Texto aleatorio

En primer lugar llega la estupefacción. Por ejemplo, el pan estaba en la tostadora y yo acababa de poner la taza de café con leche en el microondas. Entonces, escuché de nuevo el ruido de las llaves en la cerradura y me sobresalté: pensé que mi madre se habría olvidado algo. Irrumpió en la cocina y me lo dijo. Llevaba el bolso cruzado sobre el abrigo con forro polar, el paraguas colgado del antebrazo. Paré la tostadora, pero el café siguió girando en el microondas hasta que empezó a pitar.

Se descruzó el bolso, se desabrochó los botones del abrigo e hizo amago de quitárselo, aunque finalmente se lo dejó puesto. Me contó lo poco que sabía.

—Al menos pudimos despedirnos —me informó.

Siguió diciéndome que no me preocupara, porque estaba bien, hasta que me lo creí. Pero en ese momento se volvió a abrochar el abrigo.

—¿Te vas?

Entonces se detuvo. Imagino que se dio cuenta de que estaba actuando de manera extraña. Como si fuera un autómata. Se sentó a la mesa, cogió el paquete de cigarrillos y encendió uno.

—Sí, estoy bien —respondió a algo que yo no le había preguntado—. Aunque claro, estas cosas no dejan de ser complicadas.

Saqué, por fin, la taza del microondas, puse miel en el café con leche, me senté frente a ella y le pregunté qué había que hacer cuando alguien se moría. Entonces, con prisas, rebuscó en la cómoda del salón y sacó una carpeta llena de papeles. Corriendo, como si la llamada fuera a vida o muerte, llamó a un 902.

—Verá, es que mi padre ha muerto.

Dijo «muerto» y no «fallecido», ni siquiera «mi padre acaba de dejarnos», y yo pensé que, efectivamente, esa había sido siempre mi madre. Cuando colgó, la llamó por teléfono su marido para decirle que la esperaba en la calle con el coche.

—¿Mi abrigo…?

Pero no terminó la frase porque se dio cuenta de que lo seguía llevando puesto.

Ellos, los que están a punto de morir, lo saben. Mi abuelo llevaba una semana en el hospital y había estado inconsciente unos días. Estaba sumido en una especie de coma, una pausa dentro de la frase que era, en ese caso, su vida. Abrió los ojos por primera vez cuando entramos a verlo una mañana mi madre y yo.

—¿Sabes quiénes somos?

Dijo nuestros nombres perfectamente, pero después se puso a ladrar, como si fuera un perro. Y reía. Y nosotras reíamos también, aunque supiéramos que aquella no era otra de sus bromas. En los momentos críticos, uno se aferra a cualquier atisbo de vida, como si fuera una limosna, aunque sea un ladrido.

Durante los últimos meses, la gente que me hablaba de mi abuelo —vecinos, familiares, el hombre al que le compraba las naranjas en el mercado— solía decirme que ya no era él. Yo asentía: sabía a qué se referían con aquella expresión inexacta y tramposa, con aquella frase que me llevaba de vuelta a una clase de la universidad, a un concepto de la lógica formal llamado vaguedad. La única asignatura que suspendí de la carrera fue aquella, la de Lógica, y, para ganarme la simpatía de la profesora, que se llamaba Helena Cerezo, aún recuerdo su nombre, participé en un seminario sobre la vaguedad. Con afán de ser didáctica e incluso divertida, a pesar de su inexistente sentido del humor, Helena nos preguntaba a los alumnos: «A ver, ¿sabríais decirme cuántos pelos se le tienen que caer a alguien para ser considerado calvo?». Se hacía un silencio y nosotros debatíamos: «¿Uno, dos, veinticinco?». Pero nunca llegamos a una cifra concluyente.

Así, de igual forma, la gente decía: «Hace tiempo que ya no es él», y yo no podía dejar de preguntarme en qué momento alguien deja de ser él mismo, qué extrañas mutaciones encadenadas deben ocurrir en un organismo para que pueda afirmarse con seguridad que ese organismo es ya otra cosa distinta.

