¿Están ya las redes? ¡Muchacho! ¿Están los flotadores guardados? ¿Ya no hay más que estén rotos? Ese cristal cuesta más de lo que tú vales… ¿Sí? Bien, bien. Siéntate, entonces, tenemos algo de tiempo antes de que la marea suba.
Vamos, no pongas esa cara de susto, muchacho, sobrevivirás. Del Viejo Ven aprendí a navegar por el mar, como tú lo vas a aprender de mí. Da gracias. Ven era el mejor, y sus conocimientos te los paso a ti.
¿Sigues asustado? No deberías estarlo. Te contaré algo, sobre el Viejo Ven y cómo murió. Hay cosas peores en esta vida que felphins o nautilons; mucho mucho peores. Deja que te hable de ellas. Lo sé porque yo estaba allí el día que la hidra vino a Pelago.
Era mi decimoséptimo viaje, y era un muchacho no mucho mayor que tú. Ha pasado ya mucho tiempo, pero lo recuerdo la mar de bien. Si pudiera olvidarlo…
El viento arrancaba rizos blancos a las aguas negras. Nuestro bote se balanceaba, con la suavidad de los brazos de una madre. Era una noche tranquila, una noche para la calma tras un día duro.
El océano es un adversario implacable, pero nosotros habíamos triunfado, los tres: el Viejo Ven, Sareo y yo. Teníamos los cestos llenos. No como las pobres capturas que ves ahora, ¡no! Nos dolían las extremidades por el trabajo bien hecho y teníamos los corazones satisfechos. Todo estaba vivo. Fue un buen día, muchacho. Un buen día.
Ven estaba sentado con las piernas cruzadas en el hoyo del casco, Sareo junto a él…, no lejos de donde estás tú sentado ahora, intenta imaginártelo. Sus rostros se veían muy curtidos bajo la luz anaranjada del brasero. Gozaban con el calorcillo, con el movimiento oscilante de los haces de cable de acero en el agua.
Yo era como tú. No me gustaba la noche ni el mar entonces. Contemplaba las profundidades aterrado pero a la vez embelesado. Tiene ese efecto. No tardarás en darte cuenta. Ya lo verás.
El Viejo Ven me miraba con atención.
—¿Tu primo todavía le teme al agua, Sareo? —dijo, como si yo no estuviera allí—. ¿Incluso ahora?
—Hay mucho a lo que temer —respondió Sareo—. El océano no es de fiar. Si algo me ha enseñado, es eso.
—Con todo, si piensa de ese modo, ¿por qué quiere ser pescador?
Sareo lanzó una carcajada.
—¿Qué otra cosa puede hacer, Ven? Tiene que pescar, o morirá de hambre.
Ven me gritó entonces:
—¡Eh! ¡Eh, jovencito! Apártate de la borda. Mañana zarpamos de vuelta a casa. Ven y siéntate con nosotros. Hazle compañía a un anciano. Ya he oído todas las historias que Sareo tiene que contar.
Mi primo chasqueó la lengua con desaprobación y vino a buscarme.
—¿Es que no oyes a nuestro capitán, Tidon? Aparta de ahí.
Pero yo estaba aturdido, puesto que había visto tales maravillas aquella noche.
—Ahí abajo, en el agua… Hay tanta luz. ¿Son espíritus?
—No son más que luces marinas —respondió él—. Las acciones de criaturas pequeñas. Eso es todo. Son inofensivas.
Efectué un mohín.
—¿Otra cosa que ha aprendido en el collegium?
—Pues sí, otra cosa que he aprendido. Ahora ven. Te dejas llevar demasiado por el miedo. Descansemos y pasemos el tiempo en agradable compañía, pues mañana trabajaremos duro. Estos peces no se salarán ellos solos.
Me acerqué de mala gana al fuego. Ven me daba miedo, si he de decir la verdad. Tan viejo y adusto, nunca sonreía, pero yo era joven y estúpido y no vi su sabiduría hasta que hubo dejado este mundo.
—No tienes que estar tan asustado, jovencito —me dijo—. He navegado por estos mares durante cincuenta años, y nada malo me ha sucedido.
—Es más afortunado que muchos —murmuré.
Sareo alzó los ojos con brusquedad.
—¡Muestra un poco de respeto, primo!
