AUNQUE ya hace tiempo que Renana ha dejado de ser un bebé, todavía no quiere renunciar al chupete. El doctor dice que es algo completamente normal y asegura que esta necesidad del chupete se extiende a través de todo el periodo de transición que va desde la deshabituación del pecho materno hasta el momento que se empieza a fumar cigarrillos. Dice el doctor que el chupete es una especie de sustitutivo de la madre, cosa que no veo clara en absoluto, porque las madres, que yo sepa, no consisten en una sustancia plástica de color rosa con una boquilla de goma amarilla. Sea lo que fuere, el fenómeno de la necesidad de chupete nos mantiene despiertos todas las noches, tanto más despiertos cuando que Renana no es adicta a los chupetes en general, sino a un chupete especial llamado Zezi.
A los ojos de las personas adultas, Zezi aparece como un chupete completamente normal: un producto en serie de la industria de masas orientada hacia el niño pequeño. Pero nuestra pelirroja hijita se niega a tocar siquiera cualquier otro chupete.
—¡Zezi! —grita una y otra vez.
Al oír ya el primer Zezi, todo el personal de la casa se arrastra de rodillas buscando el objeto deseado. La exclamación de alivio proferida por el que lo ha encontrado tiene para nosotros un significado parecido al que probablemente tuvo para Colón la exclamación: «¡Tierra!». Tan pronto ha sido encontrado Zezi, Renana se calma en cuestión de segundos y chupa tranquilamente la boquilla amarilla de Zezi, rodeada por los miembros completamente extenuados de su familia.
—Esto es una señal —dice el doctor—, una señal inequívoca de que a la niña le falta el amor de sus padres.
Esto es mentira. Nosotros dos, la mejor de todas las esposas y yo amamos mucho a Renana cuando no llora. Ello depende únicamente de Zezi. Con Zezi todo va bien, sin Zezi todo es un verdadero infierno. Cuando alguna vez nos decidimos a pasar una velada en alguna otra parte, la mejor de todas las esposas siente unos temblores histéricos a la menor llamada telefónica. Seguramente es la niñera que nos llama para decirnos que es imposible encontrar a Zezi y que a Renana se le ha puesto ya la cara colorada como un tomate. En tales casos, nos precipitamos enseguida al coche y regresamos a casa con la rapidez del sonido y, en caso necesario, pasando por encima de los cadáveres de varios agentes de tráfico. Y generalmente tenemos que sacar a la niñera de debajo de muchos muebles derribados.
Lo que ocurriría si Zezi se perdiese definitivamente es algo que no nos atrevemos a pensarlo.
En cambio, nos preocupa grandemente la cuestión relativa a cómo sabe Renana que Zezi es Zezi.
Una tarde, mientras Renana dormía, corrí con el sagrado chupete a la farmacia en donde lo habíamos comprado y pedí un ejemplar exactamente igual, del mismo color, del mismo tamaño, del mismo año de fabricación. Me dieron una pieza perfecta, que en nada se diferenciaba del original, corrí a casa y se lo di a Renana.
Sus manecitas lo cogieron y lo arrojaron haciéndole trazar un arco en el aire:
—¡Este no es Zezi! ¡Yo quiero a Zezi! ¡Zezi!
La pobre y ajetreada madre de Renana era de la opinión de que a los finos nervios olfativos de la niña les había llamado la atención una diferencia en el olor que se habría originado mediante el desgaste de Zezi. Nunca olvidaré la cara que puso el boticario cuando le pedí cierta cantidad de chupetes usados. Fue una cara de total repugnancia. No nos quedaba otro remedio que adquirir unos cuantos chupetes nuevos y hacerlos envejecer en un improvisado laboratorio. Compramos los productos químicos necesarios, agua oxigenada y cosas así, sumergimos un chupete de muestra y esperamos a que adquiriera el color verdoso de Zezi. Renana descubrió inmediatamente el timo y se echó a berrear pidiendo su Zezi.
—La única solución —dijo el médico— son unas gotas de tranquilizante.
Pero tampoco sirvieron de nada. Una noche en que nos encontrábamos en la ópera, fila sexta, centro, durante un sensible pasaje de pianissimo, se nos acercó sigilosamente el taquillero jefe y nos susurró en la oscuridad:
—¡Pst! ¡Chupete! ¡Pst! ¡Chupete!
