Para todos mis querubines…
y las Campanas de Couvron
Uno
La ventanilla del autobús era un cuadrado oscuro contra la noche monótona. Lea dejó que su mirada se centrara lentamente, abandonando la imagen borrosa, hasta que su rostro se materializó, débil y fragmentado, iluminado por la tenue luz del interior del vehículo. «Vaya —pensó—, todavía tengo rostro». Inclinó la cabeza y vio la luz mortecina deslizarse a lo largo de la suave línea de su mejilla. En los enormes ojos no había color, sólo oscuridad, y la curva de sus rizos cortos encima de las orejas y la curva de sus cejas… todo era una impresión desenfocada contra la oscuridad del exterior. «Eso es lo que parezco a los ojos de la gente —pensó en un tono impersonal—. Mi exterior está intacto… como un cascarón al que le ha sido chupado hasta el último resto de vida».
La figura del asiento contiguo se movió.
—¿Estás despierta, cariño? —El rostro regordete se iluminó en la oscuridad—. Debiste de hacer una buena siesta. Has estado muy quieta desde que subí. Vaya, déjame encender la luz. —Toqueteó los botones—. Creo que estas luces son astutas. ¿Cómo hacen para iluminar exactamente el lugar adecuado? —La luz se encendió y Lea se apartó—. Brillante, ¿no? —El rostro de la anciana se arrugó en una expresión de alegría—. Me recuerda cuando yo era una jovencita y salíamos a la oscuridad y encendíamos una lámpara de queroseno. Siempre me hacía bizquear así. Cuando yo tenía tu edad, sin embargo, había electricidad. Pero tuve a mis dos primeros hijos antes de que la tuviéramos. Me casé a los diecisiete y ellos dos se fueron tan rápido como pudieron. Tú no debes de tener más de veintidós o veintitrés. ¡Santo cielo! A esa edad había tenido cuatro y había enterrado a otro. Mira, tengo fotos de mis nietecitos. Ahora vuelvo de ver al más pequeño. Es el último de Jennie. Una niñita después de tres varones. Me recuerdas un poco a ella, porque tienes los ojos oscuros, y por el color de tu pelo. Ella lo lleva largo, pero tiene el mismo tipo de matiz rojizo. —Revolvió en su bolso. Lea sintió que las palabras se deslizaban sobre ella como una corriente cálida. Automáticamente cogió el abultado billetero que la mujer le ofrecía y miró sin ver las ventanillas de papel que pasaban a toda prisa—. Y éste es Arthur y ésta Jane. Ah, ahí está Jennie. Toma, echa un vistazo y mira si no se parece a ti.
Lea respiró profundamente y regresó desde una larga y dolorosa distancia. Clavó la vista en el billetero.
—¿Y bien? —El rostro de la mujer brillaba, expectante.
—Ella… —No podía hablar. Tragó saliva—. Es bonita.
—Sí, lo es. —La mujer sonrió—. ¿No crees que se parece un poco a ti?
—Un poco… —La repetición de la frase se apagó, pero la anciana la interpretó como una respuesta.
—Vamos, mira las otras y dime cuál de los niños te parece el más inteligente.
Lea pasó mecánicamente las otras ventanillas y finalmente clavó la vista en su regazo.
—Bueno, ¿cuál eliges? —La mujer se inclinó hacia ella—. ¡Vaya! —exclamó, indignada—. ¡Ese es mi permiso de conducir! ¡No te dije que curiosearas! —Le arrebató el billetero y apagó repentinamente la luz. Lea notó los movimientos y refunfuños de su compañera de asiento.
El murmullo del autobús resultaba hipnótico y Lea volvió a hundirse en su apatía, salvo por un minúsculo punto de incomodidad que seguía aguijoneando su conciencia. En la parada siguiente tendría que hacer algo. Su billete no le permitía ir más lejos. ¿Y después, qué? Otra decisión que tomar. Y ella no quería nada… nada. Y lo único que tenía era nada… nada. ¿Por qué tenía que hacer algo? ¿No podía simplemente no…? Apoyó la frente contra el cristal, disolviendo el nebuloso reflejo de sí misma, y clavó la vista en la oscuridad. Impotente ante el hábito, empezó a acomodar sus dolorosos recuerdos en los antiguos surcos, las viejas huellas que conducían a la total futilidad… a la oscura nada. Contuvo el aliento y luchó contra el horripilante y amenazante…
Las luces del autobús se encendieron y se oyó un adormilado murmullo. Las luces esparcidas de las afueras de la ciudad pasaban junto al autobús, que empezaba a reducir la marcha.
Era una ciudad pequeña. Lea ni siquiera recordaba su nombre, ni sabía qué dirección tomar cuando atravesó la puerta de la estación. Se alejó de la terminal de autobuses y sus pasos avanzaron rápidos y silenciosos por la acera rota y su cuerpo todavía seguía el ritmo oscilante de la caminata después de tantas horas de inactividad. Su mente aún daba vueltas a ciegas, distraída, despreocupada, indiferente.
La zona comercial llegaba a su fin y Lea empezó a subir una cuesta. La calle se nivelaba; unos metros más adelante se acercó con paso vacilante a una barandilla. Se aferró a ella, esperando que se le pasara el mareo. Miró la oscuridad que la rodeaba. «¡Es un puente! —pensó—. Sobre un río». Sintió un enorme regocijo. «Es la respuesta —se dijo, exaltada—. Eso es. ¡Después de toda estañada!» Apoyó los codos sobre la barandilla, enmarcando su barbilla y sus mejillas con las manos, y clavó la vista en la oscuridad, más abajo, una oscuridad tan absoluta que ni siquiera las olas reflejaban el brillo de las luces del puente.
La voz familiar y razonable volvía a hablar. Un dolor como éste tendría que terminar. Sólo un momento de incomodidad, y ya está. No respirar más, no pensar más, ningún dolor, ninguna nostalgia por nada. Lea avanzó por el paseo, rozando la barandilla con la mano. «Ahora puedo soportarlo —pensó—. Ahora que sé que existe un final. Puedo soportar vivir un minuto más… para decir adiós». Sacudió los hombros y sintió que una carcajada se asfixiaba en su garganta. ¿Decir adiós? ¿A quién? ¿Quién notaría siquiera que ella ya no estaba? Una ola quieta en un mar tempestuoso. Dejar que las aguas tranquilas la dejaran sin respiración. Dejar que su amabilidad impersonal la ocultara, la disolviera, para que nadie pudiera jamás suspirar y decir: «Esa era Lea». ¡Oh, bendita agua!
No había ninguna razón para no hacerlo. Se descubrió a sí misma, defendiendo su acto como si alguien lo hubiera puesto en cuestión. «Mira —pensó—, te lo he dicho muchas veces. No hay motivo para no seguir adelante. Pude soportarlo cuando la futilidad me envolvió, ¿pero no lo recuerdas? ¿Recuerdas aquella mañana en que me senté para vestirme, con un zapato puesto y el otro no, y no podía pensar en ninguna razón válida para ponerme el otro zapato? ¡Ninguna razón! ¿Para terminar de vestirme? ¿Por qué? ¡Porque tenía que trabajar! ¿Para qué? ¿Para ganarme la vida? ¿Para qué? ¿Para tener qué comer? ¿Para qué? ¿Para no morirme de hambre? ¿Para qué? ¡Porque tienes que vivir! Para qué. ¿Para qué? ¡Para qué!
»Y no había respuestas. Y me quedé allí sentada hasta que el color gris del día se disolvió a mi alrededor como lo había hecho en otras ocasiones. Pero entonces…» Lea apretó las manos y se las retorció con angustia. «¿Recuerdas lo que ocurrió entonces? El cielo deformado se desgarró violentamente y arrojó todo el horror de un estúpido e insensato universo… Una existencia carente de razón que insistía en seguir adelante como un reloj sin esfera… Una nada amenazante que enredaba el débil hilo de razón del que yo colgaba, y lo desenmarañaba una y otra vez». Lea se estremeció y sus labios se tensaron a causa del esfuerzo que hizo por recuperar la compostura. «Aquello sólo fue el comienzo».
«Y después de eso, la profundidad de la futilidad se convirtió en un refugio en lugar de ser algo de lo que huir; su negatividad resultaba casi acogedora en contraste con el positivo horror en que se había convertido la vida. Pero ya no puedo elegir ninguna de ambas cosas». Se apoyó contra la barandilla. «Y no tengo que hacerlo». Se estiró y se sintió invadida por una náusea seca. «En el medio el agua será más profunda —pensó—. Profunda, rápida, quieta, y me alejará de este insoportable…»
Y mientras caminaba oyó un débil grito perdido en su interior. «¡Pero me habría gustado tanto vivir! ¿Por qué tengo que llegar a este extremo?»
¡Chist!, le dijo la oscuridad a la débil voz. ¡Chist! No te molestes en pensar. Duele. ¿No te has dado cuenta de que duele? No tienes que volver a pensar ni a hablar nunca más, ni volver a respirar después de esta última…
Lea llenó lentamente los pulmones. ¡El último aliento! Empezó a deslizarse por la barandilla de cemento del puente en dirección a la oscuridad… a la conclusión… al Fin.
—En realidad no quieres hacerlo. —La voz risueña la sorprendió como un chorro de agua contra su rostro—. Además, si lo hicieras, aquí no lo lograrías. Tal vez te romperías una pierna, pero nada más.
—¿Romperme una pierna? —La voz de Lea sonó sorprendida; en su interior algo se rompió, y gritó decepcionada—: ¡He vuelto a hablar!
—Seguro. —Unas manos fuertes la apartaron de la barandilla y la empujaron hasta un asiento que había en una especie de quiosco de cemento—. Debes de ser muy nueva aquí, seguramente habrás llegado en el autobús de las nueve treinta.
—El autobús de las nueve treinta —repitió Lea con voz monótona.
—Porque si hubieras estado aquí con luz de día, sabrías que este puente es una trampa y una ilusión en lo que al agua respecta. En este tramo del río no podrías ahogar ni un mosquito. Aquí hay arena y tamariscos, eso es todo. Además, tú no quieres morir, menos aun llevando un abrigo tan bonito como ése… ¡es casi nuevo!
—Quiero morir —repitió Lea en tono distante. Repentinamente se apartó de las manos delicadas y se soltó del brazo que la sujetaba—. ¡Claro que quiero morir! ¡Lárgate! —Su voz se volvió áspera y casi escupió la última palabra.
—¡Pero ya te lo he dicho! —El débil resplandor de la luz más cercana del collar de luces que adornaba el puente brilló en el rostro sonriente de una joven, no mucho mayor que Lea—. Lo estropearás todo si intentas suicidarte aquí. Probablemente quedarás tendida en la arena toda la noche, tal vez con un tocón puntiagudo de tamarisco clavado en el hombro y con la pierna rota y terriblemente dolorida. Y mañana las hormigas te encontrarán, y las moscas… ésas que son verdes. La sangre las atrae, ya lo sabes. Tu sangre, derramada en la arena.
Lea ocultó el rostro y la violencia del gesto hizo que sus uñas se clavaran en su piel. «Esta… esta criatura no tiene derecho a hurgar en mi sangrante herida —pensó—. Es muy fácil pensar en saltar a la oscuridad… a la nada, pero no tanto pensar en las moscas y en la sangre… en tu propia sangre».
—Además… —el brazo volvía a sujetarla, conduciéndola suavemente hacia el banco—, no es posible que quieras morir y perdértelo todo.
—Todo es nada —jadeó Lea, aferrándose a una muesca gastada—. No es nada más que tiza gris que escribe palabras grises sobre un cielo gris, con un fuerte viento. ¡No hay nada! ¡No hay nada!
—Debes de haber utilizado esa frase cuidadosamente redondeada una y otra vez para recorrer un camino tan largo hasta la oscuridad —dijo la voz, ahora seria—. Pero ya sabes que debes volver a querer vivir.
—¡No, no! —gimió Lea, retorciéndose—. Suéltame.
—No puedo. —La voz era suave y las manos firmes—. El Poder me ha enviado aquí expresamente. No puedes regresar ante la Presencia sin haber agotado tu vida. Pero no me estás oyendo, ¿verdad? Deja que te cuente.
»Te llamas Lea Holmes. Yo, dicho sea de paso, me llamo Karen. Abandonaste tu hogar en Clivedale hace dos días. Compraste un billete hasta el lugar más lejano que te permitía tu dinero. Hace dos días que no comes. Ni siquiera sabes con certeza en qué lugar del país te encuentras, salvo que estás en un estado de profunda desesperación y agotamiento… ¿correcto?
—¿Cómo… cómo supiste? —Lea sintió que algo que había muerto hacía tiempo se agitaba en su interior pero volvía a morir bajo la monotonía de su voz—. No importa. Nada importa. ¡Tú no sabes nada de eso! —La furia agitó su estómago vacío—. Tú no sabes lo que es tener la nariz aplastada contra un muro blanco y sin embargo tener que caminar y caminar, día tras día, sin tener forma de salir de la rutina… sin poder atravesar el muro… ¡nada, nada, nada! ¡Ni siquiera un eco! ¡Nada!
