Texto aleatorio

Al cabo de un tiempo, uno se cansa de enseñar. Bueno, tal vez no de la enseñanza misma, porque es algo insidioso y permanece toda la vida como una espina clavada en el corazón; pero llega un día en que uno mira los deberes que está revisando, o escucha una respuesta que le da a un niño, y ¡zas!, experimente ese sentimiento. Y cada reverberación de ese sentimiento es un año de la vida de uno, otro grupo de niños que han pasado por sus manos, otra serie de días monótonos, y resulta alarmante. El valor del trabajo que uno hace no se nota en ese momento, y la monotonía tiene un sabor amargo.

A veces se puede aliviar ese sentimiento saboreando conscientemente los preciosos días de pseudolibertad que van desde el momento en que uno recibe el contrato para el año siguiente hasta el momento en que lo firma. Porque uno puede escaparse en ese momento; pero, por alguna razón, no lo hace.

Pero yo lo hice una primavera. Abandoné la enseñanza. No volví a firmar un contrato. Fui en busca de… ¿de qué? Tal vez de un poco de excitación… tal vez de un sueño… tal vez de algún mundo nuevo y resplandeciente que tenía que estar en algún otro sitio porque allí no lo había visto. Tal vez un lugar en el que empezar otra vez, para no acabar en el mismo callejón sin salida emocional. Así que abandoné.

Pero a finales de agosto, el vacío que había en mi interior era más grande que el aburrimiento, más grande que la monotonía y que el deseo de libertad. Era terrible estar en las puertas de septiembre y no preocuparse porque en unas pocas semanas empezarían las clases… sería el primer día de clase. Así que en el último momento fui a la agencia de colocaciones. Por supuesto, era demasiado tarde para intentar regresar a mi escuela anterior y, además, los años pasados allí aún me afectaban demasiado.

—Bien —dijo el director de colocaciones mientras mezclaba las fichas de los puestos libres y pasaba las de álgebra, economía doméstica, educación física y gramática—, siempre está Bendo. —Sacó una vieja y gastada ficha y repitió—: Siempre está Bendo.

Percibí el énfasis de sus palabras e intenté averiguar lo que significaba.

—¿Bendo?

—Una escuela pequeña. Un aula. Una ciudad minera, o al menos solía serlo. Ahora es una ciudad fantasma. —Suspiró con expresión de cansancio y se relajó—. Y una gente fantasma, también. No conservan una maestra más de un año. El sueldo es bajo… el alojamiento bueno… en casa de alguno de ellos. No hay actividades comunitarias, ni vida social. Ni ninguna ciudad en ochenta kilómetros a la redonda. Ni cines. Nada de nada, salvo unos niños a los que educar. Este año hay diez. Y de todos los cursos.

—Parece el pueblo en el que yo crecí —comenté—. Con la diferencia de que nosotros teníamos dos aulas y montones de actividades comunitarias.

—He estado en Bendo. —El director se reclinó en su silla, con las manos detrás de la cabeza—. Una comunidad enferma. Gente desdichada. No están interesados en nada. La única razón por la que tienen una escuela es porque lo impone la ley. Por cierto, son respetuosos con las leyes. Supongo que no están demasiado interesados en nada como para infringir la ley.

—Acepto —dije rápidamente antes de pensar siquiera en la sensación de que esto parecía lo máximo que podía pretender para volver a empezar con éxito.

Me miró con curiosidad.

—Si está pensando en encender una llama de entusiasmo en Bendo, olvídelo. Allí he visto apagarse demasiadas llamas.

—No pretendo nada de ese tipo —dije—. Sinceramente, estoy harta del entusiasmo, de las asociaciones de padres y maestros y de las actividades. Por lo general, acaban siendo el tipo más monótono de monotonía. Bendo será un descanso.

—Ya lo creo —coincidió el director, inclinándose otra vez sobre sus fichas—. Saul Diemus es el presidente de la Junta Escolar. Si usted no tiene coche, la única forma de llegar a Bendo es cogiendo el autobús. Pasa una vez por semana.

Después de la entrevista salí al sol de agosto y me hundí un poco bajo su salvaje presión, casi percibiendo un siseo mientras la frescura refrigerada de la agencia de colocaciones se evaporaba de mi piel.

Caminé en dirección a la plaza y me senté en uno de los bancos de piedra que nunca había podido disfrutar en los años en que había estudiado ahí. Levanté la vista hasta la ventana de mi antiguo dormitorio y, por un instante, sentí una intensa nostalgia no sólo de los años que habían pasado, de las esperanzas que habían muerto y de los sueños que habían alcanzado un sombrío despertar, sino de la magia especial que había disfrutado en aquel dormitorio. Era una magia verdadera que abría ante mis ojos tantos panoramas que durante un tiempo cualquier cosa pareció posible, factible… si no para mí en ese momento, al menos para los demás, algún día. Incluso ahora, transcurrido un tiempo, no podía creer realmente en esa magia y cómo entonces deseaba desesperadamente creer en ella. ¡Si al menos fuera posible! ¡Si fuera posible!

Lancé un suspiro y me puse de pie. Supongo que todo el mundo vive un momento mágico en alguna etapa de su vida y, como yo, no puede creer que alguien más sienta lo mismo… ¡pero mi caso era diferente! ¡Nadie más podía haber tenido esa misma experiencia! Me reí de mí misma. Estaba harta del pasado y de soñar. Bendo me esperaba. Tenía cosas que hacer.

Contemplé las nubes de polvo rojo amarillento que se alejaban del traqueteante autobús y ahuequé las manos delante de mi rostro para respirar un poco de aire limpio. La arenilla que tenía entre los dientes y el polvo asfixiante que se pegaba a mis ropas me resultaba bastante familiar, pero cuando llegamos a Bendo abrigué la esperanza de que hubiéramos dejado atrás la polvorienta llanura y entráramos en una zona con más vegetación. Cansada, me moví en el asiento anguloso, preguntándome si había sido diseñado pensando en la comodidad de alguien, y me sobresalté cuando un repentino frenazo del autobús me arrojó hacia delante.

Esperamos que el polvo del camino se asentara mientras el otro pasajero que quedaba, un indio anciano y arrugado, recogía lentamente sus sacos de arpillera y su destartalada silla de montar y deslizaba su figura enfundada en una camisa Levi’s de pana azul por el pasillo, saliendo a la desolada carretera.

El autobús se alejó haciendo rugir el motor, dejando a una figura solitaria en medio de una profunda soledad. Me pregunté a dónde se dirigiría. Y cuántos agotadores kilómetros tendría que recorrer para llegar a su vivienda, escondida en algún oculto pantano o en un pequeño rincón de este paisaje silvestre.

Luego nos encaminamos directamente al intenso color rojo de las montañas peladas que bordeaban el horizonte. Al mirar hacia delante vi el camino que se extendía en una línea recta y desaparecía en la distancia. Suspiré y volví a moverme y dejé que el rugido del motor y el cansancio de mis huesos me hicieran caer en un estupor, en el límite entre el sueño y la vigilia.

Un cambio en el rugido del motor me devolvió a la realidad del traqueteante autobús, que volvió a sacudirse y frenó.

Me asomé por la ventanilla y miré las nubes de polvo que se asentaban y me pregunté a quién recogeríamos en ese lugar situado en medio de la nada. Entonces una nube de polvo se disolvió y vi el letrero:

OFICINA DE CORREOS DE BENDO

ALMACÉN GENERAL

Garaje y gasolinera

Mercería y ferretería

Revistas

Estaba situado frente al edificio estropeado por el paso del tiempo, apuntalado entre dos ruinas de piedra ennegrecidas por el humo.

Después de tanta llanura fue casi una conmoción ver las piedras caídas que se amontonaban al costado del camino y encogían sus hombros manchados de liquen contra el cielo.

—Bendo —dijo el conductor del autobús, estirando sus piernas flacas y encorvándose para bajar del autobús—. Final del recorrido… final de la civilización… final de todo —ironizó y la máscara polvorienta de su rostro se quebró con las líneas de su sonrisa.

—Pequeño, ¿no? —Le devolví la sonrisa.

—Antes era más grande. Ahora no es gran cosa. Hace años era una población minera. —Mientras el hombre hablaba vislumbré los edificios en ruinas que moteaban las laderas rocosas de las colinas—. Mi padre recuerda lo que era este lugar cuando él era un niño. De eso hace tanto tiempo que el río que había entonces ya no existe.

—¿Y por qué se llama así?

—Tal vez por un sujeto llamado Bendo. —El conductor gruñó mientras bajaba mi equipaje del techo del autobús y lo dejaba en el suelo.

»¡Hola! —saludó el conductor.

Fui hasta el otro lado del autobús para ver quién había llegado. Era un hombre alto, de constitución grande, apuesto… y anciano. Mayor de lo que indicaba su rostro, mayor de lo que parecía, porque no tenía muchos más años que yo. Mostraba una expresión de severa desdicha y llevaba las manos rígidas en el ala del Stetson que sujetaba a la altura de la cintura.

En la breve pausa que se produjo antes de que pronunciara mi nombre, sentí que en él surgía el mismo sentimiento que se percibe en algunas personas sumamente religiosas que sólo consideran a Dios una deidad vengativa e implacable, impaciente ante el inútil, y que sólo espera un momento de descuido para sorprenderlo en un pecado. Me pregunté quién o qué era ese Dios que lo encarcelaba tan cruelmente. Enseguida respondí:

—Sí, encantada. —Él estrechó brevemente mi mano, se presentó y se concentró en el problema de mis dos enormes maletas y de mi tocadiscos.

Seguí al señor Diemus arrastrando los pies y en silencio, ya que él parecía tener poca inclinación a la conversación. No esperaba ningún comité de recepción, pero seguramente los chicos habían cambiado mucho desde mi infancia porque de lo contrario la curiosidad con respecto a la maestra habría atraído al menos a un par de ellos. Pero los dos caminamos en silencio a lo largo de media manzana desde la carretera y la oficina de correos, y rodeamos la curva rocosa de una colina. Miré al otro lado del lecho seco del río y de la sinuosa calle que formaba la zona residencial de Bendo. Me detuve en el viejo y astillado puente y eché un vistazo. Nunca más volvería a ver Bendo de esta forma. La familiaridad borraría algunos contornos y agudizaría otros, y nunca volvería a verlo así, sin saber quién vivía detrás de qué puerta.

