Texto aleatorio

—Bueno, ¿cómo pretendéis que Bruce se concentre en deletrear las palabras cuando está tan preocupado por su papá?

Revolví las hojas de mis alumnos de segundo grado de arte, con la esperanza de encontrar algo que me ayudara a abandonar el tono prosaico.

—¿Preocupado por su papá? —La señora Kanz levantó la vista de los exámenes de ortografía—. ¿Qué te hace pensar que está preocupado por él?

—Bueno, está prácticamente muerto de miedo pensando que esta vez no volverá a casa. —Puse boca arriba la hoja y volví a mirarla—. Pensé que sabías todo acerca de todos —bromeé—. Me has informado realmente bien en estas tres últimas semanas. Me siento como una residente y no como una recién llegada. —Suspiré y enderecé la hoja. Seguía siendo un árbol con seis manzanas.

—Pero yo realmente no sabía que Stell y Mark tenían problemas. —La señora Kanz estaba disgustada.

—Tuvieron una pelea terrible la noche antes de que él se fuera —comenté—. Le dieron a Bruce un susto de muerte.

—¿Cómo lo sabes? —La señora Kanz me miró con suspicacia—. Aún no has visto a Stell, y Bruce no ha dicho en toda la semana ni una palabra más que sí o no.

Lancé un débil suspiro. «¡Oh, no! —pensé—. ¡Todavía no! ¡Todavía no!»

—Bueno, me lo contó un pajarito —dije alegremente, concentrándome en las hojas para ocultar el leve temblor de mis manos.

—¡Un pajarito, qué tontería! Probablemente lo supiste por Marie, aunque no sé cómo ella…

—Podría ser —dije—, podría ser. —Revolví las hojas—. ¡Caray! El recreo casi ha terminado. Tengo que bajar antes de que llegue ese grupo de revoltosos.

Los viejos y gastados escalones hicieron un ruido hueco bajo mis pies, pero no tan hueco como parecía estar mi estómago.

Sólo habían pasado tres semanas y ya había estado a punto de delatarme. ¿Por qué no podía recordar? Además, el chico ni siquiera estaba en mi habitación. No tenía por qué saber nada de él. Sólo porque él se había inclinado tan calladamente sobre su libro de literatura el lunes pasado… y yo sólo había mirado un poco…

Al llegar al pie de la escalera quedé rodeada por los niños que llegaban del patio. Me sentí agradecida de ser arrastrada por ellos hasta el aula.

Esa tarde me recosté con la espalda contra el alféizar de la ventana y contemplé la tranquila clase. En realidad, era tranquila en lo que se refiere a moverse por el aula, pero todos los chicos parloteaban o susurraban con las incansables dinamos de la juventud: la pauta de pensamiento más inarticulado. Todos salvo Lucine, mi alumna de primer grado de doce años, que canturreaba brevemente ante un estímulo y se apagaba, volvía a canturrear y se apagaba otra vez. En algún sitio había un cortocircuito, que quedaba expresado en sus ojos vacíos.

Suspiré y me volví de espaldas al aula, paseando la mirada por la inclinada pendiente de Black Mesa que se elevaba por encima de la escuela, e intenté liberarme de la aprensión, intentando olvidar por qué había huido durante casi ochocientos kilómetros intentando olvidar esas cosas que amenazaban mi salud, cosas que podían alejarme de la realidad y hacerme deslizar a la deriva… ¿A la deriva? ¡Oh, cielos! ¡Liberarme! ¡Liberarme! Metí los dedos entre el antiguo enrejado de alambre que protegía la base de la ventana y di un brusco tirón. Los clavos viejos me rasparon y el antiguo enrejado cedió, y estornudé con el roce seco y árido del polvo viejo.

Me senté ante mi escritorio, busqué un Kleenex y volví a estornudar; intenté pasar por alto el fuerte tirón que sentía en mi interior, aunque era plenamente consciente de él. El hecho de haber estado a punto de delatarme había quebrado mi resistente concha protectora. Todo lo que había guardado tan resueltamente se abría paso a codazos…

Hice que los niños escribieran los números tan de prisa que Lucine se tambaleó precariamente al borde de las lágrimas hasta que volvió a darse cuenta y comprendió a dónde habíamos llegado.

—Presta atención, Petie —dije, intentando encontrar un camino para penetrar en su mente que se negaba a comprender los nombres de los números—, éste es el dibujo del dos; éste es el nombre del dos…

Cuando los autobuses de la escuela se marcharon, me deslicé por la empinada ladera de la colina de la lúgubre escuela y caminé por las vías en dirección a la pensión en la que me alojaba. Con la mirada atenta a los pies pero perfectamente consciente de las vías que había a cada lado, conté los pasos entre el grupo de antiguos edificios que formaban la ciudad y las afueras. Si podía ocupar la mente en algo, lograría mantener a los fantasmas alejados de mis pensamientos.

Me detuve un instante en el hotel para dejar mis cosas y luego seguí la única vía de ferrocarril que descendía por el pequeño valle, sobre el viejo y destartalado puente que ya no se utilizaba. La abandoné al llegar al Vertedero y subí la colina a pie, disfrutando de las necesarias embestidas y los movimientos que estiraban mis músculos, aceleraban los latidos de mi corazón y mi respiración.

Jadeante, me cogí a un arbusto para subir el último tramo de la ladera. Con las rodillas junto al pecho me acomodé en el desmoronadizo afloramiento de esquisto que había en la base de la enorme chimenea de ladrillos y me cogí las piernas con los brazos, apretando la mejilla contra las rodillas. Me quedé sentada con los ojos cerrados, dejando que el sol del atardecer se deslizara sobre mí. «Si al menos esto fuera todo —pensé con melancolía—. Si no hubiera nada más que sentarse al sol, dejándose empapar por el calor… simplemente ser, sin hacerse preguntas». Y durante un largo y dichoso momento dejé que así fuera.

Pero no podía dejarlo de lado durante más tiempo. Sentí el primer goteo que se abría paso por la grieta de mi armadura. Conté los árboles, los postes de teléfonos, recité horarios, hasta que me sorprendí pensando que nueve por seis son noventa y seis; entonces cedí y dejé que las compuertas se abrieran de par en par.

—Siempre es así —gritaba una parte de mi ser a las demás—. ¡Lo prometiste! ¡Lo prometiste, y ahora estás renunciando otra vez, después de todo este tiempo!

—También podría prometer que dejaré de respirar —repliqué.

—Pero esto es una locura, sabes que lo es. ¡Cualquiera lo sabe!

—¡Locura o no, soy yo! —grité para mis adentros—. ¡Soy yo! ¡Soy yo!

—Basta de discutir —dijo otra parte de mi ser—. Esto es demasiado serio para ponerse a pelear. Tenemos problemas.

Cogí una rama de manzanillo y despejé un pequeño espacio de suelo cubierto de grava, y al hacerlo arrastré un viejo clavo cuadrado y un trocito de vidrio de color púrpura. Me pasé la ramita a la otra mano, cogí el clavo y lo limpié con el pulgar. Estaba lleno de óxido pero aún era fuerte y duro. Me pregunté qué habría sujetado en sus tiempos, y si la mano que lo había cogido ya se habría convertido en polvo y si, fuera quien fuese, había soportado la carga…

Arrojé la ramita con violencia controlada e, inclinándome hacia delante, tracé una línea recta en el suelo con el clavo. Era un inventario conocido y aburrido, y lo había hecho tantas veces intentando simplificar este complicado problema que me aquejaba que caí automáticamente en la misma pauta.

Tema uno: ¿realmente estaba loca, o volviéndome loca, o a punto de volverme loca? Seguramente sí. El resto de la gente no veía los sonidos. Ni podía saborear los colores. Ni sentir el latido de las emociones de los demás como si fueran criaturas vivas. Ni sentir el peso de la propia piel como si se tratara de una chaqueta estrecha y mortificante. Ni creer más que a medias que la carga era una abreviatura de la muerte.

—Pero yo —dije a la defensiva— sigo funcionando en la sociedad y no babeo ni echo espuma por la boca. No actúo como una loca y, mientras mantengo la boca cerrada, no digo locuras.

Analicé la cuestión durante un instante e hice un garabato encima de la línea.

—Supongo que aún estoy sana… de momento.

Tema dos:

—¿Entonces qué me ocurre? ¿Simplemente dejo que mi imaginación huya conmigo? —Hice varios agujeros alrededor de la línea. No, era algo más, algo que iba más allá de la imaginación, más allá de… ¿de qué?

Tracé una línea encima de la anterior formando una X.

—¿Entonces qué debo hacer al respecto? ¿Debo luchar contra ello como hice antes? ¿Debo negar y negar y negar hasta… —Sentí un frío cada vez más intenso; recordé el pánico ciego que finalmente me había obligado a huir hasta acabar en Kruper y la risa me abandonó y se hundió en lo profundo de mi alma.

Sombreé las dos marcas hasta borrarlas y apreté los ojos contra las rodillas, esperando que la náusea de aprensión se convirtiera en desesperación al llegar a mi cabeza. Siempre acababa así. ¿Quería hacer algo al respecto? ¿Debía interrumpirlo mediante un acto de la voluntad? ¿Podía interrumpirlo mediante un acto de la voluntad? ¿Quería interrumpirlo?

Me puse laboriosamente de pie y corrí alrededor de la enorme chimenea, buscando la entrada. Mis pies gritaban ¡No, no! Mientras resbalaba y me deslizaba por la ladera de la colina. Entré en el sombrío interior de la chimenea y me apreté contra los ladrillos desmoronados y ennegrecidos mientras cada uno de mis músculos gritaba ¡No, no! Y en el silencio rasgado por el viento grité: «¡No!» y oí que el grito retumbaba en la negrura. Casi pude ver cómo la palabra se elevaba vertiginosamente en el disco pálido y elíptico que formaba el cielo en la parte superior de la chimenea.

«¡Porque podría!», grité para mis adentros en tono desafiante. «Si no estuviera asustada, podría seguir esa palabra hasta arriba e irrumpir en el cielo como una vela romana y no sentir más, nunca más, el peso del mundo».

Pero el peso de la razón me cogió de las rodillas y los codos y me restregó la nariz enérgicamente en las cosas tal-como-son, y sollocé con impotencia contra la rugosidad de la pared curvada. El picor de la humedad salobre me obligó a abandonar la actitud de rebeldía.

¿Llorar? ¿Gimotear contra la vieja y sucia pared de un horno de fundición por culpa de un sueño? ¡Vaya manera de reaccionar en una pedagoga responsable!

Me restregué las mejillas con un Kleenex y sonreí al ver la mugre que salía. Lo mejor sería volver al hotel y lavarme la cara antes de tomar la inevitable cena con ajo cuyo olor percibiría por el camino.

Salí tropezando al rojo torrente de la luz del atardecer y bajé un delgado sendero que había pasado por alto mientras subía. Me interné a toda prisa en la oscuridad del bosquecillo de álamos que se extendía a lo largo del arroyo, al pie de la colina. Allí, donde los ojos no podían ver ni las lenguas chascar ante una conducta tan indigna, eché a correr ciega y precipitadamente, fingiendo que podía huir, simplemente huir. Tal vez las lágrimas saladas y la carrera me permitirían dormir toda la noche.

Giré en la curva donde la piedra de granito rosa grisácea hacía una muesca en el sendero… y me tambaleé al tropezar repentinamente con algo. Había chocado de lleno contra alguien. Antes de que pudiera fijar la vista, alguien me cogió y me ayudó a recuperar el equilibrio. Antes de que pudiera ver a través de las lágrimas que me producían el escozor de la nariz, quedé sola en la oscuridad.

Me limpié la nariz con cuidado.

—Bueno —dije en voz alta—. Esa es una forma de sacudirme tanta tontería. —De inmediato empecé a preguntarme si hablar sola era un síntoma de desequilibrio.

Cuando abandoné la sombra del bosquecillo, volví a mirar la parte más alta de las colinas. El horno de fundición que se alzaba, imponente, por encima de los residuos de la fábrica era una mole oscura contra el cielo. En cierto modo era hermoso y me detuve para disfrutar contemplándolo. De pronto volvió a surgir otra oscuridad. Alguien había rodeado el horno y su silueta se perfilaba Contra el horizonte más claro.

Me pregunté si el sonido de mi pena seguía retumbando en el horno y me volví, avergonzada. Fuera quien fuese el que estaba allí, sería lo suficientemente sensato para no detenerse a escuchar los sonidos de una pena vieja.

