Texto aleatorio

LA mejor de todas las esposas me informó un día de que necesitábamos una nueva máquina lavadora, porque la vieja, evidentemente bajo la influencia del clima, se había dado de baja en el servicio. El invierno estaba en puertas, y esto significaba que la máquina lavadora tendría que lavar cada pieza al menos tres veces, porque todo intento de secarla tendiéndola al aire libre fracasaba por culpa de los chaparrones que caían enseguida. Y como quiera que este año el invierno prometía ser especialmente lluvioso, era evidente que solo una máquina lavadora nueva, robusta y ansiosa de vivir podría hacerle frente.

—Anda, querida —le dije a la mejor de todas las esposas—, ve a comprar una máquina lavadora. Pero realmente solo una y que sea de producción nacional. Lo más nacional posible.

La mejor de todas las esposas es al propio tiempo una de las mejores compradoras que conozco. El día siguiente ya estaba en un cuarto contiguo a nuestra cocina, zumbando alegremente, una lavadora originariamente hebraica con su armadura reluciente, un largo cordón y un folleto con extensas explicaciones. Era un amor al primer lavado. El eslogan de reclamo no había mentido. Nuestra lavadorcita mágica lo hacía todo ella misma. Enjabonaba, lavaba y secaba. Casi como un ser con razón humana.

Y precisamente de esto es de lo que trata la siguiente historia.

En el mediodía del segundo día, la mejor de todas las esposas entró en mi gabinete de trabajo sin llamar a la puerta, lo que es siempre mala señal. Y dijo:

—Ephraim, nuestra máquina lavadora camina.

La seguí a la cocina. Efectivamente: el aparato estaba ocupado en aquellos momentos en revolver la ropa y, mediante el movimiento de rotación producido, abandonaba el cuarto. Pudimos detener la máquina cuando se disponía a cruzar el umbral de la cocina y apretando el botón rojo de alarma la paramos del todo y procedimos a deliberar sobre el asunto.

Resultó que la máquina solo cambiaba su posición cuando la caja del tambor del dispositivo de secado iniciaba su actividad rotatoria inverosímilmente rápida. Entonces se producía al principio un temblor por todo el cuerpo de lavado e inmediatamente después, como impulsado por una fuerza misteriosa, comenzaba a avanzar dando saltitos.

Bueno. ¿Por qué no? Nuestra casa, después de todo, no es una cárcel, y si la maquinita quiere andar, que ande.

En una de las noches siguientes nos despertó el ruido estridente de metal atormentado que venía de la cocina. Salimos corriendo de la habitación. El triciclo de nuestro hijito Amir yacía destrozado debajo de la máquina, que giraba a un ritmo loco sobre su propio eje. Amir, por su parte, lloraba y gritaba fuertemente y con sus pequeños puños golpeaba a la infame triciclicida:

—¡Toma, Jonathan, malo, más que malo!

Debo añadir a modo de nota aclaratoria que Jonathan era el nombre que le habíamos dado a nuestra maquinita a causa de su inteligencia casi humana.

—Ahora ya está bien —explicó la dueña de la casa—. Voy a atar a Jonathan.

Y lo ató con una cuerda que enseguida fue a buscar y cuyo otro extremo sujetó en el grifo del agua. Todo esto me causaba una mala impresión, pero me guardé muy bien de decir nada. Jonathan pertenecía a la esfera de influencia de mi mujer y yo no podía discutirle el derecho de atarlo.

Sin embargo, debo confesar que sentí cierta satisfacción cuando, la mañana siguiente, vimos que Jonathan se encontraba junto a la pared opuesta. Evidentemente había empleado todas sus energías, porque la cuerda estaba rota.

Su superiora volvió a atarlo, rechinando de dientes, esta vez con una cuerda más larga y más gruesa, cuyo extremo hizo pasar alrededor del depósito de agua caliente.

Nunca olvidaré el ruido ensordecedor que poco después se produjo como consecuencia de esta acción.

—¡Arrastra el depósito tras de sí! —murmuró la horrorizada jefe de cocina, cuando nos personamos en el lugar en cuestión.

El penetrante olor de gas que había en la cocina nos indujo a renunciar a futuras ataduras. La aversión de Jonathan hacia las cuerdas resultaba evidente y desde entonces lo dejamos que sin impedimento se entregase a sus actividades detergentes. De algún modo se nos ocurrió la idea de que, habiendo sido producido en Israel (como una especie de Sabre), disponía de una indomable voluntad de libertad. Casi nos sentíamos orgullosos de él.

No obstante, una vez que por añadidura era un sábado por la noche, día en que, como de costumbre, tenemos unos amigos a cenar con nosotros, Jonathan penetró en el comedor y molestó a nuestros invitados.

—¡Fuera de aquí! —le gritó mi mujer—. ¡Fuera! ¡Ya sabes dónde está tu sitio!

Esto era, naturalmente, ridículo. La inteligencia de Jonathan no llegaba a tanto, como para que pudiera entender el lenguaje humano. En todo caso, me pareció más seguro hacer que se parase en el mismo sitio en que se encontraba, pulsando rápidamente el botón de alarma.