Las casas se esparcían caprichosamente por las laderas de las colinas y unos escalones irregulares de piedra descendían desde cada una hasta el sendero que corría paralelo al lecho seco del río. No eran chozas, pero estaban sin pintar y deterioradas hasta el extremo de que se fundían casi a la perfección contra el fondo. En cada patio delantero había plantas pero estaban tan descuidadas que podrían haber sido simplemente masas de vegetación salvaje.

Una verdadera pasión por el anonimato…

—La escuela… —Pasé por alto el rápido movimiento de su mano.

—¿Dónde? —A mi alrededor nada indicaba la presencia de una escuela.

—Al otro lado de la curva. —Esta vez seguí su mano y de pronto, en la monotonía del lugar, vi un campanario que se alzaba en lo alto de la colina, más allá de la ciudad, con el fino trazo de un mástil a un costado. El señor Diemus se obligó a hacer el esfuerzo.

—La escuela está en el lugar más bonito de los alrededores. Hay una fuente, árboles, y… —Se quedó sin palabras y me miró como si intentara evocar algo más que pudiera gustarme—. Yo soy el presidente de la junta —dijo bruscamente—. Tendrá diez chicos desde primer grado hasta el segundo año de la escuela secundaria. Usted es quien manda en la escuela. Lo que haga es asunto suyo. Emplee la disciplina que considere aceptable. Nosotros no consentimos a nuestros niños. Enséñeles lo que tenga que enseñarles. No moleste a los padres con argumentos ni explicaciones. La escuela es suya.

—Y ustedes enseguida prescindirán de ella, y también de mí —le dije con una sonrisa.

Pareció sorprendido.

—La ley dice que hay que instruirlos. —Empezó a atravesar el puente—. Así que instrúyalos.

Lo seguí en actitud sumisa, preguntándome qué ocurriría si le preguntaba al señor Diemus por qué se odiaba a sí mismo, por qué odiaba el mundo en el que vivía e incluso a los niños que yo debía «instruir».

—Se alojará en mi casa —dijo—. Tenemos una habitación de más.

Me sentí incómoda por el silencio que siguió a su anuncio, pero no se me ocurrió qué decir. Pasé mi pequeña maleta de una mano a la otra y fijé la vista en el sendero rocoso que hacía protestar las piedras y la grava a cada paso que dábamos. Me pareció que el señor Diemus intentaba hacer todo el ruido que podía arrastrando los pies. Pero a pesar del eco ampliado que se elevaba en las colinas que nos rodeaban, no se abrió ninguna puerta ni vi ningún rostro asomado a la ventana. Fue un verdadero alivio oír súbitamente el feliz, irreflexivo y ronco cloqueo de las gallinas que escarbaban el suelo áspero.

Me acurruqué en la oscuridad de mi estrecha cama intentando aliviar mi estómago revuelto. No se trataba de que la comida hubiera sido mala; en realidad había sido adecuada, aunque realmente sórdida. La melancolía parecía festoneada en el cielorraso y la desdicha casi ocupaba un lugar en la mesa.

Me dije que era el agotamiento del viaje lo que afectaba mis pensamientos, pero paseé la mirada por la mesa y vi la desesperada resistencia que arrugaba el rostro de los adultos y se anunciaba débil pero inequívocamente en los de los niños. Allí había dos: una niña, Sarah (de cuarto grado, calculé), y un chico adolescente, Matt (¿diecisiete, tal vez?), demasiado silenciosos, demasiado educados, demasiado controlados, que evitaban claramente mirar la silla vacía que había entre ambos. Tragué la comida en grandes trozos que lucharon con los asfixiantes tragos de café. Incluso ahora, varias horas después de la comida, seguía sin digerir los alimentos.

Al día siguiente podría deslizarme en las pautas de la escuela, que me resultaban familiares al margen de dónde se encontrara ésta, porque enseñar a los niños es lo mismo en todas partes. Tal vez entonces podría convencer a mi estómago de que todo estaba bien, e incluso empezar a ablandar a esos congelados y artificiales niños. Por supuesto, era posible que se comportaran como demonios fuera de su casa… que es lo que suele suceder. De todas formas, sentí agradecida el conocido estremecimiento de un nuevo comienzo.

Volví a moverme en la cama, estiré el cuello y aparté la oreja de la almohada. Había estado oyendo un murmullo, un siseo intermitente. Alguien hablaba en voz baja en la habitación contigua a la mía. Me incorporé y escuché desvergonzadamente. Sabía que el dormitorio de Sarah estaba al lado del mío, ¿pero quién hablaba con ella? Al principio sólo capté las palabras a medias y luego mi oído se agudizó, o las voces se volvieron más claras.

—¿… y la oíste reír? ¡En la mesa, y en voz alta! —El murmullo se elevó—. Se le arrugaron los rabillos de los ojos y rió.

—Las otras maestras también reían. —La voz vacilante y profunda debía de ser la de Matt.

—Sí —murmuró Sarah—. Pero no durante mucho tiempo. ¡Oh, Matt! ¿Qué nos ocurre? La gente de nuestros libros se divierte. Ríen y corren y saltan y hacen toda clase de cosas divertidas, y nadie… —Sarah vaciló—, nadie dice que eso es malo.

—Sólo son cuentos —dijo Matt—. No es la vida real.

—¡No lo creo! —exclamó Sarah—. Cuando sea grande me iré de Bendo. Iré a ver…

—¡Irte de Bendo! —dijo Matt en tono ronco—. ¿Lejos de nuestro Grupo?

No logré oír la respuesta de Sarah. Sentí que me había saltado un escalón que esperaba encontrar. Mientras me esforzaba por respirar, las imágenes, los sonidos y los olores de mi antiguo dormitorio volvieron a invadirme. Entonces comprendí. Tal vez sólo era una forma de hablar. No era posible que esta inútil y desolada desdicha estuviera relacionada en modo alguno con esa magia…

—¿Dónde está Dorcas? —preguntó Sarah, como si ya conociera la respuesta.

—Castigada. —La voz de Matt era dura y adulta—. Saltó.

—¡Saltó! —Sarah estaba escandalizada.

—Por encima del porche. Y bajó hasta el sendero de entrada. Papá la vio. Creo que ella quiso que él la viera. —Su voz adoptó un tono desafiante—. Algún día, cuando crezca, yo también voy a saltar… todo lo que quiera… incluso por encima de nuestra casa. Y delante de papá.

—¡Oh, Matt! —Fue un grito de horror y admiración—. ¡No deberías! No podrías. ¡No tan lejos, y no delante dé papá!

—Lo haría —replicó Matt—. Y podría hacerlo, porque yo… —Se interrumpió bruscamente—. Sarah —prosiguió—, ¿te imaginas alguna forma de saltar que sea mala? No le hace daño a nadie. No es algo espantoso. No existe ninguna ley…

—¿Dónde está Dorcas? —La voz de Sarah se volvió casi inaudible—. ¿Otra vez en la cueva? —Fue casi una respuesta a la pregunta de Matt.

—Sí —dijo Matt—. A oscuras, y comiendo únicamente pan. Así aprenderá lo que siente un animal acosado. Un animal que es diferente, al que los otros animales odian y cazan. —Su tono amargo acentuaba aquellas palabras.

—Ya lo ves —susurró Sarah.

En el silencio que siguió oí una puerta que se cerraba cautelosamente y la débil vibración del suelo cuando Matt pasaba frente a mi dormitorio. Volví a apoyar la cabeza en la almohada. Me quedé tendida de espaldas, mirando el cielorraso. ¿Qué cosa siniestra ocurría en esta casa? ¿En esta comunidad? Los niños asustados susurraban en la oscuridad. Los niños rebeldes iban a parar a una cueva para aprender lo que sentían los animales acosados. ¡Y había un Grupo…! No, era imposible. Sólo era el reciente recuerdo de estar otra vez en un campus lo que me hacía pensar que este clima lóbrego podía ser en cierto modo el reverso de la moneda dorada que Karen me había mostrado.

Cuando vi la escuela casi se me paralizó el corazón. Era uno de esos monstruos levantados alrededor de principios de siglo. Había sido construido para una de esas ciudades de crecimiento rápido, pero ahora las ventanas superiores estaban tapadas y, evidentemente, hacía tiempo que no se utilizaban. La planta baja también estaba desocupada, salvo dos de las habitaciones… aunque al ver el puñado de niños que estaba tranquilamente sentado al otro lado de la puerta supe que con una habitación era suficiente. Y no sólo el edificio estaba vacío; el patio estaba perfectamente limpio, desprovisto de hierba y de árboles… y de juegos. Sin embargo, al otro lado de la escuela había un espeso bosquecillo y, más abajo, se veía el resplandor del agua.

—¿No hay columpios? —pregunté a los tres chicos que me escoltaban—. ¿Ni toboganes? ¿Ni balancines?

—¡No! —Sarah pareció desagradablemente sorprendida. Matt la miró como si intentara hacerle una advertencia.

—No —dijo—, no nos columpiamos, ni nos deslizamos… ni subimos ni bajamos —esbozó una débil sonrisa.

—¡Qué vergüenza! —dije—. ¿Se estropearon? ¿La escuela no puede permitirse comprar unos nuevos?

—Nosotros no nos columpiamos ni nos balanceamos, ni subimos ni bajamos. —La sonrisa se desvaneció—. No creemos en eso.

No existe nada tan rotundo e irrebatible como una afirmación de ese tipo. La he escuchado como excusa para casi cualquier clase de omisión pero, definitivamente, jamás aplicada al mobiliario de un patío de juegos. No se me ocurrió ninguna respuesta más inteligente que un simple «oh», de modo que no dije nada.

Durante toda la semana sentí que me movía hundida hasta las rodillas en gelatina, o que intentaba levantar una cama doble de plumas por encima de mi cabeza. Apelé a todos los recursos que conocía para despertar el entusiasmo en la clase… entusiasmo por algo, por cualquier cosa. Los chicos eran corteses y sumisos y hacían lo que yo les pedía, pero lo hacían sin alegría, de una forma apática y resignada.

Finalmente, antes de despedirnos hasta la semana siguiente, me incliné sobre mi escritorio, desesperada.

—¿No hay algo que os guste? —supliqué—. ¿Algo que os divierta?

Dorcas Diemus abrió la boca con expresión tensa. Vi que Matt pateaba rápidamente la pata del pupitre y la niña cerró la boca.

