Porque era él; porque era yo.
MONTAIGNE, sobre su amigo
Étienne de La Boétie
Ciertas imágenes permanecen y son casi las cinco de un día de enero de 1976 y, en una clase de primero de EGB, una niña de largas trenzas oscuras tropieza con el cordón de los zapatos, que lleva siempre desatados, y cae sobre mí. Me agarro fuerte al pupitre con ese tintero inútil en el que dejo las minas rotas del lapicero. Trato de no caer yo también, pero, con el codo, sin querer, arrojo al suelo la figura de barro, ya seca, que tanto orgullo me ha provocado esos días en clase de Manualidades. Es un intento de elefante, una figura tosca de la que, al impactar contra el suelo, se separa la trompa. Un elefante sin trompa no es un elefante. Su rostro, dominado por un vacío, pierde entidad. Con los ojos enrojecidos, a punto de las lágrimas, de la rabia que me da, agarro del brazo a esa niña enclenque y la pellizco. Le clavo las uñas, como sé hacer, y la empujo. Le digo algo parecido a «me has roto mi elefante» y entonces ella, la niña más delgada de clase, se abalanza sobre mí y me tira del pelo. Terminamos enzarzados en una pelea, los dos llorando. Pero nadie nos presta mucha atención porque es hora de salir y, a través de megafonía, suenan los nombres de siempre: Carmela Iglesias, Mateo Salinas, Victoria Puertollano, los nombres de los niños cuyos padres llegan puntuales al colegio para recogerlos. Nosotros, los dos, somos todo mocos y lágrimas. «Pídele perdón», me ordena amenazante la profesora. «Pídele perdón», le dice a ella. Parece que aún puedo escucharla y esa imagen antigua permanece, está resguardada en un cajón a salvo de las inconsistencias del tiempo. Son los inicios: los dos de cara a la pared en una clase de la infancia, orgullosos, sin ser capaces de disculparnos, castigados a estar juntos en una vida sin recreo.
Recojo la maleta en la cinta y busco un carro. Pruebo un par para asegurarme de que luego no haya sorpresas con las rueditas atascadas. Paso por aduanas y el funcionario del último control me vuelve a pedir el pasaporte. Me da la bienvenida: «Welcome back», me dice. Asiento y me dirijo hacia las puertas automáticas. Pero se cierran antes de que pueda atravesarlas.
Otra imagen, de unos años más tarde. Vamos a catequesis juntos y ya no lleva trenzas, sino que se ha cortado el pelo justo a la altura de los hombros y las puntas se le abren hacia arriba, como si no quisieran rozarla. Se sienta siempre delante de mí. En la pared, sobre su cabeza, como si cargara con ella, cuelga una ilustración bíblica acompañada por un versículo: «“Pedid y se os dará”. Mateo 7:7». Sospecho que ninguno de los niños que rodeamos a la catequista, en especial la niña del pelo por los hombros, entiende el significado de ese oscuro mandato, el misterio de saber pedir. Intuyo que no llegaremos a hacerlo, entre otras cosas porque yo voy a repetir curso y mis padres sustituirán mis extraescolares, entre las que se cuenta catequesis, por clases de refuerzo. Ella, porque se declara atea antes de saber siquiera lo que es el ateísmo, y sus padres la inscribirán en el equipo de voleibol.
Un hombre bajo, delgado, que viste con una especie de elegancia anticuada, se acerca y se sitúa en medio de las puertas automáticas, introduce una herramienta entre ambas hojas, forcejea, finalmente las puertas se abren y salgo al exterior. Aparece el tumulto frente a mí, las miradas expectantes, las pancartas de bienvenida, los nombres escritos en folios cuadriculados.
Con diecisiete años, esa chica gana un premio nacional de Filosofía con un trabajo sobre Madame Bovary: «El quijotismo en Madame Bovary». «Se entiende por quijotismo el estado de insatisfacción crónica de una persona, producido por el contraste entre sus ilusiones y aspiraciones y la realidad, que suele frustrarlas». Había entregado aquel trabajo impreso en papel verjurado y la marca de agua aparecía en todos y cada uno de los folios. Galgo, ponía. Era una marca ligera, casi imperceptible, pero la noche del premio, la primera vez que nos emborrachamos, yo no le pregunté por Emma Bovary, aunque tiempo después sospechara que ella se había convertido en el mítico personaje de Flaubert. Porque Emma Bovary no sabía lo que quería, o quería siempre lo que no tenía, o pensaba que el amor llegaba de golpe, entre grandes destellos y fulgores, y que todo estaba escondido en los libros aunque si leías los libros equivocados podías morir. No, no le pregunté por Emma Bovary porque quizás, aunque cómo podía adivinarlo, el que se estaba convirtiendo en ella era yo, pero lo que guardé de aquel premio no fue aquella premonición que me llegó demasiado tarde sino un detalle absurdo, la marca de agua, el rastro, sobre el que se escribía una historia.