Se soltó de las manos de Karen y en un movimiento repentino se abrió paso hasta la barandilla de cemento y se lanzó a la oscuridad.
Una caída interminable… vueltas interminables… lenta, lentamente. ¿Tanto tiempo llevaba morir? La arena la recibió suavemente.
—Ya ves —dijo Karen, acomodándose en la arena para apoyar la cabeza de Lea en su regazo—. No puedo permitir que lo hagas.
—¡Pero… yo… salté! —Lea manoteó en la arena y levantó la vista hacia las luces de los coches que pasaban y corrían como las estacas de una valla.
—Claro que lo hiciste. —Karen lanzó una cálida risita—. Mira, Lea, existe algo maravilloso en el mundo. No todo está atascado en la desesperanza. ¿Cómo es esa otra frase que has estado utilizando como si fuera una anestesia?
Lea giró la cabeza, irritada, y se incorporó.
—Déjame en paz.
—¿Cuál era la otra frase? —Ahora, la voz de Karen era exigente.
—«Para mí ya no existe el asombro» —susurró Lea con el rostro oculto entre las manos—. «Salvo preguntarme adonde fue a parar el asombro y por qué se rompió mi ilusión…» —Se le llenaron los ojos de lágrimas—.«… Ya no hay asombro…», sólo un enorme vacío que está siempre aguardando, cada vez más grande, distorsionando…
—¿No hay más asombro? —Karen volvió a llevarla a la realidad con su tierna risa—. ¡Oh, Lea, si al menos tuviera tiempo! ¡No me extraña! Pero tengo que irme. Lo más increíblemente maravilloso… —Se produjo un breve silencio y se oyó el ruido de los coches que pasaban a toda prisa por encima de sus cabezas—. ¡Mira! —Karen cogió a Lea de las manos—. Ya no te importa lo que te ocurra, ¿verdad?
—No —dijo Lea desganada, pero en algún rincón una débil voz murmuraba una protesta.
—Crees que es imposible vivir, ¿no? —insistió Karen—. Y que nada puede ser peor.
—Nada —dijo Lea en un murmullo.
—Entonces escucha. —Karen se acurrucó más cerca de ella—. Te llevaré conmigo. En realidad no debería, y menos aún ahora, pero ellos comprenderán. Te llevaré conmigo y después, si cuando todo haya pasado sigues sintiendo que ya no existe nada maravilloso en el mundo, te llevaré a un lugar mucho más eficaz para el suicidio y yo misma te empujaré.
—¿Pero dónde…? —Lea se esforzó por soltarse.
—¡Ah, ah! —rió Karen—. ¡Recuerda que no te importa! ¡No te importa! Ahora tendré que vendarte los ojos durante un minuto. Levántate. Ven, deja que te ate este pañuelo a los ojos. Ya está, supongo que no está demasiado apretado, pero sí lo suficiente… —Siguió parloteando y Lea manoteó repentinamente, sintiendo que el mundo se disolvía a su alrededor. Se aferró al hombro de Karen y pasó de la arena a un terreno más firme—. Oh, ¿llevar los ojos vendados no te marea un poco? —preguntó Karen—. Bueno, muy bien. Entonces te lo quitaré. —Le quitó el pañuelo rápidamente—. Date prisa, tenemos que coger el autobús. Está a punto de llegar. —Arrastró a Lea por el puente y se encaminó al extremo opuesto, lejos de la ciudad.
—Pero… —Lea se tambaleó a causa del cansancio y el hambre—, ¿cómo es que hemos vuelto a subir al puente? ¡Esto es una locura! Estábamos abajo…
—¿Te asombras, Lea? —le preguntó Karen con tono irónico, por encima del hombro—. Si nos damos prisa tendremos tiempo para que comas una hamburguesa antes de que llegue el autobús. Yo invito.
Una hamburguesa y un vaso de leche más tarde, el InterUrban se acercó al bordillo rugiendo, tragó a Lea y a Karen y se alejó rugiendo una vez más. Veinte minutos más tarde, el conductor, protestando, abrió la puerta a la oscuridad.
—¡Pero señora, aquí no hay nada! ¡Ni siquiera una casa en varios kilómetros!
—Ya lo sé. —Karen sonrió—. Pero éste es el lugar. Nos están esperando. —Obligó a Lea a bajar los escalones—. ¡Gracias! —gritó—. ¡Muchas gracias!
—¡Gracias! —murmuró el conductor y cerró la puerta de golpe—. ¡Esto ni siquiera es una esquina! ¡Chifladas! —Y se alejó carretera abajo haciendo rugir el motor.
Las dos muchachitas contemplaron el autobús que se alejaba como una luciérnaga y desaparecía en una curva.
—¡Muy bien! —Karen lanzó un suspiro de alegría—. Miriam nos está esperando por aquí. Después iremos…
—Yo no. —La voz de Lea sonó decididamente obstinada en la oscuridad casi palpable—. No me moveré. ¿Además, quién te crees que eres? Voy a quedarme aquí hasta que pase un coche…
—¿Y saltarás delante de él? —La voz de Karen sonó fría y dura—. No tienes derecho a obligar a alguien a ser tu verdugo. ¿Quién te crees que eres tú para salpicar con tu sangre a otro?
—¡Deja de hablar de sangre! —gritó Lea, molesta de que hubieran leído sus pensamientos—. ¡Déjame morir! ¡Déjame morir!
—Si lo hiciera, lo tendrías bien merecido —dijo Karen sin compasión—. No estoy tan segura de que valga la pena salvarte. Pero como te tengo en mis manos, tendrás que cerrar la boca y seguir caminando. Los bebés llorones me molestan.
—¡Pero tú… no… sabes! —gimió Lea mientras caminaba con paso vacilante, remolcada por Karen, esquivando cactus y arbustos, lamentándose por la comodidad abarcadora de la nada que habría podido ser suya si Karen la hubiera dejado sola.
—Tal vez te sorprendas —dijo Karen bruscamente—. Pero de todos modos Dios sabe, y esta noche no has pensado en él ni una sola vez. Si estás tan ansiosa de entrar en Su casa sin ser invitada, será mejor que dejes de berrear y empieces a pensar una excusa convincente.
—¡Eres cruel! —chilló Lea, como si fuera una niña.
—De modo que soy cruel. —Karen se detuvo tan repentinamente que Lea tropezó con ella—. Tal vez debería dejarte sola. No quiero que esta cosa maravillosa que está ocurriendo se estropee por algo tan estúpido. ¡Adiós!
Y desapareció antes de que Lea se diera cuenta. Desapareció completamente. Ni el sonido de una pisada. Ni un roce. Lea se acurrucó en la oscuridad mientras el pánico crecía en su pecho y el miedo la dejaba sin respiración. El arco elevado del cielo la miraba a través de las estrellas y la noche repentinamente hostil se hacía cada vez más intensa. No tenía a dónde ir… ni dónde esconderse… ni un rincón al que regresar. ¡Nada… nada!
—¡Karen! —gritó y echó a correr a ciegas—. ¡Karen!
—Ten cuidado. —Karen salió de la oscuridad y la cogió—. Por aquí está lleno de cactus. —Su voz revelaba una paciencia exasperada—. Te mueres de miedo por quedarte sola en la oscuridad durante dos minutos y catorce segundos… y sin embargo crees que una eternidad así sería mejor que vivir… Bien, he hablado con Miriam. Dice que puede ayudarme a tratar tu caso, así que vamos. Miriam, aquí está ella. ¿Crees que vale la pena salvarla?
Lea retrocedió, sorprendida, mientras Miriam se materializaba vagamente en la oscuridad.
—Karen, deja de ser tan cruel —dijo la sombra—. Sabes que ahora ninguna fuerza en el mundo podría apartarte de Lea. Ella necesita que la curen… no que le griten.
—Ella ni siquiera desea que la curen —afirmó Karen.
—Como si yo no estuviera aquí —reflexionó Lea, resentida—. Como si no estuviera aquí. —La ola amenazante de desesperación se rompió y la cubrió—. ¡Oh, dejadme ir! ¡Dejadme morir! —Se apartó de Karen, pero la sombra de Miriam la rodeó con sus cálidos brazos.
—Tampoco quería vivir, pero tú no podías aceptarlo… no más de lo que aceptas que no desee ser curada.
—Es tarde —afirmó Karen—. ¿La llevamos en la sillita de la reina?
—Supongo que sí —le respondió Miriam—. De todos modos, será bastante impresionante. Cuanto más contacto, mejor.
Las dos hicieron una silla cogiéndose una muñeca con cada mano. Se agacharon.
—Venga, Lea —sugirió Karen—, siéntate. Pon los brazos alrededor de nuestros cuellos.
—Puedo caminar, —dijo Lea fríamente—. No estoy tan cansada. No seas tonta.
—Al sitio al que vamos no puedes ir caminando. No discutas. Llevamos cierto retraso. Siéntate.
Lea frunció los labios pero se sentó torpemente, cogiéndose con fuerza mientras ellas se ponían de pie.
—¿Ya está? —preguntó Miriam.
—Ya está —dijeron Karen y Lea al unísono.
—¿Y bien? —dijo Lea, esperando que empezaran a caminar.
—Bien —Karen rió—, no digas que no te lo advertí, pero mira hacia abajo.
Lea miró hacia abajo. ¡Y más abajo! ¡Y más abajo! Vio las chispas que se escabullían a lo largo de la desdibujada cinta que formaba la carretera. Vio la telaraña perlada de rocío que formaban las farolas; la panorámica perfección de todo el valle, que brillaba mágicamente en la noche. Lea contempló, sin poder creerlo, sus pies que se balanceaban libremente, sin nada más abajo salvo el aire, el mismo aire que echaba su pelo hacia atrás y agitaba sus pestañas a medida que cobraban velocidad. El terror la paralizó. Sus brazos se apretaron alrededor del cuello de las dos jóvenes.
—¡Eh! —protestó Karen—. ¡Nos estás ahogando! Así estás bien. ¡No tan fuerte! ¡No tan fuerte!
—Será mejor que la Serenes —jadeó Miriam—. No te oye.
—Relájate —dijo Karen pausadamente—. Lea, relájate.
Lea sintió que el temor la abandonaba como una marea descendente. Relajó los brazos. Su mirada se elevó hacia las estrellas y volvió a descender hasta las luces. Lanzó un pequeño suspiro y su cabeza cayó sobre el hombro de Karen.
—Estoy muerta —dijo—. Al saltar desde el puente. Lo que ocurre es que me lleva mucho tiempo morir. Esto sólo es un delirio anterior a la muerte. No me extraña, tengo un tocón de tamarisco clavado en el hombro. —Cerró los ojos y se aflojó.
Lea estaba tendida en la plateada oscuridad que se abría ante sus ojos cerrados y saboreaba la insensibilidad anónima que existe entre el sueño y la vigilia. Una quietud susurrante recorrió su ser. Se sintió tan anónima como un alga marina transparente que flotaba inmóvil entre dos corrientes de agua clara. Respiró lentamente, intentando no perturbar aquella quietud, aquella paz transparente. Si respiras rápidamente piensas, y si piensas… Se movió, parpadeó intentando mantener los ojos cerrados, pero la conciencia y la luz cada vez más brillante la obligaron a abrirlos. Permaneció tendida sobre la cama, intentando ser una sábana blanca entre otras dos de muselina. Pero las sábanas blancas no oyen el canto de los pájaros ni huelen el desayuno. Se volvió y esperó que la dolorosa carga de la vida la invadiera y la aplastara con su abrasadora futilidad.
—Buenos días. —Karen estaba encaramada al alféizar de la ventana, y tendía una mano ahuecada—. ¿Sabes cómo lograr que un pájaro repare en ti, salvo que seas una migaja? Me pregunto si les importa algo aparte de la comida y los huevos. ¿Alguna vez lanzan un suspiro por el puro placer de respirar? —Arrojó las migajas de sus manos por la ventana.
—No sé mucho de pájaros. —La voz de Lea era espesa y ronca—. Ni de placer, supongo. —Se tensó, esperando que el horror la invadiera.
—Relájate —dijo Karen, apartándose de la ventana—. Te he Serenado.
—¿Quieres decir… que estoy curada? —preguntó Lea, intentando ordenar los recuerdos de la noche anterior.
—¡Oh, cielos, no! Sólo te he dejado en un apartadero provisional. La curación es una cosa lenta. Tienes que hacerlo por ti misma, ¿sabes? Yo puedo sostener la cuchara y acercártela a los labios, pero serás tú quien tendrá que tragar.
—¿Y qué hay en la cuchara? —preguntó Lea ociosamente, aún nadando en la paz infinita.
—¿De qué hay que curarte?
—De la vida. —Lea apartó la mirada—. Simplemente curarme de la vida.