—Tranquilos —dijo Ven—. No pasa nada, Sareo. Yo estuve aterrado durante muchos viajes. Pero confío en mi nave. Nada puede lastimar a un hombre a través del hilo de acero. —Palmeó el casco entretejido del bote—. No si navega bien y presta atención a lo que el océano le dice. Mira a lo alto. ¡Anda, mira al cielo! Tú contemplas las luces en el agua con miedo. Piensa en los hombres que surcan la noche en sus naves de acero y fuego…, ¿le temen a la luz de las estrellas, allí arriba? El suyo es el mar más mortífero. Y, sin embargo, van y vienen. Navegan por su océano como nosotros por el nuestro.
Fruncí el entrecejo.
—Ellos están seguros en sus naves. Pero no son más que hombres. Tendrían tanto miedo como yo en este mar.
—¿Estás seguro? —preguntó el anciano capitán, los ojos casi le centelleaban—. Los gigantes de las estrellas son sus aliados. Los vi una vez, vestidos completamente de metal y más altos que el hombre más alto. Vinieron a Pelago cuando era un muchacho. Jamás he visto nada igual ni antes ni después, y aunque ahora soy viejo, no es un recuerdo que se olvide con facilidad. ¿Cómo puedes decir que los que viajan fuera del mundo son simples hombres, cuando tales gigantes les sirven?
—¿Esto es cierto? —pregunté, lleno de entusiasmo—. ¿Vio a los gigantes?
Sareo sonrió.
—Ya lo creo que los vio. En el collegium, hay una picto… una fotografía auténtica de los gigantes. En ella hay un chico, que no llega más allá de las rodillas de los visitantes. Es nuestro Ven. Ven, de pie junto a los gigantes.
Yo apenas podía imaginarlo.
—¡Nadie me había contado esto!
—No preguntas, y por lo tanto permaneces en la ignorancia —rio Ven entre dientes—. Cuando vayas al collegium, aprenderás muchas cosas; por qué brillan las luces en el mar, por qué sale el sol, por qué vinieron a nosotros los gigantes. —Miró a Sareo, que asintió.
—Así es. Primo, el motor de nuestro bote, las ropas que llevas, esa linterna que tanto quieres. Todas las cosas maravillosas procedentes de las estrellas funcionan no por magia, sino debido a ingeniosos artificios. Aprenderás todo esto y más.
Ven suspiró.
—Sí, las viejas costumbres han muerto. No hay dioses en el cielo o el mar ahora. Solo gigantes.
Miré más allá de las chispas ascendentes de la fogata, a la noche donde las estrellas resplandecían en gran cantidad, y pensé en los gigantes y en sus naves celestes.
Vi algo allí, una luz que avanzaba veloz en el horizonte.
—Primo, capitán…, ¡allí!
Sareo siguió la dirección de mi mirada.
—¿Qué?
—Una estrella. ¡Una estrella fugaz!
—Tranquilo, muchacho —dijo Ven, entornando los ojos en la oscuridad—. Mis ojos son viejos, no veo nada.
Fui a toda prisa al costado, balanceando el bote peligrosamente con mis movimientos.
—¡Ahí! En el horizonte por el que sale el sol.
—Lo veo. Cada vez está más cerca —jadeó Sareo, posando una mano sobre mi hombro—. ¡No saltes de ese modo, Tidon!
No le hice caso. Corrí de vuelta a la regala, había olvidado el miedo, y me colgué de la jarcia.
Ven masculló sombrío para sí:
—Ahora lo veo.
Observamos cómo la luz crecía hasta ser una bola de fuego, enorme como la llama de una antorcha. El aire mismo tembló. Gaviotas nocturnas alzaron el vuelo desde sus perchas marinas, y los felphins huyeron del creciente resplandor.
La luz rugió en lo alto, con fuegos más pequeños persiguiéndola. La noche se transformó en día. El océano pasó del negro a una lámina de ondulado bronce.
Luego la luz desapareció. Una cortina de rayos iluminó el cielo. Un solitario trueno retumbó.
Todo regresó a la oscuridad. Ven se puso en pie, con las manos sobre las agarrotadas rodillas. El bote osciló al ser alcanzado por las olas creadas por el lejano impacto.
—Eso no ha sido una estrella —dijo—. Era una nave celeste. Vamos, debemos ir a buscarles y prestar la ayuda que podamos.
Llegó el amanecer, llenando el cielo de ramalazos de luz. El océano resplandecía, de color naranja, y en medio de unas manchas de combustible ardiendo había una forma cuadrada, líneas duras en fuerte contraste con la curva de las olas. Me llenó de gran pavor, pero Ven siguió navegando, con la mano firme en la barra del timón.
Deja que te diga, muchacho, que los mitos y las leyendas son una cosa cuando están en el lugar que les corresponde… pero cuando se hallan frente a uno, de ese modo… Ay, jamás lo comprenderás.
