No preguntes por la historia verdadera,
¿para qué la necesitas?
MARGARET ATWOOD,
True stories
León ha cumplido hoy cinco años y le hemos comprado una bicicleta blanca en la que se lee, en rojo, a ambos lados del cuadro, «Serious Superhero». Dice su padre que las rueditas que lleva incorporadas se las quitaremos pronto porque es un niño con equilibrio: «Es un poco más hábil que tú», me dice con sorna. Pablo ha insistido en comprarle también un casco, pero cuando se lo ha probado, León se ha quejado de que le apretaba y ha dicho que no quería ponérselo.
León se ha emocionado mucho cuando ha visto la bicicleta. Es un niño muy cariñoso. Agradecido. A veces actúa como un hombre pequeño, pendiente de todo, tan sensible e intuitivo como su padre. Le hemos hecho muchísimas fotos con la bici y el casco, que ha terminado poniéndose «porque sin casco no hay bici», ha sentenciado su padre. Me ha mirado, implorante: «¿Iremos al parque ahora? ¿Vamos? ¿Vamos? Un poco solo». Cuando me mira así, con esos ojos azules, grandes, redondos, esa pequeña cicatriz que descansa sobre su párpado izquierdo, sabe que voy a acabar cediendo. Aunque hoy sea tarde ya, aunque no queden horas de luz.
Además, me digo, y ese sentimiento me sobresalta por su claridad, por su contundencia, quizás es la última vez.
Pablo se queda en casa porque tiene que trabajar un rato. Me pregunta si yo tengo que escribir y le digo que no, que no se preocupe, pero no le cuento que yo ya no escribo, que lo he dejado. De manera que salgo de casa con León, la bicicleta, las rueditas. Nos vamos al parque y el niño está feliz e impaciente, tan feliz que se ha olvidado de que el casco le aprieta y lo lleva puesto mientras avanza con su flamante bicicleta de superhéroe por la calle peatonal que lleva a la entrada del parque. Cada pocos metros se detiene y se vuelve para ver si le sigo. Entonces, cuando me ve ahí, atenta a cualquiera de sus movimientos, me sonríe con su boca desdentada y continúa pedaleando. Cuando llegamos al parque, casi vacío a estas horas, me siento en uno de los bancos de madera, que debió de haber estado pintado de azul en tiempos mejores. Me siento con cuidado para no clavarme ninguna de las astillas que asoman por las tablas medio rotas. Desde ahí, le digo a León que practique, que dé algunas vueltas y que luego nos podemos ir hasta la fuente.
Me encargo de ir a buscar a León dos tardes a la semana. Salgo de la agencia antes y llego al colegio con el tiempo justo de comprarle la merienda en el colmado de al lado y de recogerlo. De camino a casa, paramos en un pequeño quiosco y le compro chucherías. El hombre que nos las vende cree que es mi hijo. «Qué buena que es mamá que te compra tantas gominolas, ¿eh?» Yo no digo nada y León tampoco. Somos cómplices: madre e hijo a escondidas. León me da la mano, y a mí me gusta sentir su mano pequeña y caliente, pringosa a menudo después de la merienda, en la mía.
Cuando nos toman por madre e hijo siento una punzada de remordimiento. Sé que él tiene una madre que se llama Adela y que antes estaba en un centro de rehabilitación para alcohólicos, aunque ahora ha desaparecido. Me lo contó Pablo, como también que las marcas violáceas que León tiene en el brazo son debidas a que, sin querer, Adela volcó una sartén de aceite hirviendo y el niño estaba al lado. Quemaduras de tercer grado. Y que la cicatriz que le empequeñece el ojo izquierdo es el resultado de una herida que se curó mal después de que se le cayera de la cama a su madre. También había bebido aquella vez y ni siquiera lo llevó al hospital a que le dieran los puntos que necesitaba. Pablo se encontró con la escena al volver del trabajo. Después de aquel episodio, Adela desapareció una semana con León. Finalmente, le quitaron la custodia. Pablo es abogado.