Esa noche, a pesar de mi estallido de la tarde, apenas me deslicé bajo la delgada piel del sueño y durante eras interminables me aferré desesperadamente a algo que me arrastrara al olvido total. Entonces, desesperada, sentí el conocido tironeo y me deslicé ansiosa e impetuosamente en el sueño que había logrado reprimir durante tanto tiempo.

No existen palabras para describir mi sueño. Sólo un deleite que fluía, la libertad ilimitada, la calidez de la pertenencia. Y sostuve esa calidez muy cerca de mí, ¡oh muy cerca de mí!, sabiendo que llegaría el despertar…

Y llegó, aplastándome, metiéndome por la fuerza en mi propio cuerpo, atándome fuertemente a la tierra, eliminando el goce, otra vez metiendo apretadamente mi alma en el mundo finito, distribuyendo barrotes en el cielo y dejándome desamparada en el delgado y acuoso brillo de la mañana, otra vez tan sola que el esfuerzo de abrír los ojos me resultó casi insoportable.

Rígidamente tendida bajo las mantas, recogí los retazos de mi sueño y los uní apretadamente en un fuerte nudo que volvió a ocupar un lugar en mi conciencia.

—Quedaos allí. Quedaos allí —supliqué—. ¡Oh, quedaos allí!

Entré cautelosamente en el comedor del hotel después de convencerme de que debía tomar el desayuno. Era única huésped femenina de todo el hotel y me sentí un poco desconcertada al entrar en el comedor y notar que todas las manos se detenían y todas las mandíbulas tensaban mientras me abría paso hasta el único asiento desocupado, y luego oía que todos volvían a comer al mismo tiempo, como si hubieran recibido una señal. Pero ya era tarde y el comedor estaba casi desierto.

—¿Cómo estaba ese viejo horno? —Marie esbozó una semisonrisa mientras me metía un plato de pasteles debajo de la nariz y lo soltaba a quince centímetros por encima de la mesa. Intenté no encogerme cuando el plato caía, pero no pude pasar completamente por alto la huella digital negra como el hollín grabada en la grasa del borde. Marie cogió el trapo tieso de mugre que llevaba colgando del bolsillo del delantal y limpió la marca hasta quitarle las espirales y las estrías.

—Fue interesante —dije sin preguntarme siquiera cómo sabía que yo había estado allí—. Kruper debió de ser una población importante cuando el horno funcionaba al máximo.

—Desde que la conozco, se está muriendo —señaló Marie—. El próximo mes de febrero hará treinta y cinco años que estoy aquí y jamás estuve en ese horno. ¡No se me perdió nada allí!

Rió con una risa silenciosa pero perfumada. Contuve la respiración hasta que él olor a ajo se esfumó.

—Pero he oído decir que algunas chicas han subido hasta allí y han perdido…

—¡Marie! —gritó el viejo Charlie desde el otro extremo de la mesa—. Deja de parlotear y tráeme algo de comer. Si la maestra quiere subir hasta esa repugnante chimenea, déjala. ¡Tal vez le guste!

—Qué manera tan estúpida de perder el tiempo —murmuró Marie y salió hacia la cocina balanceando su voluminoso cuerpo sobre unas piernas increíblemente larguiruchas.

—No le haga caso —bramó el viejo Charlie—. Para ella lo único divertido es la cerveza. Bueno, hay mucha gente a la que le gusta ir a mirar cosas inútiles como ésa.

Tomemos… no sé… por ejemplo a Lowmanigh, aquí presente. Precisamente estuvo allí ayer…

—¿Ayer? —Mis cejas levantadas subrayaron la pregunta. Se trataba de uno de los individuos en los que no había reparado hasta ese momento. Seguramente el viejo Charlie me había mencionado el nombre junto con el de los demás la noche de mi llegada, pero yo los había olvidado todos salvo el del viejo Charlie y el de Severeid Swansor que era el nombre que correspondía a un indeciso mexicano de aspecto frágil que no sabía ni una palabra de inglés y que al parecer sobrevivía gracias al ajo y al vino, y que parpadeaba cuatro veces cada vez que yo le sonreía.

—Sí. —Lowmanigh me miró desde el otro lado de la mesa con expresión grave. Me sobresalté al ver en sus mejillas la conocida y pálida serenidad que expresa la frialdad del alma. Conocía bien esa mirada. Yo misma la había mostrado esa mañana, antes de hacer una tregua con el día.

Seguramente él leyó algo en mis ojos, porque su rostro se cerró rápidamente en una expresión reservada y, haciendo un visible esfuerzo, añadió:

—Desde allí vi la puesta del sol.

—¿Sí? —Me toqué la nariz con aire pensativo.

—¡La puesta del sol! —Marie estaba de vuelta con ese semilíquido que ella llamaba café—. Más disparates. ¿Po qué perder un tiempo precioso?

—¿A qué dedicas tú el tiempo? —preguntó Lowmanigh con voz suave.

La mente de Marie saltó como un pájaro asustado, «¡A esperar la muerte!», pareció gritar.

—A la cerveza —dijo en voz alta, con una semisonrisa—. Cuatro cervezas son iguales a una puesta de sol. —Dejó la cafetera en la mesa y regresó a la cocina dejando tras de sí un dolor agudo y casi visible.

—Tendríais que salir juntos —bramó el viejo Charlie—. Teniendo en cuenta que os gustan las mismas cosas. Aquí Low conoce más vertederos y basureros que ninguna otra persona del condado. Colecciona ciudades fantasma.

—Me gustan las ciudades fantasma —le dije a Charlie, intentando llenar un vacío en la conversación—. Yo misma tengo una buena colección.

—¿Lo ves, Low? —volvió a bramar Charlie—. Aquí tienes una oportunidad de acompañar a una bonita maestra. ¡Juntos seríais capaces de provocar una tormenta!

—Se atragantó con su propia broma y con el último trago de café y salió del comedor, tosiendo ruidosamente sobre un pañuelo azul.

Estábamos solos en el enorme comedor. El sol de la primera hora de la mañana se deslizaba por el suelo de madera pulida, tropezaba contra las sillas desvencijadas de la cocina, chocaba con el enorme espejo adornado que colgaba encima del aparador y desde allí se dispersaba brillantemente sobre el hule agrietado que cubría la enorme mesa de roble.

El silencio se hizo cada vez más intenso, hasta que dejé el tenedor por miedo a que volviera a chocar contra mi plato. Me quedé sentada durante medio minuto, sorprendida, sintiendo el profundo latido que crecía lentamente volviéndose casi audible, y me pregunté: «¿Juntos? ¿Juntos? ¿Juntos?»

El latido estalló en el afilado borde de una ola de desolación y salí del comedor tropezando.

—¡No! —dije suspirando mientras me apoyaba contra el pasamanos de la escalera—. ¡No involuntariamente! ¡No a primera hora del día!

Hice un esfuerzo por tranquilizarme. «Basta de tonterías —me dije—. Eres capaz de volver loco a cualquiera».

Empecé a subir los escalones resueltamente y me detuve a mitad de camino. «No era mi desolación —grité para mis adentros—. ¡Era la de él!»

«Qué extraño», pensé cuando me desperté, a las dos de la mañana, recordando la desolación.

«¡Qué extraño!», pensé cuando me desperté, a las tres, recordando el vibrante «¿juntos?».

«Muy extraño», pensé a las siete, cuando me desperté y salí de la cama sin abrir los ojos, habiendo olvidado completamente el aspecto de Lowmanigh, pero conservando curiosamente en mi conciencia un recuerdo de él que era algo más que una imagen tridimensional. La escuela me mantuvo ocupada durante toda la semana siguiente, tan atareada que el conocido dolor de cabeza quedó lo suficientemente oculto para caer en el olvido. La tranquilidad de la semana quedó intacta hasta el viernes, cuando la agitación de toda una semana estalló dos veces en el patio del recreo. La primera vez tuve que salir y separar a Esperanza de Joseph y sacar por la fuerza sus dedos del pelo de él para que el chico pudiera levantar del suelo de grava su nariz chata y respingona. Esperanza no tenía nada de la fragilidad y la inseguridad de su tío Severeid, y se quitó enérgicamente el polvo de la trenza gruesa y oscura.

—¡Me ha llamado mexicana! —gritó—. ¿Y qué? Soy mexicana. Estoy orgullosa de ser mexicana. Y seguiré golpeándolo si vuelve a decirme mexicana como si fuera un insulto. Estoy orgullosa de ser…

—Claro que estás orgullosa —dije, ayudándola a quitarse el polvo—. Dios nos hizo a todos. ¿Qué importancia tienen los nombres diferentes?

»¡Joseph! —Me volví hacia él súbitamente y se sobresaltó—. ¿Tú eres una niña?

—¿Qué? —Parpadeó, sorprendido, y respondió en tono indignado—: ¡Claro que no! ¡Soy un chico!

—¡Joseph es un chico! ¡Joseph es un chico! —dije en tono provocativo. Luego eché a reír—. ¿Te das cuenta de que parece una tontería? Somos lo que somos. Es una estupidez importunar a alguien por algo así. Ahora los dos vais a ir a lavaros. —Los envié a ambos al interior del edificio de la escuela y vi cómo se alejaban.

La segunda vez la calma quedó interrumpida cuando la maliciosa cantinela de la burla volvió a llevarme al patio del recreo.

—¡Lucine está loca! ¡Lucine está loca! ¡Lucine está loca!

El atormentador grupo rodeaba a Lucine, la niña de doce años, que estaba apoyada contra un árbol inclinado que aún sobrevivía en el patio. Tenía la boca abierta y sus ojos mostraban indiferencia, pero en el vacío de éstos empezaban a parpadear las llamas y sus músculos se tensaban.

—¡Lucine! —grité, y el temor puso alas a mis pies—. ¡Lucine!

Me precipité y aferré la masa asesina que crecía en su mente. Apenas logré dominarla antes de llegar a su lado.

—¡Basta! —les grité a los niños—. ¡Fuera, rápido!

Mi voz se abrió paso entre el grupo, que se dispersó convirtiéndose en individuos asustados. Cogí las dos manos de Lucine y durante un tenso momento las sostuve con firmeza. Entonces ella lanzó un bramido peculiarmente salvaje y, con un rápido movimiento del brazo, me arrojó al suelo.

En una frenética convulsión fui arrastrada casi físicamente al delirio irracional de su ira y su desconcierto. Quedé perdida en el laberinto de pensamientos irracionales y de aterrorizados callejones sin salida, y hasta el día de hoy no logro recordar lo que me ocurrió físicamente.

Cuando la marea roja disminuyó y llegó la desolada y gris fase de desconexión, me encontraba acurrucada contra el viejo árbol, con la cabeza de Lucine sobre el regazo, su boca abierta y húmeda contra mi mano, sus serenas lágrimas empapando mi falda y su joven cuerpo agotado.

Movió los labios.

—No estoy loca.

—No —le dije, estirándole el pelo, sorprendida al ver el arañazo que tenía en el dorso de la mano—. No, Lucine, ya lo sé.

—Él también lo hace —susurró Lucine—. Lo deja casi enderezado, pero vuelve a torcerse.

—¿Qué? —pregunté suavemente, encorvando el hombro para cubrirlo con la manga desgarrada de mi blusa—. ¿Quién lo hace?

Su rostro se tensó bajo mi mano y su aislamiento fue tan tangible como el temblor de un conejo que intenta escapar de unas manos opresoras.

—Me dijo que no lo contara.

Dejé que la presión de mi mano la aliviara y contemplé su rostro desolado. «Yo —pensé—. Yo con el exterior arrancado. A mi manera, yo estoy tan lisiada como ella, sólo que mis defectos pasan por ser normales. A veces me gustaría desconectarme y no soñar con una vida sin lesiones… que es un sueño imposible».

Lucine dio un largo y húmedo suspiro y se incorporó. Me miró con sus ojos inexpresivos.

—Tienes la cara sucia —señaló—. Las maestras no se ensucian la cara.

—Tienes razón. —Me incorporé rígidamente e hice girar la cremallera de la falda hasta colocarla donde correspondía—. Será mejor que vaya a lavarme. Aquí viene la señora Kanz.

Al otro lado del patio, los alumnos de las distintas clases formaban fila para regresar a las aulas. Las peleas habituales seguían su curso, pero nadie se molestó en mirarnos. Si supieran, pensé, lo cerca que algunos de ellos han estado de la muerte…

—He sido mala —sollozó Lucine—. Me metí otra vez en una pelea.

—¡Lucine, eres una chica mala! —gritó la señora Kanz—. Has estado peleando otra vez. Ve directamente al despacho y quédate allí sentada durante el resto del día. ¡Es una vergüenza!