Nos acercamos más. La nave celeste era de un azul apagado y estaba llena de marcas y golpes. Yacía inclinada en ángulo, como un escollo enteramente de metal. La proa sobresalía del agua, con una timonera en lo alto con muchas ventanas brillantes que relucían con el sol, a pesar de estar chamuscadas.
Empequeñecía nuestra barca de pesca, era diez veces más larga, puede que veinte. Su auténtico tamaño quedaba oculto por las olas. Ni la casa más grande del pueblo se habría podido comparar con ella.
Sareo señaló con el dedo.
—A la parte delantera, capitán. La timonera. Busquemos un modo de entrar.
—Tú no eres experto en naves estelares, primo —gruñí.
—No, pero Ven sí.
El anciano capitán mantuvo la mirada inmutable.
—No lo soy. No las he visto más que dos veces. Nos acercaré un poco más.
Al aproximarnos más, Sareo se alzó del lugar donde estaba encaramado.
—¡Veo algo! —exclamó, inclinándose hacia fuera—. ¿Qué es eso, Ven, ese sello?
De nuevo, a Ven le falló la vista.
—Descríbemelo, todo lo que veo es una mancha azul.
—Es azul; un campo azul con una serpiente de muchas cabezas en él.
El capitán permaneció en silencio un instante.
—¿Estás seguro?
—Está ennegrecido… pero, sí, estoy seguro.
—Entonces puede ser una insignia de las legiones.
Esa palabra me era desconocida.
—¿Legiones? —pregunté.
—Los gigantes, Tidon —soltó Ven con brusquedad—. Muchacho necio, ¿es que no sabes nada?
—Pero ¿por qué está aquí?
—No lo sé. Para eso debemos aventurarnos al interior.
—Allí, entonces. Hay una puerta. —Señalé una escotilla cuadrada a popa de la timonera, hecha del mismo metal que el casco, con un cierre hermético a su alrededor para impedir la entrada de la fría noche en el cielo.
Ven nos colocó con destreza debajo de la escotilla. La mole de la nave brilló trémula en las oscuras aguas bajo nuestra quilla.
—Sareo, Tidon, entrad.
Mi primo volvió la cabeza.
—¿No vendrá con nosotros, capitán?
Me miró dubitativo. Me consideraba demasiado joven, y lo era.
—Si pudiera… —rezongó Ven—. Soy viejo. Esperaré aquí. Pero ¡sigo siendo el mejor marino! Cada miembro de una tripulación debe actuar según sus habilidades.
Hubo una turbulencia en la superficie del mar. Burbujeó aire de debajo de la nave estelar, transportando consigo extraños olores químicos.
La nave de la legión dio un bandazo, lanzando una ola que apartó nuestro pequeño bote en medio de fuertes cabeceos.
—De prisa —nos instó el capitán—. Tenemos poco tiempo.
Ven volvió a acercar la barca a la nave del cielo, y esta acarició con suavidad el casco de su primo lejano. Yo salté primero, a pesar de todo mi miedo, y luego Sareo.
El casco estaba lo bastante ladeado como para que pudiéramos trepar con facilidad hasta la puerta. Estaba rodeada por gruesas bandas negras y amarillas y símbolos extraños. Algunos eran pictografías cuyo propósito era claro, otros estaban dibujados con trazos vigorosos en la caligrafía de los gigantes. No fui capaz de entenderlos.
—¿Qué pone, primo?
Sareo los miró con atención, descifrando con dificultad los desconocidos sonidos.
—Acceso… Escotilla de acceso cuatro. Y esto son instrucciones para hacer funcionar la maquinaria de la puerta.
—¿Una máquina? ¿Como nuestro motor?
—No, como eso no. Diferente. Peligrosa.
—¿Puedes abrirla? —pregunté.
Agarró un asa hundida en un hueco circular en el revestimiento de la nave y trató de hacerla girar. No hubo forma de moverla.
—El mecanismo no funciona. Hay instrucciones. —Hizo una pausa, recitando silenciosamente las palabras para sí—. Apártate, las palabras dicen que nos apartemos. No. Ve más allá, detrás de eso. ¡Ten cuidado de no caer al mar! Ahí. Agáchate. Tápate la cara. No te asustes del ruido. Ahora, debo girar esto… y presionar esto.
Un sonido estridente surgió de la puerta de la nave derribada. Sareo corrió a refugiarse junto a mí. Una uniforme voz metálica dijo:
—Alerta. Alerta. Alerta.
Hubo cuatro fogonazos, y la brisa arrastró una nube de humo.