Por las noches le miro los bracitos a León y le doy aceite de rosa mosqueta en las marcas. Cuando me pregunta por mamá yo le digo que se está poniendo buena y que pronto volverá. Entonces él me pregunta si vivirá con nosotros y yo le digo que no lo sé. Hace casi un año que no la ve.
A veces tengo insomnio. Me sobrevienen entonces, en bucle, unos mismos pensamientos alrededor de Adela. No la conozco, ni siquiera la he visto en fotografías, pero tiemblo solo de pensar en la posibilidad de que vuelva de repente. Temo, más que cualquier otra cosa, que pueda hacerle daño a León. Que pueda hacerme daño a mí.
En realidad, lo que me ocurre, aunque solo algunas veces, es que desearía que Adela desapareciera. Que se muriera.
Hace cinco años, mi amigo Adrián y yo montamos una agencia de comunicación y publicidad. No es una agencia al uso, sino que nos especializamos en storytelling, y de ahí nació el proyecto en el que ahora mismo se centran la mayor parte de nuestras actividades. Se iba a llamar «Cuéntame tu historia», pero en inglés todo suena más convincente, más sofisticado incluso, de manera que terminamos bautizándolo como «Your Story», y nos dedicamos fundamentalmente a eso mismo: a contar las historias de los demás. Cuando años atrás apareció el término de storytelling parecía que se hubiera inventado la pólvora, pero lo cierto era que llevábamos tiempo haciendo aquello: aprovechando el poder de las historias, en su aspecto más emocional, más personal, para crear un relato empresarial.
Al principio, Your Story fue un servicio orientado a empresas que deseaban mejorar su imagen, pero, más tarde, Adrián y yo pensamos en probar y aplicar todos esos principios del storytelling a la comunicación entre personas y, en la actualidad, casi toda nuestra facturación viene de escribir historias personales por encargo.
Nuestros clientes nos piden todo tipo de textos. Por ejemplo, cuando llega San Valentín, se multiplican los pedidos relacionados con el «cómo nos conocimos» de las parejas. Después de una crisis —problemas, infidelidades, etcétera—, relatos de reconquista. Para las amistades rotas o perdidas, un relato de juventud que genere nostalgia. Cuando alguien muere, un texto para leer en el cementerio a los más allegados. También recibimos encargos de textos de padrinos de boda, delegados de clase el día de la graduación de la universidad… Existen tantos motivos como historias.
La gente cree que las palabras redimen, aunque yo no estoy tan segura. Solo sé que a todos nos gusta que alguien nos piense a través de ellas y que yo pienso a los demás a través de mis historias, deseando que tal vez los curen, que les devuelvan lo que ya no está o que puedan cambiar el curso de los acontecimientos. Es una lógica extraña, pero cuando le digo a Adrián que lo que hacemos es, en el fondo, un acto de amor, me recuerda que por muy romántico que parezca no dejamos de ser una empresa.
Todas las solicitudes que atendemos pasan en primer lugar por la web, una especie de filtro para que solo nos lleguen los clientes verdaderamente interesados. Es necesario rellenar un formulario bastante minucioso que desanima a los que no están del todo seguros sobre si solicitar o no el servicio. En el formulario, más allá de datos personales y un resumen de la historia en un máximo de cien palabras, pedimos que, al final, el usuario nos cuente los diversos motivos por los que encarga ese trabajo. A los motivos los llamamos categorías. «¿Para qué quieres contar esta historia?», pregunta el formulario, y se abre un menú desplegable en el que se encuentran motivos dispares: recordar, felicitar, reconquistar, ayudar. Es importante que este punto quede claro de cara a que nosotros podamos encontrar el tono y seamos conscientes de las intenciones reales del posible cliente.
Pero eso, claro, eso es lo difícil. Hay historias aparentemente escritas para recordar, para generar nostalgia en el destinatario, que desean, en realidad, reconquistar. Ocurre sobre todo en las historias de amor, existe una especie de pudor a la hora de reconocer que lo que se busca es recuperar a alguien que ya se ha perdido. A esta dificultad, la de los motivos que nos guían, se le añade el límite de caracteres, del que depende el precio de cada encargo.
