Texto aleatorio

No sé cuándo fue que descubrí que nuestra familia era distinta a las demás. No había nada que lo demostrara. Vivíamos en una casa muy parecida a las demás casas de Socorro. Nuestras tierras se extendían, igual que las demás, entre los mezquites hasta el Río Gordo, que serpenteaba alrededor de la población. Y de vez en cuando nuestra vaca mugía desde el otro lado del río al ver el toro de los Jacobs, igual que las otras vacas que pastaban en los otros terrenos. Y yo pasaba muchos días ociosos, igual que los otros chicos de Socorro, tendido de espaldas bajo la débil sombra de los mezquites, hablando de tonterías mientras el trabajo nos esperaba. Nunca se me ocurrió preguntarme si éramos diferentes.

Supongo que me di cuenta por primera vez poco después de empezar a ir a la escuela y enamorarme de la chica que llevaba la cola de caballo más larga y que tenía el espacio más grande entre los dientes delanteros de todas las chicas de la clase. Creo que ella tenía siete años y yo seis.

Mi chica y yo habíamos estado paseando detrás del cobertizo de la leña de la escuela, debajo de los álamos, donde nos sentamos a compartir el almuerzo haciendo caso omiso de la cantinela «¡Peter tiene novia! ¡Peter tiene novia!» y de los dedos acusadores que me avergonzaban por mostrar mi amor. Comimos los bocadillos y los encurtidos y luego nos tendimos de espaldas, con los brazos doblados bajo la cabeza, y parpadeamos bajo el cielo brillante mientras intentábamos evitar que las migas de los pastelillos nos cayeran en las orejas. Tenía el estómago tan lleno, estaba tan satisfecho y pletórico de amor que sentí repentinamente que tenía que hacer algo espectacular para mi amada.

Me incorporé, electrizado por una idea grandiosa y por la convicción de que podía llevarla a cabo.

—¡Oye! ¿Sabías que puedo volar? —Me puse de pie de un salto, dejando boquiabierta a mi amada.

—¡Claro que no puedes volar! ¡No seas chiflado!

—¡Te digo que puedo volar!

—¡No puedes hacerlo!

—¡Por supuesto que puedo! ¡Mírame! —Y levantando los brazos subí de un salto hasta el techo del cobertizo. Me asomé al borde y dije—: ¿Lo ves? ¡Puedo hacerlo!

—¡Se lo diré a la maestra! —jadeó ella, con los ojos desorbitados, mirándome fijamente—. Se supone que no debes trepar al cobertizo.

—Oh, vamos —le dije—. No he trepado. Ven, vuela tú también. Mira, yo te ayudaré.

Y me deslicé por el aire hasta el suelo. Rodeé a mi amada con los brazos y me elevé. Ella gritó y se apartó violentamente de mí y regresó a la escuela a toda prisa, chillando. Un poco sorprendido por su abandono, reuní los restos de mi tarta y los de la suya. Estaba cómodamente encaramado al techo del cobertizo, disfrutando de las últimas migajas, cuando llegó la maestra seguida por la mitad de los alumnos.

—¡Peter Merrill! ¿Cuántas veces te he dicho que no trepes a ningún sitio?

La observé y noté con interés que los rizos que le caían sobre las mejillas se le habían soltado a causa de la prisa y la agitación, y que uno de ellos se había estirado, formando un extraño contraste con el resto de su cola.

—¡Sujétate fuerte hasta que Stanley traiga una escalera!

—Puedo bajar —dije, poniéndome de pie—. Es fácil.

—¡Peter! —gritó la maestra—. ¡Quédate donde estás! Le obedecí, sorprendido por todo aquel jaleo.

Cuando me hicieron bajar, la maestra me llevó de un brazo hasta la escuela y yo protestaba a voz en grito ultrajado e indignado porque nadie me creía, incluso mi chica negaba obstinadamente lo que había visto con sus propios ojos. La maestra, furiosa ante mi insistencia, decía una y otra vez:

—No seas tonto, Peter. No puedes volar. Nadie puede volar. ¿Dónde tienes las alas?

—No necesito alas —protesté—. ¡Las personas no necesitan alas! ¡No soy un pájaro!

—Entonces no puedes volar. Sólo las criaturas que tienen alas pueden volar.

De modo que grité y pateé durante el resto de la mañana, y luego empecé a preocuparme pensando que la maestra le iría con el chisme a papá. Al fin y al cabo, me había metido en un territorio prohibido, al margen de cómo había llegado allí.

Resultó que ella no se lo contó a papá, pero esa noche, después de meterme en la cama, experimenté súbitamente el sentimiento de que todo había acabado en mi interior. Quizá no podía volar. Tal vez la maestra tenía razón. Bajé sigilosamente de la cama y volé con cautela hasta la parte superior de la cómoda, y volví a bajar.

Luego subí las mantas hasta mi barbilla y me dije en un susurro: «Puedo volar», y lancé un profundo suspiro. Otra cosa divertida que los adultos no permitían, lo mismo que comer tarta en el desayuno, o conducir el tractor, o pedir prestada la vaca para montarla y jugar a los indios.

Y aquello fue todo con respecto a ese incidente, salvo que cuando la maestra nos encontró a mamá y a mí en la tienda ese sábado, me revolvió el pelo y dijo:

—¿Cómo está mi pajarillo? —Rió y le dijo a mamá—: ¡Cree que puede volar!

Vi que los dedos de mamá se tensaban alrededor de su monedero; me miró y noté que la risa había desaparecido de sus ojos. Me sentí invadido por una mezcla de incredulidad, temor y horror que me hicieron sentir deseos de llorar, aunque sabía que lo que estaba sintiendo eran las emociones de mi madre y no las mías.

En general, mamá tenía una expresión risueña en los ojos. Era la madre más risueña de Socorro. Llevaba la felicidad en su interior como si fuera un ramillete de flores y regalaba parte de ella a la gente con la que se encontraba. La mayoría de las madres parecían tener la alegría apenas suficiente para su propia familia. Y sin embargo había otras ocasiones, como en la tienda, en que la risa desaparecía y quedaba al descubierto el temor… y una extraña cautela. En otros momentos me hacía pensar en un pájaro enjaulado que se apretaba contra los barrotes. Como ocurrió una noche que recuerdo vívidamente.

Mamá estaba de pie junto a la ventana, con su bata de franela larga hasta los tobillos, su larga cabellera oscura moviéndose suavemente con la brisa que entraba por las golpeteantes ventanas. Soplaba un fuerte viento a causa de una espectacular tormenta que se había desatado en el Huachucas. Yo me había despertado con la intensidad de la tormenta y estaba acurrucado en el sofá, preguntándome si estaba asustado o entusiasmado mientras la casa se sacudía con los repetidos truenos. Papá estaba sentado y tenía el periódico sobre las rodillas.

Mamá habló suavemente, pero su voz sonó con claridad por encima de la tormenta.

—¿Alguna vez te has preguntado cómo sería estar allí arriba, en medio de la tormenta, con las nubes debajo de tus pies y por encima de tu cabeza, mientras los relámpagos se entrelazan a tu alrededor como calientes ríos dorados?

Papá enderezó el periódico.

—Parece incómodo —comentó.

Pero yo me quedé sentado y me abracé a las palabras, maravillado. ¡Sabía! ¡Recordaba!

—Mientras la lluvia, como un gélido pelo plateado, te golpea el rostro levantado… —recité, como si fuera una lección de amor.

Mamá se volvió repentinamente y me miró. Papá clavó en mí sus ojos oscuros y preocupados.

—¿Cómo lo sabes? —me preguntó.

Me encogí de hombros, confundido.

—No lo sé —murmuré.

Mamá juntó las manos con fuerza y al inclinar la cabeza hizo que su pelo se balanceara hacia delante, como una cortina, cubriendo su rostro sombrío.

—Él sabe porque yo sé. Yo sé porque mi madre sabía. Ella sabía porque nuestro Pueblo solía… —Su voz se quebró—. Esas eran sus palabras…

Se interrumpió y se volvió otra vez hacia la ventana, apoyó el brazo contra el marco y ocultó su rostro en él, como una criatura llorosa.

—¡Oh, Bruce, lo siento!

Los miré con los ojos desorbitados por el asombro, intentando reprimir las lágrimas mientras luchaba contra la desolación y la pena de mamá.

Papá se acercó a ella y la cogió suavemente entre sus brazos. Me miró por encima del hombro de ella.

—Será mejor que vuelvas a la cama enseguida, Peter. Lo peor ha pasado.

Me retiré de mala gana, con la mente dominada por la confusión. Cerré la puerta y me quedé quieto escuchando.

—Nunca le dije una palabra, de veras —dijo mamá con voz temblorosa—. Oh, Bruce, lo intento con todas mis fuerzas, pero a veces… ¡Oh, a veces…!

—Lo sé, Eve. Y has hecho un trabajo fantástico. Sé que para ti es difícil pero lo hemos hablado muchas veces. Es la única manera, cariño.

—Sí —coincidió mamá—. Es la única manera, pero… ¡Oh, dame fuerzas, Bruce! ¡Bendigo al Poder por haberte traído a mi lado!