—Creo que la escuela es divertida —dije—. Creo que podemos disfrutar de muchas cosas. Yo quiero disfrutar enseñando, pero no puedo hacerlo a menos que vosotros disfrutéis aprendiendo.

—Nosotros aprendemos —dijo Dorcas enseguida—. No somos estúpidos.

—Aprendéis —reconocí—. No sois estúpidos. ¿Pero no hay uno de vosotros al que le guste la escuela?

—A mí me gusta la escuela —entonó Martha, mi alumna de primer grado—. ¡Creo que es divertida!

—Gracias, Martha —dije—. Y los demás… —los miré fingiendo ira— ¡vais a divertiros aunque tenga que obligaros!

Para mi disgusto se hundieron aprensivamente en sus pupitres y se miraron confundidos. Pero antes de que pudiera explicar mis palabras, Matt se echó a reír y Dorcas se unió a él. Y me sentí orgullosa al oír la vacilante y ronca risa que se extendía por toda el aula. Vi que a Esther, la pequeña de diez años, le temblaban las manos mientras se secaba las lágrimas. ¿Lágrimas de risa?

Esa noche me agité en la oscuridad de mi habitación, demasiado cansada para dormir, preocupada y desconcertada. ¿Qué era lo que había echado a perder a esta gente? Tenían buena salud, belleza, la curva de la mejilla de Martha contra la ventana era un prodigio, las cejas levantadas de Dorcas poseían una gracia sorprendente. Estaban bien alimentados, bien vestidos, disfrutaban de buena vivienda, pero no eran como tenían que ser. Había visto más alegría, deleite y entusiasmo en los niños que vivían en chozas de cartón y se lavaban, si alguna vez lo hacían, en los canales, y comían lo que les tocaba en suerte pero sonreían, incluso cuando el impétigo y las llagas desfiguraban su sonrisa.

¡Pero estos niños carecían de vida! Mis oraciones quedaron teñidas de angustia y mi sueño fue agitado.

Aproximadamente un mes más tarde las cosas habían mejorado un poco, aunque no demasiado. Al menos había cierta relajación en el aula. Y descubrí que no tenían convicciones arraigadas en contra de las plantas, de modo que pusimos plantas en los alféizares de las ventanas, y ramas que cogíamos de los árboles. Y teníamos vasijas con pececillos pescados en el arroyo, y un apático lagarto cornudo que sólo se movía dentro de su caja para tragar las hormigas que le llevábamos para almorzar. Y cantábamos, en voz alta y con entusiasmo, y sin una sola voz desafinada. Pero no cantábamos Sube a lo alto del cielo, o ¿Te gustaría volar en un columpio? Mis solos de ese tipo de canciones eran recibidos con expresiones avergonzadas y miradas tímidas. Sin embargo, habíamos mantenido una discusión; fue a causa de que siempre andaban arrastrando los pies.

—Levantad los pies, santo cielo —dije una mañana, irritada, cuando el ruido que hacían al ir y venir me puso los pelos de punta—. No creo que sean tan pesados para que no podáis levantarlos.

Timmy, que esta vez fue el disparador de la discusión, se mordisqueó un dedo con expresión de desdicha.

—No puedo —susurró—. No debo hacerlo.

—¿No debes hacerlo? —Por un instante olvidé la cautela con la que había actuado con esos ratoncillos asustados—. ¿Por qué no? Seguramente no existe ningún motivo para que no podáis caminar sin hacer ruido.

Matt miró con tristeza a Miriam, la alumna del segundo curso y la única de toda la escuela secundaria. Ella apartó la vista y se mordió el labio, compungida. Luego se volvió y dijo:

—Es la costumbre que tenemos en Bendo.

—¿Andar arrastrando los pies? —Empecé a olvidar los buenos modales—. ¿Para qué?

—Eso es lo que hacemos en Bendo. —No había ira en su defensa, sólo resignación.

—Tal vez eso es lo que hacéis en vuestra casa. Pero en la escuela debéis caminar levantando los pies. Además, resulta muy molesto.

—Pero es malo… —empezó a decir Esther.

Matt le hizo una seña para que se callara.

—El señor Diemus me dijo que lo que hagamos en la escuela es asunto mío —les informé—. Dijo que no debemos importunar a los padres con nuestros problemas y uno de nuestros problemas es el exceso de ruido cuando los demás intentan trabajar. Al menos en la escuela debéis levantar los pies y caminar sin hacer ruido.

Los chicos analizaron la sugerencia solemnemente y se volvieron hacia Matt y Miriam en busca de una señal. Ellos dos asintieron y reanudamos la tarea. Durante los minutos siguientes vi con sorpresa por el rabillo del ojo las innecesarias idas y venidas por el aula, con los pies levantados, y sonrisas y miradas de soslayo que indicaban que se trataba de una gran aventura… algo agradablemente atrevido. Aquello me desconcertó. Ahora, cuando lo pienso, me doy cuenta de que no sólo los niños de Bendo andaban arrastrando los pies, sino también los adultos… como si tuvieran miedo de perder contacto con el suelo, como si… sacudí la cabeza y volví a concentrarme en la lección.

Sin embargo, antes del mediodía, volvieron a caminar arrastrando los pies. Era un hábito demasiado arraigado en esos niños. De modo que apagué el sonido repitiendo para mis adentros «Incurable, insoportable», y me olvidé del asunto.

Lancé un suspiro al observar a los niños que se iban a almorzar. Me parecía que con el inaudito lujo de tener una hora entera para almorzar, se irían a su casa. El campanario se veía prácticamente desde todas las casas de la población. Pero en cambio todos habían llevado pequeñas bolsas de papel con insulsos bocadillos desmigajados y manzanas carentes de atractivo. Y con su monótono andar desaparecieron en silencio en la espesura del bosque que rodeaba el manantial.

«Aquí todo es aburrido —pensé—. Incluso la luz del sol queda apagada cuando cae sobre las colinas y los cañones. No hay alegrías ni risas, jolgorio ni travesuras. Ni tonterías típicas de adolescentes. Sólo unos niños quietos y resignados».

No suelo curiosear, pero empecé a preguntarme si los niños eran diferentes cuando estaban lejos de mí y de sus padres. De modo que, a las doce y media, cuando regresé de un adecuado pero poco inspirado almuerzo en casa de los Diemus, pasé de largo por la escuela y me deslicé en el bosquecillo, moviéndome cautelosamente entre la escasa maleza hasta que pude inclinarme sobre una piedra cubierta de liquen y desde allí observar a los chicos.

Algunos estaban tendidos sobre la hierba, con las manos debajo de la cabeza, parpadeando bajo la brillante luz del sol que se filtraba entre las ramas. Esther y la pequeña Martha buscaban tréboles y contaban sus hojas. Sonreí al recordar que yo solía hacer lo mismo.

—Anoche soñé. —Dorcas lanzó el anuncio en tono desafiante—. Soñé con el Hogar.

Mi repentino movimiento de asombro quedó silenciado por la exclamación de horror de Martha.

—¡Oh, Dorcas!

—¿Qué tiene de malo el Hogar? —gritó Dorcas, ruborizada—. ¡Existía un Hogar! ¡Existía! ¿Por qué no podemos hablar de él?

Escuché con interés. No podía ser una simple coincidencia… un Grupo y ahora el Hogar. Tenía que existir alguna relación. Me apreté contra la tosca roca.

—¡Pero es malo! —gritó Esther—. ¡Os castigarán! ¡No podemos hablar del Hogar!

—¿Por qué no? —preguntó Joel como si se le acabara de ocurrir la idea, como ocurren las cosas a los trece años. Se incorporó lentamente—. ¿Por qué no podemos?

Se produjo un tenso silencio.

—Yo también he soñado —dijo Matt—. He soñado con el Hogar… y es bueno, es bueno.

—¿Y quién no ha soñado? —preguntó Miriam—. Todos lo hemos hecho, ¿no es así? Incluso nuestros padres. Me doy cuenta que mamá ha soñado cuando la miro a los ojos.

—¿Alguna vez preguntaste por qué no debemos hablar de eso? —preguntó Joel—. Quiero decir que jamás obtuve ninguna respuesta, salvo que está mal.

—Pienso que tiene que ver con algo que ocurrió hace mucho tiempo —intervino Matt—. Algo acerca del momento en que el Grupo llegó…

—No creo que sólo sea un sueño —declaró Miriam—, porque yo no necesito quedarme dormida. Creo que se trata de recordar.

—¿Recordar? —preguntó Dorcas—. ¿Cómo podemos recordar algo que nunca conocimos?

—No lo sé —reconoció Miriam—, pero apuesto a que se trata de eso.

—Yo recuerdo —dijo espontáneamente Talitha, que nunca hacía nada espontáneamente.

—¡Chist! —susurró Abie, el pequeño de segundo grado que siempre susurraba.

—Yo recuerdo —añadió Talitha tercamente—. Recuerdo un vestido que era demasiado pequeño y que la madre estiró la falda hasta que tuvo el largo adecuado, y quedó estirada. Luego estiró la cintura hasta agrandarla lo suficiente y la niña se lo puso y salió volando.

—¡Vaya! —exclamó Timmy—. Yo recuerdo algo mejor que eso. —Su rostro se serenó y abrió los ojos desorbitadamente—. La nave era tan grande que parecía una montaña y la gente iba en la puerta más alta y no necesitaban escalera. Y también había estrellas, grandes y brillantes… no apagadas y pequeñas como las nuestras.

—¡Iba muy rápido! —añadió Abie en tono ansioso—. Cuando el aire entró calentó la nave y el bebé murió antes de que los botes pequeños abandonaran la nave. —Repentinamente se encogió junto a Talitha.

—¡Ya lo veis! —Miriam alzó la barbilla en actitud triunfante—. Todos hemos soñado… quiero decir recordado.

—Supongo que sí —dijo Matt—. Yo recuerdo. Se dice elevarse, Talitha, no volar. Subes y subes tan alto como quieres, tan lejos como quieres, y nunca tienes que tocar el suelo. —Golpeó el puño contra el suelo de grava rojiza.

—Y también puedes bailar en el aire —dijo Miriam con un suspiro—. Más libre que los pájaros, más ligero que…

Esther se puso rápidamente de pie, pálida y con expresión aterrorizada.

—¡Basta! ¡Basta! ¡Es malo! ¡Está mal! ¡Se lo diré a papá! No podemos soñar, ni elevarnos, ni danzar. ¡Es malo, es malo! ¡Vais a morir por ello! ¡Vais a morir!