Adrián suele quedarse con las largas, las de tres mil palabras, yo con las de mil quinientas. Luego, en casa, Pablo suele decir que trabajamos al peso, que lo nuestro es parecido a ir añadiendo palabras en una balanza, como quien va a comprar a la carnicería. Yo finjo enfadarme, pero cuando me veo a mí misma contando caracteres y espacios para que me quepa lo que quiero contar o alargándome con datos irrelevantes si me quedo sin ideas, me doy cuenta de que algo de eso hay.
Antes de que nos llegaran como las ruinas que son ahora, las pirámides de Egipto estuvieron recubiertas de piedra pulimentada. Tenían intrincados y preciosos dibujos e inscripciones que se evaporaron con el paso de los siglos. Con el tiempo se pierden los detalles pero quedan las formas, lo universal. Como esos recuerdos de infancia borrosos: no sabemos si los vivimos, si nos los han contado o si proceden de fotografías que hemos aderezado con recuerdos inventados. A mis clientes les pongo este ejemplo de las pirámides para que comprendan que el relato se escribe a partir de detalles y los detalles son los dibujos de la piedra pulimentada, pero lo que permanece es la forma, lo universal. Por eso es tan importante escoger bien la categoría: es lo que termina dándole a la historia su estructura.
A Ángela no le conté lo de las pirámides, me pareció que no lo necesitaba. La conocí una tarde de diciembre extrañamente luminosa. Habíamos quedado en una cafetería de la Plaça de la Virreina, cerca de donde tenemos la agencia y donde suelo reunirme con mis clientes. Enseguida congeniamos. Tenía diez años más que yo y, en algunos aspectos, me hacía pensar en una versión mejorada de mí misma. Segura, optimista, valiente. Cuando llegué aquel primer día, ella ya estaba ahí y se levantó como si, en efecto, me conociera de algo.
—Te he reconocido por la foto de la web, pero no sabía que eras tan guapa.
No me incomodó el cumplido. Es más, me agradó, sobre todo viniendo de una mujer como ella.
Al cabo de unos minutos de estar juntas, me di cuenta de que Ángela era de ese tipo de personas con las que es fácil sentirse cómoda. Quizás fuera por su forma de reírse, abiertamente, con ligereza, como diciendo: «Esto es todo lo que soy», o la infinita capacidad para la escucha que demostraba.
Nos sentamos a la mesa que los dueños del bar me reservan siempre, la que está más apartada, frente al ventanal, y saqué mi teléfono móvil para grabar.
—Suelo grabar las conversaciones para que así no se me pasen los detalles. Luego es lo que me da más juego a la hora de escribir la historia.
—Sí, sí. Leí en la web que lo hacías. No me importa. En realidad, la mía tampoco tiene muchos detalles. No te esperes nada del otro mundo. Supongo que todos te pedimos lo mismo —hizo una pausa—. Me gustaría hablarte de cómo conocí a mi marido. Me gustaría que escribieras esta historia para que vuelva a casa.
Ángela tenía razón, estaba acostumbrada a que la gente me pidiera esas cosas: que alguien querido volviera.
—Ah, había leído en el formulario que rellenaste que querías «recordar» su historia.
—Sí. Eso es. Pero quiero recordarlo para que vuelva a casa. No sé cuál es, al final, la razón. No sé qué va antes, si recordar o reconquistar —y nos reímos—. Es que es extraño que preguntéis por los motivos y tengáis tan pocas categorías para escoger. Os quería mandar un correo para decíroslo, pero se me olvidó.
—Sí, la verdad es que podríamos actualizar un poco la lista… Insistimos tanto con lo de las categorías porque es una manera de ordenar la información. Sé que quizás son demasiado generales, pero es para que nosotros nos hagamos una idea del tono que tienen que tener las historias.