La busco, pero al principio no la encuentro. La veo en el extremo izquierdo, donde termina la barandilla metálica que delimita la zona de llegadas. A su lado, un hombre alto sostiene un cartel con mi nombre escrito incorrectamente con un grueso rotulador azul. La veo, ya riéndose en la distancia.
Ciertas imágenes permanecen y, con veintiuno, esa misma chica huye de una cena de fin de año porque no quiere escuchar las campanadas. Ya no estamos en el colegio, vamos los dos a la universidad, somos adultos, o eso dicen, pero a ella lo que le ocurre, aunque no lo diga, es que no quiere hacerse mayor. Además, viste siempre con colores oscuros, se pinta los labios y las uñas de negro y suele definirse a sí misma como gótica, pero esa estética dura e impenetrable no es más que el disfraz tras el que se oculta. Son las 23:50 del 31 de diciembre de 1991 y coge el metro decidida a pasar las campanadas ahí. Pero las campanadas la alcanzan a ella porque el vagón se detiene justo a la entrada del año. Suenan los cuartos, empieza el show y ella trata de ponerse los auriculares del discman, pero yo, que estoy a su lado, le digo que al final las cosas terminan alcanzándote y ahí, en el metro, estación de Canillejas, los dos sentados, le digo: «Feliz año» y, envalentonado por el champán barato de la cena, me atrevo: «Alicia, te quiero». Y ella me responde con un abrazo, y salimos del metro y, como ya lo hemos hecho una vez y me da menos vergüenza, la vuelvo a abrazar en la calle Alcalá y querría decirle que se quede ahí conmigo para siempre, que no se mueva, pero siento cómo me cerca un viejo versículo que dice que se te dará lo que necesites, y la opacidad de lo que esconde es lo que finalmente me atrapa, se te dará lo que necesites pero solo tienes que saber pedirlo.
Tengo la sensación de estar detenido, no solo en el aeropuerto sino en el tiempo, aunque sé que estoy andando y Alicia mueve la mano, la agita haciendo aspavientos. Como si aún no la hubiera visto y necesitara una confirmación de que es ella. Por unos instantes, una familia cargada de maletas se cuela delante de mí y dejo de ver a Alicia mientras me acerco hacia el final de la barandilla, y entonces me asalta el pensamiento de que la relación más larga que he tenido es una relación que nunca tuve. Quiero decir, claro que existió, asumiendo que los anhelos y las incertidumbres existan y que haya un lugar para ellos. Que haya personas que son como marcas de agua en las hojas de papel, que se sobreimprimen en el resto de la historia, y mientras me acerco al final de la barandilla puedo ver a Alicia tumbada a los pies de mi cama, en una cabaña, en el último fin de semana que pasé con ella. El televisor, encendido, y yo recostado en el cabezal mirándola a ella. El pelo corto, tan corto como el mío, y, de fondo, un programa sobre el lugar más árido del planeta, el desierto de Lut, en Irán. La voz en off, que cuenta: «A setenta grados centígrados se puede freír un huevo sobre la superficie de la tierra, el cuerpo humano tarda escasos minutos en sufrir un fallo orgánico y la vida animal y vegetal es extravagante y misteriosa», y Alicia se despereza. «Un huevo frito en el desierto de Lut. Podríamos ir, ¿no?» Me acerco a ella y me quedo a su lado, tendido, y escuchamos los dos cómo esa misma voz en off, melodiosa y con un tono entre resabido y melancólico, rozando lo cursi, cuenta que a veces hay «turbulencias en el cielo». Escucho a Alicia reír. Nos quedamos callados, atentos a esa voz que, con el tono de quien empieza a contar una historia, dice: «A veces llueve en un lugar remoto», y entonces la señal se pierde. Me levanto y trato de sintonizar la antena, lo logro y la imagen ha cambiado por completo y están entrevistando a un hombre en el exterior de una cabaña de barro. Alicia dice: «Me he quedado con ganas de saber qué decía. Era interesante. ¿No tienes a veces esa sensación? Justo cuando algo empieza a ser prometedor de repente se termina». Y me mareo, de repente, solo que luego entiendo que esa fragilidad que siento entonces tiene otro nombre, se llama, en realidad, felicidad, y fuera llueve, o empieza a llover, aunque no estoy seguro de si eso es algo que con el tiempo he añadido yo al recuerdo, porque a veces llueve en un lugar remoto, incluso en el desierto de Lut, y me acerco aún más a Alicia y la empiezo a desnudar y le beso el lunar que tiene en la clavícula, la media