Y Lucine se alejó, tropezando, en dirección al edificio de la escuela.

La señora Kanz me miró atentamente.

—Bueno —dijo riendo, a modo de disculpa—, tendría que haberle advertido acerca de Lucine. Hay que dejarla sola cuando tiene un ataque. Y no intentar detenerla.

—¡Pero iba a matar a alguien! —grité, saboreando una vez más el deseo de sangre, sintiendo el crujido de los huesos rotos.

—Ella es muy lenta. Los chicos siempre se apartan de ella.

—Pero algún día…

La señora Kanz se encogió de hombros.

—Si se vuelve peligrosa tendremos que sacarla de aquí.

—¿Pero por qué permitir que los chicos la atormenten? —protesté, sintiendo, un espasmo de ira.

Me miró con expresión severa.

—Yo no lo «permito». Los chicos siempre son crueles con los que son diferentes. ¿Aún no lo ha notado?

—Sí, lo he notado —susurré—. ¡Oh, sí, sí! —Y me acurruqué contra el reptante frío del recuerdo.

—No está bien, pero ocurre —dijo—. No se puede lograr que todo esté bien. Y a veces hay que endurecerse.

Me quité el polvo de la ropa.

—Sí —suspiré—. Eso viene muy bien. Pero sigo pensando que habría que hacer algo por ella.

—No hable así —me advirtió la señora Kanz—. Su madre estuvo a punto de volverse loca intentando encontrar una forma de ayudarla. Estas cosas ocurren en las mejores familias. No hay forma de ayudarlos.

—¿Entonces quién…? —Ahogué las palabras, recordando tardíamente la reserva de Lucine.

—¿Quién qué? —preguntó la señora Kanz por encima del hombro mientras regresábamos a la escuela.

—¿Quién va a cuidarla durante el resto de su vida? —pregunté con poca convicción.

—¡Bueno! ¿A quién le interesa hacerse cargo de un problema? —La señora Kanz lanzó una carcajada—. Olvide todo este asunto. Es suficiente para un día de trabajo. Y es una pena que se haya arruinado una blusa tan bonita.

Cuando llegué a casa, después de clase, me puse a pensar en Lucine mientras me quitaba la blusa rota.

Miré de reojo intentando ver el punto lastimado de mi hombro para comprobar si estaba tan magullado como parecía. En ese momento la puerta de mi habitación se abrió de par en par y se cerró de golpe. Lowmanigh estaba apoyado contra ella, respirando pesadamente.

—¡Vaya! —Me puse rápidamente la blusa limpia y la abotoné a toda prisa—. No lo oí llamar. ¿Qué le paree si sale y vuelve a intentarlo?

—¿Lucine está lastimada? —Se apartó el pelo de la frente húmeda—. ¿Fue un ataque muy fuerte? Pensé que yo había controlado…

—Si quiere hablar de Lucine —dije, sorprendida— dentro de un minuto estaré en el porche. ¿Le importaría esperar allí? Aún me zumban los oídos por el sermón de Marie con respecto al «adecuado decoro para una señorita en este hotel».

—Oh. —Miró a su alrededor, desconcertado—. Claro… claro.

La puerta de mi habitación se cerró lentamente antes de que me diera cuenta de que él se había ido. Me metí los faldones de la blusa dentro de la falda y me pasé el cepillo por el pelo.

«¿Lowmanigh y Lucine? —pensé con indiferencia—. ¿Cómo es eso? La señora Kanz está perdiendo facultades. No me dijo nada de eso. —Dejé el cepillo—. Él lo deja casi enderezado, pero vuelve a torcerse. ¿Pero cómo puede ser?»

Low estaba encaramado en la barandilla del desvencijado balcón del porche que se extendía a ambos lados de la segunda planta del hotel. No se volvió cuando me acerqué haciendo crujir el suelo en dirección a la polvorienta silla y el banco de mimbre que formaban al mobiliario del porche.

—¿Quién es usted? —preguntó con voz ahogada—. ¿Qué hace aquí?

Un presentimiento deslizó un dedo delgado y frío por mi nuca.

—Ya nos presentaron —dije débilmente—. Soy Perdita Verist, la nueva maestra, ¿recuerda?

Se volvió bruscamente.

—Deje de hablar en voz alta —sugirió—. La escucho mentalmente. Sabe tan bien como yo que no puede escaparse… ¿Pero cómo lo sabe? ¿Quién es usted?

—¡Basta! —exclamé—. No tiene por qué escuchar mentalmente. ¿Y usted quién es?

Nos quedamos mirándonos con expresión furiosa hasta que lanzamos un suspiro, nos relajamos y nos sentamos en las desvencijadas sillas de mimbre. Crucé las manos encima del regazo y sentí que el apretado nudo que había en mi interior empezaba a fundirse y a soltarse hasta que, finalmente, me volví hacia Low, extendí la mano y encontré la suya extendida, dispuesta a coger la mía. Una parte de mi ser gritó: «¿Alguien como yo? ¿Igual que yo?» Pero otro aspecto de mi ser pulsó el botón del pánico.

—No —grité, retirando la mano bruscamente y poniéndome de pie—. ¡No!

—No —dijo Low en tono suave y amable—. No es una traición.

Tragué saliva y me concentré en contemplar a Severeid Swanson, que se tambaleaba de un lado a otro de la calle mientras se acercaba al hotel para buscar su ajo y sus dos botellas de vino, logrando apenas mantener el equilibrio.

—Lucine —dije—. Lucine y usted.

—¿Está mal? —Ahora hablaba en voz alta, y mis huesos dejaron de estremecerse con esa longitud de onda.

—Según la señora Kanz, era previsible —respondí—. Yo intenté suavizar las cosas.

—¡Está mal! —dijo con voz clara.

—¡No se acerque! —grité—. No se acerque.

Pero él estaba allí conmigo, y yo era Lucine y él era yo y sujetamos el horror rojo y negro entre nuestras manos desnudas, y lo miramos. Juntos descendimos por el vacío gris hasta que él fue Lucine y yo fui yo y me vi en el interior de Lucine y me sonrojé por el amor apasionadamente agradecido que ella sentía por mí. Incómoda, repentinamente encontré una forma de dejarlo a él fuera y parpadeé con sorpresa ante tanta soledad.

—¡No se acerque! —grité.

—¡Muy bonito! —Me sobresalté al oír la indignada protesta de Marie—. ¡Lo vi entrar en su habitación sin llamar y cerrar la puerta de un golpe! —exclamó, horrorizada—. Hace bien en rechazarlo sin contemplaciones.

Mi silenciosa risa abrió levemente la barrera y encontró la expresión divertida de él.

—Sí, Marie —dije en tono serio—. Usted me advirtió y yo recordé.

—¡Bien hecho! —Marie sonrió, satisfecha—. Sabía que usted era una buena chica. Y tú, Low, estoy absolutamente avergonzada de ti. Pensé que eras distinto a esos malditos patanes que andan de un lado a otro persiguiendo a las mujeres a plena luz del día. —Empezó a alejarse por el crujiente pasillo y su voz quedó flotando en la escalera—. ¡A plena luz del día! La cena estará lista en menos de lo que canta un gallo. Id a lafaros las manos.

Low y yo nos echamos a reír y fuimos a «lafarnos» las manos.

Hice una pausa sosteniendo entre las manos el agua fría que había cogido de mi palangana de porcelana y la observé chorrear, deleitada al darme cuenta de que era la primera vez en muchos años que me reía íntimamente. Miré durante un largo rato mi imagen temblorosa reflejada en el agua. «Y no estoy sola», gritó uno de mis seres, sorprendido, «no estoy sola».

A la mañana siguiente recorrí los cuarenta kilómetros que me separaban de la ciudad y me alojé en un hotel que tenía agua corriente, ¡e incluso baño privado! Disfruté con el desacostumbrado lujo, despojándome de Kruper… de todo lo de Kruper salvo de los fragmentos brillantes de amor o diversión que permanecían en las grietas de mi alma después que el polvo, la suciedad, los inconvenientes y la fealdad quedaron aliviados.

El domingo por la tarde me quedé adormilada, postergando hasta el último momento posible la decisión de subir al autobús de regreso a Kruper. Entonces, súbitamente, volví a quedar cubierta por una armadura de cautela, mi atención vibró como un alambre tenso y me incorporé rígidamente. En el hotel había alguien. ¿Low se había trasladado a la ciudad? ¿Estaba allí? Me levanté y terminé de vestirme a toda prisa. Luego me senté en el borde de la cama, consciente del profundo fluir de algo. Finalmente bajé al vestíbulo. Me detuve en el último escalón. Fuera lo que fuese, había desaparecido. El vestíbulo parecía normal. Low no estaba entre el tímido mobiliario típico de un rancho. Pero cuando empecé a caminar hacia la ventana para mirar otra vez la encantadora caída del cañón cubierto de árboles que se extendía más allá del patio, él entró.

—¿Estaba aquí hace un minuto? —le pregunté sin rodeos.

—No. ¿Por qué?

—Pensé… —Me interrumpí. Entonces los engranajes se movieron sutilmente recuperando su lugar habitual, y dije—: ¡Bueno! ¿Qué está haciendo aquí?

—El viejo Charlie me dijo que usted estaba en la ciudad y que podía recogerla y ahorrarle el viaje de regreso en autobús. —Sonrió débilmente—. Marie no estaba segura de poder confiar en mí después de mi comportamiento del viernes, pero finalmente me dijo que usted se alojaba en este hotel.

—¡Pero si cuando salí de Kruper yo misma ignoraba dónde iba a alojarme!

Low lanzó una risita contagiosa.

—¡Claro! Usted es nueva por aquí, ¿verdad? ¿Está lista para salir?

—Espero que no tenga prisa por llegar a Kruper. —Low cambió de marcha mientras descendíamos hacia el puente de Lynx Hill y luego, repentinamente, subió por él trazando un peligroso ángulo—. Tengo que hacer una parada.

Percibí que me observaba con cautela y atentamente a pesar de estar concentrado en el camino.

—No —dije, suspirando e imaginando largas horas de espera mientras él se inclinaba sobre la barandilla intercambiando largos silencios y breves comentarios con algún conocido de la mina—. No tengo prisa, siempre que llegue a la escuela a las nueve de la mañana.

—Fantástico —dijo en tono divertido e, incómoda, volví a comprobar la barrera de mi mente. Seguía intacta—. En realidad —añadió—, también será algo para su colección.

—¿Mi colección? —repetí, confundida.

—Su colección de ciudades perdidas. Estoy yendo a Machron, o al lugar en el que solía estar. Se encuentra en la pequeña caja de un cañón, por encima de Bear Flat. Podría ser… —Un punto intrincado del camino, una pequeña piedra y una minúscula rama de pino, interrumpieron su frase.

—¿Qué podría ser? —pregunté, haciendo una deliberada pausa en las palabras que él intentaba dejar de lado.

—Podría ser interesante para explorar. —Una expresión divertida curvó ligeramente sus labios.

—Me gustaría encontrar un trozo de cristal ahumado —dije—. Tengo un vaso antiguo de color púrpura, muy bonito. Se conserva bastante bien, salvo que se le ha salido un trozo del borde.

—Algún día le enseñaré mi colección —me informó Low—. Seguro que se le caerá la baba.

—¿Y cómo es que le gustan las ciudades fantasma?

¿Por qué se siente atraído por ellas? ¿Es la historia? ¿Los tesoros? ¿La curiosidad morbosa?

—Tesoros… historia… curiosidad morbosa… —Saboreó lentamente las palabras y dio su aprobación a cada una con un movimiento de la cabeza—. Supongo que las tres cosas. Estoy buscando.

—¿Buscando?

—Buscando. —El tono de su voz puso fin a la conversación. Hice un esfuerzo y me aparté de la náusea de ira totalmente ilógica que sentí al quedar excluida y me perdí en el arbolado prodigio de las colinas que finalmente estrechaban el camino hasta que se volvió apenas lo suficientemente ancho para que pasara el coche.

Finalmente Low giró el volante y, haciendo saltar la arena con los neumáticos, frenó bajo un enorme nogal.

—¿Se ha traído las zapatillas? No podemos seguir con el coche.

Media hora después habíamos llegado a una pequeña meseta situada encima del desfiladero rocoso por el que habíamos resbalado; las piedras habían quedado llenas de grietas con el paso de los vagones de ruedas altas que hacía casi medio siglo habían transportado minerales. En la época de mayor actividad, la ciudad se había expandido por las laderas de las colinas y a lo largo de los riachuelos secos que se extendían como dedos desde la pequeña meseta. Unos escalones de hormigón conducían hasta los cimientos en ruinas, y las puertas desvencijadas conducían a unas paredes de hormigón cubiertas de maleza.