Pero la vaguedad no puede explicármelo. Por eso suspendí Lógica.

Después de que mi abuelo nos ladrara y nosotras nos riéramos se puso a llover, porque aquel estaba siendo un febrero lluvioso. Llegó mi hermano y mi madre salió de la habitación para hablar con el médico, que le dijo que quizás era cuestión de horas. Que la infección, que el corazón, que su cuerpo consumido, que eran muchos años, que había vivido una vida plena y que estuviéramos contentos por eso. Los tres nos quedamos de pie, juntos alrededor de su cama con la sensación de quien mira algo que está a punto de desvanecerse, esos segundos en los que el sol deja apenas un rastro de luz rojiza sobre el horizonte. Le acaricié la cara, mi madre también, y me di cuenta de que yo nunca le había tocado la cara a mi abuelo. Lo tapamos, como si cubrirle los hombros pudiera solucionar algo, pudiera, incluso, salvarle de algo. Tenía un pelo blanco que le sobresalía hirsuto de la ceja, y se lo agarré con los dedos. Mi abuelo abrió los ojos y traté de sonreír. «Tengo que quitarte esto, eh». Sin embargo, se lo dejé. Salimos de ahí y el médico nos aconsejó que no tardáramos en traer a mi abuela para que pudiera despedirse.

De manera que, horas más tarde, regresamos con ella. La sentamos en una silla de ruedas para que no tuviera que subir andando la empinada rampa del hospital y yo sujetaba el paraguas para cubrir a mi madre, que empujaba la silla desde la que mi abuela se quejaba porque decía que podríamos haber ido cualquier otro día que no lloviera y que siempre le complicábamos la vida. «Claro, como hacéis conmigo lo que queréis…»

Mi abuela, sus ojos verdes resplandecientes, su elegancia a los ochenta y seis, esa lucidez parpadeante, como una lámpara a punto del apagón definitivo, entró en la habitación sentada en la silla pero, al llegar a los pies de la cama, se puso de pie y se lo quedó mirando.

—Pero ¿por dónde come? —preguntó a nadie en concreto.

Mi madre señaló el suero.

—Por aquí.

—¿Le pasan los purés por ahí?

Mi madre asintió. La vejez es eso: el pacto por el que asumes que tus hijos empiezan a mentirte.

Se quedó de pie, a la altura de la cabeza de mi abuelo.

—¿Sufres?

Él negó con la cabeza.

—Eso es lo importante, que no sufras. Luego cuando vuelvas a casa ya veremos cómo nos arreglamos.

Mi abuelo tenía la mirada opaca, los ojos más oscuros de lo normal. No hablamos demasiado con él, yo le contaba cosas, mi abuela le decía que estaba sola por su culpa y mi madre le echó colonia Nenuco en el pelo, pero aquel día no lo afeitó.

Observaba la cháchara absurda de las tres con una expresión intensa y extraña que condensaba los restos de vida, las sobras, la pared vacía que es, en definitiva, la muerte. Balbuceaba cosas y en ocasiones le entendíamos, pero en otras no teníamos tanta suerte. Me preocupaba que volviera a ladrar, que mi abuela se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo, pero no lo hizo. Aquella tarde, mi abuelo estaba extraordinariamente consciente y, al salir, cuando mi madre sentó a mi abuela en la silla de ruedas, me acerqué y él me susurró:

—Cuidad mucho a la abuela.

No supe qué decirle. Hubiera tenido que responderle que lo íbamos a hacer, pero en vez de eso le dije que a él también le íbamos a cuidar, como si en esos momentos, una mentira de las mías pudiera convencerle de que aquello no estaba ocurriendo, de que no iba a morirse. Como si le hablara desde el quicio de la puerta, distraídamente, mientras él empezaba ya a bajar las escaleras. Los que nos quedamos dentro nos dirigimos a los que se están marchando de la única manera que sabemos: desde el consuelo de sabernos vivos. Más vivos.