Cerré la puerta muy despacio y me acurruqué en la oscuridad, dentro de la cama, hasta que sentí que la angustia de mamá se aliviaba y se convertía en una agradable tibieza. Entonces, sin motivo alguno, volé solemnemente hasta la parte superior de la cómoda y volví, me deslicé dentro de la cama y me relajé. Y recordé. Recordé los calientes ríos de oro, las nubes que se deslizaban por arriba y por abajo y los salvajes vientos que golpeaban como olas espumosas. Pero junto con ese dulce recuerdo había una advertencia: No puedes porque sólo tienes ocho años. Sólo tienes ocho años. Tendrás que esperar.

Entonces nació Bethie, casi en el mismo momento en que cumplí los nueve años. Recuerdo que me asomaba al borde del moisés para contemplar el prodigio de sus dedos minúsculos y de su pelo como el azúcar. Bethie, mi hermanita. Bethie, de la que tanto se hablaba y a la que tanto observaban cuando mamá le permitió ir a la escuela, aunque en general la hacía quedarse en casa incluso cuando se hizo grande. Porque Bethie también era diferente.

Cuando Bethie tenía un mes, me cogí un dedo en la puerta del dormitorio. Lloré durante un cuarto de hora seguido, pero Bethie no paró de sollozar hasta que el dedo dejó de dolerme completamente.

Cuando Bethie tenía seis meses de edad, Glib, nuestro pequeño terrier, quedó cogido en una trampa para ardillas. Se arrastró aullando hasta la casa, con la trampa colgada de la pata y Bethie gritó hasta que Glib se quedó dormido encima de su pata vendada.

Bethie tenía dos años cuando papá tuvo un ataque de apendicitis aguda, pero fue a ella a quien tuvieron que darle un sedante hasta que pudimos llevar a papá al hospital.

Una noche papá y mamá se quedaron junto a Bethie mientras ella dormía intranquila bajo el efecto de los sedantes. El señor Tyree, el vecino de al lado, había estado cortando leña y se le había resbalado el hacha. Perdió el dedo gordo y aproximadamente medio litro de sangre, pero cuando el doctor Dueffse detuvo en nuestra calle, entró primero en nuestra casa y luego en la del señor Tyree, que estaba tendido con el pie vendado y apoyado en una silla, tapándose los oídos con los dedos para no oír los gritos de Bethie.

—¿Qué podemos hacer, Eve? —preguntó papá—. ¿Qué dice el médico?

—Nada. No pueden hacer nada por ella. Él tiene la esperanza de que ella lo supere. No lo entiende. No sabe que ella…

—¿Qué es lo que pasa? ¿Qué hace que sea así? —preguntó papá, desesperado.

Mamá hizo una mueca.

—Es una Sensitiva. Entre mi Pueblo, hay gente así… aunque no tan joven. Su percepción les permite ayudar a los que sufren. Pero Bethie sólo tiene la mitad del Don. No lo domina.

—¿Es por mí? —dijo papá en tono airado.

Mamá lo miró con expresión amorosa.

—Por los dos, Bruce. Fue el riesgo que corrimos. Después de Peter tentamos a la suerte.

Y así era, los dos éramos diferentes… aunque distintos en nuestra diferencia. Para mí casi todo era diversión, pero para Bethie no.

Teníamos que ser cuidadosos con Bethie. Al principio intentó ir a la escuela, pero las rodillas despellejadas, las peleas violentas, las muelas doloridas, las cabezas golpeadas y la resaca del lunes del portero la hicieron regresar a casa temblando el primer día, al borde de la histeria. De modo que Bethie aprendió a leer y a contar con mamá y se asomaba con expresión melancólica a la puerta mientras los otros chicos pasaban.

Poco después del primer día de clase de Bethie descubrí una utilidad práctica para mi diferencia. Papá me envió al cobertizo de la leña para que apilara varios kilos de mezquite que Delfino había descargado en nuestro patio trasero con su vieja furgoneta. Yo tenía una cita para explorar una vieja mina de espato de flúor con otros chicos y no me gustaba quedar excluido. Me acerqué de mala gana a la pila de leña y, con las manos metidas en los bolsillos, me puse a patear los pesados y toscos troncos. Finalmente cogí unos cuantos, jadeando a causa del peso, y luego empecé a chuparme el pulgar donde la madera me había raspado. Me puse en cuclillas y contemplé la leña mientras me chupaba el pulgar. De pronto, algo se agitó dentro de mi cerebro. Si podía volar, ¿por qué no podía hacer que volara la leña? ¡Supe que podía! Me incliné hacia delante y deslicé un dedo debajo de media docena de troncos, concentrándome en el movimiento. Se elevaron en el aire y quedaron suspendidos. Los empujé hasta el interior del cobertizo, los guie hasta donde quería colocarlos y los distribuí como si estuviera barajando cartas. No me llevó mucho tiempo calcular la carga máxima, y tuve toda la madera apilada en un tiempo maravillosamente breve.

Entré en casa silbando, en busca de mi linterna. La mina estaba oscura, y yo era el único de la pandilla que tenía linterna.

—Te dije que apilaras la madera. —Papá levantó la vista de los registros de la leche.

—Ya lo hice —dije, sonriendo irónicamente.

—Basta de tonterías —gruñó papá—. No puede ser que ya hayas terminado.

—Pero es así —dije en tono triunfante—. Descubrí una nueva forma de hacerlo. Verás… —Me interrumpí, paralizado por la mirada de mi padre.

—Aquí no necesitamos formas nuevas de hacer las cosas —dijo en tono sereno—. ¡Vuelve a la leñera hasta que tengas tiempo de apilar la leña correctamente!

—Está apilada —protesté—. ¡Y los chicos me están esperando!

—No estoy discutiendo, hijo —dijo papá, pálido—. Regresa al cobertizo.

Regresé al cobertizo, pasando junto a mamá, que había salido de la cocina y me había empezado a tender la mano.

Me senté un largo rato en el cobertizo, furioso, tercamente decidido a no salir hasta que papá me lo dijera.

Entonces me puse a pensar. Papá no solía ser tan poco razonable. Tal vez yo había hecho algo mal. Tal vez era malo apilar la madera de esa forma. Quizá… mis pensamientos se sucedieron y recordé los comentarios que había oído casualmente acerca de Bethie. Tal vez era… una locura… un disparate.

Me acurruqué mientras reflexionaba sobre todo aquello. Una locura significa no actuar como los demás. Una locura significa hacer cosas corrientes que la gente no hace. Tal vez por eso papá había armado tanto revuelo. ¡Quizá yo había hecho algún disparate! Clavé la vista en el suelo, perplejo. ¿Qué era lo diferente en nuestra familia? Por primera vez fui capaz de aislar y reconocer el sentimiento que había experimentado durante mucho tiempo… ese sentimiento de estar fuera, mirando hacia dentro… el sentimiento de individualidad. Junto con este reconocimiento sentí una especie de cautela, una necesidad de ocultación. Si algo estaba mal, nadie más debía saberlo… no debía traicionar…

Entonces mamá apareció a mi lado.

—Papá dice que ya puedes irte —dijo, sentándose en mi tronco—. Peter… —Me miró con expresión desdichada—. Papá está haciendo lo mejor. Lo único que puedo decirte es: recuerda que hagas lo que hagas, vivas donde vivas, la diferencia significa muerte. Tienes que resignarte o… o morir. Pero no te avergüences, Peter. ¡No te avergüences jamás! —Apoyó las manos sobre mis hombros y sus labios rozaron mi oreja—. ¡Sé diferente! —susurró—. Sé tan diferente como puedas. ¡Pero no permitas que nadie lo vea… no permitas que nadie lo sepa! —Volvió a subir los escalones y entró en la cocina.

Durante la adolescencia, a medida que crecía, parecía apartarme cada vez más de los chicos de mi edad. No lograba encontrar demasiado placer en lo que ellos consideraban divertido. Fue así como, cada vez con mayor frecuencia en años posteriores, seguí el consejo que mamá me había dado, sin pedirle explicaciones que, como muy bien sabía, jamás me daría. El episodio de la leña había abierto un amplio espectro de posibilidades, para no hablar de lo que tal vez era capaz de hacer, así que adopté la costumbre de bajar hasta el pie de nuestro campo de pastoreo. Allí, protegido por los arbustos y la maleza, intentaba todo tipo de experimentos, sin saber si funcionarían o no. Me esforzaba enormemente con algunos que no funcionaban… y con algunos que daban resultados.

Descubrí que podía chascar los dedos y acercar las cosas hasta donde yo estaba, o enviarlas a unos metros de distancia sin molestarme en tocarlas, como había hecho con la leña. Me encaramaba con regularidad a las copas de los álamos y me zambullía con éxtasis hasta el suelo cautelosamente, hasta que una vez me extasié demasiado y aterricé dándome un golpe en la nariz y en la barbilla. Con una concentración que me producía un fuerte dolor de cabeza y me dejaba mareado, incluso podía encender una pequeña fogata. Después me llenaba de ampollas y me chamuscaba cruelmente las dos manos cogiendo confiadamente el fuego chisporroteante.

Supongo que entonces dejé de preocuparme por comprobar si alguien estaba mirándome, porque empezaron a correr algunos comentarios desagradables. Bub Jacobs iba diciendo que yo «hacía cosas» a solas entre los arbustos. Su sonrisa maliciosa convirtió la expresión «hacer cosas» en cualquier perversión espantosa que pudiera evocar la imaginación del que escuchaba, y el «a solas» me condenó en el acto. La diferencia significa muerte… y una muerte nunca es suficiente. Hay que morir y morir y morir.