—Otra vez esa frase. Podríamos lanzar palabras a un lado y a otro durante todo el día, y no llegaríamos a ninguna parte… y además no tengo tiempo. Ahora debo irme. —El rostro de Karen se iluminó y giró rápidamente—. ¡Oh, Lea! ¡Oh, Lea! —Enseguida añadió—: En la otra habitación tienes el desayuno. Te dejaré encerrada. Más tarde regresaré, y entonces… bueno, para entonces ya se me habrá ocurrido algo. ¡Que Dios te bendiga! —Atravesó la puerta a toda prisa, pero Lea no oyó el ruido de la llave en la cerradura.
Lea fue hasta la otra habitación y una especie de inquietud reemplazó la habitual inercia. Partió un trozo de bacon entre sus dedos y se sirvió una taza de café. Dejó ambas cosas intactas y regresó con paso lento al dormitorio. Se tocó la extraña bata que llevaba puesta y luego, con un repentino y jadeante movimiento, se la quitó y se puso su propia ropa.
Tironeó del picaporte, pero éste no se movió. Golpeó suavemente con los puños la implacable puerta. Se acercó rápidamente a la ventana abierta y, sentada en el alféizar, empezó a balancear las piernas hacia el otro lado. Sus dedos chocaron contra algo invisible. Sobresaltada, sacó una mano y algo le golpeó los dedos. Empujó ambas manos lentamente hacia delante y las observó mientras las estiraba contra algo que las detenía.
Regresó a la cama y la miró con fijeza. La estiró rápida y meticulosamente, doblando con precisión las puntas de las sábanas y ahuecando la almohada. Se sentó en el borde de la cama y miró sus manos, tensamente entrelazadas. Luego se agachó y se cogió las rodillas. Enterró el rostro entre las manos y susurró, sintiendo un dolor acre que le quemó los ojos: «¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! ¿Realmente estás ahí?»
Se quedó un buen rato arrodillada, sintiéndose apretada contra la barrera que la encerraba, la barrera que, probablemente a causa de Karen, ahora era algo impersonal e inerte en lugar de la criatura deliberadamente maliciosa, cargada de aflicciones y frustrante que había sido durante tanto tiempo.
De repente oyó la voz de Karen.
—No has comido. —Levantó la cabeza, sobresaltada. No había nadie más en la habitación—. No has comido. —Volvió a oír la voz, el tono prosaico de Karen—. No has comido.
Se levantó lentamente y sintió el escozor que produce la sangre al circular con mayor rapidez. Fue cojeando rígidamente hasta la otra habitación. El café humeaba suavemente, aunque hacía rato que lo había servido. El bacon y los huevos aún estaban calientes. Partió la tostada caliente y crujiente y empezó a comer.
—Pronto lo averiguaré —murmuró, mirando el plato—. Y luego, probablemente, gritaré durante un buen rato.
Karen regresó a primera hora de la tarde, atravesando la puerta que se abrió antes de que ella llegara.
—¡Oh, Lea! —gritó, cogiéndola y haciéndola girar en una danza delirante—. ¡No lo imaginarías… ni en un millón de años! ¡Oh, Lea! ¡Oh, Lea! —Se arrojó con Lea sobre la cama y rió, deleitada. Lea se apartó de ella.
—¿Imaginar qué? —preguntó con voz tan tensa y tan seca como sus ojos.
Karen se incorporó rápidamente.
—¡Oh, Lea! Lo lamento. Con tanto entusiasmo, lo había olvidado. Escucha, Jemmy dice que debes venir a la Reunión de esta noche. No puedo decirte… Quiero decir que no serías capaz de comprender sin una buena explicación, e incluso así… —Observó la mirada azorada de Lea—. Es malo, ¿verdad? —le preguntó suavemente—. Aunque te sientas serena, te produce la misma sensación que si te cortaran con un cuchillo romo, ¿no? ¿No puedes llorar, Lea? ¿Ni siquiera derramar una lágrima?
—Las lágrimas… —Lea movió las manos, nerviosa—. Ni siquiera las lágrimas borran una sola palabra. —Apretó las manos contra su pecho oprimido. Sintió un dolor insoportable en la garganta—. ¿Cómo puedo soportarlo? —susurró—. Si dejas que vuelva a ocurrirme, ¿cómo podré soportarlo?
—No tienes que soportarlo tú sola. Nunca más tendrás que soportarlo sola. Y no te dejaré hasta que tengas la fuerza suficiente.
»De todos modos… —Karen se levantó repentinamente—, comerás otra vez y luego dormirás una siesta. Yo te haré dormir. Luego celebraremos la Reunión. Allí será tu nuevo comienzo.
Lea se acurrucó en su rincón mientras observaba con temor a los asistentes a la Reunión. Las risas, los gritos, las insinuaciones y los murmullos llenaban la sala.
—¡No te morderán! —susurró Karen—. Ni siquiera repararán en tu presencia si tú no lo quieres. Sí —dijo, respondiendo a la pregunta no pronunciada de Lea—. Debes quedarte… Te guste o no, le encuentres sentido o no. Yo misma no estoy muy segura del motivo por el que Jemmy convocó esta Reunión, ¿pero cómo se puede ser apropiado… habiéndonos conocido en la escuela? Lo creas o no, allí es donde recibí mi educación… y allí es donde…
Bueno, las maestras han sido nuestra ruina… o nuestra realización, según cómo lo mires. Ya sabes, los adultos pueden perfectamente vivir aislados y no permitir que nadie más conozca sus secretos celosamente guardados… pero los chicos… —Lanzó una carcajada—. Pobres angelitos… aunque tal vez son los más inteligentes. Transmiten las cosas más personales, sin que nadie se lo pida, a casi cualquier adulto que quiera escucharlos… ¿Y quién más adecuado para escuchar que una maestra? Pregúntale a una de ellas cuánto aprende de la vida de un niño y de las actividades familiares de todos los días gracias a lo que aquél dice de forma inconsciente. Los niños son la clave para cualquier comunidad… y eso nunca ha sido más verdadero que entre nosotros. Por ese motivo las maestras han estado tan comprometidas en los asuntos del Pueblo. En algún momento, cuando tengamos un minuto disponible, recuérdame que te cuente… bueno, por ejemplo lo de Melodye. Pero ahora…
Los asistentes se distribuyeron repentinamente por toda la sala, se callaron y aguardaron con atención.
Jemmy estaba sentado en un extremo del escritorio de la maestra, delante del Grupo, con un trozo de papel en una mano. Todos inclinaron la cabeza.
—Nos hemos reunido en Su nombre —anunció Jemmy. Un murmullo recorrió la sala y se desvaneció—. Por consideración a algunos de nosotros, los debates serán orales. Sé que algunos miembros del Grupo se han sorprendido de que os incluyamos a todos en la convocatoria. Existe un doble motivo. Uno es el de compartir esta alegría con nosotros… —Un suave y musical gorjeo de deleite recorrió la sala, seguido por una débil risa—. ¡Francher! —exclamó Jemmy—. El otro es el proyecto al que queremos dar comienzo esta noche.
»En los últimos días se ha hecho cada vez más evidente que todos nosotros tenemos una importantísima decisión que tomar. Al margen de lo que decidamos, tendremos que decir adiós en más de una ocasión. Tendremos que soportar alguna partida. Y habrá cambios.
La pena flotaba en el ambiente y una clave en tono menor descendía sobre cada nota, al borde de las lágrimas.
—Los Ancianos han decidido que sería prudente registrar nuestra historia hasta la fecha. Por eso estáis todos aquí. Cada uno de vosotros guarda en su interior una parte importante de nuestra historia. Cada uno de vosotros ha influido de forma indeleble en el curso de los acontecimientos que atañen a nuestros Grupos. Queremos conocer vuestras historias. No una reinterpretación a la luz de lo que sabéis ahora, sino la premisa original, la pregunta original, la comprensión original… —Se oyó un murmullo generalizado—. Sí —respondió Jemmy—. Vivirlo del principio al fin, exactamente igual… a pesar del dolor.
»Ahora —estiró el trozo de papel—, siguiendo un orden cronológico… Oh, antes que eso, ¿dónde está el grabador de Davey?
—¿El grabador? —preguntó alguien—. ¿Qué tienen de malo nuestros recuerdos?
—Nada —respondió Jemmy—. Pero queremos que este registro sea independiente de cualquiera de nosotros, que se vaya con el que se va y se quede con el que se queda. Compartimos los recuerdos en general, por supuesto, pero los pequeños detalles… bueno, de todos modos, traigamos el grabador de Davey. Ahora, siguiendo un orden cronológico… Karen, tú eres la primera.
—¿Quién, yo? —Karen se irguió, muy sorprendida—. Bueno, sí —respondió ella misma volviendo a reclinarse contra el respaldo—. Supongo que sí.
—Acércate al escritorio —sugirió Jemmy—. Ponte cómoda.
Karen apretó la mano de Lea y susurró:
—¡Prepárate para el asombro! —Y, después de abrirse paso entre los pupitres, se sentó ante el escritorio.
—Creo que ilustraré este comienzo —dijo—. Anteriormente hicimos referencia al parecido, ya sabéis: «Y el Arca descansó… junto a las montañas de Ararat». ¡Y de todos modos, Ararat resulta más poético que Baldy!
»Y ahora —sonrió—, establezcamos otra vez el Entonces. Necesitaré vuestra ayuda.
Lea observó a Karen, fascinada contra su voluntad. Vio que su rostro se alteraba y se veía más joven. La raya de su pelo cambiaba de lugar y su cabellera se alargaba. Notó que los años abandonaban el rostro de Karen deslizándose como una débil gasa, y se inclinó hacia delante para escuchar la voz cada vez más joven y más alta de Karen, que decía…
CONECTA CON EL RELATO ARARAT
Dos
Fue como si unas cortinas plateadas brillaran en un cuadro mágico, suavizado por el deleite recordado. Lea suspiró profundamente y, con una comprensión tan repentina como el estallido de una burbuja, tomó conciencia de que se había olvidado completamente de sí misma y de sus conflictos por primera vez en varios meses. Y se sentía tan bien… oh, tan bien… tan suave y tan risueñamente relajada. «Si al menos… —pensó con cautela—. ¡Si al menos…!» Entonces se estremeció con un único paf mientras las cosas-tal-como-son golpeaban contra el bendito refugio que Karen le había prestado. Sus manos se tensaron.
Alguien rió suavemente en medio del silencio.
—¿Aún no lo has encontrado, Karen? Empezaste a buscar hace demasiado tiempo…
—No tanto tiempo. —Karen sonrió, aún dominada por los recuerdos que había expresado—. Y ahora tengo que conseguir mi diploma. Oh, había olvidado tanto… el asombro… el terror… —dijo como si soñara, luego sacudió la cabeza y rió—. Mira, Jemmy, sé cuál es mi obligación, y la he cumplido. ¿En manos de quién está la siguiente entrega?
Jemmy alisó su papel arrugado.
—Bueno, supongo que el siguiente es Peter. A menos que Bethie quiera…
—¡Oh no, oh no! —protestó Bethie suavemente—. Peter, Peter puede hacerlo mejor… él fue quien… quiero decir… Peter.
Todos rieron.
—¡Muy bien, Bethie, muy bien! —dijo Jemmy—. Tranquilízate. Peter lo hará. Bien, Peter, tienes tiempo hasta mañana por la noche para organizarte. Creo que con la excitación del día, una entrega será suficiente.
Todos se pusieron de pie y empezaron a moverse. El suave murmullo de las voces y las risas invadió a Lea como un mar tibio.
—Lea —dijo Karen—. Aquí están Jemmy y Valancy. Quieren conocerte.
Lea se puso de pie laboriosamente, y se sintió atravesada por la mirada interesada de ambos. Sintió que la calidez la envolvía… la calidez de una bienvenida que estaba mucho más allá de las palabras. Sintió una punzada que se clavó dolorosamente en su pecho y, desconcertada, notó que las lágrimas rodaban por sus mejillas. Apartó el rostro y buscó a tientas un pañuelo. Alguien le puso uno blanco y grande entre las manos, otro acercó un hombro fuerte y firme, y los brazos de una tercera persona actuaron con habilidad y seguridad mientras la levantaban y la llevaban, enceguecida por las lágrimas mudas, lejos de la escuela.
Más tarde, mucho más tarde, se sentó repentinamente en su cama. Karen apareció allí al instante, sin hacer ruido.
—Karen, ¿se supone que eso era real?
—¿Qué se supone que era real?
—La historia que contaste. No era verdad, ¿eh?
—Claro que sí. Hasta la última palabra.
—¡Pero no puede ser! —gritó Lea—. Gente que viene del espacio. ¡Gente mágica! No puede ser verdad.
—¿Por qué no quieres que sea verdad?
—Porque… porque… no encaja. No hay nada fuera de lo que hay… quiero decir, que sales al mundo y vuelves al sitio del cual partiste. Todo termina allí donde empezó. Hay límites más allá que… —Lea reflexionó, buscando las palabras—. ¡Lo que está más allá de los límites no es verdadero!
