Texto aleatorio

TODOS tenemos nuestras debilidades. Algunos beben, otros han sucumbido al demonio del juego, otros son mujeriegos o ministros de finanzas. Mi mujer, la mejor de todas las esposas, no solo ama a los ratones, sino que es también una amante de los gatos. Pero los gatos que ella ama no son productos nobles, de pura raza, de Siam o de Angora, sino bestezuelas muy corrientes, vulgares incluso, que merodean por las calles y con sus quejumbrosos maullidos dan a entender que se sienten abandonados. Tan pronto como la mejor de todas las esposas ve a una de esas desgraciadas criaturas se le parte el corazón, los ojos se le llenan de lágrimas, toma en sus brazos al animalito, lo trae a casa, lo rodea de amor y de cuidados y lo atiborra de leche. Hasta la mañana siguiente.

La mañana siguiente, todo ello se le ha hecho ya demasiado aburrido, y le habla asía a su marido:

—¿No podrías ayudarme un poco? Yo no puedo hacerlo todo. Anda, muévete.

Y así sucedió también con Pussy. Lo había descubierto el día anterior en una esquina y lo adoptó sin tardanza. Cuando lo tuvo en casa, puso delante de Pussy un gran plato con leche azucarada y procedió a contemplar con satisfacción maternal cómo lo iría vaciando con la lengua.

Pero Pussy no hizo nada de eso. Olfateó brevemente la leche y dio media vuelta.

La mamá adoptiva se quedó de una pieza. Si Pussy no tomaba la leche, se moriría de hambre. Había que hacer algo enseguida. ¿Pero qué?

En el curso de la deliberación que ahora se inició, descubrimos que Pussy pertenecía a la grande y feliz familia de los mamíferos y que, por consiguiente, se le podía hacer beber leche de una botella.

—Muy buena idea —dije yo—. Después de todo, para nuestro segundo hijo, Amir, tenemos en casa no menos de ocho biberones esterilizados y…

—¿Qué dices? ¿Los biberones de nuestro Amirín para un gato? ¡Ve enseguida a la farmacia y compra un biberón para Pussy!

—Tú no puedes pedirme eso.

—¿Por qué no?

—Porque me da vergüenza. Un hombre hecho y derecho, que además es un escritor reconocido, al que en toda la región conocen, incluso personalmente, no puede ir a la farmacia y pedir un biberón para un gato.

—¡Pamplinas! —replicó mi esposa—. Anda, vete, no te entretengas.

Fui con la firme resolución de mantener en secreto el verdadero destino de la botella.

—Un biberón, si me hace el favor —le dije al farmacéutico.

—¿Cómo está el pequeño Amir? —me preguntó.

—Bien, gracias. Ya pesa doce libras.

—¡Estupendo! ¿Cómo ha de ser el biberón?

—El más barato que tenga —dije yo.

A mi alrededor se produjo un silencio de mal agüero. Las personas que había en la tienda (unas cinco o seis) se apartaron claramente de mí y me miraron con ojos hostiles. «Fijáos el tipo ese —decían sus miradas—. Bien trajeado, con gafas, conduciendo un gran automóvil, pero para su hijito compra el biberón más barato. Es vergonzoso».

También del rostro del boticario se había esfumado la sonrisa amistosa.

—Como usted desee —dijo muy tieso—. Yo solo querría advertirle que estos biberones baratos se rompen con gran facilidad.

—¡No importa! —dije yo—. Volveré a pegar los trozos.

El farmacéutico se alejó encogiéndose de hombros y volvió luego con un gran surtido de biberones. Eran productos magníficos de la industria biberonera internacional. Solamente al final del surtido, vergonzosamente oculto, había un biberón pequeño, feo, ridículo, de color marrón. Reuní todas mis fuerzas y dije:

—Deme usted el marrón.

El silencio que de nuevo se produjo, más fatídico aún que el primero, fue interrumpido por una gruesa dama:

—A mí no me va nada —dijo—, y no quiero inmiscuirme en sus asuntos privados. Pero debería usted pensárselo bien. Un hijo es el mayor tesoro que Dios puede concedernos. Si usted anda tan apurado, caballero, que se ve obligado a ahorrar, ahorre en otras cosas, no en su hijito. Para un hijo, lo mejor es precisamente lo que se merece. ¡Crea usted a una que es varias veces madre!

Yo hice como si no hubiese oído nada y me informé de los precios de las diversas botellas. Oscilaban entre cinco y ocho libras israelíes. El mayor, en el que había recaído mi elección, solo costaba 35 aguroth.

—Mi pequeñín es muy temperamental —dije yo tartamudeando un poco—. Un verdadero diablillo. Rompe todo cuanto va a parar a sus manos. Sería absurdo comprarle un biberón más caro. Enseguida lo echaría a perder.

