Texto aleatorio

ANTES de la fiesta de Passah, o también Pessah o también Pascua o Fiesta del Paso, que se celebra para conmemorar nuestra primera salida de Egipto, los judíos ortodoxos limpian su casa desde el sótano hasta el tejado para eliminar cualquier resto de levadura. Dado que mi familia y yo no pertenecemos a la clase ortodoxa, no hacemos nada de todo eso. Lo que hacemos en casa puede desprenderse de las páginas siguientes de mi Diario:

DOMINGO. Hoy, durante el desayuno, la mejor de todas las esposas ha hablado así:

—Pascua o no, ha llegado el momento de hacer la limpieza de primavera. Pero este año no pienso poner toda la casa patas arriba. La limpieza general no solo cuesta muchísimo dinero. Además, podría poner en peligro el crecimiento de Rafi. Por consiguiente, como que, aparte de todo, somos una familia limpia y solo nos ocupamos del aseo una vez al año con pretextos religiosos, no haremos más que quitar bien el polvo y barrer de arriba abajo. Solo te pido que compres dos escobas nuevas. Las viejas están ya inservibles.

—Con mucho gusto —respondí yo y corrí a la tienda correspondiente. Allí adquirí dos magníficas escobas artísticamente confeccionadas y me sentí lleno de gratitud por la económica discreción de mi esposa.

Cuando volví, encontré nuestra casa inundada por un murmullante riachuelo. La mejor de todas las esposas había tomado la inteligente resolución de humedecer un poco el suelo antes de quitar el polvo, y para tal fin había contratado los servicios de una asistenta, y luego los de otra que actuaba como transportadora de agua.

—En un día habremos terminado —dijo la mejor de todas las esposas.

Me alegré de todo corazón, puesto que por razones técnicas, aquella noche solo había para cenar huevos pasados por agua y esto no se conciliaba muy bien con el alto nivel de vida a que estoy acostumbrado. Por lo demás, por la tarde se quitaron también los postigos de las ventanas, los cuales crujían cuando soplaba el viento. El cerrajero dijo que necesitábamos unos goznes nuevos para las ventanas, porque los viejos estaban doblados, y que yo debía ir a comprarlos a la ferretería de Fuhrmann, en Jaffa. Como no podía pedirle realmente que hiciese él mismo esta compra, me fui a Jaffa a comprar los goznes para las ventanas.

LUNES. Hacia el mediodía he vuelto de la ferretería de Fuhrmann. Por 27 libras he comprado goznes para ventanas auténticamente belgas. Fuhrmann me dijo que también los tenía fabricados en Israel por 1,20, pero que no valían nada. —Los belgas le durarán toda la vida— me aseguró—. Si tiene usted cuidado, pueden durarle incluso cinco años.

Entretanto, el murmurante riachuelo se había convertido en un torrente. No pude entrar por la puerta de la vivienda, porque el empapelador había amontonado las sillas y sillones de toda la casa en el vestíbulo, los muebles del vestíbulo se encontraban en la cocina, los utensilios de la cocina en el cuarto de baño y lo del cuarto de baño en la terraza. Entré en la casa saltando por la ventana y fui a caer en un barreño que contenía cal viva.

Mi mujer me dijo:

—He pensado que en esta ocasión debíamos blanquear también las paredes, porque en su estado actual ofrecen un estado desastroso. Tal como están, es imposible recibir a nuestro tío Egon.

Segura de mi aprobación, me presentó al pintor y me encargó que me las entendiese con él. Después de todo, yo era el dueño de la casa. Quedamos en 500 libras, incluidas las puertas.

El cerrajero inspeccionó los goznes de ventana de Fuhrmann y encontró que solo medían dos pulgadas. ¿Es que yo no sabía que tenían que ser de tres pulgadas? Me mandó otra vez a la ferretería.

La mejor de todas las esposas durmió con Rafi en la estantería, al pie de la Encyclopaedia Brittanica. Yo dormí en la cuna. Una horma de zapato extraviada me mantuvo despierto muchas horas. Para cenar tuvimos huevos revueltos con sal.

MARTES. Fuhrmann me aseguró que los goznes de ventana medían tres pulgadas y me mandó a casa. En el jardín, me metí en un charco de barniz recién preparado y tuve que limpiarme dificultosamente en el vestíbulo, donde ahora se encontraba el cuarto de baño, porque en el cuarto de baño se estaban cambiando los azulejos de las paredes por otros de color azul turquesa (350 libras). Mi esposa opinaba, y tenía razón, que estas pequeñeces tienen que arreglarse de una vez por todas. El electricista, al que habíamos llamado para que nos solucionara un cortocircuito, nos comunicó que debíamos cambiar los interruptores «Bergmann», los contactos «Fleischmann» y los seguros «Goldfisch» (150 libras). El cerrajero admitió que los goznes de ventana belgas medían efectivamente tres pulgadas, pero pulgadas alemanas. Y me envió de nuevo a la ferretería Fuhrmann.

