Texto aleatorio

TENEMOS dificultades con nuestros vecinos, los Selig. Lo que hacen con su receptor de radio es sencillamente inaguantable. Todas las tardes, a las seis, Félix Selig llega a su casa, muerto de cansancio, pero todavía tiene fuerzas suficientes para dirigirse con paso vacilante hacia la radio y ponerla a todo meter. Si de allí salen noticias, música o conferencias literarias, le da lo mismo. Solo que haga ruido. Y este ruido penetra hasta el rincón más recóndito de nuestra vivienda.

La cuestión acerca de cómo podríamos defendernos contra esto nos tiene ocupados a mi mujer y a mí desde hace bastante tiempo. Mi mujer, que, tras un tremendo esfuerzo por vencerse a sí misma, ha hecho una visita a los Selig, afirma que estamos siendo víctimas de un fenómeno acústico. La radio atruena en nuestra casa con más intensidad aún que en la de ellos. En todo caso, la pared que separa las dos viviendas es tan delgada, que, cuando nos desnudamos, apagamos la luz para no proyectar en la pared cuadros vivientes. Se comprende que a través de esa pared puedan oírse las palabras más levemente susurradas. Solo un milagro podría salvarnos.

Y el milagro se obró.

Una tarde, cuando la máquina infernal de los Selig volvía a desplegar su ruido ensordecedor, yo tenía que afeitarme para una ida al teatro que no tenía prevista. Apenas había conectado mi afeitadora eléctrica, cuando la radio de los Selig comenzó a producir ruidos crepitantes. Desenchufé mi aparato, y cesó el crepitar. Volví a conectar, y volvieron los ruidos crepitantes y crujientes. Entonces oí la voz de Félix Selig que decía:

—¡Erna! ¿Qué le pasa a nuestra radio? ¡Este ruido me vuelve loco!

Abríanse unas perspectivas insospechadas.

La tarde siguiente me encontró bien preparado. Cuando Félix Selig llegó a su casa a las seis, yo ya tenía convulsivamente agarrada con la mano la máquina de afeitar. Félix fue también tambaleándose hacia la radio y la conectó. Dejé pasar un minuto, luego mi aparato eléctrico buscó contacto y lo encontró. Instantáneamente, en la vivienda vecina, un maravilloso pasaje de piano se transformó en unos fortísimos crujidos. Al principio, Félix tuvo paciencia, evidentemente con la esperanza de que la perturbación atmosférica pasara pronto. Hasta que se cansó.

—¡Basta, por Dios! —rugió, completamente enervado, hablando con el aparato de radio.

Su voz sonaba tan amenazadora que yo involuntariamente retiré de la pared mi máquina de afeitar.

Félix apagó la radio, llamó con voz ronca a su mujer y dijo, en forma claramente audible para nuestros oídos en tensión:

—Erna, ha sucedido algo muy curioso. El aparato ha crujido, he dicho: «¡Basta!» y ha cesado de hacer ruido.

—Félix —respondió Erna—, has trabajado demasiado. Ya lo he advertido desde hace algún tiempo. Hoy irás a dormir más temprano.

—¿No me crees? —volvió a rugir Félix—. ¿Desconfías de las palabras de tu marido? ¡Escúchalo tú misma!

Y encendió la radio.

Casi podíamos ver cómo estaban de pie ante el receptor, en espera del fatídico crepitar. Para que la tensión fuese mayor, dejé pasar unos instantes.

—Ya te lo dije —habló la señora Selig—. No dices más que tonterías. ¿Dónde están los ruidos?

—Si te lo quiero demostrar, naturalmente, no pasará nada —dijo resollando Félix.

Luego se dirigió en tono de reto al aparato y le espetó:

—¿De modo que no quieres crepitar ni crujir?

Yo enchufé la afeitadora. Cracracra.

—Efectivamente —murmuró Erna—, ahora sí. Es realmente misterioso. Tengo miedo. Dile que pare.

—¡Para! —dijo Félix con energía—. ¡Para, por favor!

Yo desenchufé.

El día siguiente, me encontré con Félix en la escalera. Parecía abatido, andaba con paso inseguro y bajo sus hinchados ojos aparecían unos grandes círculos oscuros. Hablamos primeramente del buen tiempo que hacía, pero de pronto me agarró Félix del brazo y me preguntó:

—¿Cree usted en fenómenos sobrenaturales?