Unos pocos edificios habían quedado casi intactos, resistiéndose tercamente a la destrucción. Subí por una calle y bajé por otra, sin darme cuenta de que Low no me seguía. Como conocía el estilo solitario de los aficionados a las ciudades fantasma, no hice ningún esfuerzo por encontrarlo pero me pregunté qué era lo que buscaba y me negué a pensar nuevamente quién era y por qué él y yo hablábamos sin palabras, como lo habíamos hecho. Pero aunque callada, la pregunta ardía en mi interior mientras revolvía entre los montones de basura de esa ciudad desaparecida.

Encontré un botón blanco con tres agujeros y la parte de arriba de la cabeza de una muñeca que todavía tenía un ojo azul, y escarbé con las manos, deleitada, cuando creí haber encontrado un azucarero de color púrpura; pero descubrí que sólo era un asa hundida en el lodo.

Estaba protestando porque me había roto una uña, cuando un grito repentino y mudo me traspasó y me sobresaltó. Bajé por la orilla tropezando y corrí haciendo entrechocar las piedras del camino. Encontré a Low en el antiguo vertedero de la ciudad, meciendo algo en la curva de su brazo.

Levantó los ojos y me miró con indiferencia.

—¡Tal vez! —gritó—. Esto podría ser una parte de aquello. Nunca perteneció a la vida de esta ciudad. ¡Mire! ¡Mire la forma que tiene! ¡Mire el trazo de las líneas! —Sus manos recorrieron la lisa belleza del fragmento de metal—. Y si es parte de aquello, tal vez no muy lejos de aquí… —Se detuvo bruscamente, con el pulgar apoyado en la parte inferior del objeto. Lo hizo girar y lo observó con atención. Mientras miraba, algo murió trágicamente en su interior—. General Electric —dijo, decepcionado—. Fabricado en Estados Unidos. —El trozo de metal se deslizó de sus manos crispadas y Low se agachó. Golpeó con el puño el lodo lleno de grava—. ¡Un callejón sin salida! ¡Un callejón sin salida!

Cogí sus manos entre las mías y le quité la grava al tiempo que apretaba un Kleenex en el hilillo de sangre que se deslizaba por su meñique.

—¿Qué has perdido? —le pregunté suavemente.

—Mi propio ser —susurró—. Estoy perdido y no logro encontrar el camino de regreso.

No se dio cuenta de que nos levantábamos y de que yo lo conducía hasta un fragmento de pared que impedía que una rama atrofiada de saúco cayera por el cañón. Nos sentamos y durante un rato nos zambullimos en el mar de su desolación, mientras yo pensaba: «El también. También está perdido. Los dos lo estamos». Entonces lo ayudé a recuperar el discurso, aunque no sabía si era un discurso con palabras o no.

—Entonces era muy pequeño —dijo—. Creo que sólo tenía tres años. ¿Cuánto tiempo se puede vivir con los recuerdos de los tres años? Mi madre me dijo todo lo que ellos sabían, pero yo podría recordar algo más. Hubo un accidente… un choque frontal al otro lado de Chuckawalla. Mi gente resultó muerta. El coche intentó volar justamente antes de que chocáramos. Recuerdo que mi padre lo elevó intentando evitar al otro coche y mamá cogió un puñado de sol y lo trenzó poniéndome fuera de peligro, pero el choque fue inevitable y sólo pude oír que mi madre gritaba: «¡No olvides! Regresa al cañón». Y mi padre me decía: «¡Recuerda! ¡Recuerda el Hogar!», y ambos desaparecieron, incluso sus cuerpos desaparecieron en el incendio que estalló. Sus cuerpos y cualquier señal que los identificara. Mamá y papá me recogieron y me criaron como a un hijo, pero yo tengo que regresar. Tengo que regresar al cañón. Mi lugar está allí.

—¿Qué cañón? —pregunté.

—¿Qué cañón? —preguntó él en tono apagado—. El cañón en el que ahora vive el Pueblo. Mi Pueblo. El cañón en el que se instalaron después de que la nave espacial se estrellara. La nave espacial que he estado buscando, rezando para encontrar algún fragmento minúsculo que me indique el camino al cañón. Que me indique al menos en qué zona del Estado se encuentra. El cañón en el que me quedé dormido antes de despertarme con el choque. El cañón que no logro encontrar porque no guardo memoria del camino que conducía a él.

»¡Pero tú lo sabes! —prosiguió—. ¡Tienes que saberlo! No eres como los demás. Eres de los nuestros. ¡Tienes que serlo!

Me encogí.

—Yo no soy nadie —dije—. No soy nada de nadie. Mi madre y mi padre saben quiénes son mis abuelos y mis bisabuelos y mis tatarabuelos, y solían decírmelo constantemente, intentando descubrir por qué debían soportar la carga de semejante criatura, hasta que fui lo suficientemente inteligente para ser «normal».

—¡Tú piensas que estás perdida! Al menos sabes dónde estabas cuando te perdiste. Podrías dejar de estar perdida. Pero yo no puedo. ¡Yo nunca he dejado de estar perdido!

—Pero puedes hablar sin palabras. —Parpadeó al percibir la violencia de mi reacción—. Me enseñaste que Lucine… Tienes razón —añadí imprudentemente—. ¡Y mira esto!

Una roca que se encontraba en la ladera de la colina adquirió vida repentinamente. Se precipitó colina abajo, haciendo volar la grava, y se convirtió en polvo al estrellarse contra una roca de la base.

—¡Y nunca probé esto, pero mira!

Me detuve en la pared en ruinas y me alejé de Low, directamente por encima del cañón, sintiendo que la tierra se abría a mis pies, percibiendo el suave soplo del viento, la elevación, la salida, la falta de contención. Grité levantando los brazos y estirándome, dominada por el éxtasis, para coger el borde de mi sueño de libertad. Un minuto, un minuto más y podría deslizarme fuera de mí misma y nunca más… nunca más…

Entonces…

Low me cogió un instante antes de que quedara atravesada por los lúgubres y frondosos pinos que cubrían el cañón. Me levantó, luchando y protestando, hasta devolverme al frágil vacío del aire y llevarme otra vez hasta la rama de saúco.

—¡Pero lo hice! ¡Lo hice! —dije entre sollozos—. Y no me caí. ¡Durante un rato realmente lo hice!

—Durante un rato lo hiciste, Dita —murmuró, como si le hablara a una criatura—. Tan bien como yo mismo lo haría. Entonces posees algunas de las Creencias. ¿De dónde las sacaste si no eres una de los nuestros?

Mis sollozos se interrumpieron pero las lágrimas siguieron rodando por mis mejillas. Miré a Low fijamente a los ojos, luchando contra la ira que quemaba el persistente retorno a ese doloroso lugar que había en mi interior. Él también me miró con fijeza hasta que mis lágrimas se secaron y finalmente logré esbozar la sombra de una sonrisa.

—No sé a qué te refieres cuando dices que poseo las Creencias, pero seguramente las encontré en el mismo lugar en el que tú aprendiste a levantar las cejas.

Se ruborizó y se apartó de mí.

—Será mejor que emprendamos el camino de regreso. No sería prudente que nos sorprendiera la noche por estos caminos.

Volvimos a recorrer el sendero.

—Por supuesto, mientras regresamos me pondrás al corriente de todo —dije, sujetándome precariamente mientras me deslizaba sobre un resbaladizo montón de granito. Percibí su inmediata protesta—. Tienes que hacerlo —dije, haciendo una pausa para quitarme la arena de un zapato—. No puedes pretender que ignore el día de hoy, y menos después de haber descubierto a alguien tan loco como yo.

—No me creerás… —Esquivó un arbusto enorme que invadía el estrecho camino.

—Durante todos estos años he tenido que creer cosas increíbles de mí misma —comenté—, y es más fácil creer cosas de los demás.

Avanzamos entre la magia de un temprano atardecer que se oscurecía hasta convertirse en una noche brillante y estrellada, y observé el parpadeo de las estrellas entre los árboles que se curvaban por encima del camino. Escuché el relato de Low. Él desmenuzó la historia hasta desnudarla pero, más abajo, los huesos se quemaban consumidos por el fuego.

—Llegamos desde otro mundo —comenzó a decir, y el orgullo de la pertenencia quedó expresado en sus palabras—. El Hogar quedó destruido. Buscamos un refugio y encontramos esta tierra. Nuestras naves se estrellaron o se quemaron antes de tener tiempo de aterrizar. Pero algunos de nosotros escapamos en naves salvavidas. Mis abuelos se encontraban con el Grupo original que se reunió en el cañón. Pero allí estábamos todos, porque nuestros recuerdos se unen continuamente en el Brillante Comienzo. Por eso sé cosas acerca de mi Pueblo. Lo que ocurre es que no puedo recordar dónde está el cañón, porque la única vez que nos marchamos estaba dormido, y mi madre y mi padre no pudieron decírmelo en esa fracción de segundo anterior al choque.

»Tengo que volver a encontrar el cañón. No puedo vivir eternamente cojo. —No percibió mi sobresalto al oír el eco del pensamiento que me había asaltado cuando estaba con Lucine—. No tendré dignidad hasta que esté con mi Pueblo.

»Ni siquiera conozco el nombre del cañón, pero lo que sí recuerdo es que nuestra nave se estrelló en las colinas y siempre abrigo la esperanza de que algún día encontraré una prueba de ello en alguna de estas antiguas ciudades fantasma. Llegamos a principios de siglo y en algún lugar debe de haber alguna prueba de la existencia de la nave.

La suya era una historia bien elaborada, convertida en un lugar común gracias a la repetición, como lo había sido la mía… una dolorosa y solitaria repetición. Durante un instante, al ver la desdicha reflejada en su rostro, me pregunté por qué sentía cierto bienestar, pero entonces comprendí que se debía al hecho de que entre nosotros no había necesidad de comentarios de simpatía ni de frases triviales, ni siquiera de explicaciones. Las palabras que salían a la superficie eran lo menos importante de nuestra comunicación.

—¿No estás sorprendida? —preguntó, casi decepcionado.

—¿De que no pertenezcas a este mundo? —le pregunté. Sonreí—. Bueno, nunca había conocido a uno, y me parece interesante. Simplemente me habría gustado mucho poder elaborar una fantasía como ésa para explicarme a mí misma. Es una buena variable para la antigua «tengo que ser adoptada porque soy muy distinta». Pero…

Me puse rígida: el súbito arranque de ira de Low me cogió desprevenida.

—¡Qué fantasía! Yo soy adoptado. ¡Yo recuerdo! Pensé que lo sabrías. Teniendo en cuenta que sin duda debes de ser de los nuestros, pensé que serías…

—¡No soy de los tuyos! —estallé—. Al margen de quiénes seáis «vosotros». Soy de la Tierra, hasta tal punto que me sorprende que el polvo no me salga por la boca cuando hablo; pero al menos no intento engañarme diciéndome que soy normal según algún criterio, el de la Tierra o algún otro.

Durante un momento de hostilidad nos rechazamos mutuamente. Me dolieron los dientes a causa de la tensión de los músculos de mi mandíbula. Entonces Low suspiró y, estirando un dedo, recorrió el perfil de mi rostro desde la frente hasta la barbilla y otra vez hasta la frente.

—Piensa lo que quieras —dijo—. Seguramente has pasado por demasiados momentos malos que te hacen sentir deseos de olvidar. Tal vez algún día recuerdes que eres uno de los nuestros, y entonces…

—¡Tal vez, tal vez, tal vez! —exclamé, jadeante—. Pero no puedo más. Es demasiado para un solo día. —Golpeé todas las puertas que pude y empujé a mi ser cotidiano hasta la salida. Mientras empezábamos a alejarnos, volví a abrir una puerta apenas lo suficiente para preguntar—: ¿Qué hay entre tú y Lucine? ¿Eres un amigo de la familia o se trata de algo que estás haciendo con ella?

—Conozco a la familia superficialmente —me aclaró Low—. Ellos no saben nada acerca de lo mío con Lucine. Una vez, el año pasado, ella me llamó la atención cuando yo pasaba junto a la escuela. Los chicos la estaban atormentando. Nunca en mi vida sentí semejante dolor y desconcierto. Pobre niña de la Terra. Tiene una mentalidad de tres años en un cuerpo de doce…

—De cuatro años —puntualicé—. O casi cinco. Está aprendiendo.