Retiré los brazos de la cabeza.
—¿Ya… está?
—Sí —respondió mi primo.
Regresamos a la puerta. La pintura había quedado estropeada por una serie de marcas negras en forma de estallido de estrellas. Sareo se inclinó y volvió a retorcer el asa. Esta vez giró.
—Ahora, ayúdame.
Tiramos de la puerta hasta abrirla y miramos al interior de la nave celeste. Una sensación de pavor brotó en mi interior.
—Está oscuro, Sareo. ¿Cómo sabemos que no se hundirá y nos ahogará a los dos? ¡No! ¡No entres!
Sareo se introdujo por la abertura.
—Deja de ser tan estúpido. No dejaré que te ahogues. Es perfectamente seguro. Sígueme, primo, sígueme.
Seguí a Sareo al interior de un pasillo corto, medio iluminado por las prodigiosas lámparas del Imperio, algunas de las cuales ardían erráticamente en aquellos momentos. El navío estaba inclinado hacia popa, y el agua chapoteaba contra él no lejos de la escotilla. Unas lámparas lejanas brillaban con luz verdosa en las profundidades.
Sareo avanzó con rapidez y a paso seguro.
—No tengas miedo. Los gigantes nos lo agradecerán. Somos sus salvadores. ¡Piensa en eso!
—Pero las luces… —musité—. El agua…
—Mantén la calma. La nave sin duda tiene brechas, y le entrará agua con la misma facilidad que a cualquier embarcación de Pelago. Debemos darnos prisa. No sacaremos nada yendo hacia popa. Vayamos hacia arriba, a la timonera. Todavía está por encima del agua. Los pilotos podrían estar vivos.
Nos dirigimos hacia otra entrada, pasillo adelante. El avance era complicado. La nave se bamboleaba, oscilando sobre el costado, y nos veíamos obligados a apuntalar los pies contra la pared y la cubierta, avanzando como cangrejos hurgando en un arrecife.
Sareo golpeó con violencia la escotilla sellada.
—¿Puedes abrirla? —pregunté.
—No, debemos forzarla. Mira, hay herramientas en ese nicho de ahí.
Toqueteé un panel de la pared, pintado con palabras extrañas.
—¿Aquí?
—Sí.
Sareo me apartó y presionó el borde del panel. Se abrió y miré al interior, no muy seguro de qué buscaba.
—¿Hay una palanca, Tidon?
—Sí, primo.
Fue una tarea ardua, y el interior de la nave resultaba bochornoso. Sudamos para conseguir abrir la puerta, centímetro a centímetro. Ruidos aterradores flotaban por la nave, pero con Sareo a mi lado, no me asusté.
Nos metimos como pudimos a través de la abertura que habíamos hecho. Al otro lado, el camino era más ancho, con hileras de asientos enormes colocados cara a cara. Entre ellos había dos cadáveres caídos sobre la cubierta; uno vestido de azul, el otro de gris.
No podía creer lo que veía.
—Son… tan enormes…
—Están muertos —replicó Sareo con rotundidad.
—¿Qué ha sucedido?
—Se han matado entre ellos.
Estaban pegados el uno al otro incluso en la muerte. Un cuchillo sobresalía de una juntura de la armadura del gigante azul. No supe ver qué había matado al de gris.
—¿Por qué peleaban? Creía que todos eran hermanos.
—No lo sé, pero no presagia nada bueno. Hay otra puerta. A lo mejor allí dentro, en la timonera, hallaremos respuestas.
Trepamos por encima de los cadáveres. La segunda puerta costó tanto de abrir como la primera. La nave osciló aún más hacia estribor mientras trabajábamos, espoleándonos a proceder con más vigor.
Conseguimos abrirla lo suficiente y vimos una cabina llena de artefactos apagados. Dos figuras colosales estaban sujetas con cinturones de seguridad a un par de asientos, espalda con espalda, junto a las ventanas ennegrecidas por el fuego. También había un par de medio hombres —criaturas de carne unidas a sus máquinas— en el interior. Ninguno de ellos mostraba el menor signo de vida.
Paseé la mirada con desconcierto.
—¿Es esto la timonera? No veo ningún timón. ¿Cómo navega una nave tan grande sin un timón?
—No es una nave como tú las conoces, primo. Es ciencia. La sabiduría de las estrellas.
Sareo fue hacia delante, subiendo por la inclinada cubierta. Los dos gigantes sentados llevaban armaduras grises, adornadas con pieles y amuletos.
—¡Vaya salvajes! —exclamé con voz ahogada, tapándome la boca—. ¡Apestan!