Joel se puso de pie de un salto y cogió a Esther del brazo.

—¿Acaso podemos estar más muertos? —gritó, sacudiéndola brutalmente—. ¿A esto le llamas vivir? —Bajó la cabeza con aprensión y cruzó el claro arrastrando los pies.

Regresé a la escuela a toda prisa, intentando reprimir las lágrimas sin reconocer que estaba llorando, llorando por estos pobres niños que manoteaban desesperadamente buscando algo que sabían que debían tener. ¿Por qué se les negaba tan implacablemente? Sin duda, si eran lo que yo pensaba… ¡Y podían serlo! ¡Podían serlo!

Cogí la cuerda de la campana y tironeé de ella con fuerza. La campana se movió de mala gana y empezó a sonar.

La una en punto, anunció. La una en punto.

Observé a los niños que regresaban arrastrando los pies, lentamente y sin interés.

Esa noche empecé a escribir una carta:

Querida Karen:

Sí, soy yo después de todos estos años. ¡Oh, Karen! ¡He encontrado a alguien! ¡A otros miembros del Pueblo! ¿Recuerdas cuánto deseabas saber si existían otros Grupos, además del vuestro, que hubieran sobrevivido al Cruce? ¿Y cómo te preocupabas y querías encontrarlos? Bueno, he encontrado a todo un Grupo. Pero son personas desdichadas. Se te destrozaría el corazón si los vieras. Si pudieras venir y colocarlos otra vez en la senda correcta…

Dejé la pluma, miré las líneas que acababa de escribir y estrujé lentamente el papel. Este era mi Grupo. Era yo quien los había encontrado. Sin duda, se lo diría a Karen, pero más adelante. Más adelante, después de… bueno, después de intentar colocarlos en la senda correcta… al menos a los niños.

Al fin y al cabo, yo sabía algo acerca de sus capacidades. ¿Acaso Karen no me había informado en aquellas mágicas horas compartidas en el antiguo dormitorio, atraída por mí como yo por ella gracias a una simpatía mutua que parecía más fuerte que el habitual apego de dos compañeras de habitación, no me había contado cosas que un Extraño no tenía derecho a conocer? Y si finalmente podía decírselo y entregarle el Grupo y aquello se convertía en un regalo gozoso, entonces podría sentir que la había recompensado en parte por el maravilloso mundo que ella había puesto ante mis ojos.

«Sí —pensé de mala gana—, y no hay nada como una buena dosis de ignorancia para dar a alguien una excesiva dosis de confianza». Pero quería intentarlo… lo deseaba con todas mis fuerzas.

Tal vez, si podía abrir la prisión para alguien más, tal vez entonces mis propios barrotes… Tiré el papel en el cesto.

Pero pasaron varias semanas antes de que lograra hacer algo para que los chicos supieran lo que yo sabía sobre ellos. Era una situación imposible, aunque fuera verdad, y de lo contrario ¿de qué clase de disparate me creerían capaz?

Cuando por fin me decidí y me juré que haría algo, me temblaron las manos y se me hizo un nudo en la garganta.

—Hoy… —dije haciendo un esfuerzo—, hoy es viernes. —Los chicos recibieron esa muestra de sabiduría con un caritativo silencio—. Hemos estado trabajando duramente durante toda la semana, así que hoy vamos a divertirnos. —Los chicos se agitaron, un poco con placer y un poco con aprensión. Pobres niños, mi «diversión» les resultaba más difícil que cualquier tarea que pudiera asignarles. Pero algunos de ellos empezaban a tomarle el gusto. ¡Martha incluso había aprendido a saltar!

»En primer lugar, los monitores deben repartir el papel para la redacción. —Esther y Abie repartieron rápidamente el papel y los sacapuntas trabajaron más que nunca. Al menos estos niños no se diferenciaban de otros en el placer que sentían en sacar punta a sus lápices con cualquier excusa.

»Ahora —dije, tragando saliva—, vamos a escribir. —La estupidez del anuncio fue pasada por alto con indulgencia, aunque Miriam me miró con curiosidad antes de bajar la cabeza y dejar que el pelo le ocultara el rostro—. Hoy quiero que todos escribáis lo mismo. Éste será nuestro tema.

Me volví de espaldas a ellos y escribí lentamente: RECUERDO EL HOGAR.

Oí el repentino jadeo que recorría el aula desde Miriam hasta Talitha, y el rápido susurro que informaba a Abie y a Martha. Oí el grito amortiguado de Esther y me volví lentamente y me apoyé en el escritorio.

—Hay muchas cosas hermosas que recordar sobre el Hogar —dije rompiendo el tenso silencio—. Muchas cosas maravillosas. E incluso los recuerdos tristes son mejores que el olvido, porque el Hogar era algo bueno. Contadme lo que recordáis del Hogar.

—¡No podemos! —Joel y Matt se pusieron de pie al mismo tiempo.

—¿Por qué no? —gritó Dorcas—. ¿Por qué no?

—¡Está mal! —gritó Esther—. ¡Es malo!

—¡No lo es! —exclamó Abie—. ¡No lo es!

—No deberíamos hacerlo. —Miriam se echó el pelo hacia atrás con manos temblorosas—. Está prohibido.

—Sentaos —dije suavemente—. El día que llegué a Bendo, el señor Diemus me dijo que os enseñara lo que tenía que enseñaros. Tengo que enseñaros que recordar el Hogar es bueno.

—Entonces, ¿por qué los adultos no piensan lo mismo? —preguntó Matt—. Nos dicen que no hablemos de ese tema. Y no debemos desobedecer a nuestros padres.

—Lo sé —coincidí—. Y yo jamás os pediría que actuarais contra los deseos de vuestros padres, a menos que se tratara de algo muy importante. Si preferís que no sepan nada de esto por ahora, guardad el secreto. El señor Diemus me dijo que no los molestara con argumentos ni explicaciones. Yo aclararé la situación con vuestros padres cuando llegue el momento. —Hice una pausa, tragué saliva y aparté de mi mente la imagen en la que aparecía saliendo de la ciudad envuelta en una nube de polvo, huyendo de un grupo de padres airados—. Ahora, a trabajar —dije en tono enérgico—. «Recuerdo el Hogar».

Se produjo un momento de tensión y contuve la respiración, preguntándome en qué sentido se inclinaría la balanza. Entonces, sin duda porque deseaban hablar y afirmar el prodigio de lo que había sido, renunciaron rápidamente. Inclinaron la cabeza y las plumas empezaron a deslizarse. Martha estaba sentada con la cabeza inclinada sobre su pupitre, compungida.

—No sé muchas palabras —se lamentó—. ¿Cómo se escribe «toolas»?

Y Abie borró lo escrito hasta hacer un agujero en el papel y volvió a escribir.

—¿Por qué tú y Abie no hacéis algunos dibujos? —sugerí—. Haced un bonito relato con dibujos y luego uniremos las hojas como si fueran un libro de verdad.

Observé al silencioso grupo y me relajé, sintiendo que se me aflojaban las rodillas. Me sequé el sudor de las palmas de las manos con un Kleenex y me senté otra vez en la silla. Lentamente tuve conciencia de que en el aula se creaba una atmósfera nueva. La tensión insoportable había desaparecido, la abstención inconsciente de los chicos, la cautela, la actitud alerta, el sentimiento de culpa por desear lo que estaba prohibido.

En mi interior empezó a crecer una oración de agradecimiento. Se convirtió rápidamente en una súplica de clemencia y empecé a imaginar lo que me ocurriría cuando los padres descubrieran lo que estaba haciendo. ¿Hasta dónde había llegado esta contención y este rechazo? ¿Este ocultamiento y este temor cuidadosamente alimentado? Por lo que Karen me había dicho, habían pasado más de cincuenta años, el tiempo suficiente para marcar de forma indeleble a tres generaciones.

¡Y aquí estaba yo, con mi pequeña hacha, intentando prender fuego a este pequeño mundo! Y con esa metáfora fortalecí mis débiles rodillas y me levanté de la silla. Caminé entre los pupitres sin ser vista, haciéndome a un lado mientras Joel se acercaba a la estantería a buscar más papel, inclinándome sobre el pupitre de Miriam, maravillada al ver que había sacado sus rotuladores y que parte de su escritura estaba hecha con colores, otra parte con lápiz negro… y los colores hablaban a una parte de mi ser a la que el lápiz negro no podía acceder, aunque nunca vi las formas que aquéllos describían.

Los chicos se habían ido a casa felices y entusiasmados, parloteando y riendo hasta que llegaron al límite del terreno de la escuela. Una vez allí las sonrisas se desvanecieron, las risas se interrumpieron y todos volvieron a adoptar una expresión grave. Todos, salvo Esther. Ella jamás había estado alegre.

Lancé un suspiro y me concentré en los trabajos. Allí estaba el breve libro de Abie. Pasé las hojas, suspiré y volví a pasarlas lentamente.

¿Esto había sido dibujado por un niño de segundo grado? Seis páginas, seis páginas que parecían hechas por un adulto. Los rotuladores conseguían efectos que yo jamás había visto… imágenes que contaban una historia en voz alta y con claridad.

Las estrellas brillaban en un cielo negro, con la débil estela de una nave como una mota en la oscuridad.

El vasto arco de la tierra, verde y cubierto de nubes. El matiz rosado de la incipiente fricción junto a la panza de la nave. Lo toqué con el dedo. Casi pude sentir el calor.

Dentro de la nave, sufrimiento y dolor, luchas heroicas, cuerpos maltrechos y rostros abrasados. Un bebé muerto en brazos de su madre. Luego un hormigueo de pequeños puntos que salían despedidos del vientre de la nave. Y el último grito de incandescencia mientras la nave se volatilizaba contra la atmósfera cada vez más cargada.

Apoyé la cabeza en las manos y cerré los ojos, ¿todo esto en el recuerdo de un niño de ocho años? ¿Todo esto en los sentimientos de un niño de ocho años? Porque Abie sabía… conocía los sentimientos que aquello provocaba. Conocía el calor, el esfuerzo, la agonía y la huida. No era extraño que Abie siempre susurrara. La memoria racial era realmente una moneda de dos caras.