—¿Y quién define los límites?
—Bueno, están, simplemente. Quedas atrapada en ellos al nacer. Tienes que soportarlos hasta la muerte.
—¿Quién te sometió a esa esclavitud? —preguntó Karen, desconcertada—. ¿O la aceptaste voluntariamente? Coincido contigo en que todo vuelve al punto de partida ¿pero dónde empezó todo?
—¡No! —chilló Lea, tapándose los ojos y retorciéndose contra la almohada—. ¡No en esa confusión y en ese caos insensato!
La negrura lo invadió todo y lanzó su insidioso gemido… el atestado vacío, el frío incinerante… la imposibilidad de cualquier posibilidad…
—Lea, Lea. —La voz de Karen penetró suave pero autoritariamente en el enmarañado horror—. Ahora duerme, Lea. Duerme, sabiendo que todo empezó con la Presencia y que todas las cosas pueden volver gozosamente a su comienzo.
A la mañana siguiente, Lea tomó el desayuno con Karen. El viento hinchaba las cortinas arrugadas haciéndolas entrar y salir de la habitación.
—¿No hay rejas? —preguntó Lea, llevando la tregua armada con la oscuridad tan cuidadosamente como una copa llena de agua, intentando que ésta no se derramara.
—No, no hay rejas —respondió Karen—. Mantenemos apartados a los bichos de otra forma.
—Una forma que también sirve para mantener a los bichos dentro —dijo Lea, sonriendo—. Ayer intenté marcharme.
—Lo sé. —Karen sostuvo una rodaja de pan en una mano y la vio tostarse lentamente, despidiendo un agradable aroma—. Por eso dejé las ventanas cerradas un poco más de lo habitual. Pero hoy no están así.
—¿Confías en mí? —preguntó Lea, sintiendo el secreto caldo infecto del terror en la copa que trataba de mantener en equilibrio.
—¡Esto no es una jaula! Ayer seguías aferrada a las faldas de la muerte. Hoy puedes sonreír. Ayer puse la lejía en el estante superior. Hoy tú misma puedes leer la etiqueta.
—Tal vez soy analfabeta —dijo Lea en tono sombrío. Luego hizo retroceder la copa—. Hoy me gustaría salir, si no hay problema. Hace mucho tiempo que no veo el mundo.
—No te vayas demasiado lejos. Por aquí, la mayoría tiene que trepar… o elevarse. No tenemos muchos senderos como los que hay en el Exterior. Es suficiente con que no vayas más allá de la escuela. En este momento, preferiríamos que no fueras… al monótono más allá… —Sonrió débilmente—. De todas formas, hay muchos otros lugares a donde ir.
—Tal vez vaya a ver a alguno de los chicos —comentó Lea—. Davy, o Lizbeth, o Kiah.
Karen lanzó una carcajada.
—No es muy probable… al menos en estas circunstancias, y «los chicos» se sentirían muy ofendidos si te oyeran. Han crecido, al menos eso creen ellos. La historia que conté ocurrió hace varios años, Lea.
—¡Varios años! Pensé que acababa de ocurrir.
—¡Oh, cielos, no! ¿Qué te hizo pensar…?
—¡La recordabas tan perfectamente…! Los más mínimos detalles, la forma en que Jemmy miraba a Valancy y Valancy a él…
—El Pueblo tiene una memoria especial. Y Jemmy sólo veía amor en Valancy. El amor no muere…
—El amor no… —Lea torció la boca—. Vamos, entonces, definamos el amor… —Se puso de pie repentinamente—. Quiero caminar un poco… —Vaciló—. Y tal vez chapotear un poco. En agua de verdad, en un agua que fluya libremente…
—Vaya, claro —dijo Karen—. El agua del arroyo corre libremente. Chapotea hasta que estés satisfecha. El almuerzo estará aquí esperándote, y yo regresaré a la hora de la cena. Iremos juntas a la escuela para escuchar la exposición de Peter.
Lea se acercó a la charca; tenía los pies descalzos y magullados, y el ruedo de la falda salpicado con el agua del arroyo. Sintió el estómago vacío porque se había saltado el almuerzo.
La charca era grande y tranquila. El agua murmuraba en un extremo y cloqueaba en el otro. En el medio, la superficie parecía un espejo. Una hoja amarilla cayó con lentitud desde un álamo y rozó tan delicadamente el agua que los anillos que se formaron parecían tan finos como un hilo. Lea lanzó un suspiro, se recogió la falda y se metió cautelosamente en la charca. El mordisco frío del agua la hizo jadear, pero se metió más adentro, y finalmente el agua trepó hasta sus rodillas y luego por encima de éstas. Se detuvo debajo del álamo, esperando, tan quieta que el agua quedó inmóvil alrededor de sus piernas y ella sintió el movimiento sólo en los pequeños trozos de arena que se desmenuzaban bajo sus pies. Se quedó allí hasta que cayó otra hoja, le rozó la mejilla, se deslizó por su hombro y se curvó sobre su blusa arrugada, tropezando brevemente con los pliegues recogidos de su falda antes de trazar un pausado círculo en la superficie del agua centelleante.
Lea contempló la hoja y la sombra plateada que formaba ella misma, y levantó el rostro hacia las encumbradas paredes del cañón que la rodeaba. Se abrazó con fuerza y pensó: «Estoy convirtiéndome otra vez en una entidad. Tengo forma y proporción. Tengo fronteras y límites. Debería ser capaz de aprender a manejar un ser finito. La carga de ser una nulidad en la nada infinita es demasiado… demasiado…»
Un movimiento repentino capaz de producir pánico hizo que Lea se girara y empezara a caminar en dirección a la orilla. Mientras se acercaba gateando, con las manos ocupadas en recoger la falda, resbaló y, perdiendo repentinamente el equilibrio, cayó de espaldas en el agua con un sonoro chapuzón. Empapada y jadeante se esforzó por permanecer sentada; los hombros apenas le sobresalían del agua. Se restregó los ojos y vio al hombre. El tenía un pie en el agua, a punto de empezar a caminar en dirección a ella. Reía. Lea farfulló, indignada, y el agua casi le tocó la barbilla.
—¡Podría haberme ahogado! —gritó, sintiéndose estúpida y empapada.
—¡Si sigues ahí sentada, aún podrías ahogarte! —respondió él—. En octubre se producen inundaciones.
—¡Por la forma en que me ayudas lo lograré! —exclamó—. No puedo levantarme sin empaparme la cabeza.
—Pero ya estás empapada —señaló él riendo y chapoteando en dirección a ella.
—Eso fue accidental —aseguró, bruscamente—. ¡Otra cosa es hacerlo expresamente!
—¡La lógica femenina! —La cogió de las manos, la ayudó a ponerse de pie, la llevó hasta la orilla y la empujó hasta la arena.
Lea contempló su rostro sonriente y, devolviéndole la sonrisa, empezó a darle las gracias. De pronto, el rostro de él quedó desenfocado… y se alejó a varios miles de kilómetros de distancia. Débil, muy débilmente, oyó la voz del hombre y su propio jadeo. Se volvió rígidamente y manoteó para apartarse de él. Sintió que él le cogía la mano y mientras se alejaba de su lado sintió que todo su ser se estremecía y se fundía y la nada volvía a invadirla, cada vez más oscura.
—¡Karen! —gritó—. ¡Karen! ¡Karen! —Y se perdió.
—No quiero ir —dijo irritada, y rechazó la mano que Karen le ofrecía.
—Oh, sí, lo harás —le aseguró Karen—. Te encantará la exposición de Peter. ¡Y Bethie! Debes oír hablar de Bethie.
—Oh Karen, por favor, no me pidas que vuelva a intentarlo —rogó Lea—. No soporto volver después… después… —Sacudió la cabeza.
—Ni siquiera has empezado a intentarlo —puntualizó Karen en tono impersonal—. Esta noche tienes que ir. Para ti es la lección número dos, y así estarás lista para seguir adelante.
—Mis ropas. —Lea buscó desesperadamente una excusa—. Deben de ser un desastre.
—Lo son —coincidió Karen, imperturbable—. Tienes más o menos la talla de Lizbeth. Te traje muchas prendas. Elige.
—No. —Lea se volvió.
—Levántate. —La voz de Karen seguía siendo impersonal pero Lea se levantó. Revolvió la pila de ropa sin pronunciar una sola palabra.
—¡Hmm! —exclamó Karen—. Eres más alta de lo que pensaba. Creciste desde el momento en que decidiste renunciar.
Lea sintió una punzada de indignación, pero se quedó quieta mientras Karen se arrodillaba y tironeaba del ruedo del vestido. La tela se estiró y quedó estirada, haciendo que la falda tuviera un largo adecuado para Lea.
—Ya está —dijo Karen, poniéndose de pie; alisó el vestido alrededor de la cintura de Lea, haciéndole un pliegue para reducirlo. Luego, con un roce de su mano, hizo que se oscureciera el color de la tela—. No está mal. Es tu color. Ahora vámonos, o llegaremos tarde.
Lea se negó obstinadamente a mostrar interés. Se sentó en el rincón y se concentró en sus manos entrelazadas, dejando que los altibajos de la charla y el movimiento la envolvieran, sin mirar siquiera.
De pronto, después de una muda invocación, experimentó una sensación de nostalgia… nostalgia de unas manos fuertes que sujetaran las suyas con la frialdad del agua moviéndose entre ellas. Echó la cabeza hacia atrás, sobresaltada, en el momento en que Jemmy decía:
—Te cedo el escritorio, Peter. Es todo tuyo, hasta su más decrépita astilla.
—Gracias —dijo Peter—. Espero que la silla sea cómoda. Esto me llevará un buen rato. He decidido seguir la guía de Karen, y también tengo un tema. Podría haber sido muy bien la pregunta que me hice casi constantemente a lo largo de todos estos años. «¿No hay ningún bálsamo en Gilead? ¿No hay ningún médico allí? ¿Por qué, entonces, la salud de la hija de mi pueblo no se ha recuperado?»
En esa breve pausa, Lea se aferró a un pensamiento que se deslizó por su mente. «¡Olvidé todo lo que ocurrió en la charca! ¿Quién era? ¿Quién era?» Pero no encontró ninguna respuesta, y Peter comenzó…
CONECTA CON EL RELATO GILEAD
Tres
Lea se deslizó silenciosamente en dirección a la puerta casi en el mismo momento en que Peter pronunciaba la última frase. Estaba a mitad de camino del empinado sendero que conducía al cañón cuando oyó que Karen corría tras ella. Elevándose y corriendo, Karen llegó a su lado.
—¡Lea! —La llamó, estirándose para cogerla del brazo.
Con un brusco movimiento del hombro, Lea evitó a Karen y corrió en silencio sendero arriba.
—¡Lea! —Karen la cogió de los hombros y la obligó a detenerse—. ¿A dónde demonios vas?
—¡Suéltame! —gritó Lea—. ¡Chivata! ¡Mirona! ¡Suéltame! —Intentó zafarse de las manos de Karen.
—Lea, no sé lo que estás pensando, pero te equivocas.
—¡Lo que estoy pensando! —Lea la miró con expresión airada—. ¿No sabes lo que estoy pensando? ¿No has escarbado bastante en toda la porquería…? —Arañó las manos de Karen—. Suéltame.
—¿Por qué te importa, Lea? —La fría voz de Karen la penetró despiadadamente—. ¿Por qué te importa? ¿Qué importancia tiene esto para ti? Abandonaste la vida hace mucho tiempo.
—La muerte… —Lea se atragantó al sentir la amargura de la palabra en la que había pensado tantas veces y que rara vez pronunciaba—. Al menos la muerte es algo privado… Nadie mete las narices…
—¿Puedes estar segura de eso? —le preguntó Karen en tono sereno—. De todas formas, créeme, Lea, no he entrado en tu mente ni una sola vez. Claro que podría hacerlo si quisiera, y lo haré si es necesario, pero jamás sin que tú lo sepas… nunca sin tu consentimiento. Todo lo que he aprendido acerca de ti es lo que hay en la parte más accesible de tu mente. La parte más íntima de tu mente te pertenece absolutamente. Al Pueblo se le enseña el respeto a la intimidad. Los poderes que tenemos son para curar, no para hacer daño. Si lo aceptas, tenemos para ti la salud y la vida. ¡Ya ves, hay un bálsamo en Gilead! No lo rechaces, Lea.
Lea dejó caer las manos. La tensión abandonó su cuerpo lentamente.
—Anoche te oí —dijo, desconcertada—. Oí tu relato y ni siquiera se me ocurrió que pudieras… quiero decir que no era real, y yo no tenía idea… —Dejó que Karen la hiciera girar en dirección opuesta—. Pero cuando oí a Peter… no sé, lo que él dijo parecía más verdadero. Uno no espera que los hombres inventen cuentos de hadas. —Se aferró con fuerza a Karen—. Oh, Karen, ¿qué debo hacer? Estoy tan confundida que no puedo…
—Bueno, lo más sencillo e inmediato es que regreses. Tenemos tiempo para escuchar otro relato, y nos están esperando. Ahora le toca el turno a Melodye. Ella vio al Pueblo desde un ángulo totalmente distinto.