—Sus costumbres son diferentes de las nuestras, eso es todo. No mires sus baratijas…, mira en su lugar la maestría de sus máquinas, y luego dime quiénes son los salvajes, si ellos o nosotros. —Sareo se inclinó hacia el suelo—. Ayúdame con esto.
Sentados, los ojos sin vida de aquellos seres quedaban a la altura de los nuestros. Me mantuve un poco atrás mientras mi primo toqueteaba la base del casco del primer gigante. Dio con un cierre, y el casco quedó libre.
Me lo pasó; me ocupaba todos los brazos y casi pesaba demasiado para que pudiera sostenerlo. Debajo del casco, el gigante tenía una espesa barba roja y el cabello trenzado, y le culebreaban tatuajes por todo el rostro. Las puntas de unos dientes largos sobresalían entre los labios.
Sareo presionó los dedos sobre el grueso cuello del guerrero.
—Este aún vive…
Fue hasta el segundo y le quitó también el casco, más de prisa esta vez. No fue hasta entonces que vi la sangre de los gigantes manchando la cubierta bajo nuestros pies.
—Este no.
Sareo estaba distraído, buscando alguna señal de herida, y no vio que el primer gigante se movía.
Grité para avisarlo.
—¡Sareo!
El gigante agarró el hombro de mi primo con un guantelete acorazado, obligándolo a caer de rodillas.
—¿Qué… estáis haciendo? —dijo con voz pastosa.
—¡Estamos aquí para ayudar! —imploré—. ¡Por favor, le estás haciendo daño!
El gigante contempló a Sareo con perplejidad. Lo soltó, y mi primo cayó al frente con un jadeo.
El salvaje guerrero destrozó los cinturones que le cruzaban el cuerpo. Cayó del asiento, se alzó vacilante y nos contempló con ojos de un amarillo pálido.
—Reingreso atmosférico. Demasiado violento. —Sacudió la cabeza y las largas trenzas se balancearon.
—Tenemos que salir de la nave —insistió Sareo, con la voz dolorida—. Nos hundimos.
—¿Hundimos?
—Estás en el agua, en los océanos de Pelago. Síguenos. ¡Rápido!
El guerrero gris se movió con paso vacilante. Me encogí asustado.
—¡Vamos, Tidon! —me llamó Sareo.
Abandonamos a toda prisa la timonera. La abertura que habíamos hecho no era lo bastante ancha para el guerrero, pero él agarró el borde de la puerta y la forzó hacia atrás.
Descendimos a trompicones por el pasillo y por encima de los cadáveres. El gigante forcejeó con la segunda puerta, y a continuación las fuerzas le fallaron. La inclinación era cada vez mayor y amenazaba con arrojarnos al agua que había abajo. El guerrero dio un traspié. Sareo lo estabilizó por un lado, yo por el otro. Se me cayó el casco, y este se hundió en el agua con un chapoteo.
—¡Tidon! —gritó Sareo.
—Lo siento.
El gigante estaba muy débil, pero empujamos y empujamos hasta que salió a través de la escotilla y emergió a la luz del sol. Descendió tambaleante por el inestable casco en dirección a la embarcación de pesca. Ven la acercó todo lo que pudo.
—¡De prisa, de prisa! —chilló.
Sareo indicó con gesto apremiante.
—Al bote, señor gigante.
El guerrero cayó sobre él, su peso alzó la popa fuera del agua, y permaneció inmóvil. Ven intentó despertarlo, pero estaba inconsciente. Así que el anciano capitán forcejeó débilmente para arrastrar al gigante más al interior del bote.
La nave celeste estaba cada vez más hundida en el océano.
—¡Subid a bordo! —nos gritó el capitán—. ¡A la proa los dos! ¡Vuestro peso tiene que hacer de contrapeso con el suyo!
Sareo miró atrás.
—Puede que haya más supervi…
—¡No tenéis tiempo! ¡Debemos apartarnos, o nos arrastrará al fondo!
El borde de la escotilla abierta alcanzó el nivel del agua. Un torrente de espuma se derramó por él, y la nave empezó a hundirse más de prisa. Sareo me dio un imperioso empujón, y cubrí de un salto el trecho que me separaba de la barca.
Ven agitó la mano como un loco.
—¡Ahora, Sareo, ahora!
Mi primo saltó pero aterrizó torpemente con un grito de dolor.
—¡Sareo!
—Es el hombro —expliqué—. El… El gigante… le ha hecho daño.
Sareo resopló:
—Por accidente. Solo está magullado. ¡Vamos, Tidon, a la proa!