Sentí una punzada de aprensión. Tal vez me equivocaba al permitir que el niño recordara tan vívidamente. Tal vez no debería haberle permitido…

Cogí las hojas de Martha. Eran dibujos delicados, casi como patas de araña, que mostraban un extraño y pequeño animal (¿toolas?) que, al parecer, construía un nido colgante, semejante a una hamaca, y recogía frutos en una enorme cesta de hojas y tenía como amigo a un pájaro.

Un pájaro que realmente no pertenecía a este mundo. La mayor parte de su historia se me escapaba porque los alumnos de primer grado producen un arte simbólico y, dado que su marco de referencia y el mío eran tan distintos, había muchos detalles que yo no podía interpretar. Pero el conjunto de su trabajo era alegre y claro.

Y, ahora, los relatos…

Levanté la cabeza y parpadeé con la luz del sol. Había terminado de ver todas las hojas, salvo la de Esther. Fue su escritura apretada, en medio de la oscuridad, lo que me hizo comprender que el día había concluido y que estaba temblando en una habitación en sombras, y que el luego de la anticuada estufa se había apagado.

Esparcí lentamente las hojas en el cajón de mi escritorio, vacilé y cogí la de Esther. Terminaría de mirarla en casa. Me puse el abrigo y regresé a casa caminando tranquilamente, pensando en las hojas que había leído. Y de pronto quise gritar… gritar por las maravillas que habían existido y que ya no estaban. Por el legado de conocimientos y logros que estos niños habían recibido pero no podían utilizar. Por el sueño hecho realidad de lo que eran capaces de hacer pero no se les permitía. Por la nostalgia presente en cada línea que habían escrito… exiliados desdichados, tres generaciones apartadas de cualquier conocimiento físico del Hogar.

Al llegar al puente me detuve y me apoyé en la barandilla, en la semipenumbra. Repentinamente sentí una creciente añoranza. Así tenía que haber sido el mundo… eso era lo que podría haber sido si… si…

Pero las lágrimas que yo derramaba por el Hogar estaban tan ocultas como las emociones de la señora Diemus, que me miró con indiferencia cuando entré en la Cocina.

—Buenas noches —me dijo—. Le guardé la cena caliente.

—Gracias. —Temblé espasmódicamente—. Empieza a hacer frío.

Esa noche me senté en el borde de la cama y dejé que el recuerdo de los trabajos de los niños me invadiera, e intenté completar los fragmentos que me habían mostrado del Hogar. Entonces empecé a hacerme preguntas. Todos los que escribían sobre el Hogar habían sido muy felices con sus recuerdos. Desde Timmy y su «Brillante nave tan alta como una montaña y más rápida que dos aviones», y los tiempos cambiantes de Dorcas, como si ayer y hoy fueran lo mismo: «Las flores eran como luces. A la noche no está oscuro porque brillan muy brillantes y cuando la luna salía los pájaros cantan y la música era como si pudieras verla como la lluvia que cae, pero más alegre», hasta la melancólica frase de Miriam: «El Día de la Recolección había una gran fiesta. Todos iban vestidos con ropas bonitas y las chicas llevaban flahmen en el pelo. Flahmen son flores, pero son buenas para comer. Y si una chica sentía que su corazón se estremecía por un chico los dos comían flahmen juntos y empezaban a salir».

Entonces, si todos estos recuerdos eran tan felices, ¿por qué esa rígida represión por parte de los adultos? ¿Por qué la desdicha los alcanzaba a todos? No se puede lamentar eternamente el naufragio de una nave. ¿Por qué una cueva para los chicos desobedientes? ¿Por qué la desdicha y la frustración si, siendo capaces de hacer la mitad de lo que mostraban los trabajos técnicamente perfectos de Joel y Matt, y que yo no comprendía del todo, podían convertir Bendo en un Edén?

Me estiré para coger la hoja de Esther. La había puesto adrede debajo de las demás. Tenía miedo de leerla. Ella había estado casi todo el tiempo con la cabeza hundida entre los hombros, mientras los demás se afanaban por escribir. Había garabateado una o dos líneas después de largos intervalos, como si estuviera haciendo algo de lo cual se avergonzara. Ella era la única que no parecía encontrar alivio en su recuerdo.

Estiré la hoja sobre mi regazo.

«Recuerdo —había escrito—. Estábamos sedientos. Había agua en el arroyo y nos escondíamos entre los arbustos. No podíamos beber. Ellos nos habrían disparado. Después de tres días de sol, hacía calor. Ella gritó pidiendo agua y corrió hasta el arroyo. Le dispararon. El agua quedó roja».

Las lágrimas habían quedado marcadas en el papel.

«Encontraron a un bebé debajo de un arbusto. El hombre lo golpeó con la parte de madera de su arma. Lo golpeó y lo golpeó y lo golpeó. Yo golpeo así a los escorpiones.

»Nos cogieron y nos metieron en un corral. Encendieron fuego alrededor de nosotros. “Volad —decían—, volad y salvaos”. Volamos porque hacía daño. Nos dispararon.

»“Monstruos —gritaron—, malditos monstruos. La gente no puede volar. La gente no puede mover cosas. La gente es normal. No sois personas. Tenéis que morir, morir, morir”».

Después, escribiendo un trazo sobre otro hasta romper el papel, añadía:

«Si alguien descubre que no somos de esta tierra, moriremos.

»Mantén los pies en el suelo».

Dejé el papel a un lado. Y encontré la respuesta uniendo los fragmentos que me había transmitido Karen con éstos. Los náufragos que encontraban salvajes en la isla desierta. Unos cuantos que sobrevivían aprendiendo lo que es la cautela, la represión y la negación. Otra generación que colgaba el rótulo de malo en el Hogar para asegurar una inmunidad continuada a sus hijos y, ahora, una generación que cuestionaba, se planteaba preguntas… y se rebelaba.

Apagué la luz y me metí lentamente en la cama. Me quedé con la vista fija en la oscuridad, reteniendo la imagen que me había evocado el trabajo de Esther. Finalmente me relajé. «Que Dios la ayude —dije con un suspiro—. Que Dios nos ayude a todos».

Otra semana que casi había llegado a su fin. Ordenamos rápidamente el aula, por una vez anticipándonos a la diversión en lugar de sentir temor por ella. Sonreí al oír el feliz revuelo que se producía a mi alrededor y sentí que mi espíritu se elevaba en respuesta a la dicha de los niños. ¡Cómo los había cambiado una sola tarde! Ahora empezaban a parecerme niños. Empezaban a aceptarme. Tragué saliva. ¿Cuánto tardarían en preguntarme cómo era que yo sabía? Allí estaban sentados, sólo nueve, porque Esther era la primera ausencia de todo el año… una ausencia de ojos brillantes, expectantes.

—¿Podemos volver a escribir? —preguntó Sarah—. Puedo recordar muchas más cosas.

—No —respondí—. Hoy no. —Las sonrisas se apagaron y hubo un murmullo de protesta en toda el aula—. Hoy vamos a hacer. Joel. —Lo miré y tensé las mandíbulas—. Joel, dame el diccionario. —Empezó a ponerse de pie—. ¡Sin levantarte de tu asiento!

—¡Pero yo…! —Joel rompió el incómodo silencio—. ¡No puedo!

—Sí, puedes —insistí—. Claro que puedes. Dame el diccionario. Ponlo aquí, sobre mi escritorio.

Joel se volvió y observó el enorme y viejo diccionario que tenía despegadas del lomo las páginas 1965 hasta la 1998. Entonces, en tono tenso, dijo:

—¿Miriam? —Pero ella sacudió la cabeza y se echó hacia atrás en su asiento, con los ojos desorbitados y expresión sombría.

—Puedes. —La voz de Miriam fue apenas más alta que un susurro—. Sólo es más grande que…

Joel se aferró al borde de su pupitre y el sudor empezó a brillar en su frente. En la estantería hubo un leve movimiento. Entonces, como disparadas por una pistola, las páginas sueltas se deslizaron rápidamente hasta mi escritorio y cayeron revoloteando. Una carcajada quebró la atmósfera de asombro y reímos hasta que se nos llenaron los ojos de lágrimas.

—¡Así se hace, Joel! —gritó Matt—. Eso es mostrar los músculos.

—Bueno, sólo es un comienzo. —Joel esbozó una sonrisa—. Hazlo, tú, hermano, si crees que es tan fácil.

De modo que Matt se esforzó y Joel se unió a él, pero sólo lograron mover el diccionario hasta el borde del estante, donde se balanceó peligrosamente.

Entonces Abie levantó la mano con timidez.

—Yo puedo, señorita.

Me deleitó ver que mi silencioso alumno había hablado. Al mismo tiempo fruncí el ceño al oír la risa cariñosa de los más grandes.

—De acuerdo, Abie —lo alenté—. Muéstrales cómo hacerlo.

Y el diccionario salió volando de la estantería y se deslizó directamente hasta mi escritorio, donde se apoyó en silencio.

Todos miraron fijamente a Abie, y él pareció incómodo.

—Las naves pequeñas —dijo, a la defensiva—. Así es como las sacaban de la nave grande. Exactamente así.

Joel y Matt se concentraron y luego intercambiaron una mirada exasperada.

—Vaya, por supuesto —dijo Matt—. Por supuesto.

—Y el diccionario regresó volando hasta la estantería.

—¡Eh! —protestó Timmy—. ¡Ahora me toca a mí!

—Dejad ese pobre diccionario. Es demasiado viejo para tanto traqueteo. Vuelve a poner las páginas sueltas en el estante.

Y lo hizo.

Todos suspiraron y me miraron, expectantes.

—¿Miriam? —Ella apretó las manos—. Ahora ven tú hasta aquí —le indiqué, sintiendo un escalofrío en mis hombros rígidos—. Acércate a mí elevándote, Miriam.

Sin quitarme los ojos de encima ella abandonó su asiento y se quedó de pie junto a él. Su falda se agitó un poco mientras sus pies se separaban del suelo. Al principio muy despacio y luego más rápido, se acercó a mí silenciosamente, por el aire, hasta que en un nervioso movimiento me rodeó con los brazos y jadeó hundiendo la cabeza en mi hombro. La aparté, temblando. Busqué mi pañuelo y dije:

—Miriam, ayuda a los demás. Regresaré en un minuto.

Y entré dando tumbos en la habitación contigua. Acurrucada sobre el polvo y los escombros del almacén de trastos viejos en que se había convertido, lancé un grito ahogado, tapándome la boca con las manos. Grité y grité. Porque por fin… por fin.