—Cuatro o cinco —repitió Low—. Debe de ser espantoso estar atrapado en un cuerpo…

—Sí —suspiré—. Estar encerrado en la cárcel de uno mismo.

Volví a sentir el calor de su dedo que se deslizaba sobre mi rostro, suave, reconfortante, aunque él no se movió.

Me aparté de él en la oscuridad para ocultar las lágrimas que brotaron repentinamente en mis ojos.

Cuando llegamos a casa era tarde. Aún había luces en los bares y en una o dos casas cuando llegamos a Kruper, pero el hotel estaba a oscuras, y en la pausa que se produjo antes de que el coche frenara pude oír el débil crujido de la puerta delantera desvencijada que se mecía en el viento. Bajamos del coche en silencio, susurrando bajo el hechizo de la quietud de la noche, y nos acercamos a la entrada caminando de puntillas. Como de costumbre, el rosal raquítico que caía desde la valla se me enganchó en el pelo y mientras Low me ayudaba a soltarlo, empezamos a reír. Supongo que hacía tiempo que los dos no nos sentíamos jóvenes y juguetones, y que ambos nos habíamos liberado de las tensiones y habíamos encontrado una aprobación tácita de nosotros mismos mientras el mundo se negaba a aceptarnos tal como queríamos ser; y como cada uno había vislumbrado su alma gemela, repentinamente nos sentíamos exultantes. Nos detuvimos al pie de la escalera del porche e intentamos ahogar las risitas.

—Si nos ven comportándonos de esta forma, creerán que estamos locos —dije, ahogada por la risa.

—Tengo que darte una noticia —me dijo Low al oído—. Estamos locos. Y me atrevería a demostrarlo.

—¡Caray! ¡Como si fuera necesario hacerlo!

—Te desafío. —Su risa me hizo cosquillas en la mejilla.

—¿Cómo? —pregunté.

—No subamos por la escalera. Deslicémonos en el aire. ¿Por qué gastar energías si podemos…?

Me ofreció una mano. Repentinamente seria, la cogí y retrocedimos hasta la entrada y nos detuvimos allí cogidos de la mano, mirando hacia arriba.

—¿Preparada? —susurró, y sentí que me daba un tirón.

Me elevé en el aire detrás de él, sujetando mis posibles temores en la otra mano.

Y el rosal se enderezó y me tironeó el pelo.

—¡Espera! —susurré, temblando otra vez de risa—. Estoy enganchada.

—¡Atada a la Tierra! —exclamó mientras tironeaba de las ramas enganchadas.

—Sonríe cuando digas eso, amigo —le respondí, sintiendo que mi corazón se fundía de placer al comprobar que había llegado a un punto en el que podía tomarme a broma toda esa amargura… e intenté pasar por alto el hecho de que mis pies no tocaban nada salvo el aire. Mi pelo se soltó y él me ayudó a elevarme. Creo que nuestros labios apenas se rozaron, pero pasamos por encima del porche y tuvimos que volver a descender sobre él. Low me enderezó mientras nos apoyábamos en la barandilla.

—Lo logramos —musitó.

—Sí —respondí en voz baja—. Lo logramos.

Entonces quedamos paralizados. Alguien entraba en el patio. Alguien que tropezó, se tambaleó y chocó contra la puerta de entrada con un ruido de cristales rotos.

—¡Ay! ¡Ay! ¡Madre mía!1 —Severeid Swanson cayó de rodillas junto a la botella rota—. ¡Ay, virgen purísima!

—¿Nos vio? —pregunté en un susurro.

—Lo dudo. —Las palabras se deslizaron cálidamente por mi mejilla—. Hace años que no ve nada que ocurra más allá de sus narices.

—Ten cuidado con la silla. —Avanzamos a tientas en la oscuridad hasta el vestíbulo de la planta superior. Una débil bombilla de quince vatios se reflejaba en el regular goteo del agua que caía en el sumidero desde los grifos viejos; bajo el cromo gastado asomaban unas manchas amarillentas. Gracias a esos dos grifos teníamos instalación sanitaria en el segundo piso.

Nos despedimos en silencio, rápidamente.

Me había puesto el camisón y la bata y estaba sentada en el borde de la cama, cepillándome el pelo, cuando oí que alguien arrastraba los pies y murmuraba junto a mi puerta.

Comprobé que el cerrojo estaba echado y seguí cepillándome el pelo. Entonces se oyó un golpe seco y amortiguado y el picaporte se movió.

—¡Señorita! —Era una voz cautelosa—. ¡Señorita!

«¿Quién demonios será a estas horas?», me pregunté y me acerqué a la puerta.

—¿Sí? —Me incliné contra la madera astillada.

—Dé-je-me endrar. —Las palabras salían con dificultad.

—¿Qué quieres?

—Hablar con usded, señorita.

Dominada por la curiosidad, abrí la puerta. Allí estaba Severeid Swanson, tambaleándose. Pero me habían dicho que no sabía una palabra de inglés… Se inclinó peligrosamente hacia delante, con el rostro iluminado por la luz, con un aspecto mucho más joven del que había tenido jamás.

—Se me ha roto la botella. Usted es la culpable. No está bien volar sin alas. Los ángeles santos sí, pero no los amantes para besarse2. Me hizo caer la botella. En el suelo están desparramados todos mis sueños.

Se tambaleó hacia atrás y se secó el sudor de la frente.

—No está bien. Se lo digo porque usted tiene luz en la cara. Es buena con mi Esperanza. Tiene sueños que no están en la botella. Les sonríe a los que están perdidos, ni se ríe de ellos. Pero no debe volar. No está bien. Mi botella está rota.

—Lo siento —dije, sorprendida—. Le compraré otra.

—No —aclaró Severeid—. La última vez también me dicen lo mismo, pero no puedo beber por culpa de la sorpresa. La última vez, como pájaros, todos en el cielo… por encima de las colinas… esos que son tan amables. Los que tampoco se ríen de los que están perdidos.

—¿La última vez? —Lo cogí del brazo, lo arrastré al interior de la habitación y cerré la puerta; la excitación me hacía cosquillear el pliegue interior de los codos—. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Quién volaba?

Me miró parpadeando como un búho, humedeciéndose los labios con la punta de la lengua.

—No está bien volar sin alas —repitió.

—Sí, sí, ya lo sé. ¿Dónde vio a otros volando sin alas? Debo encontrarlos… ¡Es necesario!

—Como pájaros —dijo, balanceándose—. Por las colinas.

—Por favor —insistí, desenterrando, desesperada, el poco castellano que sabía.

—Trabajé ahí mucho tiempo. No volví a verlos más. Seguí bebiendo. El chino Joe me consiguió otra botella.

—Por favor, señor —grité—, ¿dónde… dónde…?3

Su rostro se ensombreció. Se le aflojó la boca. Sus ojos me miraban desde detrás de los párpados caídos.

—No comprendo. —Miró a su alrededor, desconcertado—. Buenas noches, señorita4.— Volvió a abrir la puerta y la cerró suavemente a sus espaldas.

—Pero… —le grité a la puerta—. ¡Por favor!

Entonces me metí en la cama y me aferré a esa pequeña información.

«¡Otros! —pensé—. ¡Volando por las colinas! ¡Todos hacia el cielo! Quizás alguno de ellos estaba en el hotel de la ciudad. Tal vez no están demasiado lejos. ¡Si al menos supiéramos…!»

Entonces sentí el súbito bostezo de un abismo espantoso. Si era verdad, si Severeid realmente había visto a otros elevándose como los pájaros en las colinas, entonces Low tenía razón… ¡había otros! Tenía que existir un cañón, una nave, un Hogar. ¿Pero a dónde me conducía eso? Retrocedí mentalmente al pensar en las posibilidades. Me volví y enterré la cara en la almohada. ¡Pero mi madre y mi padre! ¡Y el abuelo Josh y la abuela Malvina y el bisabuelo Benedaly y… me aferré a todos los recuerdos que había oído acerca de la familia. El cruce del océano en el entrepuente. La visión de una tierra nueva. Oh, mis antepasados se alzaban a mis espaldas como un sólido muro de roca, remontándose hasta… casi hasta Adán. Me apoyé en la certeza y grité hasta sentir que el muro de piedra se estremecía y se convertía en una cortina que se agitaba con el viento de la duda.

—¡No, no! —sollocé, y por primera vez en la vida lloré por mi madre, y me sentí tan desconsolada como si ella hubiera muerto.

Entonces me incorporé repentinamente en la cama.

—¡Tal vez no sea así! —dije, sollozando—. Él no es más que un borracho. Puede inventar cualquier cosa gracias a esa botella. ¡Tal vez no sea así!

—Pero tal vez sí —susurró una parte de mi ser maliciosamente—. Tal vez sí.

En los días siguientes no se produjo ningún acontecimiento. Yo había llegado a una plácida meseta en mi batalla conmigo misma, tal vez porque tenía algo nuevo en lo que ocupar la mente, o tal vez sólo se trataba de un sitio tranquilo, dado que las emociones tenían que descansar en algún momento.

De cualquier forma, la sorpresa de encontrar a Low tardó en desaparecer. Podía sentir su «buenos días» cuando bajaba el primer escalón, todas las mañanas, y de vez en cuando me despertaba en la oscuridad y oía su silencioso «buenas noches».

En una ocasión, después de la cena, Marie se quedó delante de mí mientras me preparaba para salir. Señaló en silencio mi plato y el revoltijo que había hecho con la comida. Me sonrojé.

—¿No es buena? —preguntó, cruzando las manos por encima de su enorme estómago y balanceándose peligrosamente hacia atrás.

—Es perfecta, Marie —logré decir—. Simplemente no tengo hambre. —Y huí entre la nube con olor a ajo de su indignada exhalación, percibiendo la muda diversión de Low. ¿Cómo podía explicarle que Low me había estado mostrando un arco iris doble que había visto esa tarde y que yo había quedado tan absorta en el sabor de los colores y en el prodigio de poder recibirlos de él que me había olvidado de la comida?

Low y yo pasábamos mucho tiempo juntos, conociéndonos, pero durante la mayor parte de esos momentos estábamos aparentemente sentados con los demás en el porche, al atardecer, escuchando las antiguas historias de mineros y ganado que eran la moneda corriente cada vez que los ciudadanos de Kruper se reunían. Las buenas historias nunca se acababan, de modo que al cabo de un rato resultaba fácil seguir las conocidas repeticiones y sin embargo estar a solas en medio del grupo.

—¿No te parece que necesitas un poco más de práctica en la elevación? —La silenciosa pregunta de Low sonó claramente por encima del murmullo.

—¿En la elevación? —Me agité en mi silla, porque no era tan experta como él en la práctica de seguir dos conversaciones simultáneamente.

—Me refiero a volar —dijo él con exagerada paciencia—. Como lo que hiciste en el cañón y por encima del porche.

—Oh. —El éxtasis y el terror se mezclaron en mi interior. Entonces sentí que me relajaba en el poderoso calor de los brazos de Low, sin resistirme a él como había hecho cuando me había elevado en el cañón.

—Oh, no lo sé —respondí, apartándolo de mi mente todo lo que pude—. Creo que puedo hacerlo muy bien.

—Un poco más de práctica no te vendrá mal. —Su respuesta pareció divertida—. Pero será mejor que espere a que yo esté por allí… por si acaso.

—¿Tú crees? —le pregunté—. Mira. —Me elevé en la oscuridad y quedé suspendida a unos quince centímetros de la silla.

Algo me cogió suavemente y empecé a atravesar el porche. Retrocedí a toda prisa, aterrizando apenas en el borde de la silla, golpeando sonoramente el suelo con los talones. El relato se interrumpió bruscamente y todos me miraron.

—Los mosquitos —improvisé—. Me producen alergia.

»¡Eso no vale! —farfullé en silencio—. ¡Te burlas!

—Todo vale… —respondió Low y se interrumpió mientras intentaba recordar el resto de la cita.

«¡Vaya! —pensé—. ¿Y esto es la guerra?» Me sentí absolutamente encantada el resto de la noche.

Entonces llegó el sábado, cuando el cielo estaba nítidamente azul y las nubes eran tan algodonosas que no pude quedarme dentro de casa zurciendo ropa o cosiendo botones e intentando decidir si repasaba el esmalte de uñas o si lo quitaba y volvía a aplicarlo. Me puse los zapatos deportivos, una falda de algodón, me levanté las mangas de la camisa a cuadros, me até las mangas del jersey a la cintura y me encaminé a las colinas. Era el día ideal para seguir las tuberías de agua de la población hasta el manantial que las alimentaba y comprobar si las terribles historias que había oído acerca de su estado eran reales.

