HASTA ahora, nunca me había molestado el hecho de que casualmente yo tenga el mismo nombre que un afluente del Jordán. Pero hace algún tiempo recibí una noticia del fisco en papel oficial y escrita a máquina de una manera curiosamente insegura:
Último aviso antes del embargo. Dado que hasta el día de hoy no ha reaccionado usted a nuestro comunicado referente a su deuda por valor de 20 012,11 libras israelíes por los trabajos de reparación realizados en julio del pasado año en el puerto del río Kishon, le advertimos de que si no hace efectiva la mencionada suma dentro de los siete días siguientes a este último aviso, se le aplicarán las prescripciones legales concernientes al embargo y a la venta de sus bienes muebles.
En el caso de que usted hubiese satisfecho entretanto su deuda, puede considerar este comunicado como inexistente.
(Firmado) S. Seligson, Jefe del Departamento.
A pesar de la consoladora reserva contenida en el último párrafo, sentí un pánico indescriptible. Por un lado, un minucioso examen de todos mis libros y documentos demostró sin lugar a dudas que no se me había efectuado ninguna clase de reparación, y por otro lado, no descubrí el más mínimo punto de apoyo que me permitiera creer que había satisfecho la mencionada deuda.
Dado que desde siempre he sido partidario de solucionar los conflictos locales mediante la negociación directa, me encaminé hacia la Delegación de Hacienda para hablar con el señor Seligson.
—Como puede usted ver —le dije mostrándole mi documento de identidad—, yo soy un escritor y no un río.
El Jefe del Departamento me miró fijamente:
—¿Cómo es que se llama, entonces, Kishon?
—Por costumbre. Además también me llamo Ephraim. El río no.
Esto le convenció. Se disculpó y pasó a la habitación contigua, donde comenzó a discutir el lamentable incidente con su personal, por desgracia, en voz baja, de modo que yo no pude oír nada. Al cabo de un rato, me pidió que entrara por la puerta abierta y diese tres vueltas con las manos en alto. Al cabo de otro rato, era evidente que el Departamento estaba convencido de que yo tenía razón o de que por lo menos podría tenerla. El jefe volvió a su mesa escritorio, anuló el aviso y escribió con lápiz: «No tiene ningún puerto. Seligson». Luego trazó un gran cero sobre la cubierta de la carpeta y lo tachó con dos líneas diagonales. Yo, aliviado, volví al seno de mi familia.
—Era una equivocación. La lógica ha triunfado.
—¿Lo ves? —dijo la mejor de todas las esposas—. No hay que desanimarse nunca.
El miércoles llegó a mi casa la «Notificación de confiscación de bienes muebles», firmada por S. Seligson.
Dado que no ha atendido usted a nuestro último aviso antes del embargo y hasta hoy no ha satisfecho usted su deuda por valor de 20 012,11 libras israelíes, nos vemos obligados a aplicar las prescripciones legales referentes a la confiscación y venta de sus bienes muebles. En el caso de que entretanto hubiese satisfecho usted su deuda, considere este comunicado como inexistente.
Corrí a ver a Seligson.
—Está bien, está bien —me tranquilizó—. No es culpa mía. De esta clase de comunicados es responsable la computadora electrónica de Jerusalén, y tales equivocaciones se producen continuamente. No se preocupe usted.
Según pude comprobar, la correspondiente oficina de Jerusalén fue automatizada hará cosa de medio año para avanzar al ritmo del desarrollo técnico. Desde entonces, la computadora realiza el trabajo de miles de tristes funcionarios. Solo tiene un defecto y es que los técnicos de Jerusalén aún no están muy familiarizados con su manera de trabajar y suministran a veces a la computadora datos equivocados. La consecuencia de ello son ciertos trastornos digestivos, como en el caso de la reparación del puerto que relacionaron conmigo.
Seligson me prometió solucionar definitivamente aquel malentendido. Para mayor seguridad, envió en mi presencia un telegrama a Jerusalén en el que decía que no se ocupasen más de aquel asunto, del cual asumía él la responsabilidad.
Le di las gracias por tan noble gesto y volví a casa con excelente humor.