En lo que duró el trayecto en taxi hasta su casa, mi abuela se sumió en un mutismo largo e inquietante. Tiene demencia senil, así llaman a esa condición que, para nosotras, enmascara ese irse de repente, la incapacidad de conectar de lleno con la propia vida, como si ahora fuera de puntillas, sin rozar del todo la realidad, convertida a ratos en una desconocida que lo mira todo con una mezcla de curiosidad y hastío. Subiendo penosamente las escaleras que llevan a ese piso sin ascensor en el que había vivido toda su vida, mi abuela se detuvo a medio camino para preguntarnos si el abuelo iba a venir a cenar y, cuando le dijimos que no, nos contó que ella tenía siete hermanos y que su madre siempre la había mimado más que a los demás porque era la más pequeña. «Y para cenar me hacía gachas sin leche porque a mí no me gusta la leche», un tema del que hablaba con frecuencia aquellos últimos tiempos. De las gachas, de su hermano Toni, que había muerto muy joven de cáncer de pulmón, o de las gallinas que alimentaba en el corral tratando de no pisar ningún huevo. Llaman demencia senil a esa mezcolanza en la que se convierte la vida, a ese pasar de puntillas por la sobriedad, a la confusión en la que hay gachas y gallinas pero no emoción verdadera ni entendimiento.

La dejamos en casa con Ruth, la mujer que la cuida, y cogimos el autobús, el 25, y encajonadas en los asientos de la fila de atrás, mi madre me aseguró que el médico debía de haberse equivocado porque mi abuelo estaba mucho mejor que unas horas atrás, mucho más lúcido. Aquella era también mi madre, contradiciendo a médicos y a expertos. Le expliqué que recordaba haber leído que cuando alguien está a punto de morir experimenta una subida de adrenalina final. Es como si el cuerpo gastara todas sus últimas energías en cerrar las cortinas antes de apagar la luz. Antes de despedirse.

Aquella noche cené en un japonés con un amigo y, en la penumbra de aquel restaurante que se había puesto de moda, con aquellos neones tan bien estudiados, los cócteles dispuestos en copas fastuosas, envueltos en humo y ceremonia, pensé en él, que estaba solo en esa habitación de hospital conectado a esa sonda por la que le habíamos dicho a mi abuela que lo alimentábamos.

Murió al día siguiente a las 8:30 de la mañana y mi madre, tras recibir la noticia, no se quitó el abrigo, como si tuviera frío. Después de llamar con urgencia a un 902, aunque no hiciera ninguna falta llamar a ningún lado y mucho menos hacerlo con premura, se fue hacia el hospital, y yo me quedé en la cocina, con el café con leche sobre la mesa, las tostadas ya frías, tratando de procesar lo que había ocurrido. Más tarde, ya desde el hospital, mi madre me llamó y le pregunté: «Pero ¿está muerto, de verdad?». Y me arrepentí al segundo de haberlo hecho, pero era, supongo, eso que llamamos incredulidad, eso que se extiende durante todo ese tiempo en el que recuerdas a esa persona y sigues esperando a que te llame por teléfono para decirle: «Ah, eres tú, entonces no estabas muerto». Eso que dura hasta que, a fuerza de convocar la voz de un ser querido, esta termina también por desaparecer. La voz es lo último que se marcha. Después, ya no hay nada.

Aquella mañana cancelé todas las reuniones de trabajo. Todo. Me quedé en casa sentada frente al portátil, como si pudiera solucionar algo. Solucionar, ese era el verbo que me rondaba la cabeza.