Jadeante, hice una pausa al llegar a la parte más alta del último saliente inclinado, desde el que se dominaba la población, y contemplé el grupo de casas destartaladas que se extendía por ese lado de Kruper. Al otro lado de las vías del ferrocarril había una planicie lo suficientemente grande para levantar las cuatro casas nuevas que se habían construido con la reapertura de la mina de Golden Turkey. Se extendían formando una línea recta, brillante como bloques de juguete contra el matiz rojizo de la ladera.

Me aparté el pelo de la frente y me volví de espaldas a Kruper. Vi los fragmentos de tubería de agua dispersos a intervalos caprichosos por la colina… En algunos sitios estaba construida sobre leños que cruzaban de un lado a otro, y en otros seguía el contorno mellado de las laderas. Unos minutos más tarde me divertí intentando detener con las manos el chorro de agua de uno de los diversos agujeros de la tubería oxidada y vieja y contando los tapones cortados a mano que obstruían los otros agujeros. Parecía un milagro que a la población bajara el agua. Estaba tan absorta que me llevé una mano a la cara inconscientemente, y en ese momento un dedo tibio empezó a recorrer…

—¡Low! —Me volví hacia él—. Pero ¿qué estás haciendo aquí arriba?

Bajó de encima de una roca.

—Hoy Johnny se siente mal. Quiere que yo compruebe si alguno de los tapones se ha caído.

Nos echamos a reír mientras comprobábamos y rastreábamos la tubería siguiendo el chorro y la vigorosa vegetación que crecía gracias al agua derramada.

—Apuesto a que tiene al menos un millar de tapones colocados —comentó Low.

—¿Por qué demonios no coloca una tubería nueva?

—Se trata de una reliquia familiar —señaló Low—. Simplemente se debe a que se siente tan mal que incluso acaricia la idea de dejarme taponar su tubería. El resto de los tapones es un asunto de la familia. Tienen aproximadamente tres generaciones.

Martilló el tapón en el más grande de los agujeros y retrocedió, secándose el agua que le había empapado la cara.

—Sigamos subiendo. Te mostraré el manantial.

Nos sentamos en la húmeda frescura del bosquecillo que cubría la cueva en la que el manantial surgía a borbotones, azul, blanco y verde claro antes de perderse en las viejas tuberías averiadas. Estábamos sentados en los extremos opuestos de la tubería, descansando cada uno en la conciencia del otro cuando de repente, durante un precioso instante, nos deslizamos juntos como corrientes de agua que se fundían, tan absolutamente unidos que la separación nos sobresaltó. ¿Tanta dulzura sin siquiera tocarnos…?

De todas formas, los dos nos separamos rápidamente de esta nueva y atemorizante emoción y, como no encontramos palabras para expresamos, Low me entregó una flor del saliente que se alzaba por encima de nosotros y cogió una hoja marchita que caía deslizándose junto a él.

—Gracias —le dije, oliéndola y estornudando vigorosamente—. Ojalá yo pudiera hacer eso.

—¡Claro que puedes! Levantaste esa roca de Macron y tú misma te elevaste.

—Sí, yo misma. —Me estremecí al recordarlo—. Pero la roca no la levanté. Sólo pude moverla.

—Prueba con ésa de allí. —Low lanzó una piedra en dirección a una pequeña roca de color azul pizarra que se encontraba en la arena húmeda. Obediente, ésta abrió una pequeña grieta a los pies de Low.

»Levántala —dijo.

—No puedo, le dije que no puedo levantar nada del suelo. Sólo puedo moverlo. —Deslicé un pie de Low a un costado.

Sorprendido, él volvió a dejarlo donde estaba.

—Pero tienes que ser capaz de elevar cosas, Dita. Eres de los…

—¡No lo soy! —Arrojé al manantial la flor con la que había estado jugueteando y vi que era absorbida por la tubería. Abajo, alguien quedaría sorprendido en el fregadero, o tal vez alguna de las distintas fuentes que se extendían desde este punto hasta la población acabaría llena de brotes.

—Pero todo lo que tienes que hacer es… es… —Low se detuvo, sin encontrar las palabra adecuadas.

—¿Sí? —Me incliné hacia delante, algo ansiosa. Tal vez podría aprender…

—¡Bueno, simplemente elevarla!

—¡Caray! —dije, decepcionada—. De todas formas, ¿tú puedes hacer esto? Mira. —Metí la mano en el bolsillo y saqué dos pasadores y tres bolas de pelusa—. ¿Tienes una moneda?

—Claro. —La sacó de su bolsillo y me la dio. Se la devolví.

—Hazla brillar —le dije.

—¿Que la haga brillar? —La movió entre sus manos.

—Sí, que la hagas brillar. Vamos. Es fácil. Lo único que tienes que hacer es hacerla brillar. Cualquier metal sirve, pero la plata funciona mejor.

—Nunca oí hablar de eso —dijo, frunciendo el entrecejo con expresión suspicaz.

—Tienes que haberlo oído —le grité—, si eres parte de mí. ¡Si nuestra unión se remonta al Brillante Comiezo, tienes que recordar!

Low hizo girar lentamente la moneda.

—Para ti es una broma. Algo de lo que reírte.

—¡Una broma! —Me acerqué a él y lo miré a los ojos—. ¿Acaso no he pasado demasiado tiempo buscando una respuesta? ¿Acaso negaría mi pertenencia si descubriera que existe? ¿Acaso mi corazón no queda desgarrado cada vez que tengo que decir no? ¿No crees que diría que sí si con eso pudiera repararlo? Si pudiera extender las manos y decir «pertenezco a…». —Me aparté de él, parpadeando—. Mira. Dame la moneda.

La cogí y, mientras volvía a sentarme, la hice girar rápidamente en la palma de mi mano. Enseguida empezó a lanzar destellos, brillando cada vez más intensamente hasta que tuve que entornar los ojos para mirarla. Finalmente cerré los dedos alrededor de su frío latido.

—Toma. —Le extendí mi mano, que resplandecía con un matiz rosado—. La he hecho brillar.

—Luz —susurró, cogiendo la moneda con expresión de asombro—. ¡Luz fría! ¿Durante cuánto tiempo puedes mantenerla así?

—No tengo que hacer nada para mantenerla así. Seguirá brillando hasta que yo la humedezca.

—¿Durante cuánto tiempo?

—¿Cuánto tiempo tarda el metal en convertirse en polvo? —Me encogí de hombros—. No lo sé. ¿Tu Pueblo sabe crear brillo?

—No. —Sus ojos se clavaron en los míos—. No guardo memoria de algo así.

—Entonces yo no pertenezco a tu Pueblo. —Intenté pronunciar las palabras prescindiendo del dolor de mi corazón—. Casi parece que somos simultáneos, pero no es así. Tú llegaste desde un sitio y yo desde otro.

«¡Ni siquiera a él! —grité para mis adentros—. ¡Ni siquiera pertenezco a él!» Lancé un profundo suspiro y dejé las emociones a un lado.

—Mira —le dije—. Ninguno de los dos encaja en un modelo. Tú te sales de él y yo también, y tú te sientes satisfecho con el argumento que explica por qué eres lo que eres. Yo aún no he encontrado mi explicación. ¿No podemos dejar las cosas así?

Low me cogió de los hombros y la moneda cayó junto al manantial. Me sacudió con un movimiento controlado, apenas más fuerte que el temblor de sus manos tensas.

—Te diré una cosa, Dita. ¡No estoy inventando ninguna historia! Yo pertenezco al Pueblo, tú también, y tu negativa no cambiará nada. Somos del mismo…

Durante un instante nos miramos con expresión obstinada y luego la tensión abandonó sus dedos y él los deslizó desde mis brazos hasta mis manos. Nos apartamos del manantial y empezamos a caminar sendero abajo, cogidos de la mano. Me volví para mirar, vi el brillo de la moneda y la humedecí.

«No —dije para mis adentros—. No es así. Si fuera verdad, lo sabría. No somos iguales. ¿Entonces qué soy yo? ¿Qué soy?», y bajé con paso cansado por el estrecho sendero.

Durante aquella época, en la escuela todo fue placidez, y Pete finalmente había decidido que el «dos» podía tener un nombre y un dibujo, y aprendió las palabras que designaban los números hasta el diez en un solo día.

Y Lucine, que para Low y para mí era el símbolo de nuestro propio encarcelamiento, florecía, gracias a nuestra ayuda, con el deleite que le producía poder leer su segunda cartilla elemental.

Pero recuerdo aquel último día sereno. Estaba sentada ante mi escritorio, repasando la décima carta que había recibido en respuesta a mis averiguaciones con respecto a un posible Chinee Joe, apuntando tristemente otro «no». Hasta ese momento había logrado ocultarle a Low el sorprendente episodio de Severeid Swanson. Quería devolverle yo misma su cañón, si éste existía. Quería que fuera un regalo mío para él… y para mi propio yo conmocionado. Sobre todo quería llegar a saber al menos una cosa con certeza, aunque eso me demostrara que estaba equivocada, o incluso me separara de Low. Una sola certeza sólida en todo este asunto sería un verdadero alivio y un punto de partida para estar realmente unidos.

A menudo deseaba poder coger a Severeid y sacudirlo hasta obtener mayor información, pero el hombre había desaparecido; había abandonado su trabajo sin retirar siquiera su último cheque. Nadie sabía a dónde había ido. La última vez que alguien de Kruper lo había visto fue a primeras horas de la mañana, después de que hablar conmigo. Había estado esperando en el cruce de carreteras, tembloroso, con las rodillas flojas y una botella en cada mano, sin molestarse siquiera en levantar el pulgar simplemente esperando que alguien se detuviera a recogerlo… y al parecer alguien lo había hecho. Le pregunté por él a Esperanza y ella se retorció dos veces la trenza gruesa y brillante.

—Es un borracho —dijo con indiferencia—. Y no inteligente. Quizá se perdió. —Le brillaron los ojos—. El año pasado se perdió y los polis lo encontraron en El Paso. Cuando volvió, me trajo un perfume. Tal vez se fue otra vez a El Paso. Era un perfume bonito. —Empezó a bajar la escalera—. Pero volverá —me aseguró—, a menos que esté muerto en alguna zanja.

Sacudí la cabeza y sonreí, de mala gana. Y pensar que reaccionaría como un león si alguna otra persona hablaba así de Severeid…

Suspiré y volví a ocuparme de mi decepcionante carta. De pronto fruncí el entrecejo y me agité incómoda en la silla. ¿Qué era lo que estaba mal? Me sentí muy incómoda. Comprobé mi estado físico. Luego recorrí la habitación con la mirada. Petie jugaba a los aviones mientras los dibujaba y el suave sonido del despegue era prácticamente lo único que se oía en el aula. Comprobé la comunicación silenciosa y noté que el plácido zumbido era igual al de siempre. De pronto volví a concentrarme. Oí un zumbido punzante, como el de una abeja furiosa… ¡un zumbido nefasto! ¿Quién era? Vi los ojos encendidos de Lucine y comprendí.

Jadeé ante el súbito fluir de la ira y el odio. Cuando intenté leer su mente fui rechazada… no de manera consciente sino como si jamás hubiera existido contacto entre nosotras. Me pasé las manos temblorosas por la falda, intentando borrar de ellas lo que había leído.

La campana del recreo me cogió tan de sorpresa que di un salto y me uní a la alegría de los chicos. En cuanto pude fui corriendo a la sala de la señora Kanz.

—Lucine va a tener otro ataque —dije sin preámbulos.

—¿Qué le hace suponer eso? —La señora Kanz anotó con rapidez un «46,5%» en la parte superior de un examen de literatura.

—No lo supongo. Lo sé. Y esta vez no será nada suave. Alguien resultará dañado si no hacemos algo.

La señora Kanz dejó su bolígrafo y cruzó las manos sobre el escritorio; sus labios se tensaron.

—Ha estado pensando demasiado en Lucine —dijo sin mostrar la menor satisfacción—. Si está llegando al punto de creer que puede predecir su conducta, está muy equivocada. La gente empezará a decir que la rara es usted. ¿Por qué no se olvida de ella y se concentra… por ejemplo…, en Low? Apuesto a que él es más divertido.

—Él también lo sabe —grité—. ¡Él le diría lo mismo! Sabe sobre Lucine más de lo que cualquiera puede imaginar.