Me sorprendió que, teniéndolo claro, Ángela hubiera seleccionado la categoría «recordar» cuando, en realidad, tendría que haber puesto «reconquistar», pero a veces ocurría en aquellas primeras citas que, reordenando la información, la gente reordenaba también sus pensamientos, sus historias.
Cuando quedamos, a pesar de que no fueran más que las cinco y media, y rompiendo aquella regla no escrita que me imponía a mí misma, aquel día me pedí una copa de vino. No bebo nada cuando trabajo, me parece que da una imagen muy poco profesional. Pero me sentí tan cómoda con ella que lo hice, y ella pareció contenta de mi elección y me imitó, aunque dio apenas dos sorbos a la copa.
Pensé, mientras empezaba a escucharla, que si la hubiera conocido en otras circunstancias, habría sido mi amiga. En realidad, podría decir que nos hicimos amigas: todo lo amigas que se pueden hacer dos personas en el mes y medio que me llevó el proceso de documentación, que fue más largo de lo normal porque me sentía tan a gusto que, algunas tardes, terminé contándole mi vida yo a ella en vez de ella a mí.
El de Ángela era uno de esos relatos que me gustaban: tenía un potencial final feliz. Un amor roto por los años y el desgaste.
—Me encanta escribir historias de amor. Como pueden arreglarse, hay esperanza —dije—. Lo difícil es escribir textos para leer en los tanatorios. Hay poco tiempo y las palabras en realidad no pueden cambiar nada… Y, además, son textos que terminan convirtiéndose en un listado de virtudes del muerto.
Ella rio y me sentí feliz. Deseé poder ayudarla porque lo que me contó me cautivó desde el principio. En las primeras líneas del texto que mandó citaba unas palabras de «Demasiada felicidad», un relato de Alice Munro que yo ya conocía: «Si te amara, habría escrito de otra manera».
La primera vez que vi a León tenía un año y medio y aún andaba a trompicones. Sentí, ya desde entonces, esa necesidad de cuidarle, de que no le ocurriera nada más. Era frágil, pero se veía en sus piernas delgadas esa fortaleza que muestra ahora, seguro, en la bici blanca, mientras da vueltas al parque.
Cuando conocí a Pablo sabía que se estaba separando de su mujer, que tenían una relación «conflictiva», pero nunca estuve al corriente de los entresijos de la historia. Conocía algunos detalles como, por ejemplo, que ella no estaba bien y le pedía que no la abandonara. También aquel episodio de las heridas de León y que de repente desapareció con el niño durante una semana y que, al volver, hubo que ingresarlo porque no le había dado apenas comida durante aquellos días. Los pormenores no los conozco. Pero entendí que acto seguido él la denunció y fue entonces cuando obtuvo la custodia. Aunque todos estos datos me llegan ahora como en una nebulosa.
Viví el proceso con angustia, sin querer inmiscuirme, intentando ayudar a Pablo pero sin saber exactamente cuál era mi papel en todo aquello. Es difícil ayudar cuando eres parte del problema. Hice incluso el intento de apartarme y traté de poner tierra de por medio, nos separamos un mes, pero no supe hacerlo. Quería a Pablo, a él y a ese hijo al que acababa de conocer.
No sé si Pablo se enamoró de mí porque estaba mal con Adela. O si estaba mal con ella porque se enamoró de mí. Me asegura que todo estaba roto ya y me repite: «Tú fuiste la gota que colmó el vaso», y sonríe, pero a mí a veces no me basta. Me gustaría saber más, aunque tampoco me atrevo a preguntarle por esa otra vida de la que procede León.
Sé que Pablo es feliz conmigo. Sin embargo, a veces me siento extraña cuando estoy con el niño. Cuando lo veo en el parque aparcando a mi lado su bici blanca, pidiéndome los muñecos de plástico que guardo en el bolso. Se sienta conmigo en el banco y me dice que tiene frío y saco el gorro de lana, la bufanda. Tiene mocos y se los quito con un pañuelo de papel que dice que rasca.
