YO había decidido pasar este año las vacaciones de verano con mi mujer. Nuestra elección recayó en un renombrado hotel del fresco Norte, una casa tranquila y modesta, lejos del ruido de las grandes ciudades. Allí no hay ni rock ni roll. Tampoco se ha de beber whisky puro para ser considerado como perteneciente al smart set.
Pedí una conferencia telefónica y encargué una habitación para mi mujer y para mí.
—Muy bien, caballero —la voz del conserje no podía ser más servicial—. ¿Van a venir ustedes dos juntos?
—Naturalmente —le respondí—. ¡Vaya pregunta más tonta!
Una vez que hubimos llegado los dos juntos, yo llené la hoja de inscripción con unos caracteres genialmente trazados con la pluma. ¿Y qué sucedió entonces? Entonces el conserje nos dio a cada uno una llave.
—El caballero tiene el número 17, la señora el número 203.
—Un momento —dije yo—. Yo había pedido una habitación doble.
—¿Quieren una habitación común?
—Naturalmente. Es mi esposa.
Con la seguridad de un hombre de mundo, el portero se acercó a nuestro equipaje para dar el visto bueno a los pequeños rótulos que ostentaban nuestros nombres. En aquel momento, me estremecí. Los rótulos no llevaban nuestros nombres. Es decir, no todos los rótulos los llevaban. Mi mujer había pedido prestadas dos maletas a su madre y los rótulos de estas maletas ostentaban, como es fácil comprender, el nombre de Erna Spitz.
El portero, sin mirarnos, regresó detrás del pupitre de recepción y entregó una llave a mi esposa.
—Aquí tiene la llave de su habitación común, señora Kishon —dijo alargando las dos últimas palabras de una manera inimitable.
—¿Quiere usted… si usted quizá… —pude balbucir— desea ver nuestros documentos de identidad?
—No hace falta. No controlamos esas cosas. Es un asunto privado de ustedes.
No fue muy agradable, que digamos, tener que desfilar por el vestíbulo del hotel, asombrosamente largo. Pares de ojos ansiosos nos seguían, bocas ansiosas sonreían sarcásticamente y, sin embargo, con aprobación. De pronto me llamó la atención el hecho de que mi mujercita, la mejor de todas las esposas, se hubiese puesto ahora aquel vestido de color rojo chillón que tanta sensación provoca. También sus tacones eran demasiado altos. Maldición, otra vez. El individuo gordo y calvo de allá arriba (probablemente de la sucursal de importación-exportación) nos señalaba con el dedo y susurraba algo al oído de la atractiva rubiales que se hallaba sentada junto a él en la butaca. ¡Qué asco! Que una chica tan joven no sintiera vergüenza de mostrarse en público con aquel viejo verde. Como si en todo el país no hubiesen jóvenes agradables como yo.
—¡Hola, Ephraim!
Me vuelvo y veo que el mayor de los hermanos Schleissner, a los que solo conozco superficialmente, repantigado en una silla en un rincón me hace una seña y con un gesto viene a decirme algo así como «¡Mucho cuidado!» Tiene que precaverse. Ciertamente, mi mujer puede dejarse ver, pero ¿qué significa ese «mucho cuidado»? ¿Qué es lo que se le habrá ocurrido?
La cena en el gran comedor fue una verdadera pesadilla. Mientras, modestos, pasábamos por entre las mesas, llegaban a nuestros oídos trozos de conversación de todos los lados: «Ha dejado al bebé en casa, con su mujer… Un poco agradable, pero ya se sabe que él… Se alojan en una sola habitación, como si fuesen… Conozco a su mujer desde hace años. Una criatura estupenda. Y ahí le tenéis a él con esa…».
Schleissner se levantó rápidamente de su asiento cuando nos acercábamos a su mesa y nos presentó a su joven acompañante, en cuyo dedo anular veíase claramente una alianza. Dijo que era su hermana. De muy mal gusto. Sencillamente de muy mal gusto. Yo les presenté a ambos mi mujer. Schleissner le besó la mano y dejó oír una risa de provocativa comprensión. Luego me llevó aparte.
—¿En tu casa va bien todo? —me preguntó—. ¿Cómo está tu mujer?
—¡Pero si acabas de hablar con ella!
—Está bien, está bien.
Me cogió del brazo con aire de conspirador y me llevó al bar, donde pidió para mí un vodka doble. Me dijo que tenía que librarme de aquellas inhibiciones pasadas de moda. Y, después de todo, ¿qué quiere decir «engañar»? Es verano y hace calor. Todos estamos cansados y tenemos necesidad de recreo. Estas pequeñas escapadas ayudan al marido fatigado a superar las dificultades creadas por su esposa. Todo el mundo lo comprende, todos lo hacen. También dijo que estaba convencido de que mi mujer, en caso de que se enterase, me perdonaría.