—Eso es lo que he oído decir. —Su voz sonó con un ronroneo desagradable que yo no conocía—. Los han visto juntos en las colinas. Bueno, el retraso de ella sólo es mental. Recuerde que ahora tiene más de doce años y algunos hombres…

Golpeé el escritorio con la mano. Noté que me brillaban los ojos y la señora Kanz se echó hacia atrás como si hubiera recibido un golpe. Apoyó el dorso de una mano contra su mejilla, en actitud defensiva.

—Yo… —jadeó—. ¡Sólo estaba bromeando! Respiré profundamente para aliviar mi ira.

—¿Piensa hacer algo con respecto a Lucine? —pregunté en tono suave.

—¿Qué puedo hacer? ¿Acaso se puede hacer algo?

—Olvídelo —respondí en tono amargo—. Simplemente, olvídelo.

Estuve toda la tarde intentando comunicarme con Lucine, pero me resultó inaccesible. En el fondo, la violencia y el odio se deslizaban como la lava y en una ocasión —sin que nadie la provocara abiertamente— se estiró hasta la fila del costado y le pellizcó el brazo a Petie hasta que éste se echó a llorar.

Cuando sonó la última campana del día, estaba absorta, con el rostro vuelto hacia la pared.

—Ya puedes irte, Lucine —le dije a la taciturna desconocida que había reemplazado a la niña que yo conocía. Le puse una mano en el hombro. Ella se apartó con un movimiento rápido. Mientras se iba, vi su perfil. Tenía los músculos de la mandíbula hechos un nudo y las venas del cuello le sobresalían.

Regresé corriendo a mi casa y esperé, casi loca de preocupación, a que Low terminara su turno. Caminé de un lado a otro de la gastada alfombra oriental de la sala, rodeando la estufa de hierro colado. Miré una docena de veces desde detrás de las cortinas de encaje, entrecerrando los ojos tras los sucios cristales de las ventanas. Mientras caminaba golpeaba suavemente mi puño contra la palma, y sentí un dolor físico cuando el teléfono de la pared sonó inesperadamente.

Cogí el teléfono con brusquedad.

—¡Sí! —grité—. ¡Diga!

—Marie. Quiero hablar con Marie. —La voz sonaba dlistante y agrietada—. Dígale a Marie que tengo que hablar con ella.

Llamé a Marie y mientras ella hablaba salí hasta el porche. Me paseé de un lado a otro y la voz de Marie se elevaba y descendía cada vez que yo pasaba junto a la puerta.

—… bueno, hace tiempo que lo esperaba. Una chica loca como ella…

—¡Lucine! —grité y entré corriendo—. ¿Qué ocurrió?

—¿Lucine? —Marie me miró frunciendo el ceño—. ¿Qué tiene que ver Lucine con todo esto? Anoche la hija de Marson se fugó con un minero de Golden Turkey. Él tiene por lo menos cincuenta y ella acaba de cumplir los dieciséis. —Volvió a acercar la boca al micrófono del teléfono—. ¿Sí, sí? —Sus ojos brillaron con avidez.

Regresé a la puerta justo a tiempo para ver el coche que frenaba. Cogí el abrigo y bajé los escalones al mismo tiempo que la puerta del coche se abría.

—¿Lucine? —pregunté jadeando.

—Sí. —El jefe de policía me abrió la puerta de atrás y su ayudante me miró con ojos desorbitados—. ¿Dónde está?

—No lo sé —respondí—. ¿Qué ha ocurrido?

—Mientras iba a su casa se volvió loca. —El coche arrancó y se alejó del hotel—. Cogió a Petie de los talones y lo golpeó contra una roca. Ahuyentó a los otros chicos tirándoles piedras y volvió a ocuparse de Petie. Él sigue vivo, pero el médico perdió la cuenta de los puntos que tuvo que darle y todavía siguen haciéndole transfusiones. La señora Kanz dice que es probable que usted sepa dónde está la chica.

—No. —Cerré los ojos y tragué saliva—. Pero la encontraremos. Primero vayamos a buscar a Low.

El autobús que trasladaba a los trabajadores estaba aparcando en la gasolinera.

Low bajó del autobús y se metió en el coche del jefe del policía antes de que nadie pronunciara una sola palabra. Al darle la mano vi mi ansiedad reflejada en su rostro.

Durante las dos horas siguientes recorrimos los caminos de Kruper. Fuimos a todos los lugares en los que pensamos que podía estar Lucine pero no logré percibir su presencia en ningún sitio, ni en las laderas de las colinas cubiertas de arbustos ni en las montañas salpicadas de pinos.

—Daremos otra vuelta por Poland Canyon. Si no encontramos nada tendremos que conseguir un pelotón y los perros de caza de Claude. —El jefe de policía se acercó a la ladera empinada de la entrada del cañón—. Me sorprende que una chica pueda haber desaparecido tan rápidamente.

—No la habéis visto correr de verdad —intervino Low—. No puede hacerlo si hay gente alrededor. Sólo es un poco más lenta que un avión y es capaz de hacerme caer en cualquier momento. Sencillamente pone la marcha superdirecta y empieza a correr. Podría vencer a los perros de caza de Claude sin proponérselo.

—¡Pare! —Me cogí al respaldo del asiento—. ¡Pare el coche!

El coche tenía buenos frenos. Nos enderezamos y bajamos.

—Por allí —señalé—. Está por allí, en algún lugar. —Miramos la ladera cubierta de maleza que se alzaba al otro lado del cañón.

—¡Demonios! —protestó el jefe de policía—. ¡En Cleo II, no! Es un agujero infernal en el que no quedó nada más que malas vibraciones desde que abrieron el primer pozo. Agua y gas y arena suelta y todos los maleficios habidos y por haber. He rescatado de allí a unos cuantos hombres muertos… Y antes que yo, mi padre. ¿Qué le hace pensar que ella está allí, señorita? ¿Usted ha visto algo?

—Sé que está allí, en algún sitio —dije evasivamente—. Tal vez no en la mina, pero sí allí dentro.

—Vayamos a mirar —dijo el jefe de policía, suspirando—. Daría cualquier cosa por saber cómo la vio desde el otro lado del coche. —Bajó y asió el revólver.

—¿Un arma? —pregunté, jadeando—. ¿Para Lucine?

—Usted no ha visto a Petie, ¿verdad? —me preguntó él—. Yo sí. Y cuando voy a cazar un animal llevo armas.

—¡No! —grité—. Ella vendrá a buscarnos.

—Puede que sí —dijo el agente en tono pensativo—. O puede que no.

Cruzamos la carretera y entramos en el cañón.

—¿Estás segura, Dita? —susurró Low—. Yo no percibo en absoluto su presencia. Sólo un depredador…

—Esa es Lucine —dije con un nudo en la garganta—. Esa es Lucine.

Noté que Low se encogía.

—¿Ese… ese animal?

—Ese animal. ¿Nosotros lo creamos? Tal vez tendríamos que haberla dejado en paz.

—No lo sé. —Sentí dolor por su aflicción—. Que Dios me ayude, pero no lo sé.

Lucine estaba en Cleo II.

Por encima del tenso silencio logramos oír las rocas que se deslizaban en el interior cada vez que ella se movía. Sentí que me mareaba.

—¡Lucine! —La llamé en la oscuridad del pozo—. ¡Lucine, sal. Es hora de volver a casa!

Una piedra del tamaño de un puño me hizo tambalear y me llevé una mano al hombro lastimado.

—¡Lucine! —La voz de Low era imponente y se abrió paso en la mina. Se oyó un gruñido de respuesta.

—¿Y bien? —El jefe de policía nos miró.

—Está completamente loca —aseguró Low—. No podemos llegar a ella.

—¡Demonios! —maldijo el policía—. ¿Cómo haremos para sacarla de allí?

Nadie conocía la respuesta y nos miramos con expresión incómoda mientras el sol del atardecer caía sobre nuestras espaldas e iluminaba suavemente la entrada de la mina. Se oyó el repentino ruido de unas rocas que caían cerca de nosotros, golpeando el suelo y tropezando entre los arbustos, y luego un aullido gutural que me perforó los huesos e hizo que el jefe de policía palideciera.

—Le voy a disparar —dijo en tono débil—. La mataré de un disparo. —Levantó el arma y avanzó arrastrando los pies.

—¡No! —grité—. ¡Es una niña! ¡Una niña pequeña!

Volvió la mirada hacia mí y torció la boca.

—¿Eso? —preguntó y escupió en el suelo.

Su ayudante le dio un tirón de la manga, lo llevó aparte y le dijo algo en voz baja. Miré a Low, incómoda. Él seguía buscando a Lucine, con los ojos cerrados y el rostro tenso.

Los dos hombres juntaron unas cuantas piedras pequeñas y las colocaron al alcance de la mano, cerca de la entrada de la mina. Entonces respiraron profundamente, y comenzaron un firme bombardeo contra la mina. Desde el interior llegó una breve respuesta y luego un aullido desgarrado que se desvaneció cuando Lucine retrocedió y se internó aún más en la oscuridad.

—¡Hay que cogerla! —Los dos hombres redoblaron sus esfuerzos al tiempo que se acercaban a la entrada; Low me puso una mano en el hombro para evitar que los siguiera.

—Allí dentro hay un declive —me informó—. Están intentando que ella se acerque a él. Una vez arrojé allí una piedra y no la oí tocar el fondo.

—¡Eso es un asesinato! —grité, apartándome de él y aferrándome al brazo del policía—. ¡Deténgase!

—No se puede hacer otra cosa con ella —gruñó él y sus músculos se tensaron bajo mi mano—. Es mejor que esté muerta ella y no Petie y todos nosotros. Se está preparando para asesinar.

—Yo la convenceré —grité, al tiempo que caía de rodillas y ocultaba mi rostro entre las manos—. Yo la convenceré. Concédame un minuto. —Me concentré como jamás lo había hecho. Hice que mi mente abandonara mi cuerpo y entrara en la oscuridad de la mina, en una profundidad más intensa y más horrible que la oscuridad, y luché con la negrura de la mente de Lucine hasta que sentí que se elevaba de manera incontrolable dentro de mi propia mente. Insistí, con terquedad, intentando encender una chispa de razón bajo el borde de esa iracunda sinrazón para que se filtrara en ella una pequeña dosis de cordura. Low me alcanzó en el preciso instante en que la corriente empezaba a tragarme. Me sujetó hasta que logré arrancar mi ser de aquel infierno.

De pronto se oyó que algo retumbaba en el interior de la colina: un crujido y una nube amarilla de polvo que llegó hasta la entrada.

Se oyó el aullido de un animal que se interrumpía bruscamente, y luego un grito de absoluto dolor y terror… el alarido aterrorizado de una criatura, un despertar horrorizado en la oscuridad, un grito que imploraba ayuda, que pedía luz.

—¡Es Lucine! —dije entre sollozos—. Ha vuelto. ¿Qué ocurrió?

—¡El socavón! —dijo el sheriff tensando la mandíbula—. Los puntales quedaron destruidos hace varios años. Supongo que ahora la tenemos.

—Pero vuelve a ser ella —señaló Low—. Tenemos que conseguir que salga.

—Si ese socavón está donde yo pienso —anunció el jefe de policía—, ella está perdida. Allí hay una franja de terreno en la que sólo hay lodo. El lodo más líquido y resbaladizo que jamás hayan visto. Brota como un chorro de agua. Y puede ahogar a cualquiera. —Sus labios se tensaron—. El primer muerto que vi en mi vida fue el que saqué de este lodazal. Creo que yo tenía dieciséis años… era el más delgado del grupo… así que me hicieron entrar cuando tuvieron localizado el cuerpo y lograron improvisar una contención. Lo sacamos arrastrándolo de los pies. Un individuo obstinado… lo sacamos del lodazal como de un pantano. Ahogado en la tierra. También nos las veremos y nos las desearemos para sacarla a ella.

»Bien —se arremangó la camisa Levi’s—, será mejor que vayamos a la ciudad y regresemos con un pelotón.

—No está muerta —les comunicó Low—. Aún respira. Está atrapada debajo de algo y no puede soltarse.

El jefe de policía lo miró entrecerrando los ojos.

—He oído decir que usted está un poco chiflado —señaló—. Cuando habla así me da la impresión de que es usted el que tiene un ataque.

»¿Quiere regresar a la ciudad, señora? —Su voz se suavizó—. Aquí ya no puede hacer nada. Ella está desahuciada.

—No, no lo está —dije—. Sigue viva. Puedo oírla.

—¡Demonios! —murmuró él—. Los dos igual. Bien, de acuerdo. Quedan a cargo de vigilar la mina para que no desaparezca mientras yo estoy fuera. —Sonrió amargamente con su propia broma y se marchó acompañado por su ayudante.