Una vez en la escuela, Lea se acomodó tímidamente en su rincón, pero nadie pareció reparar en ella. Todos estaban ocupados reviviendo o comentando los días vividos por Peter y Bethie. Los murmullos cesaron cuando Melodye Amerson ocupó su lugar en el escritorio.
—Valancy me está ayudando. —Sonrió—. Escogimos el tema juntas. ¿Recuerdas…? «Mira, yo estoy a punto de morir… ¿y qué provecho podría sacar de este patrimonio? Y vendió su patrimonio por un poco de pan y un potaje». No podría hacer sola esta evocación. Así que ahora, si no os importa, haremos una breve pausa mientras construimos nuestra red.
Se relajó visiblemente y Lea sintió la receptiva quietud que se extendía como si toda la sala se convirtiera en la inmóvil superficie de un lago, y entonces Melodye empezó a hablar…
CONECTA CON EL RELATO POTAJE
Cuatro
—Me gustaría hablar un momento con ella —le dijo Lea a Karen mientras los asistentes se dispersaban—. ¿Puedo?
—Por supuesto —respondió Karen—. Melodye, ¿puedes venir un momento?
—¡Oh, Karen! —Melodye se deslizó entre los asientos, hasta el rincón—. ¡Qué maravilloso! Fue como vivirlo nuevamente por primera vez, sólo que en el fondo yo sabía lo que ocurriría a continuación. Pero aun así se me heló la sangre cuando Abie… —Se estremeció—. ¡Vaya! ¡Aquello fue toda una aventura!
—Melodye —dijo Karen—, ésta es Lea. Quiere hablar contigo.
—Hola, hermana extranjera —la saludó Melodye con una sonrisa—. No veía el momento de conocerte.
—¿Tú crees…? —Lea vaciló—. ¿Todo eso es verdad?
—Claro que es verdad —respondió Melodye—. Puedo enseñarte mis cicatrices, cicatrices mentales, claro, a causa de mis intentos por aprender a elevarme. —Se echó a reír—. No te sientas rara por dudar de algo. Yo aún me regaño cuando no puedo creerlo. —Adoptó una expresión seria—. Pero es verdad. El Pueblo es el Pueblo.
—Y aunque no seas miembro del Pueblo —Lea vaciló—, ¿igualmente podrían… ayudarte? No me refiero a reparar algo roto. Ni a nada… visible. —De pronto se sintió invadida por un sentimiento de vergüenza, como si hubiera sido sorprendida colgando una colada de pecados bajo el sol de la mañana. Apartó la mirada.
—Pueden ayudarte. —Melodye tocó suavemente el hombro de Lea—. Y, además, Lea, nunca juzgan. Arreglan lo que necesita arreglo y dejan él juicio en manos de Dios. —Y se marchó.
—Tal vez —se quejó Lea—, si hubiera cometido pecados terribles, tendría algo que perdonarme, y así podría volver a empezar. Pero todas esas tonterías e insignificancias…
—Todas esas tonterías e insignificancias que se combinaron formando una enorme desesperación —concluyó Karen—. Y qué es la desesperación, salvo estar separado de la Presencia…
—¿Entonces el Pueblo cree de verdad que existe…?
—Es posible que nuestro Hogar haya desaparecido —puntualizó Karen en tono firme—, y que todos seamos exiliados, si quieres verlo de esa forma, pero no existe galaxia suficientemente grande para separarnos de la Presencia.
Esa noche, más tarde, Lea se incorporó en la cama.
—¿Karen?
—Sí. —La voz de Karen respondió instantáneamente en la oscuridad, aunque Lea sabía que se encontraba en el otro extremo del pasillo.
—¿Aún me estás protegiendo de… de lo que sea?
—No —respondió Karen—. Te liberé esta mañana.
—Es lo que pensaba. —Lea lanzó un tembloroso suspiro—. Ahora todo ha desaparecido, como si jamás hubiera existido, pero aún estoy en la nada, yendo a ninguna parte. Simplemente esperando. Y si espero lo suficiente volverá otra vez, lo sé. Karen, ¿qué puedo hacer para no estar donde estoy ahora si vuelve?
—Ahora estás empezando a trabajar —señaló Karen—. Y si vuelve, aquí estamos nosotros para ayudarte. Nunca más será algo tan impenetrable.
—¿Cómo es posible? —preguntó Lea en un murmullo—. ¿Cómo puedo haber pasado por algo tan siniestro como eso y haber sobrevivido, y volver a lograrlo alguna vez?
Lea se recostó y lanzó un suspiro. Luego, en tono soñoliento, repitió:
—¿Karen?
—Sí.
—¿Quién era el que estaba en la charca?
—¿No lo sabes? —preguntó Karen en tono sonriente—. ¿Has mirado a tu alrededor?
—¿De qué me serviría? No recuerdo su aspecto. Hace tanto tiempo que no reparo en nada… luego esa oscuridad… Pero él me trajo de regreso a la casa, ¿verdad? Tuviste que verlo.
—¿Tú crees? —preguntó Karen, bromeando—. Tal vez podría hacer que él volviera a llevarte. «Cuando los ojos olvidan, los brazos recuerdan».
—En esa cita hay algo equivocado —dijo Lea en tono soñoliento—, pero por ahora lo pasaré por alto.
Cuando Lea oyó a Karen, le pareció que acababa de deslizarse en el borde del sueño.
—¡Vaya! —gritó Karen—. ¿Ahora mismo? ¿No mañana?
—¡Karen! —La llamó Lea, buscando a tientas el interruptor de la luz—. ¿Qué ocurre?
—¿Qué ocurre? —Karen rió y entró por la ventana, girando y revoloteando extasiada en el aire—. ¡Casi nada! ¡Oh, Lea, ven y alégrate! —Cogió a Lea de las manos y la obligó a salir de la cama.
—¡No! ¡Karen, no! —gritó Lea mientras sus pies descalzos se retorcían rechazando el aire que parecía lamerlos—. ¡Bájame! —Su voz quedó dominada por el terror.
—¡Oh, lo siento! —dijo Karen, soltándola y dejándola caer suavemente en la cama. Luego revoloteó de un lado a otro de la habitación, agitando los volantes de su camisón—. ¡Alégrate! ¡Alégrate con el Señor!
—¿Qué ocurre? —gritó Lea, repentinamente asustada, temerosa de que algo hiciera que las cosas cambiaran. Un enorme vacío empezó a abrirse paso en su interior. La negrura era una nube del tamaño de la mano de un hombre en el horizonte distante.
—¡Se trata de Valancy! —exclamó Karen, volviendo a salir por la ventana—. ¡Tengo que vestirme! ¡El bebé ya está aquí!
—¡El bebé! —Lea estaba desconcertada—. Pero ¿qué bebé?
—¿Acaso hay algún otro bebé? —La voz de Karen volvió a flotar, amortiguada—. El de Valancy y Jemmy. ¡Ya está aquí! ¡Soy tía! Oh, cielos, ahora sí que me convertiré en una antepasada. Pensé que nunca lo lograrían. ¡Y es una niña! Al menos Jemmy dice que cree que es una niña. Está tan entusiasmado que podrían ser una niña y un niño, o incluso trillizos. Bueno, en cuanto Valancy regrese… —Volvió a atravesar la puerta, y se cepilló el pelo enérgicamente.
—¿A qué hospital fue? —preguntó Lea—. Esto parece bastante aislado…
—¿Hospital? A ninguno, por supuesto. Está en casa.
—Pero tú dijiste que cuando vuelva…
—Sí. Es un viaje largo y solemne traer una nueva vida desde donde se encuentra la Presencia. Lleva algún tiempo.
—¡Pero yo ni siquiera lo noté! —gritó Lea—. Valancy estaba allí anoche y yo no recuerdo…
—Pero hace tiempo que tú no notas nada —dijo Karen en tono amable.
—¡Pero algo tan obvio como eso! —protestó Lea.
—La cuestión es que el bebé está aquí, y que es de Valancy… con una pequeña colaboración de Jemmy… y que no lo sacó de debajo de un repollo. Bueno, Jemmy, ahora voy. ¡Mantente alerta! —Levantó los pies y salió por la puerta; su cabellera flotó melancólicamente; el cepillo del pelo quedó olvidado y suspendido en el aire hasta que finalmente se arrastró lentamente al otro lado de la puerta.
Lea se acurrucó en la cama. Un bebé. Una nueva vida. «Lo había olvidado —pensó—. Los nacimientos y las muertes siguen sucediéndose. El mundo sigue existiendo, sigue girando como siempre. Pensé que se había detenido. Y para mí se había detenido. Me perdí el invierno. Me perdí la primavera. Ahora debe de ser verano. ¡De sólo pensarlo…! Hay gente que considera mis tenebrosos días llenos de dichosa anticipación… como joyas brillantes desgranándose en el hilo del tiempo. Y yo he estado girando una y otra vez como un burro alrededor de una noria, enroscándome cada vez más…» Se incorporó repentinamente, abriendo los brazos de par en par. La oscuridad se derramó como un pesado torrente a través de la puerta… cayendo desde el cielorraso y ascendiendo desde el suelo.
—¡Karen! —gritó, sintiéndose otra vez atrapada en la nada infinita de su propio ser—. ¡No! —gritó, con los dientes apretados—. ¡Esta vez no! —Hundió el rostro en la cama, aferrándose a la almohada con ambas manos—. ¡Dame fuerzas! ¡Dame fuerzas! —Con un esfuerzo casi físico se concentró en otros pensamientos—. El bebé… un bebé recién nacido… que llora. ¿Los bebés del Pueblo lloran? Seguramente lo hacen, si tienen que abandonar a la Presencia para venir a la Tierra. Un bebé… con sus puños muy apretados y los ojos bien cerrados. Todo polvos y algodón y piececillos encogidos. Puedo cogerlo. Mañana podré cogerlo. Y sentir la continuidad de la vida… la eterna llegada de Dios al mundo. Acunar a un bebé. Duerme, bebé, duerme. Tu Padre vigila a Su cordero. Un bebé recién nacido… diminutos dedos rojos que se curvan alrededor de mi dedo. Un bebé… el bebé de Valancy…
Cuando amaneció, Lea estaba dormida y su rostro había quedado despojado del sufrimiento de la noche. Había en él una expresión casi triunfante.
Esa noche, Karen y Lea caminaron en la semipenumbra, en dirección a la escuela. El aire suavemente fresco de la noche era tan claro y sereno que las voces y las risas lejanas retumbaban alrededor de ellas.
—Espera, Lea. —Karen saludaba a alguien con la mano—. Aquí viene Santhy. Está empezando a aprender a elevarse. Pero su madre no sabe que aún está afuera. —Rió débilmente.
Lea observó maravillada a la pequeña criatura de cinco años que se acercó a ellas trazando breves y abruptos arcos, haciendo bajar y subir su breve falda cada vez que se elevaba y descendía.
—Consume más energía para elevarse que para caminar —dijo Karen suavemente—, pero se siente muy orgullosa. Esperémosla. Quiere acompañarnos.
En ese momento Lea pudo ver la expresión seria e intensa de Santhy y casi logró oír los pequeños gruñidos que lanzaba mientras se elevaba, hasta que finalmente aterrizó, tambaleándose, junto a Lea. Ésta la sujetó cogiéndola suavemente entre sus brazos.
—Tú eres Lea —dijo Santhy, sonriendo con timidez.
—Sí —dijo Lea—. ¿Cómo lo supiste?
—Oh, todos te conocemos. Eres la que ahora ocupa nuestras oraciones de todas las noches.
—Oh. —Lea se sorprendió.
—Te traje algo —anunció Santhy, con la mano metida en su abultado bolsillo—. Me las llevé de la fiesta que celebramos por el bebé. No me importa si eres una Extraña. Te vi chapoteando en el arroyo y eres bonita. —Sacó la mano del bolsillo y depositó en la palma de Lea algo blando y de un brillante color azul verdoso—. Es una koomatka —susurró—. No dejes que mamá la vea. Se supone que debía comérmela yo, pero ya me comí dos. —Extendió los brazos y se elevó por delante de Lea.
—Una koomatka —dijo Lea, levantando la mano con sorpresa al ver que el brillo se intensificaba en la oscuridad.
—Sí —dijo Karen—. En realidad, no tendría que haberlo hecho. Como bien sabes, está prohibido mostrar estas cosas a los Extraños.
—¿Tengo que devolvérsela? —preguntó Lea en tono melancólico—. ¿No puedo quedármela, aunque no me pertenezca?
Karen la observó con expresión seria durante un momento y luego sonrió.
—Puedes quedártela, o comértela, aunque probablemente no te gustará. Sabe como el sonido de la música. Pero puedes quedártela, aunque no te pertenezca.
Lea cerró la mano suavemente alrededor de la koomatka mientras giraban en dirección a la escuela.
—Hablando de pertenecer —comentó Karen—, esta noche es el turno de Dita. Ella sabe mucho acerca de lo que es pertenecer y no pertenecer.
—Me he estado haciendo preguntas sobre lo de anoche. Me refiero a no esperar a Valancy… —Mientras subían los escalones, Lea se tapó los ojos para evitar el brillo del interior.
—No se lo perderá —aseguró Karen—. Escuchará desde casa.
Fueron las últimas en llegar. Concluida la invocación, Dita ya se había instalado en la silla, detrás del escritorio, y tenía las manos cruzadas delante de ella.
—Valancy —dijo—. Ya estamos todos aquí. ¿Estás preparada?
—Oh, sí. —Lea oyó la respuesta de Valancy—. Nuestro Bebé ya se ha dormido.
Todos los reunidos rieron al percibir la mayúscula en el tono de Valancy.
—Los bebés no los inventasteis vosotros —dijo Dita, riendo.
—¡Ja! —respondió Jemmy en tono triunfante—. ¡A éste sí!
Lea observó al risueño grupo. «¡Son felices!», pensó. «¡Están en un mundo como éste y de todas formas son felices! ¿Cuál será su secreto?» Estudió al grupo mientras Dita empezaba a hablar y bajo el primer resplandor de las palabras de Dita, pensó: «Tal vez ésta es la respuesta. Tal vez ésta es la piedra de toque. Cuando uno de ellos llora, los otros oyen… y escuchan. No sólo con los oídos, sino con el corazón. No importa quién llora… siempre hay alguien que escucha».
—Mi tema —dijo Dita en tono grave— es muy breve, ¡pero qué desgarrador resulta! Es el siguiente: «Y tus hijos errarán por el desierto». —Apretó las manos—. Aquel día estaba errando…
CONECTA CON EL RELATO EL DESIERTO
Cinco
—¡Oh! ¡Pero…! —Lea pareció entusiasmada—. Tal vez, tal vez… —Se volvió al sentir la presión de una mano sobre su hombro y encontró los ojos comprensivos de Melodye.
—No —dijo—. Aún somos Extrañas. Ocurre lo mismo que con el color de los ojos. Los tienes de color pardo, o no. Nosotras no pertenecemos al Pueblo. Estamos hechas de otra pasta.
—Entonces me parece que te estás poniendo gorda por el solo hecho de verla y olerla —sentenció el doctor Curtis.
—¡Gorda! —se quejó Melodye—. ¡Oh, no! Después de todos mis esfuerzos…
—Bueno, tal vez «alimentada» sería un término más discreto, además de más exacto. No pareces estar consumiéndote.
—Quizá —dijo Melodye con expresión seria—, quizá porque sé que puede existir este tipo de comunicación entre los miembros del Pueblo, y porque yo misma intento alcanzarla, me he vuelto más receptiva a las comunicaciones que provienen de una fuente que no sabe de Extraños… ni de este u oeste… ni de esclavos ni de libres…
—Hmm —dijo el doctor Curtis—. Ése es un punto sobre el que habría que reflexionar.
Karen y Lea se separaron del grupo que parloteaba con entusiasmo al pasar junto a la casa. Las dos chicas se entretuvieron, acurrucadas en sus abrigos, hasta que el sonido de las otras voces se desvaneció en los ecos sombríos del interior del cañón. Lea levantó la barbilla y percibió la brisa fría.
—Karen, ¿crees que alguna vez me recuperaré? —preguntó.
—Si no estás demasiado enamorada de tus dificultades… —respondió Karen mientras apoyaba la mano en el picaporte—. Si no estás demasiado dispuesta a colocarte «más cerca del deseo de tu corazón». Podemos pensar que se trata de un «lamentable esquema», pero tenemos que aprender que nuestro juicio no es completamente válido y tampoco es la estrella polar que guía nuestra travesía. Con demasiada frecuencia nos movemos basándonos en la premisa de que lo que nosotros pensamos tiene que ser la norma que rige todas las cosas. La verdad es que te resultaría muy reconfortante admitir que no eres tú quien rige el universo… que no eres responsable de todo y que hay un montón de cosas que puedes hacer y debes dejar en manos de los demás…
—Soltar… —Lea se miró las manos apretadas—. Las he tenido así durante tanto tiempo que me extraña que las uñas no me hayan traspasado las palmas.
—¡Vaya manera de ahorrarte el esmalte de uñas! —dijo Karen, riendo—. Pero vamos… a la cama, a la cama. ¡Oh, me sentiré tan feliz cuando pueda llevarte a la colina…! —Abrió la puerta y entró, tironeando de su chaqueta—. Me muero de ganas de hablar contigo, de mantener una charla como las que suelen mantener en el mundo exterior. Cuando vivía allí me aficioné a ello. —Su voz se desvaneció. Lea miró las estrellas brillantes que salpicaban el horizonte cercano.
«Las estrellas caen —pensó—, en las colinas y en la oscuridad. La oscuridad sube hasta las colinas y las estrellas. Y aquí, en el porche, hay un sitio vacío a mi medida que intenta Convertirse. Resulta tan difícil reconciliar la oscuridad con las estrellas… ¿pero qué somos nosotros sino un intento de reconciliación?»
La noche volvió a caer. Lea tuvo la impresión de que el tiempo era como un abanico. Los atardeceres eran las varillas palpables y cuidadosamente talladas del abanico que conservaban su identidad con firmeza. Los días se plegaban dócilmente entre las noches… días que contenían pautas sólo en el hecho de que estaban flanqueadas por las noches… días plegados y garabateados sobre lo ininteligible. Se mantuvo cuidadosamente apartada de cualquier intento de leer los garabatos. Si tenían algún significado, no quería conocerlo. Siempre que pudiera transformar los significados en algo, o intentar relacionar una cosa con otra… sólo entonces podría mantener la precaria paz de los días plegados y las noches activas.
Se acomodó casi con deleite en el escritorio que se había vuelto agradablemente familiar. «Es casi lo mismo que dragarme con películas, con fibras o con la televisión —pensó—. Traigo la mente vacía a las Reuniones, dejo que los relatos fluyan en mi mente y vuelvo a llevarla vacía a casa». ¿A casa? ¿Al Hogar? Sintió el puño que le apretaba el pecho y se retorcía bruscamente, pero se concentró con obstinación en las luces que brillaban desde el cielorraso. Las miró atentamente.
—No son luces eléctricas —le dijo a Karen en un susurro—. Ni linternas. ¿Qué son?
—Luces —dijo Karen, sonriendo—. Cada una cuesta una moneda de diez centavos. Una moneda y Dita. Ella las encendió para nosotros. He estado practicando sin parar, y el otro día estuve a punto de encender una. —Rió de mala gana—. ¡Y pensar que es una Extraña! Te diré una cosa, Lea: nunca sabes en qué medida utilizas el orgullo para mantenerte abrigada en este frío hasta que alguien abre un orificio en él y te estremeces con la corriente. ¡Dita es lo que todos necesitábamos, bendita sea!
—Hola. —El doctor Curtis se deslizó en su asiento, junto a Lea—. Te gustará el relato de esta noche —le dijo—. Tú tienes muchas cosas en común con la señorita Carolle. Me parece muy interesante… me refiero a la historia, y también a las semejanzas. Bueno, de cualquier manera, creo que la historia es interesante porque mi propia mano italiana… —Bajó la voz cuando la señorita Carolle subió por el pasillo.
«¡Vaya, es lisiada! —pensó Lea, sorprendida—. O lo ha sido», se corrigió. Entonces pensó qué tendría la señorita Carolle que le hacía pensar en minusvalías.
«¿Minusvalías?», Lea se sonrojó. «¿Y yo tengo muchas cosas en común con ella?» Dobló la punta de su Kleenex. «Por supuesto», admitió con humildad, bajando la cabeza. «Minusválida… lisiada…» Contuvo el aliento mientras la oscuridad se hacía más intensa. Antes de que las minúsculas gotas de sudor frío hubieran tenido tiempo de formarse en su labio superior y en la línea del nacimiento del pelo sintió que Karen la tocaba con fuerza curadora. «Gracias, mi jarabe calmante», pensó irónicamente.
—¡No seas tonta! —Oyó que Karen le decía en tono brusco—. Ríete de los vendajes después de que ha caído la costra.
La señorita Carolle murmuró tras el repentino silencio:
—Hoy nos reunimos en Su Nombre.
Lea dejó que el mundo abandonara todo su ser.
—Tengo el tema de una canción, no un tema cualquiera —anunció la señorita Carolle—. ¿Preparados?
La música vibró suavemente desde ninguna parte y desde todos los rincones. Lea se sintió envuelta en su suave plenitud. Entonces una voz clara entonó la melodía tan suavemente y sin violencia que a Lea le pareció que la música misma había modulado las palabras, dando voz a un grito que le pertenecía a ella y que nunca había encontrado expresión.
Por los ríos de Babilonia,
donde nos sentamos y lloramos,
recordando a Sión
colgamos nuestras arpas
en los sauces que se alzaban en la niebla.
Porque aquellos que nos tomaron como cautivos
nos pidieron una canción
y los que nos asolaron
nos pidieron alegría
diciendo: «Cantadnos una de las canciones de Sión».
¿Cómo vamos a cantar la canción del Señor
en una tierra extraña?
Lea cerró los ojos y sintió que las lágrimas se formaban bajo sus párpados. Puso la cabeza sobre los brazos, en la parte superior del pupitre, y ocultó el rostro. Su corazón, desgarrado por la angustia de la música, se sentía dolorido por todos los cautivos que habían sido, cualquiera que fuera la cautividad, pero sobre todo por aquellos que se iban al exilio, que se encerraban en ellos mismos y perdían la llave.
La multitud escuchaba atentamente mientras la señorita Carolle unía las palmas de las manos, extendiendo y tensando los dedos, y comenzaba su relato.
CONECTA CON EL RELATO CAUTIVIDAD
Seis
Lea se quedó sentada en la oscuridad de su dormitorio, balanceando los pies por encima del borde de la cama. Buscó a tientas su bata y se la puso. Se acercó lentamente a la ventana y se sentó junto al amplio alféizar.
La luna se deslizaba entré las nubes que se cernían sobre las colinas, y bajo su luz todo el cañón parecía de ébano y marfil. Lea logró ver las casas caprichosamente distribuidas que conformaban la comunidad. Todas estaban a oscuras salvo una ventana distante cercana al arroyo.
De pronto, todo el escenario pareció dar un brusco giro y quedar completamente desenfocado. Las colinas y los cañones se volvieron tan extraños como si ella estuviera frente a un paisaje lunar o ante las ocultas colinas de Venus. Nada parecía familiar; incluso la luna se convirtió repentinamente en una cosa espantosa e impúdica que podía acercarse y acercarse, cada vez más. Lea ocultó el rostro en el pliegue del codo y levantó las rodillas para apoyar sus brazos temblorosos.
—¿Qué estoy haciendo aquí? —susurró—. ¿Qué demonios estoy haciendo aquí? Este no es mi sitio. Tengo que irme. ¿Qué tengo que hacer con todas estas… criaturas? ¡No les creo! No creo en nada. Es una locura. En algún momento me volví loca. Esto debe de ser un manicomio. ¡Todas estas noches… tantas locuras que se acumulan para ver si de todo esto sale la cordura!
Se estremeció y levantó la cabeza lentamente, abriendo los ojos de mala gana. Observó resueltamente la luna, las colinas y las nubes hinchadas hasta que todo volvió a resultarle familiar. «Una locura —susurró—. Pero una locura muy reconfortante. Si al menos pudiera quedarme aquí para siempre…» Las lágrimas hicieron que la luna adoptara un aspecto borroso. «¡Si al menos…!»
«¡Estúpida!» Lea volvió a ocultar el rostro entre las rodillas. «Decídete. ¿Esto es o no es la cordura? No puede ser ambas cosas… al menos no al mismo tiempo». Entonces el lado prudente de su personalidad susurró: «Si esto es la locura, igualmente la aceptaré. Sea lo que sea, tiene un sentido maravilloso que jamás había logrado encontrar. Estoy muy cansada de sospechar de todo. La señorita Carolle dijo que lo mejor era creer. Tengo que creer, esté equivocada o no». Apoyó la frente contra el cristal frío de la ventana y fijó la mirada en la luz distante. «Me pregunto por qué ellos siguen despiertos», suspiró.
Con un estremecimiento se apartó del cristal frío y volvió a apoyar la mejilla en las rodillas.