Sabíamos a qué se refería, sabíamos que la abuelita había llamado por teléfono y sin preocuparnos de la indignación que provocábamos y de las ligeras exclamaciones de dolor de nuestros vecinos de asiento a los que íbamos pisando, corrimos a casa y encontramos a la anciana señora respirando dificultosamente en una butaca. Zezi había desaparecido sin dejar rastro. El estuche en que lo guardábamos estaba vacío.
La abuelita ya había mirado por todas partes. Inútilmente. También nosotros miramos por todas partes. También inútilmente. Alguien tenía que haber robado a Zezi.
Nuestras primeras sospechas recayeron en el lechero, que poco antes de que la abuelita hubiese llegado a casa, se había presentado para preguntar cuántas botellas necesitaríamos para las próximas fiestas.
La mejor de todas las esposas no vaciló en telefonearle, a pesar de lo intempestivo de la hora:
—Eliezer, ¿no se habrá llevado usted un chupete?
—No —respondió Eliezer— yo no me llevo chupetes.
—Se encontraba en un estuche a la izquierda, junto a los andadores, y ahora no está allí.
—Lo siento mucho. Y por lo que respecta a la leche, quedamos en 23 botellas el miércoles, ¿verdad?
Verdad, pero no convincente. Nuestras sospechas fueron en aumento. Pensamos si sería conveniente encargar a un detective ulteriores pesquisas o quizá mejor buscar los servicios de un vidente, cuando de pronto uno de los nerviosos gestos de la mano de mi mujer chocó en la rendija de su butaca con el desaparecido y precioso chupete. Cómo había ido a parar allí, continuaba siendo un misterio.
Preguntamos a nuestro electricista si por ventura había una especie de contador Geiger o varita de zahorí o cualquier otro instrumento que permitiese detectar la presencia de chupetes escondidos, pero dijo que tal cosa no existía.
Un profesor universitario, vecino nuestro, que padecía insomnio crónico, nos recomendó que comprásemos un perro braco como los que la Policía ha comenzado recientemente a utilizar para rastrear estupefacientes pasados de contrabando.
Un piloto que estaba de vacaciones nos contó que los paracaídas de los aviadores de caza israelíes estaban equipados con pequeños aparatos de radio que a determinados intervalos hacían «blip, blip». Pero ¿cómo sujetar un aparato de radio a Zezi?
Consideramos la posibilidad de sujetar a Zezi a la cuna de Renana mediante una cadena metálica. El doctor desaprobó nuestro plan:
—La niña podría quedar estrangulada. La niña no necesita ninguna cadena. La niña necesita amor.
—Ephraim —me informó la mejor de todas las esposas—, me estoy volviendo loca.
En las noches siguientes se despertaba continuamente dando gritos. Unas veces soñaba que un buitre huía volando llevándose en el pico a Zezi, otras veces era el propio Zezi, como en una película de dibujos animados, el que huía dando saltitos…
Finalmente, en una noche de luna nueva, oscura y tempetuosa, descubrimos el misterio de Zezi.
Al principio, todo se desarrollaba normalmente. Con la séptima campanada, se acercaron mi mujer y mi suegra a la caja de caudales en la que guardábamos ahora el chupete, asegurado en 10 000 libras, manipulamos las combinaciones, abrimos la pesada caja con llave y contrallave y sacamos el chupete. Renana, acostada en su cuna, tomó a Zezi entre los labios, sonrió satisfecha y cerró los ojos. Nosotros nos alejamos de puntillas.
Un impulso inexplicable me hizo retroceder hacia la puerta y mirar por el ojo de la cerradura.
—¡Mujer! —susurré—. ¡Ven! ¡Ven enseguida!
Conteniendo la respiración, vimos cómo Renana bajaba con cuidado de su cuna, subía a una butaca y en la rendija entre el cojín y el respaldo escondía el Zezi. Luego volvió a la cuna y se puso a berrear de una manera espantosa.
No es para describir la sensación de liberación que experimentamos. De modo que teníamos una hija completamente normal. Nada de complejos, nada de necesidad insatisfecha de cariño, nada de falta de sensibilidad. No estaba lo más mínimo fijada a su chupete. Simplemente pretendía atormentarnos.
Dice el doctor que este fenómeno puede observarse con frecuencia entre los pertenecientes al género de los mamíferos, casi siempre como consecuencia de una falta de amor por parte de los padres.
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