Escuchamos los ecos del motor hasta que se desvanecieron en la quietud que dominaba las colinas pobladas de árboles. Oímos el suave viento entre los arbustos y el grito lejano de algún ave. Luego, el sonido de nuestro propio pulso y el temeroso desconcierto que dominaba a Lucine. Y oímos el dolor que empezaba a golpear el cuerpo de la niña con sus martillos metálicos, y la penetrante punzada de agonía que alcanzó un brillante y vibrante clímax, cayendo repentinamente hasta el plano inconsciente. Entonces los dos avanzamos a tientas en la oscuridad del túnel. Tropecé y caí y sentí una pesada corriente que se extendía sobre mi regazo, tironeándome hacia abajo. Low avanzaba con dificultad delante de mí.

—Regresa —me advirtió—. ¡Regresa, o quedaremos atrapados los dos!

—¡No! —grité, intentando seguir adelante—. No puedo dejarte.

—Regresa —insistió—. Yo la encontraré y la retendré hasta que ellos regresen. Tú tienes que ayudarme a mantener apartado el lodo.

—No puedo —me lamenté—. ¡No sé cómo hacerlo!

—Noté la pesadez en mi regazo.

—Sí, lo sabes —dijo Low en voz baja—. Mira y verás.

Recorrí otra vez la interminable distancia de la que no había tenido conciencia mientras avanzaba, y al llegar a la entrada de la mina me agaché y me llevé las manos sucias a la cara. Miré en lo profundo de mi ser, en un abismo que se convirtió en una cumbre. Me elevé, en cuerpo y alma, hasta que descubrí una nueva Creencia, una nueva habilidad, y lenta, muy lentamente contuve la deslizante marea seca dentro de mi mente…, y poco a poco empecé a separar el negro torrente que había cubierto a Lucine, de modo que sólo el arco de su brazo mantenía su boca y su nariz libres del lodo invasor.

Low se abrió paso entre la masa, luchando por llegar a Lucine antes de que todo el aire quedara consumido.

Estábamos unidos, llevando a cabo un trabajo tan delicado que ya no éramos dos personas. Éramos una sola, pero formábamos una multitud, unidos en este esfuerzo inaudito. Como cada uno era el otro, no necesitábamos palabras mientras nos esforzábamos en alcanzar a Lucine. Encontramos una rodilla doblada, el ruedo roto de una falda, un tobillo torcido, y el borde astillado del tronco que la tenía atrapada. Contuve el lodo mientras Low se abría paso hasta encontrar la cabeza de la niña. Despejamos un espacio más grande para su rostro. Trabajamos cuidadosamente para liberar su cuerpo. Finalmente, Low sostuvo sus hombros fláccidos y… ¡la perdimos! La perdimos completamente, en un abrir y cerrar de ojos.

—¡Low! —grité, poniéndome de pie en la entrada del túnel; pero el sonido de mi grito quedó ahogado en el fuerte crujido que sacudió la tierra. Observé horrorizada la ladera que se rizaba y se hundía en el silencio después de que un puñado de piedras casi ocultas en una bocanada de humo cayera estrepitosamente hasta mis pies.

Volví a gritar y el cielo giró en una vertiginosa espiral bordeada por las puntiagudas copas de los pinos, y de repente, inexplicablemente, Severeid Swanson apareció en las copas de los árboles, girando con ellos, al tiempo que decía:

—¡Señorita! ¡Señorita!

El mundo se estabilizó como si una mano se hubiera apoyado sobre él. Me puse de pie haciendo un esfuerzo.

—¡Severeid! —grité—. ¡Están allí! ¡Ayúdeme a sacarlos! ¡Ayúdeme!

—Señorita —Severeid se encogió de hombros, con expresión de impotencia—, no comprendo. Traje a uno que vuela. Voy a buscarlo. Usted dijo que tenía que encontrarlos. Yo lo encontré. ¿Qué hace aquí fuera llorando?

Antes de tomar conciencia de que había otra persona de pie junto a Severeid sentí esa presencia en mi mente. Antes de que pudiera convertir mi jadeo en palabras, éstas me fueron arrebatadas. Antes de que pudiera moverme oí que las rocas se partían, caí de rodillas y observé aterrorizada toda la colina que se elevaba y se abría como un surco de tierra bajo un arado. Vi que el lodo surgía como un manantial amarillo rojizo por encima del surco, que Low y Lucine se elevaban junto con el lodo, que la ladera se replegaba sobre sí misma. Vi que Low y Lucine descendían hasta el suelo, delante de mí, y luego la luz que se desvanecía mientras yo caía hacia delante y las puntas de mis dedos rozaban la curva de la mejilla de Low exactamente antes de beberme la oscuridad.

El sol lo dominaba todo. A través de la delgada manta podía sentir el acolchado de la arena fina debajo de mi mejilla. Oí el aire frío que soplaba por encima de mi cabeza, silbando entre los árboles, pero donde nosotros estábamos el calor del sol de finales del otoño se acumulaba en el granito y entraba a raudales en nuestro minúsculo filón de la montaña. Sin necesidad de moverme logré llegar a Low, a Valancy y a Jemmy. Sin abrir los ojos los vi a mi alrededor, dándome fuerzas. El momento era demasiado bueno para que durara. Giré y me levanté.

—Volved a explicarme —dije—. ¿Cómo hizo Severeid para encontraros la segunda vez?

No tuve en cuenta la mirada indulgente que intercambiaron Valancy y Jemmy. No me importó sentirme como una criatura… si ellos eran la medida de los adultos.

—La primera vez que nos vio —dijo Jemmy— fue cuando se echó a dormir la mona al otro lado de una roca junto a la cual habíamos decidido hacer un picnic. Estaba tan borracho, o parecía tan infantil, o ambas cosas, que no se sorprendió ni se desconcertó al ver que nos elevábamos y nos desplazábamos por el cielo. Estaba desconcertado y deleitado. Creyó que había muerto y que se encontraba en el purgatorio, y tuvimos que retenerlo para evitar que se uniera a nosotros. Por supuesto, antes de dejarlo marchar bloqueamos su memoria con respecto a nosotros para que no pudiera mencionarnos delante de nadie salvo a otros miembros del Pueblo. —Jemmy me sonrió—. Es por eso que quedamos verdaderamente impresionados cuando descubrimos que te lo había dicho a ti, aunque tú no perteneces al Pueblo. Al menos no perteneces al Hogar. Eres el tercer golpe a nuestra mentalidad pueblerina. Peter y Bethie fueron el primero, pero al menos ellos pertenecían a medias al Pueblo, pero tú… —sacudió la cabeza con pesar—, tú simplemente no sabes cuál es tu origen.

—Así es. —Me estremecí al recordar los largos años que había pasado intentando averiguarlo—. No conozco mi origen… —Y me relajé bajo la triple seguridad que fluía en mi interior desde la mente de Low, de Jemmy y de su Valancy.

—Bien, cuando tú le dijiste a Severeid que querías encontrarnos, él regresó al terreno de nuestro antiguo picnic con toda la lucidez de que es capaz un borracho. Debió de estar acurrucado sobre esa minúscula fogata durante varios días antes de que lo encontráramos… abrasado de sed y sin haber probado bocado en mucho tiempo. —Jemmy lanzó un profundo suspiro.

»Bueno, cuando descubrimos que Severeid conocía la existencia de lo que pensábamos que eran otros dos miembros del Pueblo… al fin y al cabo, hemos estado reuniendo miembros desde que llegaron las primeras naves. Lo dormimos durante el tiempo que duró el viaje hasta aquí. Se habría sentido muy mal con la velocidad y la altitud del viaje de regreso, sobre todo teniendo en cuenta que no teníamos coche ni avión.

»Percibí tu esfuerzo por salvar a Lucine cuando todavía estábamos a varios kilómetros de distancia y, alabado sea el Poder, llegamos a tiempo.

—Sí —suspiré, aprovechando el calor de la mano de Low para descongelar mi recuerdo de aquel momento.

—Es el trenzado más rápido que hice jamás —comentó Jemmy—. Y la primera vez que lo hago a una escala como ésa. No estaba seguro de que la luz de los últimos rayos del sol, sin la luna, resultaran suficientemente fuertes, de modo que yo mismo quedé boquiabierto al ver cómo se abría la montaña. —Sonrió débilmente—. Tal vez sería mejor que reprimiéramos la práctica de algunas de nuestras Creencias. ¡Fue realmente impresionante!

—¡Ya lo creo! —Me estremecí—. Me pregunto qué piensa Severeid de todo el asunto.

—Hicimos que Severeid olvidara todo el episodio de la mina —dijo Valancy—. Pero, como diría Jemmy, el jefe de policía parecía muy impresionado cuando llegó de vuelta con su pelotón. Lo único que pudo decir fue: «¡Demonios! ¡Cleo II por fin ha desaparecido!»

—¿Y Lucine? —pregunté, saboreando la respuesta que ya conocía.

—Lucine está aprendiendo —informó Valancy—. Bethie, nuestra Sensitiva, descubrió lo que funcionaba mal y ya lo ha arreglado. Será una persona normal dentro de muy poco tiempo.

—¿Y yo? —suspiré, con la esperanza de conocer la respuesta.

—¡Eres de los nuestros! —me gritaron los tres—. ¡Terrícola o no, eres de los nuestros!

—¡Pero qué problema! —dijo Jemmy—. Pensamos que los teníamos catalogados a todos. Están los que pertenecen completamente al Pueblo, y los que pertenecen al Pueblo y a la Tierra, como Bethie y Peter. Y entonces apareces tú. ¡No perteneces al Pueblo en ningún sentido!

—Sin embargo, pareces una confirmación de algo sobre lo cual nos hemos estado haciendo preguntas —comentó Valancy—. Tal vez después de todo este tiempo, la gente de la Tierra también empieza a poseer las Creencias. Hemos tenido indicios de que ha habido tales desarrollos. No teníamos idea de que alguien hubiera llegado tan lejos. Para no hablar de cuántos habrá en el mundo entero que esperan ser descubiertos.

—Que se ocultan, querrás decir —puntualicé—. Nadie va por ahí pidiendo que lo descubran. No después de las primeras reacciones que provoca. O, tal vez con el primer descubrimiento uno se apresura a compartir el asombro, pero enseguida aprende a ocultarse.

—¡Pero te pareces mucho a nosotros! —gritó Valancy—. Perteneces a dos mundos y sin embargo te pareces mucho a nosotros.

—Pero ella no puede elevar objetos —bromeó Low.

—Y tú no puedes crear brillos —repliqué.

—Y tú no puedes trenzar el sol y la luna —intervino Jemmy.

—Ni vosotros podéis formar un grupo de nubes —señalé—. Y si no dejáis de importunarme, lo haré ahora mismo y cogeré el chaparrón de… de Morenci y os empaparé a todos.

—Y podría hacerlo —dijo Valancy, riendo—. Y nosotros no podemos, así que dejémosla en paz.

Todos guardamos silencio y nos relajamos sobre la arena caliente hasta que Jemmy se giró y abrió un ojo.

—¿Sabes, Valancy? Dita y Low pueden comunicarse más libremente que tú y yo. En el caso de ellos a veces es casi involuntario.

Valancy también se giró.

—Sí —confirmó—. Y Dita también puede bloquearme. Se supone que sólo una Reparadora puede bloquear a otra Reparadora, pero ella no lo es.

Jemmy sacudió la cabeza.

—¡Igual que los terrícolas! Nunca van al mismo ritmo de los demás. ¡Esta chica va a ser todo un problema a resolver!

—Sí —intervino Low en una comunicación sin palabras—. Un problema y medio. Pero creo que yo igual me quedaré con ella. —Sentí su tierna risa.

Cerré los ojos bajo el sol y sentí que el brillo dorado me atravesaba los párpados.

«No soy una persona perdida —pensé sin poder creerlo, deleitada—. ¡Realmente, no soy una persona perdida!»

Apreté con fuerza el borde de mi sueño, sabiendo finalmente, con certeza, que algún día sería capaz de abarcar todo su tejido, no sólo para envolverme sino para envolver a otros que estaban perdidos y desorientados. Algún día todos seríamos lo que ahora sólo era un sueño.

Me adormecí levemente, con la mano tibia de Low sobre la mejilla, y me quedé dormida… ya no tenía miedo a despertar.

  1. En castellano en el original. (N. de la T.). ↩︎
  2. En castellano en el original. (N. de la T.). ↩︎
  3. En castellano en el original. (N. de la T.). ↩︎
  4. En castellano en el original. (N. de la T.). ↩︎

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