luna encima del glúteo izquierdo, y no sé si sigue lloviendo fuera, pero sé que todo esto ocurre antes de enfadarnos. Antes de que yo me marche un domingo al aeropuerto de Lagos en el que, ya con todas las maletas, la mudanza hecha, la llamo para decirle que no, que no me voy, que ya está bien de ser siempre esos dos niños que se quedan sin recreo. Sin embargo, ella no atiende, o no hay cobertura, no me acuerdo, y le escribo entonces un e-mail y quiero pedirle algo que no recuerdo. Al final entro en el aeropuerto, por estas mismas puertas por las que en estos momentos, tres años después, que son 1.095 días, regreso. Creo que no le llegué a mandar el e-mail, pero sé que quería pedirle algo, ese deseo antiguo a la salida del metro que, como ciertas imágenes, permanece. Sin embargo, cuando la tengo ahora frente a mí han pasado veintinueve años desde que la abracé en la calle Alcalá y lo que hago es abrazarla y levantarla del suelo sucio del aeropuerto de Lagos como si pudiéramos volver a Canillejas y a 1991 o a la cabaña y al misterio del desierto de Lut y le digo: «Alicia, te echaba de menos», y acto seguido le susurro que no hacía falta el cartel con mi nombre, que sabe perfectamente cómo me llamo y que los carteles solo están para reconocer a los que no conocemos, pero ella me dice que «quería ver tu cara al ver que han escrito así tu nombre».
No pesa, Alicia nunca ha pesado demasiado, y me suelta un «Hueles a avión» que me hace reír, de la vertiginosa felicidad de verla, de que nada cambia nunca tanto como para sorprendernos. «¿Estás nerviosa?», le pregunto. Pero no me responde, ya habrá tiempo de hablar de estas cosas, y ella se queja del bochorno mientras nos dirigimos al coche. «Bienvenido», me dice, me agarra más fuerte del brazo y me quedo en silencio. Va hablando con el chófer, que le pregunta por mí, creo, porque ella le responde que «es el mejor amigo que nunca he tenido», pero Alicia sabe que los nombres se tambalean a veces, como si no se sujetaran bien, o son inexactos, o no cuentan más que lo que puede entenderse. O quién sabe qué es lo que piensa, quizás si lo hubiéramos hablado o si yo hubiera llamado más veces. Y sigue: «Hacía más de tres años que no venía, pero hemos estado toda la vida juntos. A las buenas y a las malas, siempre», y ahora calla y se dirige a mí: «Ha pasado tiempo, pero aún no han arreglado nuestro puente. Vamos a pasar por el mercado y así lo cruzamos».
Entonces lo veo claro. «Sí que te llamé, Alicia, yo sí que te llamé», le digo, y siento cómo el sol derrite el asfalto. Pero de repente no estoy seguro de haberla llamado ni del valor premonitorio que tienen algunos versículos bíblicos. «No tengo ninguna llamada tuya», exclama sorprendida. «Te decía que siguen sin arreglar nuestro puente. ¿Te acuerdas?» Y claro que me acuerdo, y en los escasos metros que nos quedan hasta el coche, el carro se me va atascando porque las ruedas, aunque parece que funcionan, siempre terminan deteniéndose.
Claro que lo veo, en Lagos, en esta ciudad cosida de puentes, de puentes que son una metáfora universal del entendimiento, o del no entendimiento, veo el Carter Bridge. Todo el mundo lo llama así, aunque la letra a hace tiempo que se cayó. Lo llaman así porque lo recuerdan de una manera que ya no es. De una manera entera. No como un nombre incompleto y absurdo: Crter. Y entiendo entonces que nos ha ocurrido lo mismo y me detengo en seco porque tendría que decírselo: somos como el puente, pero en su lugar digo que me he parado por el maldito carro, que se ha atascado, y gotas de sudor me empapan las sienes. «El bochorno —digo—. El maldito bochorno de esta ciudad». «¿Estás bien?» Murmuro que es un golpe de calor y, cuando finalmente llegamos al coche, doy gracias por el aire acondicionado. Alicia pasa delante porque atrás, en el asiendo de mi lado, hay una americana de un traje de hombre que no puede arrugarse. Me incorporo y, como no se me ocurre otra cosa, vuelvo a preguntarle: «¿Estás nerviosa?». Suspira, como si estuviera muy cansada. «Bueno. Sí. Estoy contenta, pero es agotador montar todo esto en tan poco tiempo». «Sí, sí, imagino.» Sin embargo, cuando se cierra la puerta del coche y nos empezamos a mover, me encuentro sus ojos fijos a través del retrovisor y le digo la verdad: que no, que no me lo puedo imaginar porque yo nunca me he casado.

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