Un día, finalmente, sorprendí a Bub atravesando nuestro bosquecillo. Me vio llegar y buscó un árbol alto, consciente de lo que le ocurriría si lo cogía. Empecé a correr tras él pero me detuve repentinamente. ¿Para qué esforzarme? Si podía hacerlo con la leña, también podía hacerlo con un estúpido como Bub.

De pronto, antes de que él se desmayara, sentí su terror, y un eco de su grito se elevó hasta mi garganta. Caí al suelo, mareado por la repentina comprensión, sabiendo, gracias a algo que iba más allá de la experiencia corriente, que había hecho algo terriblemente malo, que había prostituido los poderes que poseía utilizándolos para aterrorizar de una forma injusta.

Me arrodillé y miré a Bub, encogido en el aire, más arriba de mi cabeza, lejos de mi alcance, y tragué saliva angustiado al darme cuenta de que no tenía la menor idea de cómo hacerlo bajar. No era un trozo de madera al que podía dejar caer contra el suelo. Él no era yo, y no podía zambullirse en el aire. Yo no tenía la más remota idea de cómo hacer para que un ser humano bajara de allí.

Un poco mareado me deslicé hasta un rayo de sol que se filtraba entre las ramas de los álamos, por encima de mi cabeza, y lo sentí deslizarse entre mis dedos como algo que debía ser levantado… y retorcido… y modelado y utilizado. ¡Utilizado con Bub! ¿Pero cómo? ¿Cómo?

Cerré el puño en el haz de luz y mi mente golpeó contra otra puerta que sólo necesitaba una palabra, una mirada o un gesto para abrirse, pero no pude pronunciarla, ni mirarla, ni utilizar ese gesto.

Me puse de pie y respiré profundamente. Salté y golpeé los talones de Bub, que colgaban en el aire. Fallé. Volví a saltar y la punta de uno de mis dedos rozó su talón, y él se movió lentamente en el aire. Entonces deslicé el dorso de mi mano por mi frente empapada de sudor y me eché a reír… me reí de mi propia estupidez.

Con suma cautela, porque no había revoloteado demasiado y en general me había limitado a subir y bajar, me coloqué a la misma altura que Bub. Lo cogí y lo empujé hacia abajo. No se movió.

Tiré de él hacia arriba y se elevó conmigo. Me alejé lenta y deliberadamente de él y reflexioné. Me coloqué del otro lado y lo empujé hacia las ramas del álamo. Él empezaba a mover la cabeza y los labios, recuperando la conciencia. Se meció en el aire como un tocón empapado, pero cuando se movió lo sujeté cuidadosamente a una enorme rama de la parte más alta del árbol, inmovilizando sus brazos y sus piernas lo mejor que pude. Cuando abrió los ojos y manoteó desesperadamente en busca de apoyo, yo estaba al pie del árbol, gritándole.

—¡Sujétate, Bub! ¡Iré a buscar a alguien que te ayude a bajar!

De modo que durante la semana siguiente la gente se olvidó de mí y Bub se retorcía cada vez que le decían: «¡Siempre te vas por las ramas, tío!», o «¿Cómo está el tiempo por ahí arriba?», o «¡Consíguete una escalera, Bub, consíguete una escalera!».

A pesar de esas preocupaciones, para mí casi todo era diversión. ¿Por qué no podía ser igual para Bethie? ¿Por qué no podía darle parte de mi diversión y tomar una parte de su sufrimiento?

Entonces papá murió, nuestro Río Gordo le arrebató la vida mientras él intentaba rescatar a un estúpido habitante del norte que había acampado en las arenas secas y blancas del lecho del río en una época de chaparrones. En cierto modo, parecía imposible pensar que mamá estaba sola. Siempre habían estado mamá y papá. No sólo eran dos padres, sino mamá-y-papá, una sola entidad. Y ahora nuestros pensamientos cojeaban al decir mamá-y, mamá-y. Y mamá… bueno, la mitad de su ser había desaparecido.

Después del funeral, mamá, Bethie y yo nos sentamos en la habitación principal, con la vista clavada en el suelo. Bethie apretaba los dientes por el penetrante dolor que sentía cuando mamá se clavaba las uñas en las palmas de las manos.

Abrí suavemente sus manos cerradas y Bethie se relajó.

—Mamá —dije en tono quedo—. Yo me ocuparé de los tres. Tengo mi trabajo de media jornada en la planta. No te preocupes. Yo cuidaré de los tres.

Sabía que lo que le estaba ofreciendo era algo insignificante comparado con su angustia, pero tenía que hacer algo para llegar a ella.

—Gracias, Peter —dijo mamá, incorporándose un poco—. Sé que lo harás… —Inclinó la cabeza y se llevó las manos hasta los ojos, con contenida desesperación—. ¡Oh, Peter, Peter! ¡Me he adaptado lo suficiente a este mundo para considerar la muerte como algo desesperante y desolador, en lugar de una dulce llamada, que es lo que es! ¡Ayúdame, ayúdame! —Respiró con dificultad y estiró una mano buscando la mía.

—Si puedo lo haré, madre —dije, tomando una de sus manos mientras Bethie tomaba la otra.

—Entonces ayúdame a recordar. Recuerda conmigo.

Y detrás de mis ojos cerrados surgió el recuerdo. El vuelo libre a través de una noche estrellada, el vuelo de un millar de personas felices como pájaros en el aire, corriendo para ver la aurora… la aurora del Festival. Podía oler las flores que lucían las mujeres y sentir la serena exultación que llegaba con la aurora del Festival. Entonces el líder hizo sonar las magníficas notas iniciales de la canción del Festival mientras vislumbraba por primera vez el sol que se elevaba por encima de las colinas densamente cubiertas de árboles. Miles de voces empezaron a cantar la canción. Miles de manos se elevaron haciendo la Señal…

Abrí los ojos y vi mis propios dedos levantados haciendo una señal que no conocía. Mi garganta se estremeció al emitir una nota que jamás había entonado. Respiré profundamente y observé a Bethie. Ella me miró a los ojos y sacudió la cabeza con tristeza. No había visto. Mamá se quedó sentada sin decir nada, con los ojos cerrados, el rostro despejado y sereno.

—¿Qué era, mamá? —susurré.

—El Festival —dijo en tono quedo—. Para todos aquellos que habían recibido la Llamada durante ese año. Por vuestro padre, Peter y Bethie. Lo recordamos por vuestro padre.

—¿Y dónde fue? —pregunté—. ¿En qué lugar del mundo…?

—No de este mundo. —Mamá parpadeó—. No tiene importancia, Peter. Vosotros sois de este mundo. No hay otro para vosotros.

—Mamá —la voz de Bethie era un murmullo vacilante—, ¿qué significa «recordar»?

Mamá la miró y sus ojos quedaron arrasados por las lágrimas.

—¡Oh, Bethie, Bethie, todas las cargas y ninguna de las bendiciones! Lo siento, Bethie, lo siento. —Y salió corriendo a toda prisa hacia su habitación.

Bethie se quedó a mi lado mientras contemplábamos a mamá.

—Peter —murmuró—, ¿qué quiso decir mamá con eso de «ninguna de las bendiciones»?

—No lo sé —le respondí.

—Apuesto a que es porque no puedo volar, como tú.

—¡Volar! —La miré con sorpresa—. ¿Cómo lo sabes?

—Sé muchas cosas —musitó—. Pero, sobre todo, sé que somos diferentes. El resto de la gente no es como nosotros. Peter, ¿qué es lo que nos hace diferentes?

—¿Mamá? —dije en voz baja—. ¿Mamá?

—Supongo —respondió Bethie—. ¿Pero cómo es eso?

Guardamos silencio y luego Bethie fue hasta la ventana, y el sol del atardecer rodeó con un halo de fuego su pelo rubio.

—Yo también puedo hacer cosas —susurró—. Mira.

Estiró la mano y cogió un puñado de sol, el mismo tipo de haz dorado que había fluido con tanta intensidad entre mis dedos bajo los álamos, mientras Bub estaba suspendido por encima de mi cabeza. Con dedos rápidos moldeó el sol en un intrincado y brillante dibujo.

—¿Pero no sirve para nada —dijo—, salvo para hacer algo bonito?

—Lo sé —le respondí, al ver mi respuesta para hacer bajar a Bub—. Lo sé, Bethie. —Y cogí el dibujo de sus manos. Éste se retorció entre mis dedos y fluyó en la oscuridad.

Los años que siguieron fueron años en los que no hubo grandes acontecimientos. Terminé la escuela secundaria, pero no me planteé asistir a la Facultad. Fui a trabajar a la planta que proporcionaba trabajo a la mayor parte de los trabajadores de Socorro.

Mamá se hizo bastante conocida como partera, una profesión muy necesaria en una comunidad que literalmente cumplía el mandato de repoblar la tierra y que se encontraba a más de cien kilómetros de un hospital, al margen de qué dirección tomaras al llegar a la autopista.

Bethie ya era adolescente y con la ayuda de mamá estaba aprendiendo a dominar sus reacciones visibles ante el dolor de los demás, pero yo sabía que seguía sufriendo tanto como cuando era pequeña, o más. Pero ahora podía ir a la escuela la mayor parte del tiempo y se había convertido en una jovencita bastante popular a pesar de su carácter tranquilo.