Hacia el mediodía fuimos al hospital para recoger las cosas de mi abuelo. Sus pertenencias, todo aquello que veinticuatro horas atrás aún tenía un dueño y un propósito: la colonia Nenuco, la crema para las manos en su mesita de noche, los zapatos con los que había ido, andando por su propio pie, hasta ahí. Nos lo habían puesto todo en una bolsa de basura y la cogí yo porque mi madre no sabía, supongo, cómo hay que agarrar lo que queda.

Hay unos ritos que envuelven la muerte. Las condolencias, el tanatorio, el ir de negro. El pasen y vean que el muerto está en la caja, el pasen y vean y sobre todo digan que lo han dejado muy bien, aunque esa persona, ahora sí, ya no sea ella misma.

—Está guapísimo —dijo alguien en el tanatorio.

—Lo que está es muerto —respondió mi hermano.

Aquel era mi hermano, digno hijo de mi madre, con las palabras precisas en el momento preciso.

No entré a verlo. No sabía cómo. Me quedé en los bancos del pasillo con todos los que se sentaron a mi lado para decirme que no había sufrido y que estaba bien que todo hubiera sido rápido. Vino Félix, el hijo de unos amigos, que se puso a corretear por los pasillos del tanatorio y, cuando nos distrajimos, se coló en otra sala. Se cayó al suelo al traspasar la primera puerta. Riendo, salimos rápidos a por él.

Yo pensaba —pensé muchas veces en ello— en que no le había quitado el pelo blanco de la ceja. Sé que mi madre, aguantando todo aquello, estaba inquieta porque el último día ella no lo había afeitado, y quise decirle que no importaba, que no le diera más vueltas a eso porque el abuelo ya no era el abuelo.

Me marché pronto del tanatorio. Mi abuela, extremadamente cansada, no se había visto capaz de ir y estaba sola en su casa, sin Ruth, que libraba. Tomé un taxi y, cuando arrancó, me dejé llevar por la música que sonaba en Radio 3. La canción me era muy familiar. La voz de la chica también. En realidad era yo. Mi voz. Se trataba de un programa grabado dos días atrás en el que me habían pedido que hiciera una lista con mis diez canciones favoritas, las que más me habían marcado a lo largo de la vida, y que las fuera comentando. Así lo hice. De manera que en aquel taxi me escuché a mí misma, como si la chica que hablaba fuera otra persona.

Cuando llegué a su casa, encontré a mi abuela en el sofá, dormida, con las sopas de letras y el bolígrafo Bic en el suelo. Cogí las sopas abiertas por una página en la que solo había marcado dos palabras: mudéjar y puerro. Me costó despertarla y por unos momentos pensé que también había muerto. Pero enseguida reaccionó.

—¿Has entrado, lo has visto?

Le dije que no. Que no lo había visto.

Entonces puse la radio y le expliqué a mi abuela que la que hablaba era yo.

—Pero este que canta no eres tú.

Reí.

—No, abuela, ese es Andrés Calamaro.

Y antes de que sonara Ana Belén con «Peces de ciudad», escuchamos mi voz, que explicaba que, cuando yo era una niña, me parecían misteriosas las primeras frases de la canción: «Se llamaba Alain Delon el viajero que quiso enseñarme a besar en la Gare d’Austerlitz». La chica de la radio decía que cuando escuchaba la canción no sabía quién era Alain Delon, y mi abuela me interrumpió para decirme:

—Anda que no saber quién es Alain Delon.

Cuando empezó a oírse la voz de Ana Belén, mi abuela añadió asombrada que no sabía que yo cantara tan bien.

Reí de nuevo porque la vejez también es eso, asumir que no vas a entender nada. O peor, que aunque lo entiendas no lo vas a recordar. Después, mi abuela desapareció. Se quedó un par de horas con la mirada perdida hasta que volvió en sí, y le hice la cena. Mientras se comía el pan que le había untado con sobrasada me dijo que estaba tranquila porque no había sufrido.

—¿Tú vas a entrar a verlo?

Negué con la cabeza y la acompañé hasta su habitación.

—Deja la luz un poco encendida, la del pasillo.