Entonces, repentinamente, en un ataque de pánico total, oí un sonido: el sonido de unas pisadas, muchas pisadas, que se acercaban a la escuela. Salté hasta la puerta y la abrí de un tirón, justo a tiempo para ver que se abría la puerta de entrada. Allí estaban el señor Diemus, Esther, y el señor Jonso, el padre de Esther.

En uno de esos destellos de lucidez que iluminan la mente en una milésima de segundo, vi el aula.

Joel y Matt se sujetaban de unas barras inexistentes, y sus cabezas rozaban el alto cielorraso mientras se balanceaban. Abie se columpiaba en un columpio que no existía, trazando un arco en el rincón del aula, rozando apenas el tubo de la vieja estufa, mientras cantaba: ¡Sube a lo alto, sube a lo alto! ¡No era la primera vez que probaban sus alas! Miriam estaba arrodillada en un círculo con las otras chicas y todas levantaban sus libros y los dejaban suspendidos en el aire, mientras Jimmy hacía rugir dos aviones de papel, moviéndolos en intrincadas maniobras entre las filas de asientos.

Se me encogió el corazón al ver la expresión del señor Diemus. Esther lanzó un grito ahogado al ver lo que hacían los chicos, y las niñas se volvieron con expresión sobresaltada hacia los recién llegados. Matt y Joel bajaron hasta el suelo y se pusieron de pie. Pero Abie, concentrado en su nuevo y prodigioso logro, siguió balanceándose sin saber lo que ocurría a su alrededor hasta que Talitha gritó frenéticamente:

—¡Abie!

Sobresaltado, se giró y vio al grupo que se había quedado en la puerta. Con un grito de decepción, como si un juguete querido le hubiera sido arrebatado de las manos, se detuvo en el aire, con los puños cerrados. Entonces comprendió y lanzó un terrible grito de pánico, se inclinó hacia arriba intentando escapar y corrió a toda velocidad hasta el ángulo del estuche de los mapas, golpeando de costado con la cabeza; entonces retrocedió y cayó.

Intenté cogerlo. ¡Y lo hice! ¡Lo hice! Pero solo cogí una mano pequeña mientras él se desplomaba sobre la vieja estufa de leña que había más abajo. Y el crujido de su cráneo contra el borde adornado de la tapa de hierro desgarró el silencio.

Levanté cuidadosamente el pequeño cuerpo, sin atreverme a tocar la cabeza inmóvil. El señor Diemus y yo nos miramos y nos arrodillamos, cada uno a un costado del chico. El hombre abrió los labios pero antes de que pudiera empezar a hablar, le espeté:

—Si muere —dije escupiendo las palabras—, ¡usted lo habrá matado!

El señor Diemus volvió a abrir la boca, esta vez de asombro.

—Yo… —empezó a decir.

—¡Entrometerse en mi aula! —exclamé con furia—. ¡Interrumpir la clase! ¡Asustar a mis niños! ¡Todo es culpa suya, culpa suya! —No podía soportar yo sola el peso del sentimiento de culpa. Tenía que tener a alguien para compartirlo. Pero la furia se apagó y acaricié la mano de Abie, temblando.

»Por favor llame a un médico. Tal vez está muriendo.

—El que vive más cerca está en Tortura Pass —señaló el señor Diemus—. A noventa kilómetros sobre la carretera.

—¿A campo traviesa? —pregunté.

—Hay dos cadenas de montañas y una meseta de álcali.

—Entonces… entonces… —Seguía sujetando la mano de Abie.

—Hay un médico en el Rancho Tumble A —dijo Joel débilmente—. Está allí de vacaciones.

—Ve a buscarlo. —Miré a Joel a los ojos—. ¡Y hazlo tan rápido como sabes!

Joel tragó saliva.

—De acuerdo.

—Es probable que tengan algún caballo para volver —dije—. No te pongas demasiado en evidencia.

—De acuerdo.

Salió corriendo. Oímos el ruido de sus pies que corrían hasta que estuvo a mitad de camino del patio; luego el silencio. Segundos más tarde, la grava del río crujió débilmente al pie de la colina. Sólo podía imaginar lo que él estaba haciendo… que no podía elevarse a lo largo de todo el camino y que avanzaba dando saltos cuya longitud estaba más allá de todo lo razonable.

Los chicos se habían ido a casa en silencio y compungidos. Y después de la llegada del médico habíamos improvisado una camilla y llevamos a Abie a casa de los Peters. Caminé a su lado observando su rostro dolorido, tocando de vez en cuando su pecho para asegurarme de que seguía respirando.

Entonces… la espera…

Volví a mirar el reloj. Había pasado un minuto desde la última vez que lo había mirado. Sesenta segundos según las manecillas, y varias horas según la ansiedad que sentía.

—Se pondrá bien —susurré, casi para consolarme a mí misma—. El médico sabrá qué hacer.

El señor Diemus volvió su inexpresiva mirada hacia mí.

—¿Por qué lo hizo? —me preguntó—. Casi lo habíamos erradicado. Casi habíamos quedado libres.

—¿Libres de qué? —Respiré profundamente—. ¿Por qué lo hizo usted? ¿Por qué le negó a los chicos su herencia?

—No es asunto suyo…

—Cualquier cosa que ponga trabas a mis niños es problema mío. Cualquier cosa que los convierta en ratones asustados es mala. Tal vez enfoqué mal todo el asunto, pero usted me dijo que les enseñara lo que tuviera que enseñarles… y lo hice.

—Desobedecer, rebelarse, burlarse de la autoridad…

—Me obedecían a mí —repliqué—. ¡Aceptaron mi autoridad! —Entonces me ablandé—. No puedo culparlos —confesé—. Estaban preocupados. Me dijeron que estaba mal… que les habían enseñado que eso estaba mal. Discutí hasta convencerlos. Pero, señor Diemus… fueron necesarios tan pocos argumentos, una grieta tan pequeña para que el dique se vaciara… en ningún momento pusieron en cuestión mis conocimientos, lo mismo que usted, señor Diemus. Todo este prodigio se debatía en sus mentes, luchando por ser liberado. La rebelión existía mucho antes de mi llegada. Yo no los empujé a algo nuevo. Apuesto a que no hay ni uno, salvo Esther, tal vez, que no haya practicado y practicado a escondidas y desvergonzadamente las cosas que yo permití… lo que les exigí que hicieran para mí. No era justo… nada justo… reprimirlos.

—Usted no comprende. —El señor Diemus tenía una expresión pétrea—. Usted no conoce todos los datos…

—Conozco los suficientes —respondí—. Ustedes tienen un recuerdo asustado de una etapa desgraciada de su historia. ¿Pero qué pueblo no tiene un recuerdo como ése en mayor o menor medida? El hecho de que usted y sus niños lo posean más vívidamente tendría que haber sido una ayuda, no un obstáculo. Tendría que haber sido capaz de vislumbrar alguna forma de adaptación. Pero dejemos eso, de momento. Tomemos la otra cara de la moneda. ¿Acaso toda esa represión y negación podría haberles dado algo más precioso de lo que tienen?

—Es la única forma —aseguró el señor Diemus—. Somos inaceptables para la Tierra, pero tenemos que quedarnos. Debemos conformarnos…

—Por supuesto que tienen que conformarse —grité—. Cualquiera tiene que hacerlo cuando cambia de sociedad. Al menos lo suficiente para arreglárselas hasta que los demás puedan adaptarse a ellos. Pero meterse en un agujero y después taparlo… vamos, el otro Grupo…

—¡Otro Grupo! —El señor Diemus se puso pálido y abrió desorbitadamente los ojos—. ¿Otro Grupo? ¿Hay otros? ¿Hay otros? —Se inclinó hacia delante en actitud tensa—. ¿Dónde? ¿Dónde? —Y su voz se quebró. Cerró los ojos y los labios le temblaron mientras se esforzaba por dominarse. La puerta del dormitorio se abrió. Apareció el doctor Curtis con expresión agotada.

Nos miró.

—El chico tendría que estar en un hospital. Hay una fractura y algo más. Tal vez todo el cerebro esté afectado. Necesitamos rayos X y… y… —Pasó lentamente la mano por su agotado rostro—. Sinceramente, no tengo experiencia en casos como éste. Necesitamos especialistas. Si pueden conseguir algún medio de transporte que no salte… —Sacudió la cabeza al ver el tipo de paisaje que nos rodeaba, y volvió a entrar en el dormitorio.

—Se está muriendo —dijo el señor Diemus—. Al margen de cuál de los dos tenga razón, se está muriendo.

—¡Espere! ¡Espere! —dije, repentinamente iluminada por una idea—. Déjeme pensar. —Me remonté a toda prisa hasta la época pasada en aquel dormitorio. Escuché atentamente y recordé.

—¿Tienen algún… Reparador en este Grupo? —dije, recalcando los términos poco familiares.

—No —respondió el señor Diemus—. Hay alguien que podría haberlo sido, pero no lo es.

—¿O algún Comunicador? ¿Alguien que pueda enviar o recibir un mensaje?

—No —dijo el señor Diemus—. Hay alguien que podría haberlo sido, pero…

—¿Se da cuenta? —pregunté en tono acusador—. ¿Se da cuenta de lo que ha logrado? ¿Quiénes son los que podrían haber sido y no lo son? ¿Quiénes son?

—Soy yo —dijo el señor Diemus con amargura—. Y mi esposa.

Lo miré fijamente, confundida. ¿En qué medida era decisivo el entrenamiento? ¿Qué podíamos hacer con lo que teníamos?

—Mire —dije enseguida—. Hay otro Grupo… Y ellos… poseen todas las Creencias y Concepciones. Karen ha estado intentando encontrarlos… encontrar a cualquiera del Pueblo. Me contó… oh, Dios, hace tantos años que espero que siga siendo igual. Todas las noches lanzan una llamada al Pueblo. Si podemos captarla… si usted puede captar la llamada y responder, ellos nos pueden ayudar. Sé que pueden. Más rápido que los coches, más rápido que los aviones, con mayor seguridad que un especialista…

—Pero si al doctor le resulta… —El señor Diemus vaciló, asustado.

Me puse de pie bruscamente.

—Buenas noches, señor Diemus —dije, encaminándome a la puerta—. Cuando Abie muera hágamelo saber.

Me cogió del brazo con una mano fría.