Nuestro peso estabilizó la embarcación lo suficiente para que Ven pudiera hacer funcionar el motor. Viró con rapidez y nos alejó de la nave.
—Tidon, iza la vela. ¡Debemos ir más rápido!
Desplegué la lona con rapidez, atrapando el viento, y nos alejamos al mismo tiempo que la timonera desaparecía bajo el agua. El océano hirvió. Una ola chocó contra otra, la espuma formó remolinos, y luego ya no hubo nada, como si la nave no hubiera existido.
—El océano lo engulle todo —murmuró Ven—. Ni siquiera una nave celeste puede resistírsele.
Zarpamos en dirección a casa. Sareo y yo nos las apañamos para meter al gigante más al interior del bote, y nuestro viaje se tornó más plácido. Las gaviotas diurnas describieron círculos en el cielo, y sus gritos se asemejaban a los gritos de los muertos sobre las olas.
Estaba sentado junto al gigante cuando este despertó. Gimió, se sentó y miró con asombro a su alrededor. Era feroz, su mirada inexorable. Ninguno de nosotros la podía sostener.
—¿Dónde estoy? —inquirió.
—En Pelago —contestó Ven—. Quinto mundo del sol de Gollim.
El gigante se puso en pie. La cuerda de acero es una fibra resistente, pero el bote resultaba endeble bajo su enorme peso, y onduló bajo el movimiento. Lo examinó, luego el mar, luego a cada uno de nosotros, con una expresión de desagrado.
—Un mundo atrasado. ¿Habéis accedido siquiera al sometimiento?
Ven asintió.
—Lo hemos hecho. Te damos la bienvenida, salvador.
—No me des la bienvenida, pues no sabes qué me sigue. ¿Tú, anciano…, eres el capitán de esta nave?
—Soy Ven. Este es el hijo de mi hermana, y su primo.
Sareo y yo inclinamos la cabeza uno después del otro. El guerrero gris hizo caso omiso de nuestras torpes reverencias.
—Entonces te ordeno que me lleves al punto más próximo de autoridad imperial. Tengo noticias graves que hay que transmitir.
—Vimos signos de violencia en tu nave —dije—. El gigante de azul…
El guerrero gris giró en redondo. De una zancada, cruzó la cubierta hasta donde yo estaba de pie, provocando que la barca oscilara de un modo alarmante. Era muchísimo más alto que yo. Sus labios se tensaron hacia atrás, mostrando toda la inhumana longitud de sus dientes. Sareo y yo retrocedimos asustados.
—No me volverás a hablar de esto —gruñó antes de dar media vuelta y dejarnos sin aliento y aterrados—. Date prisa, pequeño capitán. Iza la vela, o todo está perdido.
Durante el primer día tras su rescate, el guerrero gris no quiso hablar con nosotros. Comió poco y bebió con moderación de nuestra agua. Estaba claro que sabía algo sobre navegar, pues se mantuvo aparte mientras nos ocupábamos de nuestras tareas. Nosotros nos sentíamos recelosos de ese señor de las estrellas, que permanecía sentado rumiando sobre alguna aflicción inconmensurable.
Cerca del mediodía del segundo día, abandonó de improviso su silencio mientras nosotros trabajábamos en lo que quedaba de nuestra pesca.
—No confiáis en estas aguas.
Ven le miró de un modo extraño.
—Nadar en estas aguas es morir, señor gigante. Pelago es océano en su mayor parte, y es un océano mortal para el hombre.
El gigante se removió y se alzó en toda su estatura.
—¿Estás ileso, señor? —preguntó Sareo.
—Lo estoy, gracias a vosotros. Me salvasteis la vida. Normalmente, eso bastaría para hacer que tuviera una deuda de honor con vosotros. Pero he visto cosas últimamente que me han arrebatado la confianza. Os he juzgado mal, os he hablado de un modo inapropiado y he insultado vuestra hospitalidad.
Trabó la mirada con Sareo, y en esta ocasión mi primo no apartó la vista.
—Soy el poderoso Torbjorn, campeón de la For, famoso por mi habilidad con las armas en toda la amplitud de la galaxia. Mi honor es mi vida, y lo he mancillado. Permitid que lo repare y trabaje junto a vosotros.
Dicho eso, empezó a faenar. El gigante era tan buen marinero como cualquiera que haya conocido desde entonces, y nos contó que en su juventud había surcado los mares de su lejano mundo natal; mares aún más letales que el nuestro. Con su ayuda avanzamos mucho, y muy pronto tuvimos toda la pesca salada y en sus barriles y la nave limpia.