Cuando nuestros invitados se hubieron ido, puse en marcha a Jonathan para conducirlo de nuevo a su sitio. Pero parecía estar resentido por la forma como lo habíamos tratado y se negó a obedecer. Tuvimos que darle primero algunas piezas para lavar, antes de que se pusiera en movimiento…

Amir se había ido haciendo amigo poco a poco de Jonathan, se encaramaba encima de él en cualquier ocasión y lo utilizaba como un caballo para pasear con él, con los alegres gritos de «¡Arre!», por la casa y el jardín.

Todos estábamos contentos. Las cualidades lavadoras de Jonathan seguían siendo las mismas. Era realmente un lavador excelente y no hacía remilgos en cuanto a los polvos detergentes que le dábamos. No podíamos quejarnos.

No obstante, me llevé un buen susto, cuando una noche, al volver a casa, vi que Jonathan con violentos saltos giratorios se dirigía hacia mí. Unos cuantos minutos más tarde y habría llegado a la calle.

—Quizá —dijo con aire pensativo la mejor de todas las esposas cuando al fin yo logré dominarlo—, quizá podríamos enviarlo pronto al mercado. Si le diésemos un papel con la lista de las cosas que quisiéramos comprar…

No lo decía en serio. Pero ello demostraba la alta estima en que teníamos ya a Jonathan. Casi habíamos olvidado que había sido ideado como máquina lavadora. Y que hacía muchas cosas que no corresponden a una máquina lavadora.

Decidí consultar a un especialista. No se mostró en modo alguno sorprendido al oír mi relato.

—Sí, sabemos que suceden estas cosas —dijo—. Cuando giran en su interior, suelen desplazarse de sitio. Generalmente esto ocurre porque no tienen suficiente ropa en el tambor. Con ello se origina una perturbación centrífuga del equilibrio que es causa de que la máquina se vea empujada hacia delante. Denle ustedes a Jonathan por lo menos cuatro kilos de ropa y verán ustedes cómo permanece en su sitio.

Mi mujer me aguardaba en el jardín. Cuando le expliqué que era la falta de ropa sucia lo que inducía a Jonathan a una loca carrera centrífuga, palideció:

—¡Dios mío! Precisamente acabo de darle dos kilos. ¡La mitad menos de la que tendría que haberle dado!

Corrimos a la cocina y nos quedamos clavados en el suelo, que es en realidad lo que tendría que haber hecho Jonathan. Jonathan había desaparecido. Junto con su cable.

Mientras corríamos calle abajo, gritábamos lo más fuerte posible su nombre:

—¡Jonathan! ¡Jonathan!

Pero ni rastro de Jonathan.

Yo corría de casa en casa y preguntaba a nuestros vecinos si habían visto por casualidad una máquina lavadora que hablaba hebreo y que caminaba en dirección a la ciudad. Todos respondían moviendo la cabeza de un modo que denotaba que lo lamentaban. Una persona creía recordar que algo parecido a lo que yo decía se encontraba delante de la oficina de Correos, pero las averiguaciones dieron como resultado que se trataba de una nevera cuya dirección estaba equivocada.

Después de una búsqueda larga e infructuosa, emprendí, abatido, el regreso a casa. Quién sabe quizás entretanto un autobús había atropellado al pobre Jonathan. Todo puede esperarse de esos conductores urbanos…

Los ojos se me llenaron de lágrimas. Nuestro Jonathan, la criatura, amante de la libertad, de la jungla de la industria israelí, entregado, sin poder defenderse, a los peligros de la gran ciudad y su alocado tráfico… Si de pronto se para el tambor giratorio que lleva dentro de sí, ya no puede seguir desplazándose… y forzosamente quedará inmóvil en medio del arroyo…

—¡Está aquí! —me saludó con este grito de alegría la mejor de todas las esposas—. ¡Ha vuelto a casa!

El proceso pudo reconstruirse así. En un momento de descuido, el tontuelo fue saltando por el pasillo hacia la puerta del sótano, adonde habría ido a caer sin remedio. Pero no llegó a caer, debido a que en el último momento se le desprendió el enchufe.

—¡Nunca más debemos descuidarlo! —decidió mi mujer—. ¡Quítate enseguida la ropa interior! ¡Todo!

Desde aquel día, llenamos tanto a Jonathan que por lo menos lleva en su cuerpo cuatro kilos y medio de ropa. Y así, naturalmente, ya no puede hacer más escapadas. Apenas puede respirar. Le cuesta un gran esfuerzo poner en movimiento su tambor, lleno a reventar. Pobrecillo. Es una vergüenza lo que le hacen.

Ayer dije: «¡Basta!» Cuando me quedé solo en casa, me deslicé hasta donde se encontraba Jonathan y aligeré su interior en unos dos kilos. Enseguida comenzó a dar alegres sacudidas y al poco rato, saltando aún un poco torpemente, se dirigió hacia la linda lavadora italiana de la casa de enfrente, con unos zumbidos y unos traqueteos muy varoniles como en los buenos tiempos antiguos.

—¡Anda, ve, Jonathan! —le dije acariciando su cadera—. ¡Vete!

El que ha nacido para la libertad no debe vivir esclavo.

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