Quiero a León. Sin embargo, hay una fisura, una incomodidad. Es como tener una piedra muy pequeña en el zapato. Casi diminuta. No te impide seguir andando. Y te dices: tengo que quitármela. Quizás lleves zapatos de cordones y te da pereza. La mayoría de veces no la sientes pero después de horas caminando, sin darte cuenta, te ha hecho una pequeña herida.
Ángela me contó que no había tenido hijos.
—No serviría para madre. Me olvidaría al niño por ahí —decía—. Mi marido siempre me lo pedía y creo que, tal vez, si se lo hubiera dado…
Yo iba anotando, pero no estaba segura de que las parejas se arreglaran así, con los hijos. Es más, tenía la sensación de que era al revés.
—¿Cómo lo conociste?
—En un taxi.
Reí.
—¿En un taxi? ¿Y cómo fue?
—A la salida de un congreso. Llovía mucho. Diluviaba, de hecho. Yo era muy jovencita, veinte años. Estaba empapada. Llevaba un buen rato esperando debajo de un toldo, pero cuando vi que no pasaban ni iban a pasar taxis, decidí ir hasta la siguiente parada del autobús. Estaba completamente calada. Entonces, unos metros por delante de mí, un hombre salió de un edificio y se metió dentro de un taxi. Corrí hasta alcanzarlo, abrí una puerta y ahí estaba él. Le pedí que si por favor podía acercarme aunque fuera a la parada del autobús.
—Anda —dije—. Qué historia tan cinematográfica. Porque entiendo que él te dijo que sí…
—Y me acompañó a casa cuando yo aún vivía a las afueras de la ciudad. Siempre bromeábamos luego. Él me decía: «Te dejé entrar y ya te quedaste». Que fue, en realidad, lo que ocurrió.
—Qué bonito inicio. Porque después de aquello…
—Nos casamos pronto, nos marchamos unos años a vivir fuera. Lo teníamos todo.
—Entiendo…, y más tarde, para que me haga una idea de lo que pasó…
—Luego en el taxi se subió otra mujer.
La historia de Ángela era la de muchas parejas. Comprendí, por la manera como ella la contó, que llegó la rutina, que se distanciaron un poco, que de repente empezaron a hacer cada uno la vida por su lado y que luego, además, apareció otra persona. Previsible, todo demasiado previsible, pensé, como si un hilo imaginario dibujara las mismas formas en las vidas de todos. En algún momento tuve la impresión de que más que recuperarlo, lo que quería era hacerle daño, pero solo entreveía esa rabia cuando hablaba de esa mujer que se había inmiscuido entre ellos.
—No creo que haya que mencionarla a ella. No creo que sea clave en tu historia. No funcionan los reproches, al menos no por escrito.
—No la menciones, claro. Aunque si no fuera por ella yo aún tendría mi vida de antes.
—No lo sé, Ángela. Culpar a terceros. Ya te conté que yo ahora estoy con un hombre que tiene un hijo y que antes, antes de conocerlo yo, estaba casado.
—Claro que sí, cariño —me dijo. Y fue la única vez que me llamó así, «cariño»—. Llega una edad en la que todos llevamos mochilas. Pero no te veo capaz de meterte en medio de una relación. Eres demasiado buena.
Siempre suelo preguntar a mis clientes si quieren que en el relato incluya algún episodio que sea especialmente representativo, un día especial. En los detalles está la narratividad de la historia. Ángela me habló de unas vacaciones, de un velero en el que pasaron una de las peores noches de su vida. De repente, un mar calmado de finales de agosto, un mar plano, como un plato, dio paso a una tormenta. Fue cuestión de poco tiempo y les sorprendió cuando estaban regresando al puerto, al punto de amarre. Pero tuvieron que detenerse. Era tal la fuerza del oleaje, el viento, que echaron el ancla y se encerraron en el camarote. No había nadie al timón: no había nada que hacer excepto esperar a que pasara.