—¡No se da cuenta! —exclamó—. A mí me enseñaron lo mismo… hace más tiempo y con mayor fuerza que a los niños ¡Nosotros ni siquiera nos atrevimos jamás a pensar en una rebelión! ¡Ayúdeme, ayúdeme!

—Vaya a buscar a su esposa —le indiqué—. Tráigala a ella y a la madre y al padre de Abie. Hágalos venir hasta el bosquecillo. Dentro de esta casa no podemos hacer nada. Está demasiado cargada de negación.

Salí a toda prisa y me puse de rodillas entre los árboles, bajo las sombras del atardecer.

—No sé lo que estoy haciendo —dije llorando, con el rostro hundido en la curva de mi brazo—. Tengo una idea pero no sé. ¡Ayúdanos! ¡Guíanos!

Abrí los ojos cuando llegaron ellos cuatro.

—Le dijimos que salíamos a rezar —dijo el señor Diemus.

Y todos lo hicimos.

Entonces el señor Diemus lanzó el llamado que yo pronuncié para él, silenciosamente, pero con tanta intensidad que su rostro volvió a cubrirse de sudor. «Karen, Karen, ven al Pueblo». Los otros tres se sentaron a su alrededor, apoyando su esfuerzo, respaldando su grito. Observé sus rostros tensos, noté que el mío también se torcía y perdimos la noción del tiempo.

Entonces, lentamente, su respiración se calmó, su rostro se relajó y sentí un movimiento, como si algo hubiera rozado mi mente. La señora Diemus susurró:

—Ahora recuerda. Ha encontrado el camino.

Y mientras el último rayo del sol captaba el brillo de la mica en la cumbre de la colina, el señor Diemus extendió las manos lentamente y dijo con infinito alivio:

—Ahí están.

Miré a mi alrededor, sobresaltada, en cierto modo esperando ver que Karen aparecía entre los árboles. Pero el señor Diemus volvió a hablar.

—Karen, necesitamos ayuda. Un miembro de nuestro Grupo está agonizando. Tenemos un médico, un Extraño, pero no tiene los instrumentos ni los recursos necesarios para ayudarnos. ¿Qué debemos hacer?

En la pausa que siguió tuve conciencia de un nuevo sentimiento. No podría decir exactamente qué fue: una especie de desdoblamiento… una apertura… una relajación. La espantosa y tensa actitud defensiva tan característica de los adultos de Bendo empezaba a desaparecer.

—Sí, Valancy —dijo el señor Diemus—. Se encuentra mal. Nosotros no podemos ayudar porque… —Tartamudeó y enmudeció. Sentí que volvía a crecer el temor y la desdicha mientras su comunicación iba más allá de las palabras y retrocedía otra vez al discurso verbal.

»Entonces os esperaremos. Conocéis el camino.

Cuando se volvió hacia nosotros vi la palidez de su rostro en la oscuridad.

—Están viniendo —dijo, asombrado—. Karen y Valancy. Están encantadas de habernos encontrado. —Su voz se quebró—. No estamos solos…

Y me aparté mientras las dos parejas se fundían en la oscuridad. Los había empujado a algún lugar lejos de mí.

La caminata de regreso a la casa fue muy solitaria… yo estaba sola.

Los cuatro se dejaron caer en la semipenumbra. Durante un breve instante me asombré al ver que podía quedarme allí observando a los cuatro adultos que descendían serenamente desde el cielo. No se les había movido ni un pelo ni tenían una sola mancha a causa del viaje, y supe que sólo unos minutos antes habían estado a cientos de kilómetros de distancia… sin tener la menor idea de que Bendo existía.

Pero toda la extrañeza quedó borrada cuando Karen me abrazó, encantada.

—Oh, Melodye —gritó—. ¡Eres tú! ¡Él dijo que eras tú, pero no estaba segura! ¡Oh, qué alegría volver a verte! ¿Quién le debe carta a quién?

Rió y se volvió hacia los otros tres, que sonreían.

—Esta es Valancy, la Anciana de nuestro Grupo. —El rostro radiante de Valancy demostraba que el título de Anciana no se refería a la edad—. Bethie, nuestra Sensitiva. —La delgada jovencita de pelo rubio inclinó la cabeza tímidamente—. Y mi hermano Jemmy. Valancy es su esposa.

—Estos son el señor y la señora Diemus. Y el señor y la señora Peters, los padres de Abie.

»Se trata de Abie, ya lo sabes. Mi alumno del segundo curso. —Me sentí repentinamente abrumada por lo lejos que parecía haber quedado la escuela en el espacio y en el tiempo. ¡Cuánto me había alejado de mi modelo!

»¿Qué debemos hacer con el médico? —pregunté—. ¿Tiene que saber?

—Sí —dijo Valancy—. Podemos ayudarlo, pero no podemos hacer el trabajo real. ¿Es posible confiar en él?

Vacilé al recordar las pocas miradas de soslayo que había visto en el médico.

—Yo… —empecé a decir.

—Perdona —intervino Karen—. Quería ganar tiempo. Entré en tu mente. Sabemos lo que tú sabes sobre él. Confiaremos en el doctor Curtis.

Sentí que una extraña sensación recorría mi columna vertebral. ¡Que alguien captara de esa forma mis pensamientos! ¡Incluso el nombre del médico!

Bethie se movió, inquieta, y miró a Valancy.

—Pronto empezará a tener convulsiones. Será mejor que nos demos prisa.

—¿Estás segura de que tienes el conocimiento necesario? —preguntó Valancy.

—Sí —murmuró Bethie—. Si logro hacer que el médico vea… si él está dispuesto a seguir…

—¿Seguir qué?

El tono de la voz del médico que apareció en el porche nos desconcertó a todos.

Quedé boquiabierta al comprender lo imposible de la tarea que teníamos por delante y observé a Karen y a Valancy para ver cómo harían ellas para lograr que el médico comprendiera. No dijeron nada. Simplemente lo miraron. Se produjo una tensa pausa. Cuando el médico se volvió hacia Valancy, su rostro desconcertado recibió el resplandor que entraba por la puerta abierta. Se frotó la cara con una mano, desconcertado, y luego se volvió hacia mí.

—¿Usted la ha oído?

—No —reconocí—. No está hablando conmigo.

—¿Conoce a esta gente?

—¡Oh, por supuesto! —exclamé, deseando desesperadamente que fuera verdad—. ¡Por supuesto!

—¿Y cree en ellos?

—Implícitamente.

—Pero ella dice que Bethie… ¿quién es Bethie? —Miró a su alrededor.

—Es ella —dijo Karen, moviendo la cabeza en dirección a Bethie.

—¿Ella? —El doctor Curtis miró atentamente el tímido rostro. Sacudió la cabeza confundido y volvió a mirarme—. De todos modos ésta, Valancy, dice que Bethie puede sentir cualquier lesión del cuerpo del niño, y que ella será capaz de decir dónde están todas las heridas, de localizarlas y determinar su alcance sin utilizar rayos X. ¡Sin instrumentos!

—Sí —afirmé—. Si ella lo dice, es así.

—¿Estaría dispuesta a arriesgar la vida de un niño…?

—Sí. Ellos saben. Saben de verdad. —Tragué saliva para aliviar la duda que atenazaba mi pecho.

—¿Cree que ellos pueden ver a través de la carne?

—Tal vez no se trate de ver —dije, sorprendida por mis propias palabras—. Sino de saber con un conocimiento seguro y completo. —Miré a Karen sorprendida. El movimiento de su cabeza fue muy breve pero me indicó de dónde habían surgido mis palabras.

—¿Y ustedes están dispuestos a confiar en esta gente? —preguntó el médico, dirigiéndose a los padres de Abie.

—Son nuestra gente —dijo el señor Peters con orgullo—. Si ellos me lo dijeran, yo mismo lo operaría utilizando un pico.

—¡Con tantos chiflados…! —El médico volvió a frotarse la cara—. Sabía que necesitaba estas vacaciones, pero esto es ridículo.

Todos escuchamos el silencio de la noche y, al menos yo, los ansiosos latidos de cada uno hasta que el doctor Curtis lanzó un profundo suspiro.

—De acuerdo, Valancy. No creo ni una palabra de todo esto. Al menos no lo creería si estuviera en mi sano juicio, pero utilizáis toda la terminología a la perfección, como si supierais algo… Bien, lo haré. Me queda eso, o dejarlo morir. ¡Y que Dios se apiade de nosotros!

No soportaba la idea de perderme en mis propios temores oscuros, de modo que regresé caminando a la escuela, acurrucada en mi abrigo poco adecuado para el frío repentino de la noche. Caminé lentamente por el bosquecillo, rezando en silencio, y subí hasta la escuela. Pero no pude entrar. Me aparté temblorosamente del brillo vacío de las ventanas y regresé al bosquecillo. Ya no había más tiempo, ni dirección, ni luz, ni nada familiar, sólo una confusa nube de ansiedad y un helado cansancio final que me llevó de vuelta a la casa de Abie.

Entré en la cocina tropezando, y mis manos rígidas manotearon el picaporte. Me acurruqué en una silla, agradecida al poder inclinarme sobre el calor de la estufa de leña que parpadeaba en la semipenumbra con su cálida luz rojiza, e intenté que el calor volviera a mis dedos.

Me quedé adormilada mientras el calor empezaba a penetrarme y entonces la puerta se abrió y se cerró de golpe. El médico se apoyó en ella, con la mano aún cerrada sobre el picaporte.

—¿Sabe lo que hicieron? —gritó, hablando en realidad consigo mismo—. ¿Lo que me hicieron hacer a mí? ¡Oh, cielos! —Se tambaleó hasta la estufa y tropezó con mis pies. Se desplomó junto a mi silla y hundió la cabeza entre las manos—. ¡Me hicieron operarle el cerebro! Repararlo. Rastrear los circuitos y reconstruirlos. ¡No se puede hacer eso! ¡Es imposible! Las células cerebrales dañadas no pueden repararse. Nadie puede reparar unos circuitos que han sido destruidos. ¡No se puede hacer! ¡Pero yo lo hice! ¡Lo hice!

Me arrodillé a su lado e intenté consolarlo con un abrazo.

—Vamos, vamos —lo tranquilicé.

Se aferró a mí como un niño aterrorizado.

—¡Y sin anestesia! —gritó—. Ella lo mantuvo dormido. Y no sangró cuando abrí su cuero cabelludo. Ellos lo evitaron. ¡La cantidad de cosas imposibles que hice con los pocos instrumentos que tenía conmigo! ¡Y el cerebro empezó a repararse ante mis propios ojos! ¡No había nada bien!