Así que, en general, llevábamos una vida bastante confortable y bastante corriente salvo… bueno, yo siempre me sentía como si estuviera esperando que ocurriera algo, o que llegara algo. Y seguramente Bethie también, porque siempre escuchaba y estaba atenta… sobre todo después de un ataque especialmente fuerte. Y mamá también. Algunas noches nos sentábamos en el porche, y ella dejaba de mecerse, inclinaba la cabeza y escuchaba con atención. Pero cuando le preguntábamos qué escuchaba, suspiraba y decía: «Nada. La noche, simplemente». Y volvía a balancear su mecedora.

Por supuesto, yo seguía dando rienda suelta a mis diferencias. No al fuego blanco del posible descubrimiento que se había encendido cuando empecé, sino más bien a la posibilidad de avivar una pequeña llama sólo porque era «algo bonito». Ahora, durante mis «vacaciones», me iba mucho más lejos, pero Bethie me acompañaba. Le encantaban nuestras excursiones, sobre todo cuando descubrí que podía llevarla conmigo cuando volaba, y sobre todo cuando los dos descubrimos —gracias a un accidente que nos paralizó el corazón— que aunque ella no podía elevarse podía descender por su cuenta. Después de eso, su mayor placer consistía en que yo la elevara lo más alto posible y luego bajaba, a veces tomándose una hora para hacerlo, y a menudo entretejiendo a su alrededor el intrincado esplendor de sus dibujos con la luz del sol.

Un día rojizo y susurrante de octubre, nuestro mundo quedó destruido… una vez más. Hablamos y reímos en la mesa del desayuno, bromeando con Bethie acerca de su cita de la noche anterior. Sus mejillas, por lo general pálidas, estaban sonrosadas y la risa y la luminosidad del estremecimiento del otoño hacía que todo pareciera fantástico.

Pero entre un chiste y otro, la alegría abandonó el rostro de Bethie y sus labios se torcieron en una expresión de dolor.

—¡Mamá! —susurró y enseguida se relajó.

—¿Ya? —preguntó mamá, poniéndose de pie mientras daba el último trago de café y yo iba a buscar su abrigo—. Tenía la corazonada de que hoy sería el día. Reena sería capaz de conducir ese jeep por Peppersauce Canyon aunque estuviera fuera de cuentas.

La ayudé a ponerse el abrigo y la abracé.

—Que Dios te bendiga, mamá —le dije—. ¿Cuándo vas a retirarte y dejar que otra persona reciba a los bebés?

—Cuando tenga alguno propio —dijo en tono de broma, pero percibí su tristeza—. Además, a éste le pondrá Peter… o Bethie, según el caso. —Cogió su pequeña bolsa negra y miró a Bethie—. ¿No hay más?

Bethie sonrió.

—No —susurró.

—Entonces tenemos mucho tiempo. Peter, será mejor que te lleves a Bethie de vacaciones. Reena se toma su tiempo y el hecho de estar justo enfrente hace las cosas difíciles para Bethie.

—De acuerdo, mamá —dije—. De todas formas hemos planificado unas vacaciones, pero esperamos que en esa ocasión vengas con nosotros.

Mamá me miró, vaciló y se volvió.

—Yo… alguna vez podría.

—¡Mamá! ¿De veras? —Era la primera vez que mamá vacilaba cuando se lo pedíamos.

—Bueno, me lo habéis pedido muchas veces, y he estado pensando. Pensando si es justo negar nuestro origen. Después de todo, no tiene nada de malo pertenecer al Pueblo.

—¿Qué pueblo, mamá? —insistí—. ¿De dónde eres? ¿Por qué podemos…?

—En otro momento, hijo —respondió mamá—. Tal vez muy pronto. En los últimos meses he empezado a sentir… sí, no os haría daño saber aunque con ello no lograrais nada; y tal vez muy pronto ocurra algo, y tendréis que saber. Pero no —se regañó mientras nos abrazábamos a ella—. Ahora no hay tiempo. Reena podría cogernos desprevenidos y parir antes de que yo llegue a su casa. Ahora, chicos, en marcha.

Volvimos la vista mientras la furgoneta cruzaba la carretera rugiendo y se alejaba en dirección a Mendigo’s Peak. Mamá respondió a nuestro saludo y entró en el patio de casa de Reena donde, a pesar de ser padre por sexta vez, Dalt corría como un cachorro ansioso desde el porche hasta donde estaba mamá, una y otra vez.

Para nosotros fue un día perfecto. Yo sentí la relajación que me proporcionaba el vuelo, Bethie se deleitó manteniéndose suspendida en el aire y sentimos la gloria escarchada del cielo totalmente azul, los matices rojizos y dorados de la hierba que se extendía más abajo, desde el pico azul y dorado, salpicado de nieve.

A la hora del almuerzo nos recostamos bajo el agradable calor de nuestro rincón preferido del cañón que recibía el sol y estaba protegido del viento. Después de comer jugamos a nuestro juego favorito: Recordar. Comenzaba cuando despejaba mi mente hasta un punto en que quedaba tan quieta como una laguna escondida, tan sensible como sus aguas a cualquier dibujo que la más ligera brisa podía trazar sobre su superficie.

Entonces aparecían los recuerdos… recuerdos extraños que no pertenecían a la Tierra y que eran como los que mamá y yo habíamos evocado después de la muerte de papá. Bethie no podía recordar conmigo, pero parecía captar los recuerdos casi antes de que las palabras pudieran formarse en mi boca.

De modo que durante aquellas encantadoras «vacaciones» volvimos a evocar nuestro recuerdo preferido. Caminábamos por las aguas oscuras y brillantes de un lago de montaña, torciendo los dedos en el frío líquido, disfrutando de la inclinación y el movimiento de las olas que pasaban por nuestros pies, sintiendo a nuestro alrededor una entrañable familiaridad más poderosa que cualquier vínculo terrestre que hubiéramos formado.

Antes de que nos diéramos cuenta, la tarde había pasado y nos estremecimos con el frío repentino mientras el sol se ponía en el oeste, cerca de los picos de Huachucas. Recogimos los restos del picnic en la cesta y me volví hacia Bethie para levantarla y llevarla de regreso a la furgoneta.

En su rostro se dibujaba su suave y secreta sonrisa.

—Mira, Peter —murmuró.

Y haciendo revolotear los dedos por encima de su cabeza, sacudió una nube de copos de nieve, copos gigantes y arremolinados que se pegaron a su pelo claro y se fundieron, resplandecientes, sobre sus mejillas cálidas y su sonrisa traviesa.

—¡Invierno prematuro, Peter! —dijo.

—¡Invierno prematuro, compañera! —grité y la levanté haciéndola salir del cañón y quitándole los cantos rodados que llevaba y así poder avanzar más deprisa—. ¡En ese caso camina, jovencita!

Pero casi me venció en la carrera hasta el coche. Teniendo en cuenta que no sabía volar, estaba aprendiendo a correr con notable rapidez.

La noche había caído antes de que llegáramos a la autopista. Vimos los faros de los coches que pasaban y que rara vez aminoraban la marcha para entrar en Socorro. «Esto era Socorro, ¿verdad?», era todo lo que comentaban los que pasaban por allí.

Habíamos superado la última elevación antes de entrar en la autopista cuando Bethie lanzó un grito. Casi perdí el dominio del coche en el camino lleno de baches. Ella volvió a gritar; fue un grito delirante y angustiado, y se encogió.

—¡Bethie! —exclamé, intentando hacerla reaccionar—. ¿Qué ocurre? ¿Qué es? ¿Adónde puedo llevarte?

Pero enseguida lanzó un tercer grito y se deslizó fláccidamente hasta el suelo. Quedé aterrorizado. Hacía años que ella no reaccionaba así. Nunca se había desmayado como en esa ocasión. ¿Podía ser que Reena aún no hubiera dado a luz a su bebé? Que sintiera tanto dolor… Cuando la señora Allbeg había muerto durante el parto… ni siquiera entonces Bethie había… La levanté hasta el asiento y conduje como un loco en dirección a casa, rogando que mamá estuviera…

Entonces lo vi. Delante de nuestra casa. El enorme coche atravesado en la calle. Un grupo de personas arrodilladas en el pavimento.

Lo que supe a continuación fue que yo también estaba arrodillado junto al doctor Dueff, apretando el borde de la manta que cubría misericordiosamente a mamá desde los pies hasta la barbilla. Levanté una mano temblorosa hasta el oscuro hilillo de sangre que resbalaba tortuosamente desde su frente.

—Mamá —susurré—. ¡Mamá!

Parpadeó y me miró sin verme.

—Peter. —Apenas pude oírla—. Peter, ¿dónde está Bethie?

—Se desmayó. Está en el coche —dije tartamudeando—. ¡Oh, mamá!

—Dile al médico que vaya a ver a Bethie.

—¡Pero mamá! —protesté—. Tú…

—Aún no he recibido el Llamado. Ve a buscar a Bethie.

Bethie y yo nos arrodillamos junto a su cama. El médico se había ido. No tenía sentido trasladar a mamá a un hospital. El solo hecho de llevarla al interior de la casa había hecho que un oscuro hilillo empezara a manar de la comisura de sus labios, todos los vecinos se habían marchado, salvo la abuela Reuther, que siempre iba a los hogares con problemas y había plegado las manos de los muertos de Socorro desde la fundación de la ciudad. En ese momento estaba sentada en la habitación delantera de nuestra casa, sujetando su gastada Biblia entre las manos, después de todos esos años de no necesitar mirar los fragmentos de consuelo y alivio.

El médico había aliviado el dolor de mamá y le había sugerido a Bethie que tomara algo para dormir, sin saber cuánto duraría el efecto, pero Bethie no quiso tomarlo.

De pronto, mamá abrió los ojos.

—Me casé con vuestro padre —dijo claramente, como si continuara una conversación—. Nos amábamos, y estaban todos muertos… todo mi Pueblo. Por supuesto, fue lo primero que le dije, y ¡oh, Peter! ¡Me creyó! Después de todo ese tiempo de tener que ocultar cada palabra y cada movimiento, tenía alguien con quien hablar… alguien que me creía. Le conté todo acerca del Pueblo y me elevé, y luego hice que el coche se elevara y lo hice girar en el aire, por encima de la autopista… sólo por diversión. A él le gustó mucho, pero se quedó pensativo y más tarde me dijo: «Ya ves, cariño, tu mundo y el mío tomaron rumbos distintos en aquel momento. Nosotros nos entregamos a los artilugios. Vosotros os entregasteis al Poder».

Sus ojos se iluminaron con una sonrisa.

—Él se daba cuenta si yo sentía nostalgia del Hogar.

Una vez me dijo: «¿Sientes nostalgia, cariño? Yo también. De lo que podía haber sido este mundo. O tal vez, Dios quiera, de lo que será».

»Vuestro padre era la mitad de mi ser. —Cerró los ojos y en el silencio su respiración se convirtió en un sonido áspero y laborioso. Bethie se encogió con las dos manos apretadas contra su pecho y el rostro completamente blanco.

»Hablamos del tema una y otra vez —dijo mamá, llorando—. Pero tuvimos que decidir lo que decidimos. Pensábamos que yo era el último miembro del Pueblo. Tenía que olvidar el Hogar y pertenecer a la Tierra. Vosotros también teníais que pertenecer a la Tierra, aunque… por eso él era tan severo contigo, Peter. Por eso no quería que experimentaras. Temía que alertaras al resto de la gente si revelabas… —Se detuvo, jadeante—. La diferencia significa muerte —susurró y respiró con dificultad durante un instante—. Yo conocí el Hogar. —Su voz estaba cargada de pesar—. Recuerdo el Hogar. No sólo porque mi Pueblo lo recordaba, sino porque lo vi. Nací en él. Ahora ha desaparecido. Para siempre. Ya no hay Hogar. Sólo una franja de polvo entre las estrellas. —Su rostro se torció a causa de la pena y Bethie se hizo eco de su dolor.

Entonces el rostro de mamá se despejó y abrió los ojos. Se incorporó a medias en la cama.

—Vosotros también tenéis el Hogar. Tú y Bethie. Siempre lo tendréis. Y vuestros hijos. ¿Recuerdas, Peter? ¿Recuerdas?

Entonces ladeó la cabeza con expresión atenta y lanzó un sollozo risueño.

—¡Oh, Peter! ¡Oh, Bethie! ¿Lo habéis oído? ¡He recibido la Llamada! ¡He sido llamada! —Levantó la mano haciendo la Señal y sus labios se movieron suavemente.

—¡Mamá! —grité, atemorizado—. ¿Qué quieres decir? Recuéstate. ¡Por favor, recuéstate! —La empujé contra las almohadas.

—He recibido la Llamada para acudir ante la Presencia. Mis años han acabado. Mis días han llegado a su fin.

—Pero mamá —lloriqueé como un niño—, ¿qué haremos sin ti?

—¡Escucha! —susurró mamá enseguida, poniendo una mano sobre mi pelo—. Vosotros debéis encontrar a los demás. Debéis seguir adelante. Ellos pueden ayudar a Bethie. Pueden ayudarte a ti, Peter. Mientras estéis separados de ellos, no estaréis completos. Los he oído llamarme durante este último año, y ahora que acudiré ante la Presencia puedo oírlos más claramente. —Hizo una pausa y contuvo el aliento—. Hay un cañón… al norte. La nave se estrelló allí después de que nuestra vida se deslizara… Mira, Peter, dame la mano. —Se estiró hacia mí y cogí su mano entre las mías.

Entonces vi que la mitad del Estado se extendía a mis pies como un mapa gigantesco. Vi los pliegues arrugados de las montañas, la extensión engañosamente llana del desierto que se elevaba hasta las laderas escarpadas. Vi el borrón del bosque que cubría las colinas y la angulosa línea retorcida del estrecho camino que se abría entre los desfiladeros. Entonces sentí una aguda y agradable punzada, como la que se siente al ver el Hogar después de haber estado lejos durante mucho tiempo.

—¡Mira! —susurró mamá mientras el panorama se desvanecía—. Me gustaría haberlo sabido antes. Ha sido muy solitario… Pero tú, Peter… —dijo con fuerza—. Tú y Bethie debéis acudir a ellos.

—¿Por qué debemos hacerlo, mamá? —grité, desesperado—. ¿Qué son ellos para nosotros, o nosotros para ellos, para que debamos abandonar Socorro e ir a vivir con desconocidos?

Mamá volvió a incorporarse y me miró fijamente a los ojos. Vaciló, y Bethie se acomodó detrás de ella, sujetándole la espalda.

—No son desconocidos —dijo con claridad y lentamente—. Son el Pueblo. Compartimos la nave con ellos durante el Cruce. Estaban con nosotros cuando nos encontrábamos en medio de la nada y sólo nos dábamos cuenta de que nos movíamos porque las estrellas se apagaban a nuestras espaldas y delante se abría la claridad. Ellos, junto con nosotros, contemplaron las estrellas brillantes y congeladas en la negrura, preguntándose si en alguna de ellas nos darían la bienvenida. Estáis hechos de la misma pasta que ellos. Aunque vuestro padre no pertenecía al Pueblo.

Su voz se apagó y su rostro se transformó. Bethie se levantó y la recostó suavemente. Mamá la cogió de las manos y suspiró.

—Es un acto solitario —susurró—. Nadie puede ir con vosotros. Aunque ellos os estén esperando, es solitario.

En el silencio que se produjo a continuación oímos que la abuela Reuther se mecía lentamente en la otra habitación. Bethie se sentó en el suelo, a mi lado; tenía las mejillas sonrosadas y los ojos desorbitados por un extraño y siniestro temor.

—Peter, no fue doloroso. No fue nada doloroso. ¡Fue reparador!

Pero no nos fuimos. ¿Cómo podía dejar mi trabajo y nuestro hogar para ir… a dónde? ¿A buscar… a quién? ¿Por qué? Supongo que yo era el principal obstáculo, pero no podía creer realmente lo que mamá nos había dicho. Después de todo, no había dicho nada concreto. Tal vez estábamos encontrando un significado donde no existía. Bethie volvía una y otra vez al acertijo de mamá y a lo que ella había querido decir, pero no nos fuimos.

Y Bethie se puso cada vez más pálida, cada vez más delgada, y casi un año después llegué a casa y la encontré convertida en una pelota imposiblemente rígida, tendida sobre la cama, con los ojos fuertemente cerrados, respirando con dificultad y lanzando gemidos agudos.

Estuve a punto de volverme loco hasta que por fin logré hacerla reaccionar y aflojarse lo suficiente para cogerle una de las manos. Finalmente abrió sus ojos apagados y me miró sin expresión.

—Como un dique, Peter —jadeó—. Todo entra aquí. Debería… nací para… —Le sequé el sudor frío de la frente—. Pero se acumula y se acumula. Se supone que debe ir a parar a algún sitio. ¡Se supone que yo debería hacer algo! ¡Peter, Peter, Peter! —Se retorció y hundió su rostro retorcido en la almohada.

—¿Qué es, Bethie? —le pregunté, haciendo que volviera el rostro en dirección a mí—. ¿Qué es?

—La pata de Glib, y el costado de papá, y el dedo del señor Tyree… —Y su voz se apagó tras la letanía de años de sufrimiento.

—Iré a buscar al doctor Dueff —dije, impotente.

—No. —Apartó el rostro—. ¿Por qué hacer que el dique sea más caudaloso? Dejemos que se rompa. ¡Y pronto, pronto!

—Bethie, no hables así —dije, sintiendo en mi interior la terrible soledad que sólo Bethie podría rechazar ahora que mamá no estaba—. Encontraremos algo… alguna manera…

—Mamá podría ayudarme —dijo, jadeando—. Un poco. Pero ya no está. ¡Y ahora también percibo el sufrimiento mental! Reena tiene miedo de estar enferma de cáncer. ¡Oh, Peter, Peter! —Su voz se convirtió en un susurro—. ¡Déjame morir! ¡Ayúdame a morir!

Ambos quedamos mudos y conmocionados por sus palabras. ¿Ayudarla a morir? Me acerqué a ella. ¿Acudir ante la Presencia con el peso de una vida inconclusa a nuestras espaldas? Porque si ella se iba, yo también.

Entonces abrí los ojos repentinamente y miré a Bethie con atención. ¿Qué Presencia? ¿Qué ética y qué tradición hablaban dentro de mi mente?

De modo que tuve que tomar una decisión. Convencí a Bethie para que tomara un sedante y permanecí a su lado incluso cuando se quedó dormida. Y mientras estaba allí, todos los años pasados desfilaron ante mi mente. Y lo que seguramente había sido para Bethie durante todo ese tiempo sin que yo me diera cuenta.

Poco antes del amanecer la desperté. Hicimos las maletas y nos marchamos. En la mesa de la cocina le dejé al doctor Dueff una nota en la que le decía simplemente que íbamos a buscar ayuda para Bethie, y que por favor le pidiera a Reena que vigilara la casa. Y le daba las gracias.

Reduje la marcha al llegar al cruce y apreté los frenos.

—Muy bien —dije, desesperado—. Esta vez tú decides qué dirección tomamos. ¿O lo echamos a cara y cruz? Cara, vamos hacia arriba; cruz, vamos hacia abajo. No sé a dónde ir, Bethie. Yo sólo tuve esa única visión que mamá me dio de este país. Hay un millón de cañones y un millón de caminos secundarios. Fuimos unos estúpidos al abandonar Socorro. Después de todo, no tenemos nada para seguir adelante, salvo lo que nos dijo mamá. Y tal vez sólo era un delirio.

—No —murmuró Bethie—. No puede ser. Tiene que ser real.

—Pero, Bethie —dije, apoyando mi cabeza cansada sobre el volante—, sabes cuánto deseo que sea verdad, no sólo por ti sino también por mí. Pero mira, ¿qué tenemos para creer que mamá tenía razón? En primer lugar, que un viaje espacial es posible… fue posible hace casi cincuenta años. En segundo lugar, que mamá y su Pueblo llegaron aquí desde otro planeta. En tercer lugar, que, hablando claramente, nosotros somos mestizos, una mezcla entre la Tierra y sabe Dios qué mundo. En cuarto lugar, que existe una posibilidad, una en diez millones, de encontrar al otro Pueblo que llegó al mismo tiempo que mamá, suponiendo que alguno de ellos hubiera sobrevivido al Cruce.

»Bueno, cualquiera de esas premisas nos estigmatizaría como chalados a los ojos de cualquier persona normal. No, estamos construyendo algo demasiado grande sobre un sueño y una esperanza. Volvamos, Bethie. Tenemos el dinero apenas suficiente para comprar la gasolina necesaria para seguir. Renunciemos.

—¿Y regresar a qué? —preguntó Bethie, con expresión de dolor—. No, Peter. Mira.

Levanté la vista mientras ella me ofrecía uno de sus dibujos hechos con la luz del sol, un puñado de brillo que se retorció brevemente entre mis dedos antes de parpadear y apagarse.

—¿Es eso la Tierra? —preguntó, en tono quedo—. ¿Cuántos de nuestros amigos pueden volar? ¿Cuántos… —vaciló—, cuántos pueden Recordar?

—¡Recordar! —repetí lentamente y golpeé el volante con el puño—. ¡Oh, Bethie, qué estúpido… ¡Otra vez se repite la historia de Bub!

Hice arrancar la furgoneta dándole una patada y giré en el primer sendero desierto y desdibujado que se abría al otro lado del cruce. Abandoné incluso esa sugerencia de sendero y avancé a través del desierto, hacia un grupo de quiebrahachas y mezquites que formaba un aluvión de arena contra el pie de las colinas. Mientras el sol se ponía al oeste haciendo que la sombra se entretejiera con el ralo follaje, acampamos.

Me tendí de espaldas sobre la arena y miré con atención el arco del cielo del desierto. Los árboles evocaban una imagen típica de calor y frío, calor bajo el sol, frío a la sombra, mientras dejaba que mi mente se despejara y la suave respiración de Bethie, que estaba sentada a mi lado, me enviaba una ondulación brillante.

Y recordé. Pero sólo a mamá-y-papá y la pequeña fogata que había encendido, y Glib con la trampa en la pata y a Bethie encogida encima de la cama, con las rodillas contra el rostro, y el débil sonido sollozante de su dificultosa respiración.

Contemplé el cielo y parpadeé. Tenía que Recordar. Tenía que hacerlo. Cerré los ojos y me concentré hasta quedar exhausto. No logré nada, ni siquiera la insinuación de un recuerdo. Desesperado, me relajé dejando mi cuerpo fláccido contra la arena fría. Y de repente, unos insólitos mecanismos se activaron y se deslizaron en mi mente y aparecí, en la misma posición en la que me encontraba, revoloteando sobre el mapa de tamaño natural.

Localicé Socorro lenta y dolorosamente y luego el hilo delgado que señalaba Río Gordo. Lo seguí, lo perdí y volví a seguirlo, apretando con fuerza el dedo de mi atención. Entonces localicé el Valle de Vulcan Springs y rastreé su enorme extensión hacia lo más alto del desierto, las montañas de Sierra Cobreña. Me produjo una extraña sensación mirar el bosquecillo infinitesimal que debía de ser el sitio en el que me encontraba ahora. Medí en palmos nuestro campamento, intentando localizar el lugar. Nada. Probé más hacia el norte, y al este, y otra vez al norte. Respiré y solté el aire entrecortadamente. Allí estaba. La punzada de la nostalgia. La llamada de la familiaridad.

Le leí el mapa a Bethie. El deslizamiento de una montaña que se elevaba, desnuda, más allá del bosque, y los enormes vertederos al otro lado de las montañas. La ocasional espiral de humo que surgía de lo que debía de ser una población maderera, formando los lados de un delgado triángulo. En alguna parte de esta zona se encontraba aquel lugar.

Abrí los ojos y vi que Bethie estaba llorando.

—¡Vaya, Bethie! —dije—. ¿Qué ocurre? ¿No estás contenta?

Bethie intentó sonreír, pero le temblaron los labios. Ocultó el rostro en el pliegue de su codo y susurró:

—¡Yo también vi! ¡Oh, Peter, esta vez también yo vi!

Abandonamos el mapa y bajo la luz del atardecer intentamos traducir nuestros recuerdos. En la medida en que pudiéramos vislumbrarlo, debíamos encaminarnos hacia un lugar apartado de la autopista, llamado Kerry Canyon. Evidentemente, era el único lugar habitado que se encontraba cerca de la enorme montaña pelada. Miré el pequeño punto negro que indicaba la carretera local y me pregunté si acabaría siendo el punto final para nuestras esperanzas, o el punto de partida de una nueva vida para los dos. La vida y la salud para Bethie, y para mí… En un repentino espasmo de emoción arrugué el mapa con la mano. Sentí que en toda mi vida jamás había conocido a nadie, salvo a mamá, a papá y a Bethie. Que era un fantasma caminando por el mundo. ¡Si al menos conociera una sola persona que sintiera como nosotros! ¡Sólo para saber que Bethie y yo no éramos los únicos que teníamos ese legado extraterrenal!

Alisé el mapa y volví a doblarlo. Había caído la noche y el aire era frío. Nos estremecimos y fuimos a buscar leña para encender una fogata.

Kerry Canyon estaba compuesta por una calle comercial, dos gasolineras, dos tabernas, dos tiendas, dos iglesias y un puñado de casas esparcidas al azar por las laderas de las colinas que descendían hasta una zona que parecía demasiado pequeña para albergar una de las gasolineras.

Entramos. El empleado de uniforme se acercó a nosotros.

—Sólo queremos que nos dé una información —dije, consciente de la delgadez de mi billetero. Habíamos llenado el depósito de gasolina por última vez antes de sumergirnos en el laberinto de cañones que se extendían entre la autopista principal y el sitio en el que nos encontrábamos. Nuestra última parada tendría que aparecer pronto, encontráramos al Pueblo o no.

—¡Claro! ¡Claro! Me alegro de poder servirlos. —El empleado se echó la gorra hacia atrás—. ¿En qué puedo ayudarlos?

Vacilé, intentando ordenar mis pensamientos y mis palabras… y recuperar algo de la esperanza que había perdido desde el momento en que abandonamos el cruce.

—Estamos intentando localizar… a unos amigos nuestros. Nos dijeron que viven al otro lado, en Baldy. ¿Hay alguien…?

—¿Amigos de esa gente? —preguntó, sorprendido—. ¡Vaya, eso sí que es interesante! Sois los primeros que llegan aquí preguntando por ellos.

Sentí que el brazo de Bethie se apoyaba tembloroso contra el mío. ¡Entonces había algo más allá de Kerry Canyon!

—¿Cómo es eso? ¿Qué ocurre con ellos?

—Oh, nada, colega, nada. En realidad son personas encantadoras. Vienen mucho por aquí a comprar. Vienen a la iglesia y a los bailes.

—¿Bailes? —Eché un vistazo a las empinadas colinas.

—Claro. Esto no está tan muerto como parece —dijo el empleado con una risita—. Los sábados por la noche esto parece una ciudad de verdad. En estas colinas hay muchos ranchos. Por supuesto, no hay demasiados en el camino a Cougar Canyon. ¿Dice que ahí es donde viven sus amigos?

—Sí. En Baldy.

—Bueno, nadie más vive en esa dirección. —Vaciló—. Oiga, me gustaría preguntarle algo.

—Claro. ¿Qué es?

—Bueno, esa gente vive bastante apartada. No quiero decir que sean engreídos, ni nada por el estilo, pero… bueno, es algo que siempre me he preguntado. ¿De dónde son? ¿De uno de esos países invadidos de Europa? Son extranjeros, ¿verdad? Y parece que la mayor parte de lo que exporta Europa son personas desplazadas. ¿Ellos lo son?

—Bueno, sí, podría decirse que sí. ¿Por qué?

—Bueno, hablan tan bien como cualquiera y debe de haber habido una guerra hace mucho tiempo porque están aquí desde los tiempos de mi padre. Pero simplemente… parecen diferentes. —Se mordió el labio superior en actitud reflexiva—. Diferentes pero bien. Diferentes pero realmente agradables. —Volvió a sonreír—. No me molestaría ser amigo de algunos de ellos. Pero no me atrevo.

»De cualquier manera, sigan por este camino. Es fácil. No hay otro que vaya en esa dirección. Jackass Flat os dejará los neumáticos gastados, pero seguramente lo lograréis, a menos que caiga una lluvia torrencial. En ese caso tendréis que atravesar medio condado patinando, y lo más probable es que acabéis en la cuneta. Es el fango más pegajoso del mundo. En esa llanura, cuando empieza a soplar el viento, hace un frío de puta madre, con perdón de la señorita. Será mejor que se abriguen.

—Gracias, amigo —dije—. Muchas gracias. ¿Le parece que llegaremos antes del anochecer?

—Seguro. No es demasiado lejos, aunque el camino es una porquería. Tendrían que llegar en dos o tres horas a menos que, como le digo, caiga una lluvia torrencial.

Cuando llegamos a Jackass Flat reconocimos el lugar de inmediato. Fue como caer por un precipicio. Si habíamos pensado que el camino a Kerry Canyon era malo, modificamos rápidamente nuestra opinión. En primer lugar, se trataba de seguir nuestras propias roderas. Luego los senderos se hundían profundamente en la tierra generosamente mezclada con esquistos astillosos y rocas tan grandes como dos puños, y se extendían cubiertos por una grava gigantesca hasta donde alcanzaba nuestra vista, atravesando la desierta extensión de la llanura.

Lo peor de todo era que las roderas que elegí acababan de forma abrupta, como si los coches que las habían dejado hubieran abandonado la tarea o hubieran saltado. ¡Saltado! Conduje siguiendo y abandonando las roderas alternativamente, tan concentrado en mis conjeturas que apenas noté lo accidentado del camino, hasta que un grito de Bethie me hizo volver a la realidad.

—¡Frena! —gritó—. ¡Oh, Peter! ¡Frena!

Apreté los frenos con tanta brusquedad que la furgoneta dio un viraje repentino, se deslizó por el costado de una rodera, se bamboleó y se apoyó viciosamente en el neumático trasero que se desinfló.

—¿Qué demonios…? —grité, enfurecido con Bethie como jamás lo había estado en mi vida—. ¿Qué ocurre?

Pálida, Bethie salió de debajo de la manta del ejército con la cual se había abrigado.

—Se me acaba de ocurrir, Peter. ¿Y si no nos quieren?

—¿Si no nos quieren? ¿Qué estás diciendo? —Gruñí, preguntándome si valdría la pena poner ese tapete de encaje que llevaba como neumático de recambio.

—Nunca lo pensamos. Ni siquiera se nos ocurrió. Peter, nosotros… no es nuestro sitio. No seremos como ellos. En parte somos de la Tierra… tanto como de algún otro sitio. ¿Y si nos rechazan? ¿Y si creen que somos indeseables…? —Bethie apartó la mirada—. Tal vez no pertenezcamos a ningún lugar, Peter, absolutamente a ningún lugar.

Sentí que un escalofrío recorría todo mi ser, y que no se debía al tiempo. Habíamos supuesto alegremente que nos darían la bienvenida. Pero ¿cómo lo sabíamos? Tal vez no nos quisieran. No éramos miembros del Pueblo. No pertenecíamos a la Tierra. Tal vez no pertenecíamos a ningún sitio.

—Claro que nos querrán —dije, esforzándome. Aparté la mirada y añadí, a la defensiva—: Mamá dijo que nos ayudarían. Dijo que estábamos hechos de la misma pasta…

—Pero es posible que sólo acepten a miembros auténticos. Mamá no podía saberlo. No había ningún… mestizo… cuando se separó de ellos. Tal vez la sangre de la Tierra nos marque…

—La sangre de la Tierra no tiene nada de malo —le aseguré en tono desafiante—. Además, como tú dices, ¿qué podrías esperar si regresáramos?

Apretó los puños contra sus mejillas y abrió los ojos desmesuradamente.

—Quizá —murmuró—, si me volviera completamente loca, no sentiría un dolor tan terrible. Incluso podría sentirme bien.

—¡Bethie! —Mi voz hizo que se sacudiera—. ¡Deja de hablar así! Vamos a seguir. La única forma que tenemos de conocer al Pueblo es a través de mamá. Ella jamás nos habría rechazado, ni habría rechazado a nadie como nosotros. Y ese tipo de la gasolinera dijo que son buena gente.

Abrí la puerta.

—Será mejor que estires las piernas mientras cambio el neumático. Por el aspecto que tiene el cielo creo que tendremos que patinar un poco antes de llegar a Cougar Canyon.

Pero a pesar de mis valientes palabras, cuando me arrodillé junto al coche no lo hice sólo para cambiar el neumático, y no sólo fue el sonido de la llave inglesa lo que el viento elevó hasta el cielo ennegrecido.

Miré bizqueando a través del parabrisas empapado, intentando vislumbrar el camino bajo la lluvia torrencial que amenazaba con dejar paralizado el limpiaparabrisas. Las breves visiones que capté del camino mostraban un río de chocolate de aspecto engañosamente liso, y alternativamente nos sacudíamos como una maraca gigante, lanzábamos cortinas de agua como una lancha motora o resbalábamos sin rumbo por superficies planas y embarradas que casi siempre nos apartaban varios metros del camino. Luego nos deslizamos cautelosamente hacia atrás, hasta que el pesado chapoteo de los neumáticos nos indicó que estábamos otra vez en las roderas inundadas.

De repente, desapareció. El camino, quiero decir. Se extendió unos cuantos metros delante de nosotros y simplemente se fundió en el borde, en la lluvia, en la nada.

—No podía llegar hasta allí —murmuró Bethie en tono incrédulo—. No puede desaparecer así.

—Bueno, no voy a quedarme sin verlo —le aseguré, acurrucándome aún más en mi manta del ejército. Mi chaqueta estaba guardada en la parte de atrás y no me había molestado en sacarla. Encogí los hombros para colocarme la manta encima de la cabeza—. Antes iré a echar un vistazo.

Me deslicé bajo la sólida cortina de lluvia que siseaba a mi alrededor, sobre la llanura inundada. Quedé hundido hasta las rodillas y cubierto de barro hasta las espinillas antes de llegar al empinado declive. El sendero, ¿acaso podía llamarle camino?, trepaba por el borde del cañón y giraba bruscamente a la derecha, luego se perdía a lo largo de una saliente cubierta de maleza que se extendía hacia abajo, paralela al borde del cañón. Si podía llevar la furgoneta hasta el borde y seguir el sendero, no sería tan terrible. Pero… observé el declive. El final de éste se perdía entre las sombras y la lluvia. Me estremecí.

Entonces, rápidamente, antes de perder los estribos, regresé al coche chapoteando.

—Reza, Bethie. Allá vamos.

Se oyó la succión y el chapoteo de las ruedas que giraban y el espantoso momento en que quedamos colgados del borde. Luego el viraje. Y allí estábamos, suspendidos sobre la nada, con el extremo posterior girando hacia fuera.

La sacudida repentina que sentimos cuando finalmente aterrizamos boca arriba y en la dirección correcta sobre el estrecho sendero, agitó el sudor frío que cubría mi rostro e hizo que se deslizara mezclado con la lluvia.

Reduje la marcha en el primer margen amplio del camino y detuve el coche. Nos quedamos en silencio, escuchando la lluvia. Sentí como si algo infinitamente precioso se alzara ante mí. La mano de Bethie se deslizó en la mía y supe que ella sentía lo mismo. Pero de pronto la apartó y empezó a golpearme el hombro con los dos puños, con una violencia inusitada en ella.

—¡No puedo soportarlo, Peter! —gritó en tono ronco mientras la emoción asfixiaba sus palabras—. Regresemos antes de descubrir algo más. Si ellos nos rechazaran… ¡Oh, Peter! ¡Regresemos antes de que nos descubran! Entonces seguiremos teniendo nuestro sueño. Podemos fingir que algún día regresaremos. ¡Nunca podremos volver a soñar, no podremos tener más esperanzas! —Ocultó el rostro entre las manos—. Me arreglaré de alguna manera. Prefiero regresar y abrigar esperanzas en lugar de correr el riesgo de que nos rechacen.

—Yo no regresaré —anuncié, poniendo el motor en marcha—. Tenemos tantas posibilidades de que nos reciban bien como de que nos rechacen. Y si pueden ayudarte… Dime, ¿qué te ocurre hoy? Se supone que soy yo el que vacila, ¿recuerdas? ¡Tú eres la más sensata de los dos! —exclamé con una sonrisa, pero se me encogió el corazón al ver la desdicha reflejada en su rostro. Casi logró esbozar una sonrisa.

El sendero conducía hada abajo y se deslizaba irregularmente a lo largo de la pared del cañón, a veces inclinándose bruscamente y a veces en una línea horizontal cuanto más avanzábamos, más tranquilo me sentía, como si estuviera cerrando puertas a mis espaldas o abriéndolas delante de mí.

Entonces se produjo uno de los casuales prodigios que puede deparar la montaña. Las nubes se abrieron repentinamente y el sol del atardecer empezó a brillar. Casi amenazadora, una enorme montaña se alzaba en la distancia gris y monótona. Las laderas parecieron moverse bajo la luz, acercándose mientras las observábamos. La lluvia seguía cayendo, pero ahora formaba centelleantes cortinas de cuentas plateadas; y un vívido extremo del arcoíris esparció el color temerariamente cubriendo los árboles, las rocas y un extremo del cielo.

No miré el camino. Contemplé el esplendor y la gloria que se abrían a nuestro alrededor. Así que, cuando al oír el grito de Bethie volví a concentrarme en el camino, lo único que logré hacer en la rugiente oscuridad fue pensar en ella y ver el otro coche segundos antes de estrellarse contra nosotros, de costado, un metro más arriba del camino.

Pensé que estaba muerto. Tuve miedo de abrir los ojos porque noté que la lluvia había formado pequeños charcos sobre mis párpados cerrados. Entonces respiré. Estaba vivo, sí. Un cuchillo se hundió hacia arriba y hacia abajo, a la izquierda de mi pecho, y siguió revolviéndose inexorablemente cada vez que respiraba.

Oí una voz.

—Demos gracias al Poder porque no están heridos de gravedad. ¡Pero, oh, Valancy! ¿Qué dirá papá? —Era una voz joven y asustada.

—Lo conoces hace mucho más tiempo que yo —respondió otra voz de muchacha joven—. Deberías tener alguna idea.

—Nunca tuve un accidente, ni siquiera cuando conducía en lugar de desplazarme por el aire.

—Tengo el presentimiento de que te hará pasar una temporada con los pies en el suelo —respondió la segunda voz—. Pero no es eso lo que me preocupa, Karen. ¿Cómo no supimos que venían? Siempre percibimos a los Extraños. Tendríamos que haber sabido…

—Q.E.D1. —dijo la que se llamaba Karen.

—¿Cómo?

—Si no percibimos su presencia, no son Extraños. —Se oyó un jadeo y luego la voz añadió—: ¡Oh, Valancy, lo que he dicho! ¡No creerás…! —Sentí que algo se movía a mi lado y oí el suave sonido de una respiración—. ¿Es posible que sean dos de los nuestros? Oh, Valancy, deben de ser de segunda generación… tienen aproximadamente nuestra edad. ¿Cómo nos encontraron? ¿Cuáles de nuestros Seres Perdidos fueron sus padres?

Valancy dijo en tono divertido:

—Seguramente ellos no están en condiciones de responder ahora mismo a esas preguntas, Karen. Será mejor que pensemos lo que podemos hacer. Mira, la chica recobra el conocimiento.

Mi indiscreción quedó bruscamente interferida por un gemido. Empecé a incorporarme.

—Bethie —empecé a decir, y los cuchillos se retorcieron en mis pulmones. Mi jadeo fue seguido por un grito de Bethie.

Abrí los ojos. Estaba bien, pero sentí en la pierna un dolor espantoso que me quemaba hasta llegar al extremo de mi conciencia. Apreté los dientes, pero Bethie volvió a gemir.

—¡Ayudadla! ¡Ayudadla! —supliqué a las dos figuras borrosas que se inclinaban sobre nosotros. Intenté contener el aliento para no sentir más punzadas.

—Pero ella apenas está lastimada —gritó Karen—. Sólo tiene un chichón en la cabeza. Y algunos cortes.

Hice un esfuerzo y fijé la vista en un rostro claro y luminoso, el de Valancy, cuyos ojos profundos se inclinaron sobre mi rostro. Aparté la lluvia de mis labios y farfullé como un tonto:

—¡No estáis mojadas, a pesar de la lluvia!

Una mirada de aflicción dominó su rostro. Se produjo una pausa mientras ella me miraba con atención. Finalmente dijo:

—Sus escudos no están activados, Karen. Será mejor que extendamos los nuestros.

—De acuerdo, Valancy. —Y la molesta y sibilante humedad de la lluvia desapareció.

—¿Cómo está la chica?

—Debió de sufrir una conmoción, o tal vez es algo interno…

Empecé a volverme para mirar, pero el intenso gemido de Bethie me obligó a recostarme otra vez.

—Ayudadla —jadeé, buscando desesperadamente en mi memoria las palabras de mamá—. ¡Es una… Sensitiva!

—¿Una Sensitiva? —Las dos jóvenes se miraron—. ¿Entonces por qué no…? —Valancy empezó a decir algo y se volvió repentinamente. Me puse un brazo sobre los ojos mientras escuchaba.

—¡Cariño, Bethie… escúchame! —La voz era cálida pero firme—. Voy a ayudarte. Te mostraré cómo, Bethie.

Se produjo un silencio. Una mano cálida cogió la mía y Karen se agachó a mi lado.

—La está reparando —susurró—. Está entrando en su mente. Para enseñarle a dominarse. Es muy sencillo. ¿Cómo es posible que no sepa…?

Oí una suave y maravillada exclamación de Bethie, que enseguida dijo:

—¡Oh, gracias, Valancy, gracias!

Me apoyé en un codo mientras un fuego recorría todo mi cuerpo, de pies a cabeza, y contemplé a Bethie. Me estaba mirando y su rostro sereno parecía más feliz que nunca. Nos miramos mientras dos lágrimas rodaban por sus mejillas y luego dijo suavemente:

—Ahora cuéntales, Peter. No podemos seguir adelante hasta que les cuentes todo.

Volví a tenderme de espaldas y parpadeé al mirar el cielo; las gotas de lluvia seguían cayendo, pero ninguna de ellas nos mojó. Karen me tocó con su mano cálida y sentí un estremecimiento de vacilación. Si nos rechazaban… Pero no podían quitarle a Bethie lo que le habían dado, aunque… cerré los ojos y lo dije lo más claramente que pude.

—No somos miembros del Pueblo… no completamente. Nuestro padre no pertenecía al Pueblo. Somos mestizos.

Se produjo un desconcertado silencio.

—¿Quieres decir que vuestra madre se casó con un Extraño? —La voz de Valancy estaba teñida de asombro—. ¿Qué tú y Bethie sois…?

—¡Sí, lo hizo y sí, lo somos! —respondí—. Y papá fue el mejor… —Mi actitud beligerante atravesó el borde afilado de mi dolor—. Ahora los dos están muertos. Mamá nos envió hasta vosotros.

—Pero Bethie es una Sensitiva… —dijo Valancy en tono pensativo.

—Sí, y yo puedo volar y hacer que las cosas se trasladen por el aire, e incluso puedo hacer fuego. Pero papá… —Me tapé la cara y torcí el gesto a causa del dolor cada vez más agudo.

—¡Entonces podemos! —Percibí la emoción de la voz de Valancy—. Entonces el Pueblo y los Extraños… pero es increíble que vosotros… —Su voz se apagó.

El silencio quedó quebrado por la voz atemorizada y temblorosa de Bethie.

—¿Vais a echarnos? —Se me desgarró el corazón al oír el dolor de su voz.

—¡Echaros! ¡Oh, queridos míos! ¡Claro que no! ¡Cómo podéis pensar algo así! —Valancy abrazó cariñosamente a Bethie y Karen a mí.

La tensión que había formado un fuerte nudo en mi interior se disolvió. Bethie y yo estábamos en casa.

Entonces Valancy se mostró enérgica.

—Bethie, ¿qué le ocurre a Peter?

Bethie estaba desconcertada.

—¿Cómo sabes su nombre? —Y enseguida sonrió—. Por supuesto. ¡Lo supiste cuando entraste en mi mente!

—Me tocó suavemente los costados del cuerpo y luego las piernas. —Tiene cuatro costillas lesionadas. Y la pierna izquierda rota. Eso es todo. ¿Lo controlo yo?

—Sí —respondió Valancy—. Yo te ayudaré.

Y el dolor desapareció, dormido bajo la persuasiva calidez que me invadió cuando Bethie y Valancy entraron en mi mente.

—Bien —dijo Valancy—. Estamos encantadas de dar la bienvenida a una Sensitiva. Karen y yo sabemos algo de la función de los Sensitivos porque somos Reparadoras. Pero en nuestro Grupo no tenemos Sensitivos totalmente desarrollados.

Se volvió hacia mí.

—¿Dices que conoces la elevación de objetos?

—No lo sé —respondí—. No conozco el nombre de muchas cosas.

—Tendrás que relajarte completamente. No solemos usar esto con la gente. Pero si te relajas, podremos lograrlo.

Me envolvieron cálidamente en nuestras mantas y con una mano debajo de mis hombros y otra debajo de los talones, me levantaron a toda velocidad y me trasladaron entre los árboles, mientras Bethie iba cogida de la mano libre de Valancy.

Antes de llegar al patio, la puerta se abrió repentinamente y una cálida luz amarilla se derramó en el crepúsculo. Las jóvenes hicieron una pausa al llegar al porche y me entregaron a los dos hombres que esperaban. En la muda pausa que se produjo antes de las precipitadas preguntas y explicaciones, sentí que Bethie, que estaba a mi lado, lanzaba un profundo jadeo de sorpresa y se fundía como una gota de lluvia en el río de miembros del Pueblo que nos rodeaba.

Pero incluso cuando la luz volvía a apagarse para mí y sentía que mi ser se deslizaba en la sensación de bienestar y ávida pertenencia, en algún lugar profundo de mi interior seguía existiendo la médula de algo que no quería… en realidad no podía… entregarse totalmente al Pueblo.

  1. Quod erat demonstrandum (Que es lo que había que demostrar). (N. de la T.). ↩︎

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