomodado la pregunta.
—No, nada. No te preocupes. Lo único… que debe de ser difícil hacer fotos aquí, ¿no? —me dice—. Creo que Paradise podría ganar un premio al lugar más triste del mundo —añade.
Asiento, como si le diera la razón, sin tener el valor de decirle que no es cierto, que en mi otra vida, alejada unos miles de kilómetros y husos horarios de Paradise, conocí la ciudad más triste del mundo y no es esta. Que no estaba quemada, sino que, al revés, refulgía de vida, de verde, de mar, de callejuelas adoquinadas llenas de barecitos encantadores, de un festival de cine que la abarrotaba en agosto y la hacía parecer la ciudad más vibrante sobre la faz de la tierra. Que había un mercado donde yo iba a comprar tomates a las caseras, y fritos de jamón y queso. Que al lado de casa había una floristería y que un día fuimos a comprar una planta y, de tanto que llovía, en el trayecto hasta nuestro apartamento, la pobre se inundó: dos dedos de agua en la maceta. Que hicimos un curso de surf y que logré ponerme de pie el primer día, aunque después de haberme ahogado entre algas y arena, feliz de sentir la ligereza, el agua, la fuerza de la marea. Que había una isla frente a la bahía y que decían que ahí habían vivido piratas. Que había un bar llamado Pokhara donde acompañaban cada ronda de cerveza con cacahuetes, pero que yo entonces no sabía que Pokhara era el nombre de una ciudad de Nepal. Que había un carrusel frente a la bahía y que me sentaba ahí casi a diario a contemplar a los niños y a los padres que los saludaban desde la estabilidad de tierra firme. Que a veces la ciudad olía a jazmín y que, desde el balcón del primer piso en el que vivíamos, veíamos la panadería en la que todos los sábados comprábamos unos pastelitos con azúcar por encima. Que la única vez que cocinamos juntos tratamos de hacer una tarta de queso y, aunque le pusimos todos los ingredientes, la masa del pastel no subió y recordé entonces que a veces no bastaba con tener todos los ingredientes. Que cuando un día me marché, cogí el tren de las seis y treinta y cinco de la mañana, y él apareció entre la bruma en medio del andén de la estación, con un paraguas, sin entender que me hubiera ido sin decirle nada. Que nunca volví porque a veces no hay que volver a los lugares donde querríamos volver.
No le digo nada de esto al camarero, de manera que me deja las galletas sobre la mesa y se va. Tampoco termino el correo en el que me voy por las ramas para simplemente decir que gracias por confiar en mí pero que no he sabido encontrar las imágenes.
Nunca volví a la ciudad ni a mi otra vida porque a veces no hay que volver a los lugares donde querríamos volver.
En una escena muy popular de un episodio de la serie Mad Men, Don Draper presenta una campaña para un nuevo proyector de diapositivas llamado The Wheel, «La Rueda», para unos ejecutivos de Kodak. Durante el lanzamiento, proyecta una serie de imágenes de su álbum familiar: en una abraza a su mujer el día de su boda, en otra aparece bailando con ella en una fiesta, vemos también el nacimiento de su hijo.
«Este dispositivo no es una nave espacial, es una máquina del tiempo», explica. «Retrocede, avanza, y nos lleva a un lugar donde tenemos ganas de volver. No se llama La Rueda, es el Carrusel». Al final, revela el nuevo nombre del producto junto a un carrusel de feria de colores. Efectivamente: Carrusel. Los ejecutivos de Kodak permanecen en silencio, asombrados por su elocuencia, pero, sobre todo, emocionados porque haya compartido todos esos recuerdos. El valor de la nostalgia es un gran activo para los que saben evocarla.
El carrusel nos lleva a un lugar donde tenemos ganas de volver.
Nos lleva a un lugar donde tenemos ganas de volver.
Nos lleva a un lugar donde tenemos ganas de volver.
Nos lleva a un lugar donde tenemos ganas de volver.