Una vez fijado nuestro rumbo, nos contó su historia, una suerte de historia que pocos tienen el privilegio de escuchar.
—En los cielos se libra una guerra encarnizada e, pequeños marineros. Hermano enfrentado contra hermano. Una traición execrable es inminente. El Imperio está desgarrado en dos.
—No sabemos nada sobre ello —dijo Ven—. Solo sabíamos de esperanza y unidad.
—La esperanza está asediada. La unidad ya no existe. Pero tal vez exista un leve consuelo; mis hermanos han muerto, pero no en vano. Fuimos enviados por nuestro padre, Leman de los Russ, el Rey Lobo. Tras la perfidia de Magnus, fuimos discretamente, en grupos de cinco y de diez, a velar por los primarcas de las legiones; los señores de esos a los que llamáis gigantes, y hermanos de mi Lord Russ. Una guardia personal de nombre, una guardia de la lealtad de hecho. Mi jauría debía ir a ver a Alpharius de la Alpha Legion, esos vestidos de azul que visteis. Iniciamos el viaje por la disformidad al mismo tiempo que la duda engullía las estrellas.
»No podíamos saber que Alpharius ya se había vuelto en contra de nuestro amado Emperador. Fuimos recibidos como hermanos por los restos de la 88.ª Expedición, agasajados y honrados. Fuimos conducidos ante el primarca, a los tres días de nuestra llegada. Era un ser de menor valía que nuestro propio señor, no mucho más grande que sus hijos, con un rostro preocupado bajo una frente contraída. De haber reparado yo bien en su agitación entonces mis hermanos no habrían muerto.
»«Soy Alpharius», dijo. «¿A qué debo el honor de una guardia de los hijos del Russ?». Sus palabras fueron duras, y únicamente entonces supe cuál era nuestro propósito. Nuestra estratagema nos resultaba repugnante, pero no era deshonrosa; estábamos allí para protegerlo si demostraba ser leal y, si no, para actuar en la protección del Imperio. No existe vocación más elevada que esa. Nos pidió que nos arrodilláramos, pero no lo hicimos, pues los Vlka Fenryka son orgullosos, y nuestro señor es más que el igual de Alpharius. Esto le enfureció. Fue innoble e impetuoso. Nos vituperó, gritando imprecaciones por nuestra justa depuración de Prospero. Y, entonces, sus hijos atacaron.
»El hermano Egil murió el primero, con la armadura partida por proyectiles. Luego Grivnir, aunque él dio cuenta de dos adversarios antes de caer. Quedábamos seis de nosotros, rodeados por la Alpha Legion situada en lo alto de las galerías que teníamos alrededor. Nos subestimaron. Ellos actúan usando el sigilo y la manipulación. Nosotros usamos la batalla frontal y la furia. Caímos con violencia sobre ellos, blandiendo espadas, aullando nuestra cólera y pesar.
»Helgist murió, luego Skalagrim, pero los traidores pagaron con sangre por sus muertes. Peleé, con mis hermanos Engal, Gunnir y Holdar a mi lado. Acortamos distancia de modo que no nos pudieran apuntar con los bólters, pues somos mejores que ellos cuando se trata de satisfacer a nuestras espadas. Holdar y Engal consiguieron llegar a las escaleras que llevaban a la galería, deteniendo la tormenta de fuego con sus aniquiladoras.
»Gunnir y yo nos enfrentamos a su señor. Nosotros somos Legiones Astartes, Space Marines del Emperador, la Wolf Guard, y los hijos preferidos de Russ. Pero él era más poderoso, un primarca. Gunnir se abalanzó primero descendiendo el hacha sobre él. Con un violento movimiento del brazo, Alpharius lo derribó. Yo efectué mi propio ataque, espada en mano. Nos batimos en duelo.
»Nuestra pelea fue larga, una masa borrosa de armas en movimiento y un arte de la fuerza que jamás volveré a experimentar. Si esa iba a ser mi última batalla, que lo fuera, pues era una lucha digna de las sagas. Nadie me ha igualado en combate, pero no podía prevalecer allí solo. Gunnir vio su oportunidad. Volvió a entrar en la refriega, haciendo que su hacha efectuara una curva descendente contra la pierna del traidor. Perdió la vida por ello pero distrajo a nuestro adversario el tiempo suficiente.
»Acabé con Alpharius con mi pistola. Primarca o no, murió por mi mano de un tiro en la cabeza.
Hablé yo entonces.
—¿Qué sucedió a continuación?