—¡Pero si yo estoy aquí con mi mujer! —insistí en tono quejumbroso.
—¿Por qué estás tan avergonzado, muchacho? No hay motivo para ello…
Era inútil. Volví al lado de mi mujer y él al lado de su «hermana». Lentamente y como a pesar suyo, fueron dispersándose las bestias masculinas que entretanto habían tenido sitiada la mesa de mi mujer. Con gran asombro de mi parte, hube de comprobar que a ella le agradaba aquel asedio. Se mostraba de una vivacidad poco natural en ella y en sus ojos había una chispa de malicia y de picardía. Uno de los hombres, según ella me contó luego (por lo demás, un hombre de muy buen aspecto), le había pedido lisa y llanamente que «plantase a aquel ridículo enano y se trasladase a su habitación».
—Naturalmente, yo me he negado —añadió para tranquilizarme—. Jamás compartiría con él una habitación. Tiene unas orejas demasiado grandes.
—Y el que estés casada conmigo, ¿no quiere decir nada?
—Sí, claro que sí —dijo mi mujer, reflexionando—. Ya no sé lo que me pasa.
Un poco más tarde vino hacia nosotros el calvo de la sucursal de importación-exportación y nos presentó su maravillosa rubia:
—Permítanme que les presente a mi hija —dijo.
Yo tenía ganas de darle un puñetazo en la cara. ¡Su hija! Realmente, una desfachatez. No se le parecía en nada. Ni siquiera era calva. Poco a poco fui encontrándolo todo absurdo.
—Permítanme ustedes que les presente a mi amiga —dije señalando a mi mujer—. La señorita Erna Spitz.
Este fue el primer paso para una subversión fundamental de nuestras relaciones conyugales. Mi mujer cambió con asombrosa flexibilidad. Si yo, delante de la gente, quería cogerle la mano o besarla en la mejilla, ella se apartaba diciendo que tenía que velar por su honra. Una vez, durante la cena, incluso me dio un doloroso golpe en la mano.
—¿Te has vuelto loco? —murmuró—. ¿Qué va a pensar la gente? No olvides que eres un hombre casado. Ya hemos dado bastante que hablar.
En esto tenía razón. Por ejemplo, llegó a nuestros oídos que se decía que, en una noche de luna llena, nos habíamos bañado en el mar completamente desnudos. Según otros rumores, los dos tomábamos drogas. La «hermana» de Schleissner sabía incluso que nosotros habíamos ido allí únicamente porque el marido de mi acompañante había descubierto nuestra pista en nuestro anterior nido de amor, en Safed, y habíamos logrado escapar por un puro milagro.
—¿Es verdad esto? —inquirió la hermana de Schleissner—. No voy a contárselo a nadie.
—No es verdad del todo —le expliqué amablemente—. El marido de mi amiga estuvo ciertamente en Safed, pero con la criada. Y el amante de la criada (que, dicho sea de paso, está felizmente casado y es padre de tres hijos) corrió hacia allá y volvió a arrebatarle la criada. Entonces el marido decidió vengarse en nosotros. ¡Y no veo fin a esta persecución!
La hermana juró de nuevo permanecer muda como una tumba, pero pensando, sin duda, contar lo sucedido a los restantes huéspedes del hotel.
Un cuarto de hora más tarde nos llamaron a la dirección del hotel, donde nos propusieron que tomáramos unas habitaciones separadas. Para guardar las formas.
Yo no di mi brazo a torcer y dije que solo la muerte nos separaría.
Poco a poco, la situación fue haciéndose insostenible, aunque por un motivo distinto del que podía suponerse. Mi mujercita, la mejor de todas las esposas, tomó como norma elegir los manjares más caros y pedir champaña francés como bebida de mesa. En un cubo de plata con hielo dentro. Pasada una semana, me salió con la desvergonzada petición de pieles y joyas. Afirmó que era lo usual en tales casos.
Pero el cambio deseado se produjo oportunamente. Una mañana hizo su aparición un periodista procedente de Haifa, uno de esos reporteros internacionales que conocen a todo el mundo.
—¡Vaya rincón más apartado del mundo que habéis escogido! —refunfuñó a las pocas horas de haber llegado—. Nunca habría creído que hubiese un lugar tan aburrido como este. Schleissner viene con su hermana, tú vienes con tu mujer, y a ese calvo juez de lo civil no se le ocurre nada mejor que traerse a su hija. Es profesora de piano. Dime una cosa, ¿cómo has podido aguantar tantos días en este ambiente aburguesado?
Al día siguiente abandonamos el hotel. Y volvió a haber paz en nuestro matrimonio.
Solo de vez en cuando mi mujer aún me echa en cara que la hubiese engañado, y ciertamente con ella misma.
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