Lo escribo, de improviso, en mi libreta de notas. Las migas de las galletas diseminadas por la mesa. Estoy, de repente, en un sofá de una ciudad a la que no he vuelto y Don Draper no sabe lo que dice. Habla de algo tan misterioso como el pasado. Del engaño de pensar que podemos volver a un lugar donde tenemos ganas de volver.
Antes de marcharme de la ciudad más triste del mundo me ocurrió algo. Un día, cuando ya había tomado la decisión de marcharme, salí a correr por la bahía y, al volver, me detuve, como solía hacer, frente al carrusel. Veía a los niños, los niños que nosotros no habíamos podido tener, a pesar de todo aquel tiempo intentándolo. Veía, en la alegría de esos niños, la tristeza de los dos. Ahí, sentada en los bancos de piedra, alargando el momento de volver a casa, me quedaba embelesada frente al espectáculo de luces y gritos de júbilo. Entonces, se sentó una mujer ciega a mi lado. Después de estar un rato en silencio, se puso a hablar. Me contó que años atrás había tenido un dogo alemán llamado Terry, y que había sido el mejor perro del mundo. Me lo repitió varias veces. Estuvo cinco minutos hablando de Terry, de que cuando se portaba bien le daba una loncha de jamón, de que a ella le gustaban más los perros que los seres humanos. Pero yo no entendía qué quería transmitirme, si es que quería transmitirme algo, y qué podía añadir yo a aquel torrente de palabras.
De manera que la dejé hablar sobre Terry y, al cabo de un rato, se detuvo y me preguntó si vivía sola, a lo que le respondí que no.
—Lo parece.
Entonces clavó el bastón en el suelo y se levantó del banco. De pie, se quedó mirándome con sus ojos sin vida. Hizo un gesto para señalar el carrusel.
—Es perverso —dijo—. Ten cuidado.
Se marchó con lentitud, arrastrando los pies, y podría haberla seguido, preguntarle a qué se refería, pero pensé que no era más que una loca que no sabía ni siquiera de qué hablaba. Se habría equivocado, me dije. No me sentí aludida por ninguna de sus dos afirmaciones. Perverso: el adjetivo se me antojó completamente fuera de lugar.
Sin embargo, cuando me marché, recordé a menudo a aquella mujer ciega y, desde entonces, los carruseles, en su magnífica obsolescencia, me transmiten un sentimiento de desasosiego. Me recuerdan a un abismo, al mío quizás, esa música circular constante, sin salida, frente a la bahía más bonita del mundo en los que fueron los años más tristes de mi vida.
El camarero mulato empieza a fregar los suelos con un producto que huele a desinfectante. Aliviada, veo cómo John cruza la calle y entra en la cafetería. Se acerca hasta mí.
—Ya está —me dice—. Has tenido suerte. Al final he podido arreglarlo.
Me levanto rápidamente, con ganas de salir de la cafetería, del pueblo. Con ganas de marcharme, digo un adiós general y sigo a John hasta el taller. También de él me despido, agradeciéndole el esfuerzo, y añado, ya al final, que siento lo de Bob. Me mira entristecido y sonríe resignado, enarcando las cejas.
—¿Has venido a hacer algo para algún periódico?
—Soy fotógrafa —le respondo.
—Ah. Buena suerte en ese caso.
Cuando me subo al coche, dudo un momento, pero al final vuelvo atrás. Enfilo la calle y me detengo de nuevo frente al carrusel. Aparco. Saco la cámara y miro el pedrusco enorme, aún en medio de la calzada, y el carrusel. Pienso la foto, la compongo. Esa es la foto. Aquí está.
Disparo.
«Es perverso», me digo.
Antes de ponerme en marcha, aparto la piedra, la pongo en la acera maltrecha. Arranco y, entonces, los dejo atrás. La piedra, el carrusel, mi paraíso quemado, arrasado por el tiempo.

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