—Llega un momento en que lo único que puedes hacer es abandonarte, dejar que pase. Es imposible evitarlo. El dolor ocurre. Estuvimos varias horas dentro, golpeándonos contra las paredes del camarote.
Lo anoté todo, pero debió de ver que no comprendía por qué me estaba contando aquello, de manera que sentenció:
—A veces me reconozco en ese episodio. Dejar el mando, permitir que el control lo tomen las circunstancias. Aunque te opongas, igualmente va a ocurrir. Ahora, sin embargo, quiero tomar el control. Quiero volver a casa.
La madre de León lleva un año desaparecida. Cuando le dieron el alta del centro de rehabilitación en el que estuvo viviendo, simplemente se esfumó. Ni rastro de ella.
Nunca he visto una foto de Adela. Trato de descubrir en los rasgos de León un gesto, un detalle que me lleve hacia ella, pero León es un calco de su padre. Cuando conocí a Pablo no quise abrumarle con demasiadas preguntas. Él decía que quería mantenerme a salvo, y yo sentía ese hermetismo que se fue instalando entre nosotros con respecto a su pasado.
Pablo me contó únicamente aquel detalle. Que, por las noches, cuando Adela empezó a beber a raíz de que la echaran de un trabajo, Pablo llegaba a casa y se la encontraba echada en el sofá, el niño llorando y sin comer. Ella parecía ausente, ida, sin ser capaz de escuchar los lloros, que quedaban ocultos tras el sonido latoso de aquel pasatiempo hipnótico del iPad, el Candy Crush, que consumía las tardes de Adela.
Me lo contó en el primer viaje que hicimos juntos. Fue a San Francisco, la ciudad a la que desde niña yo había fantaseado con ir. Lo tenía todo. Era la ciudad de mi vida, pensé. Dolores Park y la limonada que tomamos al sol; la niebla que cubría el Golden Gate por las mañanas, que, como un truco de magia, hacía desaparecer el puente; las preciosas casas victorianas de colores, la imagen icónica de las postales de aquella ciudad bella pero envenenada. San Francisco me hacía pensar en la caducidad de lo bello. Era arriesgado enamorarse de una cicatriz que tarde o temprano se abriría y se tragaría tranvías, el mercado chino, el mexicano con nombre de pájaro, Colibrí. Al final tuve prisa por marcharme de allí, como si no quisiera amar aquello que ha de morir seguro y tan pronto.
La última vez que vi a Ángela me entregó un sobre con unas fotografías, las que le había pedido yo para ponerle cara a su marido, para verlos juntos. Tenía la historia casi acabada, pero a menudo me venía bien ver imágenes de lo que hasta entonces me había limitado a imaginar.
—Ábrelo luego. Me da pena ver esas fotos. Después siempre tengo ganas de llorar.
Le dije que no se preocupara, que era normal.
—¿Crees que lo conseguiremos? —me preguntó.
Asentí.
—Creo que sí. Estoy contenta con la historia, me quedan apenas unos detalles. Esta misma semana te la mandaré.
La reunión de aquel último día tuvo algo de triste. Le pregunté si estaba bien y me respondió que estaba cansada, que remover aquella historia la había trastocado un poco y que ahora que llegábamos al final del proceso tenía miedo de que no sirviera para nada.
—Las historias solo son el complemento. Una puerta que se abre, pero después es la realidad la que las continúa —le dije.
Me despedí de ella pensando que pronto buscaría la excusa para llamarla y vernos de nuevo. La vi doblar la esquina y desapareció calle abajo.
Más tarde, en casa, olvidé el sobre y las fotos. Cuando llegué, bañamos a León y preparé algo de cena. León y Pablo estaban con el iPad en el salón, jugando a uno de esos jueguecitos. No sé si era el Candy Crush. Me gustaba mirarlos a los dos. Se parecían tanto que a veces me daba la sensación de que el hijo era una mera prolongación del padre.
