Texto aleatorio

—TENGO que advertirte una cosa —me dijo mi editor suspirando—. Antes de que empiece usted otro libro, debería darse cuenta de que en nuestro país nadie lee.

—Usted exagera —le respondí—. Casualmente sé de un anciano matrimonio de Haifa que cada año compra al menos tres libros.

—Sí, yo también he oído hablar de ellos. Pero no se puede realizar una producción de libros para solo dos personas. Le recomendaría, pues, que se dedique ahora a escribir libros para niños. Gracias a nuestro anticuado sistema educativo en las escuelas todavía se obliga a los niños a comprar libros.

—Entonces, voy a escribir un libro para niños. ¿Qué temas son los que ahora mejor se venden?

—Animales.

—Entonces un libro infantil sobre un animal.

—Eso es. ¿Qué se le ocurre?

—Déjeme pensar. Digamos Mecki, el hijo del macho cabrío. ¿Qué le parece?

—Mal. Ya lo tenemos. Se llamaba Las aventuras de Mecki-Meck. Ocho ediciones. Mecki-Meck escapa de su casa, va a la ciudad en un jeep, vive varias aventuras, descubre que en casa es donde mejor se está, y vuelve al lado de su mamá. Debería usted esforzarse un poco, caballero. Casi todos los animales adecuados para los niños están ya gastados.

—¿Los osos también?

—También. Hace un mes comenzó nuestra nueva serie de Tommy, el oso blanco. Tommy huye de su casa, trepa al asta de una bandera, vive toda suerte de aventuras, descubre que no hay nada como el hogar y vuelve al lado de papá oso. Ya se ha hecho todo. Perros, gatos, osos, cabras, vacas, mariposas, cebras, antílopes…

—¿También hienas?

—También hienas. Helga, la pequeña hiena, en el mundo del hampa. Siete ediciones.

—¿Helga se escapa de su casa?

—En el desierto, sube a un jeep y huye de la arena. ¿No se le ocurre entonces nada nuevo?

—¡Hormigas!

—Ese es precisamente ahora nuestro bestseller: La hormiga Amós en Tel Aviv. Huye de su casa…

—¿Murciélagos?

—Fifi, la murciélaga y sus cuarenta pretendientes. Las aventuras de una pequeña murciélaga que abandona a sus padres y…

—¿Y regresa?

—Naturalmente. En un jeep.

El editor se levantó de su asiento y comenzó a buscar en su depósito de libros.

—Apenas hay todavía un animal libre —murmuró—. Fíjese: Félix, el halcón en los Juegos Olímpicos… Schnurdiburr, el moscardón que creía ser una abeja… Koko, la serpiente de cascabel…

—¡Ya lo tengo! ¡Una lombriz!

—Diecisiete ediciones. Rainer, la lombriz en alta mar. Sube a bordo de un buque de carga…

—Se esconde en un cargamento de jeeps…

—¿Cómo lo sabe?

—Entonces, solo quedan las pulgas.

—Los viajes de la pulga Balduino. Nuestro título de próxima aparición. Balduino huye del lado de sus padres…

—En un jeep.

—¿Cómo lo sabe? Allí se hace amigo de Mizzi, la mosquita que se escapó de su casa. Pero esto ya pertenece a otra serie.

—¿Carpas?

—Carolina, la carpa, entre los cazadores de paracaídas.

—¿Ostras?

—Aurelia, la ostra, y su hermano mellizo Augusto. Abandonan su concha, pero al cabo de algún tiempo regresan, porque…

—Ya está bien. ¿Qué le parecería una esponja de los abismos?

—Esponja de los abismos… espere un momento… no, eso aún no lo tenemos —dijo mi editor con un tono de esperanza—. Bien, hágalo usted. Pero tiene que darse prisa, pues de lo contrario van a pisarnos el tema.

—No se preocupe —le tranquilicé—. Voy a empezar enseguida. Haga poner en la cubierta el título de Teobaldo, la esponja de las profundidades submarinas, va a la ciudad.

Me fui corriendo a casa, mientras mi editor me animaba profiriendo fuertes gritos.

Hoy he terminado el primer volumen de la nueva serie. Una acción estupenda, llena de sorpresas. Teobaldo huye de la casa paterna para abrazar en Jerusalén la carrera de esponja de baño. En el volumen siguiente volverá a su casa. Probablemente en un jeep.

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