«Pero ya es hora —pensó—. Es hora de hacer algo para no seguir avanzando a la deriva. En eso consiste mi estancia aquí. En avanzar a la deriva en las aguas previas al nacimiento. Oh, es agradable estar aquí. Sin preocuparse por la subsistencia ni por lo que hay que hacer. Sin preguntarse qué rumbo tomar. Pero no puede durar». Volvió el rostro y contempló la luna. «Nada es para siempre. —Sonrió tímidamente—. Aunque con frecuencia la desdicha logra que lo sea».
«¿Durante cuánto tiempo puedo esperar que Karen me cuide? No soy una ayuda para nadie. No tengo nada para dar. Soy una carga para Karen, al margen de lo que ella haga. Y no puedo… ¿Cómo puedo curarme de algo en un entorno tan protegido? Tengo que salir y aprender a mirar el mundo a la cara». Hizo una mueca. «E incluso escupirlo, si es necesario».
«Oh, no puedo, no puedo —le gritó una parte de su ser—. Enterradme y dejad que me aparte de todo».
«¡Basta! —respondió Lea en tono grave—. Ahora decido yo. Vístete. Nos vamos».
Se vistió a toda prisa en la oscuridad, donde no llegaba la luz de la luna, y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Mientras se inclinaba para ponerse los zapatos se desplomó sobre la cama y sollozó amargamente durante un instante. Luego se terminó de vestir. Se puso su ropa recién lavada, se echó encima el abrigo casi nuevo y cogió su bolso.
«Dinero… —pensó—. No tengo dinero…»
Vació el bolso en la cama. Algunos artículos tintinearon al caer. «Lo tiré todo antes de salir…» Al menos pudo recordar el momento de su partida sin que la congoja se apoderara de ella. «Y gasté mi último dólar…» Cogió el billetero y lo abrió totalmente. «Ni un centavo».
Sacó las distintas tarjetas… esos pequeños rectángulos del pasado. «¿Por qué no habré tirado también esto? Son inútiles…» Empezó a guardarlas desordenadamente, pero sus dedos se detuvieron sobre una punta que asomaba. Sacó un sobre delgado de color azul marino.
—¡Vaya! ¡Lo había olvidado! Mis cheques de viaje… si es que queda alguno. —Sacó el sobre y pasó las hojas delgadas y duras—. Lo suficiente —susurró—. Lo suficiente para volver a huir… —Volvió a guardar todo en el bolso y abrió el cajón superior de la cómoda. Una débil luz azul tocó el perfil de su rostro. Cogió la koomatka y la hizo girar en su mano. Cerró los dedos a su alrededor mientras arrancaba un costado de una revista que había sobre la cómoda. En ella garabateó «Gracias», y sujetó la hoja de papel con la koomatka.
Las sombras eran muy negras, pero tuvo miedo de caminar bajo la luz. Se alejó de la casa tambaleándose, en dirección a la carretera, sin permitirse pensar en los kilómetros que tendría que recorrer para llegar a Kerry Canyon o a cualquier otro sitio. Acababa de llegar a la carretera cuando se sobresaltó y ahogó un grito contra sus puños apretados. Algo se movía a la luz de la luna. Lea se quedó en las sombras, paralizada.
—¡Eh, hola! —dijo una voz alegre, y la figura se volvió hacia ella—. Me estoy preparando para salir. No sabía que se iba alguien en este viaje. Tú también estás a punto de marcharte. Sube…
Sin decir una sola palabra, Lea subió a la furgoneta vieja y destartalada.
—Vaya cacharro, ¿no? —añadió el individuo alegremente, cerrando la puerta de golpe y sujetándola con un trozo de alambre de embalar—. Supongo que si uno conserva algo el tiempo suficiente, se convierte en una antigüedad. ¡Esto hace tiempo que lo es! Es lo único que se me ocurre para explicar por qué lo conservan.
Lea dejó escapar un débil sonido y se cogió con fuerza al costado del coche mientras éste arrancaba y bajaba por la carretera a toda prisa, a un metro por encima de la superficie de grava.
—No te había visto por aquí —comentó el conductor—, pero con todo el alboroto hay más gente que nunca en toda la historia del cañón. Ésta es mi primera visita. En cierto modo es un consuelo saber que somos tantos, ¿verdad?
—Sí, lo es —dijo Lea con voz ronca—. Es una sensación maravillosa.
—Sin embargo, me parece una tontería tener que hacer todos los viajes de llegada y de partida por la noche. Dicen que antes podían elevarse al menos por Jackass Flat incluso de día, y luego conducir durante el resto del camino. Pero nos acercamos demasiado a la época del turismo y tenemos que tener más cuidado que durante el invierno. Viajar por la noche. Conducir desde Widow’s Peak. Y qué camino espantoso. Hace falta el doble de tiempo. ¿Tú ya has decidido?
—¿Decidido? —Lea lo miró.
—Oh, sé que no tengo por qué preguntar —sonrió—, pero todo el mundo se pregunta lo mismo. —Se puso serio y apoyó los brazos sobre el volante—. Yo he decidido. Seis veces. Pensé que me decidiría por lo más seguro. Entonces llega una noche de luna como ésta… —Observó el vasto panorama de las colinas, la llanura y la enorme extensión y suspiró.
Hicieron el resto del viaje en silencio. Lea se rió de su propio terror cuando las ruedas se apoyaron con un ruido sordo sobre la carretera, cerca de Widow’s Peak. Después de eso, la conversación se volvió imposible por el movimiento traqueteante y tambaleante de la camioneta.
Llegaron a Kerry Canon en el mismo momento en que la luz del sol se abría paso sobre la de la luna. El conductor le abrió la puerta y la dejó salir al destemplado amanecer.
—Llegamos y salimos casi todas las mañanas y todas las noches —dijo—. ¿Tú regresas esta noche?
—No. —Lea se estremeció y se acurrucó en su abrigo—. No esta noche.
—No tardes demasiado —dijo el conductor con una sonrisa—. Ya sabes que no puedes llegar mucho más tarde. Si vuelves y no hay ninguna furgoneta, llama. Hmm. Esta semana la Receptora es Karen. Y Bethie la siguiente. Alguien vendrá a buscarte.
—Gracias —le dijo Lea—. Muchas gracias. —Y se volvió sin esperar su saludo.
La cena que tomó cerca de la parada del autobús fue breve y pesada, ensombrecida por el peso de la noche. El café estaba caliente pero lo bebió de prisa, y era un poco flojo. Mientras lo tomaba, observó la profunda oscuridad.
«Aunque esto sea todo —pensó—, si no vuelvo a tener más orden ni paz ni rumbo… bueno, al menos he vislumbrado algo, y hay gente que ni siquiera logra eso. Creo que ahora tengo la clave… la llave casi imposible para mi puerta cerrada. Tiempo, paciencia y convicción… y la más importante de las tres es la convicción».
Volvió a dar otro sorbo sin levantar la mirada y descubrió que el café se había enfriado.
—¿Se lo caliento? —Detrás de la barra había una camarera nueva que se ataba de prisa las tiras del delantal—. El autobús llegará en pocos minutos.
—Gracias. —Lea le dio la taza, desechando firmemente la visión de una taza de café que había humeado suavemente aquella mañana, esperando pacientemente.
El tiempo es una palabra… la sombra de una idea; pera siempre, siempre, en el remolino de los acontecimientos y la multiplicidad de actividades humanas o el interminable aburrimiento del desinterés, está el cielo… el cielo con su inmutable variabilidad mostrando las variaciones del Ahora y la estabilidad del Siempre. Están las estrellas, las esquinas angulosas de nuestras eternidades que dan vueltas y giran y siempre encuentran el camino de regreso. Están las desordenadas nubes pasajeras, los mechones al viento de las colas de las yeguas, los cielos extraordinarios y aborregados y el retozante y delicioso tumulto de las tormentas. Y la luna… la luna que sueña… que sueña que arregla el mundo con su compasiva luz y hace que parezca que lo nuevo es para siempre.
En una noche como ésta…
Lea se apoyó en la barandilla y suspiró bajo la luz de la luna. ¿Habían pasado dos lunas como ésa, o solo una desde que había estado en el puente, o mareada en el cielo, o recibiendo de manos de un niño el amoroso regalo de la luz bajo la fresca penumbra? Había roto la rigidez de su antigua pauta con respecto al tiempo y aún no se había encerrado en ninguna otra. Para ella, el tiempo aún no había adquirido ningún tipo de uniformidad.
Grace regresaría al día siguiente después de someterse a una operación de apéndice y recuperaría su trabajo en el Lodge, el puesto que Lea había tenido la suerte de conseguir. Entonces este refugio poco convincente y pasajero desaparecería. Y eso significaba otro paso en la inseguridad. Lea volvería a ser libre, libre de los ruidos de la cocina y el comedor, libre para someterse a la esclavitud de una vida sin rumbo.
—Salvo que he salido un poco de la oscuridad para entrar en una zona de penumbra. Y si doy el siguiente paso con paciencia y convicción…
—Te conducirá directamente de regreso al cañón —dijo suavemente la voz risueña.
Lea se giró y lanzó un grito mudo.
—¡Oh, Karen, Karen!
—¡Cuidado! ¡Cuidado! —dijo Karen riendo y abrazó tiernamente a Lea—. ¡No tiembles! ¡Oh, Lea! ¡Me alegro tanto de volver a verte! Éste es un lugar mejor que el puente para suicidarse. —Siguió hablando mientras Lea luchaba por dominarse—. ¿Quieres que yo te empuje? Aquí debe de haber más de medio kilómetro hasta llegar abajo. Y llegarías al río… pero a un río con agua.
—Agua húmeda —dijo Lea con voz trémula, soltando a Karen y frotándose las mejillas húmedas con el brazo—. Y demasiado fría para una muerte agradable. ¡Oh, Karen! ¡Fui una tonta! Sólo porque tenía los ojos cerrados pensé que el sol se había apagado. ¡Qué estúpida! —Tragó saliva.
—Sólo en el último año —dijo Karen—. Lo cual no es demasiado malo si este año lo recordamos y no cometemos el mismo tipo de estupidez. ¿Cuándo puedes regresar conmigo?
—¿Regresar contigo? —Lea la miró fijamente—. ¿Quieres decir regresar al cañón?
—¿A dónde, si no? —preguntó Karen—. Además, no terminaste de escuchar las exposiciones…
—Pero seguramente a estas alturas…
—Todavía no —dijo Karen—. No te perdiste ninguna, La última debería estar lista en el momento en que regresemos. Verás, justamente cuando te fuiste… bueno, lo sabrás más tarde. Pero lamento mucho que te marcharas en ese momento. No llegué a alcanzarte en la colina…
—Pero las colinas siguen allí, ¿verdad? —Lea sonrió—. Las eternas colinas…
—Sí —respondió Karen con un suspiro—. Las colinas siguen allí pero ahora podría llevar a cualquiera, Bueno, no se puede evitar. ¿Cuándo puedes partir?
—Grace regresará mañana —respondió Lea—. Tuve suerte de conseguir este trabajo. Me sacó de un apuro…
—Dadas las circunstancias, es bastante bueno —coincidió Karen—. Pero no es lo más adecuado para ti.
Lea se estremeció al sentir un frío repentino en su corazón por el temor a cambiar de pautas.
—Servirá.
—Nada servirá —dijo Karen bruscamente—, si sólo es una improvisación, algo para llenar el tiempo y un movimiento a la deriva. Si no quieres ocupar el lugar al que estás destinada, podrías simplemente quedarte sentada, de brazos cruzados. De lo contrario, lo estropeas todo.
—Oh, estoy deseosa por ocupar el lugar que me ha sido asignado. Simplemente se trata de que aún me encuentro en el incómodo proceso de descubrir qué puesto ocupo y en qué categoría y, aunque no me gusta demasiado, estoy empezando a creer que pertenezco a algo y que me dirijo a otro lugar.
—Bien, tu lugar más inmediato es el cañón —dijo Karen—. Vendré a buscarte mañana por la noche. ¡Teniendo en cuenta que los miembros del Pueblo vuelan, no estás tan lejos de nosotros! ¿Y tu equipaje?
Lea lanzó una carcajada.
—Ahora tengo un cepillo de dientes y un camisón.
—¡Materialista! —Karen estiró el pulgar y tocó suavemente la mejilla de Lea—. La luz vuelve a brillar. La vela está otra vez encendida.
—Alabado sea el poder. —Las palabras brotaron de los labios de Lea aunque nadie se las había enseñado.
—La Presencia sea contigo. —Karen se elevó hasta la barandilla del porche de espaldas a la luna, y con el rostro entre las sombras. Tenía las manos plateadas por la luz de la luna y se estiró para tocar los hombros de Lea a modo de saludo.
La noche siguiente, antes de que saliera la luna, Lea se detuvo en el porche a oscuras, abrazándose a sí misma y temblando a causa de la excitación y del viento glacial que soplaba entre los pinos, en el borde del cañón. El informe banco de nubes grises se había dispersado por todo el cielo desde la puesta del sol. La salida de la luna sería algo reservado para la parte más alta del cielo, que cada vez se volvía más gris. Se puso en marcha mientras las sombras se movían, se unían y se convertían en una figura.