—Pero nada salió mal —murmuré—. Abie se pondrá bien ¿verdad?

—¿Cómo puedo saberlo? —gritó repentinamente, apartándose de mí—. No sé nada de ese tipo de cosas. Le arreglé el cerebro y aún respira, pero no puedo saberlo.

—Bueno, bueno —lo tranquilicé—. Ya ha pasado.

—¡Nunca pasará! —Hizo un esfuerzo por serenarse y nos ayudamos mutuamente a ponernos de pie—. Nadie puede olvidar una cosa así durante el resto de la vida.

—Podemos hacer que olvide —dijo Valancy suavemente desde la puerta—. Si es que quiere olvidar. Podemos enviarlo de vuelta a Tumble A sin el menor recuerdo de esta noche salvo el de una agradable visita a Bendo.

—¿Podéis hacerlo? —Se volvió hacia ella—. Podéis hacerlo. —Su pregunta se convirtió en una afirmación.

—¿Quiere olvidar? —le preguntó Valancy.

—Claro que no —respondió bruscamente y añadió—: Lo siento. Lo que ocurre es que no suelo hacer milagros. Pero si lo hice una vez, tal vez…

—¿Entonces comprende lo que hizo? —preguntó Valancy, sonriendo.

—Bueno, no, pero si pudierais… si quisierais… Debe de haber alguna forma…

—Sí —respondió Valancy—, pero tiene que trabajar con una Sensitiva, y Bethie es la única que tenemos por ahora.

—¿Quieres decir que lo que vi es verdad… lo que me contasteis acerca del Hogar? ¿Sois extraterrestres?

—Sí —respondió Valancy con un susurro—. Al menos nuestros abuelos lo eran. —Esbozó una sonrisa—. Pero estamos aprendiendo a adaptarnos a este mundo. Algún día… algún día seremos capaces… —Cambió de tema bruscamente.

»Por supuesto, doctor Curtis, comprenderá que nosotros preferimos que no hable de Bendo ni de nosotros con nadie más. Para los Extraños debemos ser personas normales.

El médico lanzó una breve carcajada.

—¿Acaso me creerían si dijera algo?

—Tal vez sí y tal vez no —señaló Valancy—. Tal vez sólo lo suficiente para hacer que la gente empiece a curiosear. Y eso sería demasiado. Aquí estamos en una mala situación, y llevará mucho tiempo borrar… —Su voz se apagó y supe que se había sumergido en la comunicación mental para informarle. ¿Cuánto dura un pensamiento? ¿A qué velocidad se puede pensar en el infierno y en el cielo? Ése es el tiempo que transcurrió hasta que el médico parpadeó y lanzó un suspiro sonoro.

—Sí —dijo—. Mucho tiempo.

—Si quiere —sugirió Valancy—, puedo bloquear su capacidad para hablar de nosotros.

—¡Nada de eso! —exclamó el médico—. Puedo ser mi propio censor, gracias.

Valancy se sonrojó.

—Lo siento. No quería ser condescendiente.

—No lo fue —puntualizó el médico—. Pero esta noche estoy susceptible. ¡Ha sido un día ajetreado, se lo aseguro!

—Así es. —Sonreí y luego, sorprendida, me froté las mejillas para secarme las lágrimas. Reí, avergonzada, sin poder parar. De pronto mi risa se convirtió en sollozos y me avergoncé al oírme gemir como una criatura. Me aferré a las manos fuertes de Valancy y repentinamente me deslicé en una cálida oscuridad en la que no había pensamiento ni temor, ni necesidad de creer en nada ultrajante, sino sólo sueño.

Fue un año mágico que se alejó con alas increíblemente rápidas y las vacaciones pasaron a toda prisa como los postes de teléfono junto a un tren. La Navidad fue especialmente mágica porque mis ángeles volaron realmente y la gloria brilló alrededor de ellos porque sus túnicas tenían los ruedos tejidos con rayos de sol… y yo vi cómo las niñas los tejían. Y Rudolph, el reno de nariz roja, con su cornamenta de cartón que no lograba mantenerse erguida, saltó realmente y recorrió la habitación. Y mientras nuestra María y nuestro José se inclinaban embelesados sobre el pesebre con el rostro solemne y concentrado en el milagro, repentinamente sentí que veían de verdad, que se arrodillaban de verdad junto al pesebre de Belén.

De todas formas, los meses pasaron de prisa y fue maravilloso ver el florecimiento de Bendo. Había risas y travesuras e incluso las casas cambiaron sutilmente de color. La vegetación crecía allí donde sólo había habido rocas y una minúscula corriente de agua había empezado a descender hasta el arroyo. Me explicaron que tenían que hacerlo lentamente porque la gente podía sorprenderse si quedaba lleno de la noche a la mañana. Incluso los escalones de las casas quedaron cubiertos de hierba porque casi nunca se utilizaban, y me acostumbré a que mis alumnos llegaran a la escuela como una bandada de alegres pájaros, jugando a las carreras entre las copas de los árboles. Me sorprendió adaptarme tan fácilmente a todas las cosas increíbles que los miembros del Pueblo hacían a mi alrededor y me alegró que me aceptaran tan plenamente. Pero siempre sentía una punzada de dolor cuando los chicos me acompañaban a casa: conmigo tenían que caminar.

Pero todo tiene un fin y una tarde del mes de mayo me senté a contemplar el cajón de arriba de mi escritorio, el último que tenía que limpiar, y me pregunté qué podía hacer con todas las cosas inútiles que había acumulado en él. Sin embargo, en realidad no estaba viendo el contenido del cajón, sino que estaba concentrada en el enorme vacío que me oprimía los hombros y dominaba mi mente.

—No es justo mostrarme el cielo y después arrebatármelo —dije en voz alta.

—Eso es más o menos lo que le ocurrió a Moisés.

Di un respingo y se me desparramaron los clips y las chinchetas de la caja aplastada que acababa de coger.

—¡Vaya sorpresa! —dije, enderezando la caja—. ¡Doctor Curtis! ¿Qué hace por aquí?

—Vuelvo al lugar del crimen —dijo con una sonrisa, mientras atravesaba la puerta—. No puedo dejar de pensar en Abie. No puedo creer que se recuperara de todo ese… ¿podemos llamarle trabajo de reparación? Tengo que venir a verlo cada vez que estoy cerca de esta zona… y sin embargo no puedo creerlo.

—Pero se ha recuperado.

—¡Ya lo creo! Tuve que obligarlo a bajar de la copa de un árbol para revisarlo. —El médico se estremeció y rió—. ¡Verlo precipitarse desde la copa de ese árbol me heló la sangre! Pero no le ha quedado casi ninguna cicatriz visible.

—Lo sé —dije, mientras recogía las chinchetas y me pinchaba un dedo—. Anoche lo vi. Mañana me voy, ¿sabe? —Fijé la vista resueltamente en la tarea—. Aún tengo que ordenar algunas cosas.

—Es terrible, ¿verdad? —dijo, y los dos supimos que no se refería al hecho de ordenar.

—Sí —dije en tono grave—. Absolutamente terrible. La tierra se vuelve cada día más difícil.

—Últimamente a mí me ocurre lo mismo. Pero al menos usted tiene la satisfacción de creer que…

Me moví, incómoda, y reí.

—Bueno, ellos dicen: el que puede, lo hace; el que no puede, enseña.

—Hmm —respondió el médico sin comprometerse, pero sentí sus ojos sobre mi rostro y me volví para buscar una nueva caja en la que guardar los clips.

—¿Se irá a la escuela de verano? —Su voz sonó cerca de la ventana.

—No —respondí con cautela—. No, cuando conseguí mi licenciatura superior, juré que había terminado con la educación… al menos con ese tipo de educación según la cual hay que asistir diariamente a clase.

—¡Oh! —dijo el médico en tono divertido—. Es una pena. Este verano iré a la escuela. Pensé que tal vez usted también querría ir.

—¿A dónde? —pregunté, desconcertada, mirándolo a los ojos.

—A la escuela de verano de Cougar Canyon. —Sonrió—. Es de lo más exclusiva.

—¡Cougar Canyon! Allí es donde Karen…

—Exactamente —confirmó—. Allí es donde está establecido el otro Grupo. Acabo de llegar de allí. Karen y Valancy quieren que vayamos los dos. ¿Se opone a ser un experimento?

—Claro que no —grité y añadí con cautela—: ¿Qué clase de experimento? —La imagen de un cerebro seccionado dominó mi mente.

El médico se echó a reír.

—Nada tan terrible como lo que seguramente está imaginando. —Adoptó una expresión seria y se sentó en el borde de mi escritorio—. He estado en Cougar Canyon un par de veces, intentando imaginar alguna forma de lograr que Bethie me ayude cuando se me presenta un caso irresoluble. Valancy y Karen quieren intentar un período de entrenamiento con Extraños… —sonrió tímidamente—, es decir, con nosotros… para ver cuántas de sus habilidades pueden transmitirse mediante el entrenamiento. Ya sabe que Bethie es mestiza. Sólo su madre pertenecía al Pueblo.

Me miraba fijamente.

—Sí —respondí en tono distraído—. Karen me lo dijo.

—Bueno, ¿quiere intentarlo? ¿Quiere ir?

—¡Claro que quiero ir! —grité, desparramando los clips en una caja de bandas elásticas—. ¿Cuándo nos vamos? ¿En media hora? ¿En diez minutos? ¿Ya tiene el motor en marcha?

—¡Bueno, bueno! —El médico me cogió los dos brazos y me miró a los ojos con expresión grave.

»No podemos forjarnos demasiadas esperanzas —dijo serenamente—. Es posible que no seamos adecuados para recibir esa clase de conocimientos.

Lo observé y mi corazón se encogió al pensar que tal vez tenía razón.

—Verá —dije lentamente—. Si usted tiene hambre, un hambre terrible que le carcome las entrañas y no tiene dinero, y pasa por el escaparate de una pastelería, ¿qué hace? ¿Volverse de espaldas? ¿O apretar la nariz lo más fuerte posible contra el cristal y dejar que al menos los ojos se den un festín? Sé lo que haría yo. —Cogí mi jersey.

»Además, nunca se sabe. La puerta de la tienda podría abrirse un poco, algún día…


Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar