Texto aleatorio

—¿QUIÉN es ese? —pregunto yo—. ¿Es el hombre que robó los libros al marido de Fleur?

—¡Tonto! —contesta la mejor de todas las esposas—. Es el primo de Winifred, el marido de Mont.

—¿La que se cayó del caballo?

—Esa era Frances, la madre de Joan. Cierra la boca.

Cada viernes nos sentamos frente a los Forsyte, incluso Amir, que ya hace rato que tendría que estar en la cama, y cada viernes me enzarzo yo sin salida posible en las ramas de su árbol genealógico. La última vez, por ejemplo, había creído todo el tiempo que el pintor de la nueva modelo era el hijo de aquella… bueno, como se llame, o sea, en todo caso, un hijo, hasta que Amir me informó de que se trataba del primo de Jolyon el mayor. Calla la boca.

¿Por qué no hacen que aparezcan los nombres a intervalos regulares?

Atención. El esposo de Fleur pronuncia un discurso en la Cámara de los Comunes, y yo no tengo ni idea de si es el hijo de la Irene que hace cinco semanas fue forzada por Soames. Además, del cuarto de nuestra recién llegada hijita Renana llegan ruidos sospechosos y profundos suspiros. Es una verdadera pesadilla. Quizá la pequeña se haya puesto de pie en la cuna y esté haciendo acrobacias. Si es que no se cae de la cuna. ¡Horrible pensamiento! Mi frente se cubre de sudor frío, y a mi mujer le sucede otro tanto.

—¿Quién es ese? —vuelvo a preguntar—. Me refiero al joven que se ha enamorado de Fleur.

En algún lugar de la casa a oscuras, suena estridente el teléfono. Nadie se mueve. Con razón. El que llama durante la «Saga de los Forsyte» se excluye a sí mismo del círculo de la humanidad civilizada. Hace tres semanas, poco antes de que se iniciase la continuación correspondiente al día, me trajeron un cablegrama. El muchacho que lo traía tuvo que estar diez minutos llamando a la puerta. Tanto duró la conversación entre Soames e Irene. Versaba sobre la promesa de matrimonio de Joan, si no me equivoco.

—¡Silencio! —grité en dirección a la puerta, detrás de la cual se había suscitado la perturbación acústica—. ¡Silencio! ¡Forsyte!

Y vuelvo a concentrarme en la pantalla. ¡Paf! El fatídico ruido de un cuerpo que cae al suelo proviene de la habitación de Renana, seguido de un fuerte llanto. No hay duda. Renana se ha caído de la cuna.

—¡Amir! —Mi voz tiembla de preocupación paternal—. ¡Ve a ver lo que ha pasado, por Dios!

—¿Para qué? —responde tranquilamente mi hijo—. Después de todo, ya se ha caído.

Una vergüenza. Para él esta estúpida televisión es más importante que su hermana carnal. También su madre se contenta cruzando las manos con desesperación. En la pantalla, Soames está discutiendo con un joven abogado a quien no conozco.

—¿Y ese otro quién es? ¿Es pariente de Helen?

—¡Cállate, hombre!

El ruido que ahora oímos viene de nuestra alcoba conyugal. Suena como si arrastraran pesados muebles y se rompieran cristales.

Es imposible que el joven abogado sea el hijo de Helen. Ya habría salido tres episodios antes. No, no lo era. Era el arquitecto Bossini, que entonces fue a parar debajo de las ruedas.

—¡Pero ahora quiero saber quién es ese! ¿Podría ser el hermano de Marjorie?

—No tiene ningún hermano —susurra la madre de mis hijos—. ¡Mira hacia la derecha!

Espero que desaparezca la imagen y echo una mirada hacia la dirección indicada. Allí hay un hombre de pie. Está completamente tranquilo, sobre la cara lleva una máscara y sobre la espalda un saco que evidentemente está lleno de objetos diversos.

En un pasillo del Parlamento, Michael Mont, el marido de Fleur, acaba de recibir un par de bofetadas.

—¿Quién es el que le abofetea? —pregunta el hombre del saco—. ¿Quizás el marido de Winifred?

—No sea usted ridículo —le respondo yo—. El marido de Winifred ya hace tiempo que huyó a América con aquella artista. Calle la boca.

Entretanto, Soames ha vuelto a caer en manos del joven abogado que tanto la hizo padecer.

—¡Cuánto tiene que sufrir esa pobre mujer! —suspira mi esposa, compasiva, en medio de la oscuridad—. Todos se aprovechan de él.

—No debe darle a usted lástima —dice una voz de hombre—. Recuerde lo mal que se portó entonces con Irene. ¿Quién es ese?

—¡Cállate, hombre!

Ahora ya hay allí, de pie, dos hombres con sacos.

—¡Siéntense! —grito yo—. ¡No se ve nada!

Los dos se sientan sobre la alfombra. Mi compañera de matrimonio y de televisión se inclina hacia mí:

—¿Qué pasa aquí? —susurra—. ¿Quién es?

—El hermano de Anne —responde uno de los dos hombres—, la segunda mujer de John. ¡Pst!

Ahora los dos hombres hablan entre sí, lo cual resulta igualmente molesto. Mi mujer me indica, con gestos nerviosos con la mano, que yo debería hacer algo, pero, ni hablar de ello, con las cosas que suceden en pantalla. Solo cuando el ama de casa se presenta ante la prima de la hermana de Soames, mujer de edad y desprovista de todo atractivo, que ya no me interesa, me deslizo hacia la cocina para llamar por teléfono a la Policía. Tengo que esperar varios minutos. Finalmente descuelgan el auricular y una voz encolerizada me dice:

—Estamos ocupados. Vuelva a llamar dentro de una hora.

—¡Pero es que en mi cuarto de estar hay dos ladrones!

—¿Los ha atrapado Forsyte?

—Sí, vengan inmediatamente.

—Tenga paciencia —dice el vigilante que está de servicio—. ¿Quién es?

Doy mi nombre y dirección.

—No me refería a usted. Conserven ustedes la calma, hasta que vayamos.

Yo vuelvo corriendo hacia la «Saga».

—¿Me he perdido mucho? ¿Es ese Jolly, el hermano de Holly?

—Idiota —me corrige el más alto de los dos ladrones—. Jolly murió de tifus en el segundo episodio.

—Entonces solo puede ser Vic, el primo de la modelo desnuda.

—Vic, vic, vic…

Este croar proviene de nuestra hijita Renana, que sale de su habitación arrastrándose a gatas e intenta subirse a mi butaca. Fuera se oye una sirena de la Policía. Uno de los ladrones quiere levantarse, pero en este momento entra Marjorie en el hospital, y queda cara a cara con Fleur, junto al lecho de un paciente, que sin duda era un miembro de la familia, solo que yo ignoraba en qué grado lo era. La tensión fue haciéndose insostenible.

Alguien llama como un loco a nuestra puerta.

—¿Quién es ese? —pregunto yo—. ¿Es aquel que querían enviar a Australia?

—Ese era el padrastro de Irene. Calla la boca.

Rompen la puerta. Tengo la vaga impresión de que a nuestra espalda entran unos policías y se sitúan junto a la pared.

—¿Quién es ese? —pregunta uno de ellos—. ¿El esposo de Molly y mujer de Val?

—¡Por favor, caballeros!

Después de algunas idas y venidas, Fleur rechazó la reconciliación con Marjorie que se le ofrecía y se fue a casa a cuidar al hermano de Anne. Continúa la próxima semana.

—No estuvo bien por parte de Fleur —dijo el sargento de Policía—. Después de todo, el gesto de Marjorie fue muy humano. En realidad, Fleur habría podido reconciliarse con ella. ¡Junto al lecho de muerte de su hermano!

Desde la puerta le contradijo uno de los ladrones:

—Por si usted no lo sabía… Marjorie es una chantajista. Además, ese no era su hermano. Era Bicket, el marido de Vic. Él fue quien contrató al detective.

—¡Bicket —les grité a los guardianes de la ley y a los quebrantadores de la ídem conjuntamente—, se marchó al Extremo Oriente hace dos semanas!

—Quien se marchó fue Winifred, si no te molesta —me corrigió sonriendo la mejor de todas las esposas.

A ella sí que deberían corregirla, que estuvo haciendo el ridículo durante dos episodios creyendo que era Jolyon junior el que vendía globos en la calle antes de partir para la guerra de los bóers. Que nadie me cuente nada acerca de los Forsyte.

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