—Oh, Karen —dijo con un suave gemido—, tengo miedo. ¿No puedo esperar e ir en autobús? Va a llover. ¡Mira… mira! —Estiró la mano y sintió el escozor de las primeras gotas que caían.
—Karen me envió a mí. —La voz profunda y divertida hizo que Lea retrocediera contra la barandilla—. Me dijo que tenía miedo de que tu cepillo de dientes y tu camisón se hubieran confabulado. Por alguna razón tiene un calambre en los músculos que le permiten elevarse. ¿Te conformas conmigo?
—Pero… pero… —Lea se abrazó con más fuerza—. ¡Yo no puedo elevarme! ¡Tengo miedo! La última vez que Karen me trasladó, estuve a punto de morir. Por favor, déjame esperar e ir en autobús. No me llevará mucho tiempo más. Sólo una noche. Anoche, cuando Karen me lo dijo, ni siquiera lo pensé. —Apartó los ojos—. Voy a llorar —dijo con voz asfixiada—, o a decir palabrotas, y no hago con gracia ninguna de las dos cosas, así que por favor vete. Estoy demasiado asustada para irme contigo.
Sintió que él le estiraba suavemente los dedos contraídos.
—No es tan terrible —dijo en tono prosaico.
—¡Vosotros, los del Pueblo! —Lea sintió deseos de gritar—. ¿Es que no comprendéis? ¿Nunca os mostráis solidarios?
—Claro que comprendemos —respondió la voz conteniendo la risa—. Y nos mostramos solidarios cuando es necesario, pero no derramamos la solidaridad en cualquiera que tenga una inquietud. ¿Alguna vez viste a un niño que acaba de caerse? Siempre mira a su alrededor para ver si debe llorar o no. Bien, tú miraste a tu alrededor. Lo viste y no estás llorando, ¿verdad?
—¡No, caray! —Lea estuvo a punto de lanzar una carcajada—. Pero la verdad es que estoy demasiado asustada…
—Bien, por si quieres personalizar tus blasfemias, te digo que mi nombre es Deon. De cualquier manera, podemos arreglarnos. Puedo dormirte o hacer que mi escudo personal se vuelva opaco para que no veas hacia fuera… lo que ocurre es que te perderías demasiadas cosas. Después de todo, tendría que haber traído ese cacharro.
—¿Ese cacharro? —Lea se aferró a la barandilla.
—Claro, ya conoces el cacharro. No pensaban utilizarlo esta noche.
—Si crees que me sentiría mucho más segura en ese montón de chatarra… —Lea se abrazó los codos—. Seguiría teniendo miedo.
—Mira. —Deon levantó a Lea con energía—. Aproximadamente dentro de medio minuto empezará a llover. Tenemos un largo camino hasta llegar a casa. Karen te espera esta noche y le prometí que llegaríamos. Así que salgamos como sea y, si te resulta insoportable, lo intentaremos de otra forma. Está oscuro y no podrás ver…
Un relámpago cayó desde el cielo hasta la profundidad del cañón que se abría más abajo y el trueno sacudió el porche como si fuera una explosión. Lea jadeó y se aferró a Deon. Él la abrazó mientras ella ocultaba el rostro contra su hombro, y Lea sintió el rostro de él contra su pelo.
—Lo lamento —dijo, estremeciéndose—. Estoy asustada de tantas cosas…
El viento le movió la falda y se calmó. Las agitadas sacudidas de los árboles se interrumpieron y Lea sintió que la tensión disminuía. Lanzó una risita y empezó a levantar la cabeza. Deon volvió a apretarla contra su hombro.
—Tranquila —le dijo—. Ya estamos en camino.
—¡Oh! —jadeó Lea, aferrándose otra vez a él—. ¡Oh, no!
—¡Oh, sí! —dijo Deon—. No mires. De todas formas, en este momento no verías nada. Estamos entre las nubes. Pero empieza a acostumbrarte a la idea. Pronto estaremos por encima de ellas, y hoy hay luna llena. Es eso lo que debes ver.
Lea se esforzó por dominar el terror y lenta, muy lentamente, éste se desvaneció mientras ella comprendía, maravillada. «Oh pensó. —¡Oh!» Y las palabras olvidadas de Karen surgieron poco a poco en su memoria: «Cuando los ojos olvidan, los brazos recuerdan». «¡Oh, cielos!» Abrió los ojos repentinamente y volvió a cerrarlos al encontrar la brillante luna llena.
—¿No fue… tú no…? —tartamudeó mirando con los ojos entrecerrados el rostro de Deon, iluminado por la luz de la luna.
—Eso es exactamente lo que yo iba a preguntarte a ti. —Deon sonrió—. Me parece que tendría que haberte reconocido antes, pero recuerdo que la primera vez que te vi estabas cubierta de agua hasta el cuello y tenías el pelo empapado… y un mechón encima de la nariz… ¡y Karen ni siquiera me dio una pista! Pero ahora, ¡mira! ¡Mira!
Habían salido de las sombras y Lea observó el sereno montón de nubes… la maravilla inenarrable de un campo de nubes debajo de la luna. Era una belleza que no sólo alimentaba la vista sino que hacía que todos los sentidos ansiaran abarcarla y aprehenderla. Le entristeció el no ser capaz de abarcarla con los brazos y sujetarla tan fuerte que pudiera fundirse en su propio ser.
Ambos se movieron en silencio a lo largo de varios kilómetros entre la pureza de las curvas, el inefable deleite de la profundidad, la altura y las sombras cambiantes… un mundo total y completo en sí mismo, totalmente separado de la tierra que se extendía más abajo, en la oscuridad.
Finalmente, Lea susurró:
—¿Puedo tocar una? ¿Realmente podría poner las manos en una de esas nubes?
—Claro —respondió Deon—. Pero te advierto, amiga mía, que ahí fuera hace frío. Hemos alcanzado una altitud considerable para pasar por encima de la tormenta. Pero si quieres…
—¡Oh, sí! —respondió Lea, jadeando—. ¡Sería como tocar el borde del cielo!
Sin sentir siquiera el choque del frío cuando Deon abrió el escudo, Lea se estiró suavemente para tocar el costado hinchado de la nube. Esta le rodeó las manos, incorpórea, hermosa, tan intangible como la luz, tan insustancial como un sueño, y se disolvió entre sus dedos. Cuando Deon volvió a cerrar el escudo, Lea notó que jadeaba y temblaba. Se miró las manos y vio que brillaban iluminadas por la luz de la luna. Miró a Deon, girando entre sus brazos.
—Comparte mi nube —le dijo y le tocó suavemente la mejilla.
Era difícil calcular el tiempo si uno se movía por un mundo maravilloso de nubes como el que se abría debajo de ellos, pero no pasó mucho tiempo hasta que la voz de Deon vibró contra la mejilla de Lea, que seguía apoyada contra su hombro.
—Ahora vamos a descender. Prepárate para la turbulencia. Es posible que demos algunas vueltas.
Lea se movió y sonrió.
—Debo de estar durmiendo. Esto sólo es un sueño.
—¿Un sueño agradable?
—Un sueño agradable.
—¡Allá vamos! ¡Sujétate!
Lea jadeó mientras descendían en dirección a un espacio blanco. Toda la serenidad y la belleza desaparecieron cuando la luna se apagó. Ahora estaban rodeados por la oscuridad y la agitación. El viento los cogió bruscamente y los empujó entre las nubes, hacia arriba, increíblemente rápido, hacia abajo, increíblemente lejos, girando y dando vueltas, rodeados por los relámpagos, sacudidos por el destello del trueno, ensordecidos, aunque protegidos, por la miríada de voces estridentes del viento.
«¡Es la muerte! —pensó Lea, desesperada—. ¡Nada puede vivir! ¡Es la locura! ¡Es el caos!»
Entonces, en medio del aterrador tumulto, tomó conciencia del calor y el abrigo y, de una manera más personal, de la presencia de alguien, de la cercanía de la respiración y de la fuerza de los brazos de otro.
«Esto —pensó con melancolía—, debe de ser como ese amor que Karen mencionó. Allí fuera, todas las tormentas del mundo. Aquí, fortaleza, calidez y alguien más».
Una repentina corriente descendente los expulsó de la nube, haciéndolos girar y aterrizar tambaleándose en la profundidad de Cougar Canyon, hasta que por fin lograron frenar bruscamente contra un pino.
—¡Vaya! —Deon se apoyó contra el tronco y hundió los hombros—. Ahora me alegro de no haber llevado ese cacharro. Le habría desatornillado todas las piezas. ¡Qué tormenta tan violenta!
—Ya lo creo. —Lea se movió entre sus brazos—. Pero no me lo habría perdido por nada del mundo. ¡Es mejor que decir palabrotas o gritar! ¡Qué maravilloso revolcón! —Se apartó de él y miró a su alrededor.
—¿Dónde estamos? —Tocó con el pie el borde de una larga hendidura que se abrió bajo el brillante resplandor del relámpago que atravesó la superficie.
—En la colina de la escuela.
—¿En la colina? —Lea miró a su alrededor, sorprendida—. Pero aquí no hay nada.
—Así es. —Deon pateó un pequeño trozo de tierra en la oscuridad—. Nada salvo yo. Y la semana pasada a esta hora habría jurado… Oh, bueno…
—Me teníais preocupada. —Ambos saltaron, alarmados, al oír la voz que surgía inesperadamente en la oscuridad—. Pensé que tal vez os habíais caído a varios kilómetros de distancia, o que el cepillo de dientes de Lea os había obligado a avanzar más despacio. Todo el mundo está esperando. —Karen aterrizó en la superficie plana, junto a ellos.
—¿Entonces llegó? —Deon se echó hacia adelante, ansioso—. ¿Funcionó? ¿Qué fue…?
Karen se echó a reír.
—Tranquilízate, Deon. Llegó. Funciona. Los Ancianos han convocado la Reunión y todo está preparado para empezar, salvo que hay tres lugares vacíos que nos esperan. ¡Adelante!
Lea sintió que antes de que pudiera decir algo o dejar que el miedo se apoderara de ella, la levantaban en el aire y se elevaba por encima de la colina. Y las mejillas se le enrojecieron y se echó a reír, con el pelo empapado con las primeras gotas de un súbito chaparrón; aterrizaron en el porche de la escuela y dejaron que el súbito rugido de la tormenta y el aullido del viento les hiciera atravesar la puerta. Se abrieron paso entre los grupos de gente que conversaba y ocuparon sus asientos. Lea miró el rincón en el que solía sentarse… casi temerosa de verse a sí misma allí sentada, encorvada y contando con avaricia las monedas de su desdicha.
Sintió que el asombro y el deleite fluían en sus brazos y sus piernas y apenas pudo contener un mudo grito de alegría. Extendió los dedos de ambas manos, tanteando en busca de lo que pudiera haber más adelante.
«La oscuridad volverá —reconoció para sus adentros—. Esto sólo es una grieta en mi prisión… una promesa de lo que hay al otro lado de mi ser. ¡Pero… oh! ¡Qué maravilloso, qué maravilloso!» Curvó los dedos suavemente para retener un puñado de esa felicidad, y no le resultó extraño que otra mano se cerrara tibiamente sobre la suya. «Estas personas me escucharán cuando llore. Me ayudarán a encontrar mis respuestas. Me apoyarán en el larguísimo camino que debo recorrer a tientas para volver a encontrarme a mí misma. ¡Y no estoy sola! ¡Nunca más lo estaré!»
Dejó que, salvo el momento presente, todo la abandonara en un feliz y conmovido suspiro mientras susurraba con el Grupo:
—Nos hemos reunido en Su nombre.
No había nadie delante del escritorio. En medio da éste estaba el mismo aparato que había habido siempre, o uno muy parecido. Valancy, que llevaba en un brazo el tierno y algodonoso bulto de Nuestro Bebé, se inclinó y tocó la grabadora.
—Os dije que llegaría bien. —La voz parecía tan natural que Lea miró involuntariamente el frente de la sala buscando al orador ausente.
»Y, después de todo, debo decir la última palabra.
»Bien, supongo que os gustará escuchar un tema, sólo para redondear la idea, de modo que aquí está.
»Porque atravesaréis el Jordán para ocupar la tierra que el Señor nuestro Dios os dio, y la poseeréis, y habitaréis en ella…
Y Salla… Bueno, a veces, cuando yo no miro, ella me mira y luego mira a Obla. Y a veces, cuando ella no mira, yo la miro a ella y luego a Obla. Obla no tiene ojos, pero a veces, cuando no miramos, me mira a mí y luego a Salla.
A los tres nos ocurrirán cosas antes de que la Tierra aparezca junto a las portillas. Pero, ocurra lo que ocurra, la Tierra sin duda volverá a aparecer junto a las portillas… al menos para mí. Entonces realmente habré regresado al Hogar.
CULMINA CON EL RELATO JORDÁN

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