—Conseguimos escapar, tres de nosotros, hasta sus plataformas de embarque, donde cogimos una nave de desembarco Stormbird. Fue una fuga milagrosa, pero nos escabullimos a través de un campo de asteroides igual que perros escarmentados hasta que llegamos aquí, y nos llegó la sorpresa final por parte del enemigo…, pues un par de ellos se habían introducido furtivamente a bordo con nosotros. Mientras Holdar peleaba con uno dentro de la nave, el otro saboteó los motores, y fuimos arrastrados al interior del pozo de la gravedad de vuestro planeta.
Ven pareció preocupado.
—Sé un poco sobre naves estelares. ¿Navegasteis por las mareas de la disformidad?
—No, no nos aventuramos al interior del empíreo —dijo Torbjorn con suavidad—. Una Stormbird no posee tal capacidad, pequeño capitán.
La expresión de Sareo se tornó angustiada.
—Pero eso significa…
—Sí. Lo siento. Los traidores vienen hacia aquí. Sin embargo, aún hay esperanza. Envié un mensaje a los míos. Ellos también vienen.
Hablamos poco mientras navegábamos el último día. Una tormenta nos hostigó, y tuvimos que concentrar la atención en nuestra embarcación. Torbjorn permaneció de pie en la proa, sobrellevando todo lo que el mar podía arrojarnos.
Nuestros temores no amainaron con la tempestad. Con el cielo nocturno despejado, echábamos frecuentes ojeadas a las estrellas, en busca de movimiento.
La nave celeste llegó cuando nos aproximábamos a tierra a la mañana siguiente. Una cala pequeña, no lejos del pueblo…, ¿tú la conoces, verdad muchacho? Has visto el túmulo de piedra que hay allí. Sé que has infringido la prohibición y has ido a verlo. ¿Qué jovencito no lo haría? La nave llegó volando desde el lado del sol, rugiendo alrededor del cabo mientras aminoraba la velocidad al acercarse.
Lancé una carcajada de alivio.
—Una cabeza de lobo, señor gigante… ¡Llevan el emblema de una cabeza de lobo!
Torbjorn rio también.
—¡Es uno de nuestros navíos, la Luna del Cazador! ¡Mis hermanos están aquí!
El oleaje transportó la barca a la orilla y saltamos, sacándola de las olas. Torbjorn no nos ofreció la ayuda de su fuerza y se quedó mirando la nave posada en el borde de las dunas con aprensión.
—Algo no va bien —murmuró.
La rampa se abrió.
Seis gigantes vestidos en intenso azul índigo descendieron a grandes zancadas. Su líder iba ataviado con innumerables adornos; con la cabeza descubierta, el cuero cabelludo relucía cobrizo bajo el sol.
El rostro de Torbjorn se contrajo en un gruñido furioso.
—¡No! ¡No puede ser! ¡Yo te di muerte!
Alargó la mano para coger una pistola que ya no estaba allí. El otro gigante alzó su arma.
Reza para no tener que oír nunca ese sonido, muchacho; el terrible, terrible sonido del armamento de la legión.
Ven estaba justo a mi lado un momento, y al siguiente había desaparecido. Pedazos de su carne me salpicaron mientras él se desplomaba al interior del oleaje. Sareo dio media vuelta para huir, pero una explosión le arrancó el brazo, otra le trituró el cuerpo, y cayó.
Torbjorn rugió desafiante.
—¡Morid, traidores!
Corrió hacia los gigantes de azul, al mismo tiempo que todos ellos abrían fuego sobre él.
No consiguió dar más de diez pasos antes de caer abatido. Torbjorn había peleado hasta el final.
Las armas callaron. Abrí los ojos. Los despojos de mi primo y mi capitán oscilaban en la marea ascendente a mis pies.
—No, no…
El líder me apuntó con su arma, el cañón era un ojo negro que mostraba la promesa de la muerte. Temblé, aterrado. Durante una eternidad, esperé morir.
El líder dio media vuelta. El resto lo siguió. Centelleando a la luz del sol, los ojos enjoyados de la serpiente de múltiples cabezas grabada sobre las placas de sus armaduras me dejaron paralizado mientras ellos se iban.
No osé moverme mientras la nave celeste se alzaba del suelo y desaparecía de la vista.
Para mi vergüenza, sobreviví, muchacho. Los gigantes nunca regresaron, pero jamás olvidaré ese día. Esa tarde dorada de oleaje ensangrentado todavía me persigue por las noches.
Te lo aseguro, cualquier temor que puedas sentir ante el océano, hay monstruos mucho peores nadando en la noche del cielo. Lo sé porque los he visto.
Yo estaba allí el día que la hidra vino a Pelago.

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