LA humedad. El grado de humedad del aire. El calor aún podría soportarse, pero es la humedad lo que induce a la gente a trasladarse a las regiones septentrionales del país. Durante la semana, la gente se arrastra sudando y jadeando por las calles angostas, humeantes e hirvientes de Tel Aviv, y el único pensamiento que la mantiene con vida es la esperanza de pasar un refrescante fin de semana a la orilla del lago Tiberíades.
Nosotros teníamos reservada una habitación doble en el mayor hotel de Tel Aviv y esperábamos con ansia que llegase el fin de semana. Llegamos llenos de esperanza, y a la vista del hotel, de su carácter exclusivo, el equipo moderno con toda clase de confort, incluido el aire acondicionado, nos dio una sensación de bienestar sin igual.
El frio, por el cual es famoso el lugar, ya lo encontramos en el comportamiento del jefe de recepción.
—Lo lamento sinceramente —lamentó en nombre de la dirección—. Han declarado su llegada algunos participantes del congreso internacional de comerciantes de vinos que acaba de finalizar, por lo cual, distinguido señor y distinguida señora, no podemos desgraciadamente poner a su disposición ninguna habitación o a lo sumo una en el ala antigua del edificio. E incluso tendrían que desalojar ese mísero agujero mañana al mediodía voluntariamente porque, de lo contrario, tendríamos que obligarles a viva fuerza. No dudo, Monsieur, que sabrá comprender nuestras dificultades.
—Pues no solo no sé comprenderlo —repliqué—, sino que protesto. Mi dinero vale tanto como el dinero de otro.
—¡Quién habla de dinero! Es nuestro deber patriótico hacer lo más agradable posible la estancia a los turistas extranjeros. Además, dan mayores propinas. Desaparezcan ustedes, señor mío y señora mía. Lo más deprisa posible, si me permiten que se lo pida.
Buscamos precipitadamente el ala antigua del edificio, para no seguir enojando al jefe de recepción. Al fin y al cabo, un jefe de recepción no es una persona cualquiera, sino un jefe de recepción.
Nuestra pequeña habitación era un poco oscura y poco ventilada, pero suficientemente buena para nativos. Deshicimos las maletas, entramos en nuestros trajes de baño y bajamos saltando alegremente hacia el mar.
Un gerente nos salió al paso:
—¿Cómo se les ocurre andar correteando por aquí con esa facha? En cualquier momento pueden llegar los turistas. ¡Vuelvan a su agujero!
Cuando llegamos a nuestra habitación, había un centinela delante de la puerta. Además de los mercaderes de vinos, habían anunciado también su visita los participantes de un certamen de tiro al plato procedentes de Malta. Nuestro equipaje había sido trasladado ya al sótano, donde se encontraba en inmediata proximidad de la caldera de la calefacción. Incluso le servía de límite.
—Pueden ustedes quedarse aquí hasta las once —dijo el centinela, que, en el fondo de su corazón era un buen sujeto—. Pero no usen el agua caliente. Los turistas la necesitan.
Por entonces solo nos atrevíamos a desplazarnos sigilosamente, casi siempre a lo largo de las paredes y de puntillas. Se había apoderado de nosotros un profundo sentimiento de inferioridad.
—¿Crees que si nos quedamos aquí van a echarnos a latigazos? —susurró mi mujer, la valiente compañera de mi suerte.
Yo la tranquilicé. Mientras no opusiéramos resistencia a las disposiciones de los órganos superiores, no nos amenazaba peligro físico alguno.
Una vez vimos a un ayudante de la dirección patrullar por el barrio miserable israelí del hotel con un gato de nueve colas en la mano. Procuramos esquivarlo.
Después del almuerzo, nos habría gustado echar una siesta, pero nos lo impidió el ruido espantoso causado por una columna motorizada. Miramos a través de una rendija del muro. Acababan de llegar aproximadamente una docena de espaciosos autobuses de lujo y de cada uno de ellos se apeó un congreso completo. Para mayor seguridad, llamé por teléfono a la recepción:
—¿Hay sitio todavía debajo del recinto de la caldera?
—Excepcionalmente.
Nuestro nuevo calabozo no estaba tan mal, solo nos molestaban los murciélagos. La comida nos la hacían pasar a través del tragaluz. Para estar preparados para cualquier eventualidad, permanecíamos vestidos.
Efectivamente, poco antes de la medianoche, llegaron todavía algunos autobuses con turistas. De nuevo nos asignaron una nueva residencia, esta vez una pequeña balsa sobre el mar. Estábamos de suerte, pues casi era nueva. Algunos nativos menos afortunados, tuvieron que contentarse con unas cuantas tablas sueltas. Tres de ellos se ahogaron durante la noche. Gracias a Dios que los turistas no se dieron cuenta de nada.
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