—Claro que no. ¿Por qué?

—Era solo una pregunta.

—Mi abuelo, que era un hombre muy listo —dije yo, reflexionando—, sí que creía en tales cosas.

—¿En espíritus?

—En espíritus precisamente no. Pero estaba convencido de que objetos inanimados (esto suena un poco ridículo, discúlpeme), tales como una mesa, una máquina de escribir, un gramófono, tienen, por decirlo así, su propia alma. ¿Qué le ocurre, amigo mío?

—Nada… gracias…

—Mi abuelo juraba que su gramófono lo odiaba. ¿Qué me dice usted de algo tan absurdo?

—¿El gramófono odiaba a su abuelo?

—Así lo afirmaba él. Y una noche (pero esto, naturalmente, nada tiene que ver con todo ello), lo encontramos exánime junto al aparato. El disco seguía girando todavía.

—Dispense —dijo mi vecino—. Me siento un poco mareado.

Le ayudé a subir la escalera, corrí a mi piso y preparé la máquina de afeitar. Junto a mí, oí cómo Félix Selig deglutía varias copas de coñac antes de encender la radio con manos temblorosas.

—¡Tú me odias! —clamó el atribulado varón. (Su voz, según creímos oír, procedía de abajo; probablemente estaba de rodillas)—. Yo sé que tú me odias. Lo sé.

Cracracra. Dejé puesto el contacto unos diez minutos antes de desenchufar.

—¿Qué te hemos hecho? —resonó la voz quejumbrosa de la señora Selig—. ¿Acaso te hemos tratado mal?

—Cracracra.

Había llegado el momento. Nuestro plan de batalla entraba en la fase decisiva. Mi mujer corrió a casa de los Selig.

Yo escuchaba sonriendo por debajo de la nariz cómo los Selig le estaban contando a mi mujer que en su radio se manifestaban fuerzas sobrenaturales.

Después de reflexionar un instante, mi mujer les propuso exorcizarles el aparato.

—¿Eso va bien? —exclamaron al unísono los dos Selig—. ¿Sabe usted hacerlo? ¡Hágalo entonces, por favor!

Volvieron a encender la radio. El gran momento había llegado.

—¡Espíritu que estás en la radio —gritó la mejor de todas las esposas—, si nos oyes, danos una señal!

Enchufé la rasuradora eléctrica:

—Cracracra.

Desenchufé.

—Espíritu —gritó mi mujer— danos una señal que nos indique si esta radio debe continuar funcionando.

La rasuradora eléctrica seguía desenchufada.

—¿Quieres quizá que funcione con mayor volumen?

Rasuradora desenchufada.

—Entonces, ¿quieres tal vez que los Selig no utilicen nunca más su radio?

Enchufé la afeitadora.

Santo cielo, por qué no se oye nada… Ningún crujido, ningún cracracra, nada…

La máquina de afeitar eléctrica se declaró en huelga. La batería estaba quemada, o algo así. Durante años había funcionado impecablemente, y precisamente ahora…

—Espíritu, ¿es que no me oyes? —dijo mi mujer levantando la voz—. Te pregunto si quieres que los Selig dejen de utilizar esta horrible caja. ¡Danos una señal! ¡Contesta!

Desesperado, yo enchufaba la máquina una y otra vez, pero no servía de nada. Ni siquiera se oía el más ligero crujido. Quizás es verdad que los objetos inanimados tienen alma.

—¿Por qué no haces ruido? —gritó mi mujer, ahora ya de un modo un poco estridente—. ¡Danos una señal, idiota! ¡Diles a los Selig que no deben hacer funcionar nunca más su radio! ¡Ephraim!

Mi mujer había ido ahora un poco demasiado lejos. Creí ver cómo los Selig se volvían hacia ella con una mirada elocuente…

El día siguiente hice reparar la máquina de afeitar eléctrica. Las reparaciones de una «Express» cuestan mucho dinero.

—La batería estaba quemada —me dijo el electricista—. Le he puesto otra nueva. Ahora tampoco habrá perturbaciones en su receptor de radio.

A partir de entonces, la radio de nuestro vecino atruena imperturbablemente todos los rincones de nuestro piso. Si los objetos inanimados tienen alma, no lo sé. Pero de lo que sí estoy seguro es de que carecen de humor.

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