Pensé en ese matiz: «un poco». Mi abuela pedía solo un poco de luz.

—Déjame aquí el bastón —dijo. Y se lo acerqué—. Ahora ya lo voy a tener que utilizar siempre. Era tu abuelo el que me agarraba.

Al día siguiente, en el tanatorio, ni mi abuela ni yo entramos a ver a mi abuelo. Mi madre tampoco. Leí unas palabras en la ceremonia, unas palabras que pronuncié con voz temblorosa, pero que no eran una despedida. Eran como esas pelotas de goma que lanzamos a los perros para que las recojan. Aquellas palabras eran para que mi abuelo volviera con ellas hacia mí, hacia nosotros. Pero no recogió el testigo, no se levantó para salir de la oscuridad: las palabras con las que trataba de convocarle no eran más que una manera definitiva de enterrarlo.

Cuando el acto terminó, mi madre y su marido fueron a acompañar al féretro al crematorio, y mi hermano, su novia, mi abuela y yo nos dirigimos hacia casa de mis abuelos.

—Os dejo primero a vosotras en casa y nosotros vamos a por un pollo asado, ¿vale? —dijo mi hermano.

Mientras subíamos las escaleras, mi abuela me dijo que no podía llorar y yo le respondí que no se preocupara.

—¿Crees que tendríamos que haber entrado a verlo?

—No lo sé. Pero él ya no está ahí, ¿sabes?

—Claro que lo sé. Cómo no voy a saberlo —dijo enfadada.

Se sentó en el sofá y volvió a desaparecer. Sobre su regazo, las sopas de letras abiertas por esa misma página, mudéjar y puerro. Pensé en poner algo de música. En casa de mis abuelos aún había un viejo tocadiscos. Rebusqué entre los vinilos y entonces lo vi: el de Nat King Cole, A mis amigos, se llamaba, y en la carátula, la sonrisa diáfana del cantante sentado sobre maletas, enmarcado por pósteres de distintos lugares del mundo.

Sabía cuál era la canción. La puse y, cuando la música empezó a sonar, mi abuela volvió en sí de repente. «Aquellos ojos verdes de mirada serena», empezó Nat King Cole. Mi abuela dejó el bastón apoyado en la pared, se aproximó hacia mí, me alcanzó con sus manos pequeñas y huesudas, entumecidas por la artritis, y cogió las mías. Apoyó su pequeña y blanca cabeza en mi hombro y, paso a paso, como si alguien nos moviera mediante unos hilos invisibles, empezamos a bailar. Cerró los ojos y se dejó llevar, se fue lejos, creo, y volvió a tener veinte años o treinta. Quién sabe las personas que son nuestros abuelos, nuestros padres, nosotros mismos. Incluso recordaba la letra, la tarareaba: «Aquellos ojos verdes, / serenos como un lago, / en cuyas quietas aguas / un día me miré».

No sé a quién le cantaba aquello, si a la que había sido antes, a esa mujer de ojos verdes, como la de la canción, si pensaba en mi abuelo o si, simplemente, la música tenía el poder de evocar las sombras, lo que había sido, del que carecíamos los demás.

Mientras nos movíamos por el salón, esquivando muebles y sillas, mi abuela estaba en el centro de su vida, la había recuperado por unos instantes. Se la habían devuelto.

Cuando terminó la canción, se detuvo, se separó de mí, como regresando a la vida. Sus ojos verdes me escudriñaban y al poco llegaron mi hermano y su novia. Mi abuela me preguntó si íbamos a comer y si el abuelo estaba bien.

Asentí a las dos cosas. Fue a coger el bastón, apoyado sobre la pared, y este resbaló y se cayó al suelo. Se lo recogí y fuimos andando lentamente hasta la cocina y me recordó que tenía siete hermanos y que todas las noches su madre le cocinaba gachas pero que no les ponía leche porque a ella no le gustaba.


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