—¿Por qué habría de hacerlo? —inquirió el boticario—. Si usted con la mano izquierda le sujeta la cabecita por la nuca… fíjese usted… así… mientras usted con la mano derecha le va dando la leche, todo va bien. ¿O es que le parece que no vale la pena hacer este esfuerzo?

Ante mis ojos mentales se me apareció Pussy, envuelto en limpios pañales, apoyado en mi mano izquierda y sorbiendo ansiosamente el contenido de la botella. Moví la cabeza para ahuyentar la visión.

—Seguramente no sabe usted cómo hay que tratar a un niño pequeño, ¿verdad? —dijo la gruesa y múltiple madre—. Sí, sí, los jóvenes matrimonios de hoy… Pero, entonces, tendrán ustedes al menos una niñera, ¿no?

—No… Bueno, es decir…

—¡Yo voy a proporcionarle a usted una niñera muy buena! —decidió la gorda—. La forma como trata usted a su bebé puede causarle a este un trauma para toda su vida… Espere… Aquí tengo casualmente el número de teléfono…

Y ya estaba mi benefactora al teléfono, para contratarme una niñera. Yo miré a mi alrededor, desesperado. La puerta de la calle solo estaba a una distancia de tres metros. Si los dos hombres rechonchos que evidentemente advirtieron mi mirada, no hubiesen bloqueado la salida, yo de un salto me habría plantado en medio de la calle y me habría perdido en la niebla dando gritos. Pero era demasiado tarde.

—Debería usted estar agradecido a esa señora —me recomendó el farmacéutico—. Tiene cuatro niños y gozan de la mejor salud. Confíe usted en ella. Ella le proporcionará una niñera excelente que curará al pequeño Amir de sus estados nerviosos.

Al llegar a este punto debo advertir que mi segundo hijo, Amir, es el niño más normal de todo el Próximo Oriente y que no tiene ningún «estado» del que alguien debiera curarle. Solo me restaba la esperanza de que la experta niñera no estuviera en casa, al otro extremo del teléfono.

La dama gorda que no quería inmiscuirse en mis asuntos privados me comunicó triunfalmente que la señorita Myriam Kussevitzky, nurse diplomada, estaba dispuesta a hablar mañana conmigo.

—¿Le va bien a las once de la mañana? —inquirió el monstruo.

—No —respondí yo—. A esa hora tengo que hacer.

—¿Y a la una?

—Tengo lección de esgrima.

—¿Su esposa también?

—Mi esposa también.

—Entonces, ¿quizá a las dos?

—Dormimos la siesta.

—¿A las cuatro?

—Aún estamos durmiendo. La esgrima produce sueño.

—¿A las seis?

—A las seis esperamos invitados.

—¿Y a las ocho?

—A las ocho vamos al museo.

—¡Esto es lo que le ocurre a una cuando quiere ayudar a alguien desinteresadamente! —gritó la ayudadora desinteresada con voz trémula por la ira y colgando con rabia el auricular—. Y sin embargo, esta visita de información no le habría ocasionado a usted ningún gasto, como seguramente, en su avaricia, estaba usted temiendo. Es realmente inaudito.

En sus labios apareció una ligera espuma. Las otras personas que se hallaban presentes estrecharon su cerco de acero a mi alrededor. Parecía amenazarme la justicia de Lynch.

Del fondo surgió la voz glacial del boticario:

—¿De modo que debo envolverle la botella marrón? ¿La más barata?

Me abrí paso hacia él y asentí con la cabeza, sin decir una palabra. Mentalmente prometí que si salía de allí sano y salvo fundaría un orfelinato para gatos abandonados.

El farmacéutico hizo un último intento de conversión:

—Fíjese en este barato cierre de goma, arriba de la botella. Es de calidad tan mala, que al poco tiempo de usarla se ensancha. El niño podría ahogarse, que Dios no lo quiera.

—Bueno —repuse con mis últimas fuerzas—. Entonces haremos otro.

Del cerco que me amenazaba y que entonces me envolvía de nuevo, se destacó un sujeto rechoncho, el cual se me acercó y me agarró por la solapa de la chaqueta.

—¿No se da usted cuenta —me rugió a la cara— que con esos biberones tan baratos no se crían bebés, sino gatos?

Aquello era demasiado. Me encontraba al final de mi capacidad de resistencia.

—Deme el mejor biberón que tenga —dije con voz débil al farmacéutico.

Abandoné el establecimiento con uno de los llamados biberones «Super-Pyrex» al que acompañaba una tabla exacta del tiempo y de la cantidad, así como una garantía por dos años y otra contra incendios, inundaciones y terremotos. Precio: 8,50 libras.

—¿Por qué, idiota —me preguntó la mejor de todas las esposas, cuando hube desempaquetado aquella preciosidad—, por qué tenías que comprar el biberón más caro?

—Porque un hombre consciente de su responsabilidad debe ahorrar en todo menos tratándose de sus gatos —le respondí.

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