El lunes por la mañana se nos llevaron el frigorífico. Tres fornidos embaladores de muebles oficiales exhibieron una orden de embargo firmado por S. Seligson, pusieron sus pecadoras manos en aquel objeto utilitario imprescindible en nuestro clima, y se lo llevaron. Yo saltaba y revoloteaba a su alrededor como un pavo asustado:
—¿Soy yo un río? —decía con voz lastimera—. ¿Tengo un puerto? ¿Por qué me tratan como un río? ¿Acaso un río puede hablar? ¿Puede un río dar saltitos?
Aquellos tres Hércules no me hicieron el menor caso. Poseían una orden oficial y tenían que cumplirla.
En la Delegación de Hacienda me encontré con un Seligson completamente abatido. Acababa de recibir de Jerusalén un primer aviso referente a su deuda de impuestos de 20 012,11 libras israelíes por mis reparaciones.
—La computadora —me explicó con voz entrecortada— ha analizado equivocadamente las palabras «bajo mi responsabilidad». Me ha puesto usted en una situación muy desagradable, señor Kishon, perdone que se lo diga.
Le recomendé que considerase el comunicado como inexistente, pero buena la hice con tal recomendación. Seligson me gritó, casi al borde de la histeria:
—¡Cuando la computadora tiene a alguien en sus garras, ya no lo suelta! —y se mesaba los cabellos—. Hace dos meses, el jefe de protocolo de la comisión ejecutiva parlamentaria recibió de la computadora la orden de ejecutar a su suplente. Solo mediante la intervención personal del ministro de Justicia pudo salvarse el pobre hombre en el último momento. Toda atención es poca…
Sugerí llamar un taxi e ir a Jerusalén donde hablaríamos con la computadora, en cierto modo, cara a cara. Seligson rechazó la idea:
—No lo permite. Está demasiado ocupada. Últimamente se la utiliza incluso para pronosticar el tiempo. Y para análisis de sueños.
Sin embargo, con mis insistentes ruegos logré convencer a Seligson para que avisara al administrador del almacén de Jaffa para que de momento no vendiesen mi frigorífico.
Por un «balance intermedio referente al pago de los impuestos adeudados» que recibí al final de la semana, supe que mi frigorífico había sido vendido en pública subasta al precio de 19, —libras israelíes y que mi deuda todavía ascendía a solo 19 993, 11 libras israelíes, que tenía que pagar en el plazo de siete días. En el caso de que entretanto…
Esta vez tuve que esperar en el despacho de Seligson una hora entera hasta que llegó jadeante. Había estado con su abogado todo el día recorriendo Tel Aviv de un lado a otro, había puesto su frigorífico a nombre de su mujer y me juró que nunca más intervendría a favor de nadie, y menos a favor de un río.
—¿Y qué va a ser de mí? —le pregunté.
—No tengo la menor idea —respondió Seligson—. A veces ocurre que la computadora se olvide de una de sus víctimas. Pero muy raramente.
Repuse que no creía en milagros y que deseaba arreglar todo aquel asunto enseguida y de una manera definitiva.
Después de un breve y tormentoso intercambio de ideas, llegamos a un acuerdo, en virtud del cual yo pagaría los gastos de las reparaciones efectuadas en mi puerto en doce plazos mensuales. El documento, provisto de mi firma y de la de Seligson, fue enviado enseguida a Jerusalén para salvar lo que aún pudiera salvarse de mis bienes muebles.
—En realidad no puedo hacer más por usted —se disculpó Seligson—. Quizá con los años la computadora se vuelva más razonable.
—Esperémoslo —dije yo.
Ayer me llegó el primer cheque por valor de 1666,05 libras israelíes, extendido por el Ministerio de Finanzas y acompañado de un comunicado de Seligson en el que este me decía que se trataba del primer plazo mensual del total de 19 993,11 libras israelíes que me habían sido abonadas por la Caja de Recaudaciones.
Al darle a la mejor de todas las esposas la alegre noticia de que en lo sucesivo no tendríamos problemas económicos, me respondió con la irritante observación de que era una vergüenza que se nos engañara en cuanto a los intereses, ya que en otras partes daban el seis por ciento.
El futuro es de las computadoras. En el caso de que ustedes ya se hubieran dado cuenta de ello, consideren este comunicado como inexistente.
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