Cuando el pintor hubo llegado a la mitad del techo de la cocina, elevó de golpe su precio y nos dio esta clara explicación:

—En las semanas anteriores a Pascua, yo soy siempre algo más caro, porque todo el mundo dice que no quiere esperar a Pascua, porque en Pascua todos reflexionan y por esto todo es más caro y por ello vienen siempre ya unas semanas antes de Pascua y por esto yo en las semanas antes de Pascua soy siempre algo más caro.

Además, me pidió una clase especial de chapas de madera que solo se fabrican en Chadera. También me pidió un barniz muy determinado de antes de la guerra, dos cajetillas de cigarrillos y un sombrero de paja italiano. El conjunto de sus ayudantes había ascendido entretanto a cuatro y, mientras trabajaban, entonaron un alegre cuarteto.

El problema de dormir se solucionó sin inconvenientes. Cogí todos los vestidos de nuestro gran armario y los metí en la nevera, luego puse tendido el armario vacío en el balcón, boca arriba, y me hundí en un sueño profundo, envuelto en nubes de naftalina. Soñé que me había muerto. El cortejo fúnebre iba encabezado por una delegación de artesanos que llevaba una brocha de longitud extraordinaria.

La mejor de todas las esposas se reveló sumamente lista. Durmió con Rafi en la canasta de la ropa blanca y se despertó fresca y lozana. Huevos pasados por agua.

MIÉRCOLES. Fuhrmann me explicó que, tratándose de goznes de ventana, no había diferencia alguna entre pulgadas inglesas y alemanas, y me despidió. Cuando se lo dije al cerrajero, se quedó pensativo. Entonces me preguntó para qué necesitábamos en realidad los goznes de ventana. Sobraba la respuesta, porque, fuera de esto, tampoco podíamos entrar ya en la vivienda. Durante la noche se presentó un hombre y quitó el entarimado del suelo. Porque desde hacía mucho tiempo, el deseo de mi mujer era que el suelo fuese de un tono algo más claro (340 libras).

—Solo queda esto —dijo— y ya está.

Por este tiempo habían trabajado ya dieciséis hombres, incluido yo. Los albañiles que estaban derribando un tabique, hacían un ruido ensordecedor.

—He hablado con el administrador, que es una especie de arquitecto —me comunicó la mejor de todas las esposas— y me ha aconsejado que derribemos el tabique que hay entre el cuarto de Rafi y tu gabinete de trabajo, y así tendremos entonces por fin una habitación grande para los huéspedes, y nos sobrará nuestro actual cuarto de huéspedes, porque, en realidad, no tenemos necesidad de dos cuartos de huéspedes y de este modo tendría Rafi su habitación y tú tendrías tu gabinete de trabajo.

Para contribuir también en algo, subí a una escalera y con las tijeras de jardinero corté todas las arañas de prismas. Si algo se ha de hacer, hacerlo cuanto antes, me digo siempre. Luego sujeté un viejo baúl-armario a una viga carcomida y me fui a descansar.

El administrador (120 libras) me comunicó (50 libras) que lo mejor sería (212 libras) trasladar toda la cocina al desván y el desván al cuarto de baño. Le pedí que me permitiera consultarlo con mi esposa, la cual, después de todo, solo quería efectuar algunos cambios sin importancia. Mi esposa se encerró con el gramófono y dijo que no se encontraba bien. Dos huevos crudos.

JUEVES. Hoy, después de ir a la ferretería de Fuhrmann, no he vuelto a casa. He pasado la noche en un banco del parque y por fin he podido descansar y dormir. Para desayunar, hierba y un poco de agua de la fuente. Estupendo. Me siento como si hubiese vuelto a nacer.

VIERNES. En casa me esperaba una alegre sorpresa. En el lugar donde antes se levantaba mi casa, se abría ahora un profundo foso. Dos arqueólogos escarbaban en las ruinas en busca de fragmentos interesantes. La mejor de todas las esposas, con Rafi en los brazos, se encontraba de pie en el jardín quitando el polvo a los restos de la casa. Dos policías mantenían alejados a los cazadores de recuerdos.

—Yo pensé —dijo la mejor de todas las esposas— que podríamos aprovechar la pequeña limpieza de primavera para derribarlo todo y luego volverlo a levantar convenientemente.

—Tienes toda la razón, carísima mía —le respondí—, pero mejor será esperar que haya pasado Pascua porque entonces todo es mucho más barato.

Una cosa es segura. En toda nuestra casa no es posible encontrar resto alguno de levadura.

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