Antes de meterme en la cama abrí el sobre y vi una única fotografía. En la cama blanca de un hospital, una mujer sostenía a un bebé rosado envuelto en una mantita amarilla. Un hombre asomaba por detrás. La mujer, aunque me costó reconocerla por la expresión de plenitud, de felicidad, era Ángela y el hombre, Pablo, con el pelo menos canoso y sin las entradas que se cernían sobre las sienes, le ponía la mano sobre el hombro. El niño era León y yo, sin quererlo, llevaba un mes y medio escribiendo mi propia historia, esa parte oscura de la que mi vida procedía.
Tuve una arcada y vomité. Ahí, en el salón. Sobre la alfombra que yo no había comprado, que yo no sabía quién había comprado.
A veces, las historias sirven también y sobre todo para dinamitar.
Aquella noche limpié como pude el estropicio, cuidando de no hacer mucho ruido, y me marché a la agencia porque necesitaba estar en otro lugar, lejos de la casa, lejos de ellos dos y de aquella fotografía a la que prendí fuego, literalmente, en la esquina de Vía Augusta con Aribau. Vi, con parsimonia, cómo la imagen se doblaba, empezaba a consumirse. Observé con una mezcla de alivio y ansiedad cómo sucumbía al fuego, cómo las caras de aquellas tres personas y esa otra vida que habían compartido dejaban de existir.
No volví a escribir ningún relato: Ángela fue la última clienta con la que quedé. Pocos días después de ver la fotografía recibí, además, un e-mail de alguien que nos decía que en nuestro menú de categorías faltaba una muy importante: la venganza. No necesité que me dijeran más. Sabía quién era y sabía que tenía razón. Quise contárselo a Pablo, pero traté de hacerlo con lentitud, midiendo las palabras. En el fondo, tenía miedo. Quizás tampoco estaba preparada para saber dónde empezaba la ficción de Ángela y dónde la de mi pareja. Y la mía. Solo sé que me quedé en medio de aquellas dos historias sin saber en qué lugar estaba yo. Quizás en ninguno.
Un día, le pregunté a Pablo acerca del paradero de la madre de León, pero me respondió con vaguedades, con evasivas. Traté de sonsacarle algún tipo de información, aunque me resultaba difícil sin contárselo todo de golpe. Fue solo cuando yo le recordé la anécdota del Candy Crush, las tardes borracha con el sonido endiablado de la aplicación del iPad, cuando me miró perplejo, como si no entendiera: «¿De dónde has sacado esto de que Adela jugaba al Candy Crush? Ni siquiera tenía un iPad».
Sé que a León pronto empezarán a salirle los dientes nuevos, pero yo no sé si lo veré, porque León me hace pensar en San Francisco y en las historias que han de morir pronto.
Veo cómo León se cae de la bici. Se levanta de un salto y me mira como diciendo: «No pasa nada», me pide cinco minutos más, aunque se esté haciendo tarde y ya haya empezado a oscurecer. Le digo que sí, porque siempre le digo que sí, y más ahora. Espero que cuando sea mayor y eche la vista atrás, pueda recordar, pese a todo, que yo le quería. Quizás haya para entonces otra mujer que le cuente otra versión, pero ahí habré perdido ya el control de la historia. Porque la literatura se parece a la vida pero no es la vida, y quien las confunde paga, a veces, incluso con la suya propia.
Cuento los minutos que faltan para que me escriba Pablo para ver dónde estamos y recordarme que se está haciendo tarde. Cuento los minutos, los últimos minutos de luz.
León se cae de nuevo y, ahora sí, llora desconsolado porque se ha asustado y tiene toda la rodilla raspada. Corro y lo abrazo y le digo que no es nada y le acaricio la cabecita, le he quitado el casco y le despego de la frente los mechones de pelo liso. Lo beso y siento su cuerpo caliente pegado a mí y me digo que no voy a ser capaz, que le quiero. Pero de camino a casa, cuando Pablo me llama para ver dónde nos hemos metido, vuelvo al miedo, a pensar que quizás, esforzándome por contar todas las historias de los demás, he dejado de contarme la mía.

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