UNA tarde, la mejor de todas las esposas, decidió que nuestros hijos querían tener un perro. Yo dije que no.
—¿Otra vez? —pregunté—. Ya hablamos de eso hace tiempo y ya te dije que no. Recuerda a nuestro Zwinji, que en paz descanse, y recuerda también su pasión por la alfombra roja.
—Pero ya que los niños…
—Los niños, los niños. Cuando un perro está en casa, nos acostumbramos y nunca más volvemos a desprendernos de él.
Un sondeo pedagógico con nuestra descendencia tuvo como consecuencia un concierto de protestas y de llanto por parte de Amir y Renana, del que solo podían percibirse algo más claramente las palabras de continuo repetidas: «papá» y «perro».
Por consiguiente, opté por una solución de compromiso.
—Está bien; —dije—, voy a compraros un perro. ¿Qué clase de perro?
—De pura raza —declaró la mejor de todas las esposas en vez de los niños—. Con pedigree.
De ello parecía desprenderse que ya había consultado acerca de la inminente compra a nuestros vecinos, cuyos monstruos con pedigree hacen insegura la comarca. Ahora recuerdo las miradas compasivas con que hace unos días me contemplaban calle arriba, calle abajo.
—No quiero —prosiguió diciendo la madre de mis hijos— ni uno de esos perrazos deformes que ponen toda la casa patas arriba, ni ninguno de esos productos en miniatura que más se parecen a una rata que a un perro. Además, hemos de tener en cuenta que los perros jóvenes se orinan en todas partes y que los viejos tienen asma. Hemos de fijarnos, pues, muy bien en el pedigree. Necesitamos un animal de noble constitución, de ladridos armoniosos y que no haga ruido. Piernas bien formadas, piel lisa, hocico de un solo color, y que sea un perro limpio y obediente. En ningún caso tiene que ser hembra, porque las perras están en celo con demasiada frecuencia. Tampoco ha de ser macho, porque los perros siempre andan detrás de las perras. En suma, algo de pura raza, con el mayor número posible de ejemplares premiados en su árbol genealógico.
—¿Es ese el perro que quieren tener nuestros hijos?
—Sí, —respondió la mejor de todas las esposas.
Me puse en camino. Al pasar delante de la oficina de Correos, me acordé que necesitaba sellos. En la cola, había delante de mí un hombre al que molestaba una fuerte tos y se volvía continuamente. Era evidente que de mi aire preocupado dedujo la conclusión correcta. Dijo que tenía un perrito por vender, que enseguida podríamos verlo, pues vivía al doblar la esquina.
En el jardín de su casa me mostró el objeto que ofrecía. Yacía dentro de una caja de zapatos y tenía el pelo rizado, las piernas torcidas y el hocico negro con unos puntos rosados. El perrito se estaba chupando el pequeño rabo, pero, al verme, interrumpió inmediatamente esta actividad, saltó ladrando hacia mí y me lamió los zapatos. Me gustó enseguida.
—¿Cómo se llama? —pregunté.
—Como quiera usted llamarle. Puede llevárselo.
—¿Es de pura raza?
—Reúne incluso en sí varias razas. ¿Lo quiere o no?
Para no irritar más al hombre, dije que sí. Y el perro me gustaba, esto ya lo he dicho.
—¿Cuánto cuesta?
—Nada. Ya puede llevárselo.
Envolvió al animalito en papel de periódico, me lo puso en los brazos y nos empujó a los dos hasta que estuvimos fuera del jardín.
A los pocos pasos, me acordé de mi mujer y me detuve de repente. Aquello no era, pensé con un estremecimiento, aquello no era en absoluto la clase de perro de que habíamos hablado. Si me presento ante mi mujer con este perro, la que se arma.
Sin vacilar, volví a la casa de su antiguo dueño.
—¿Podría venir a recogerlo más tarde? —pregunté con una sonrisa que trataba de ser persuasiva—. Tengo que hacer varias cosas en la ciudad y no quisiera andar con él todo el tiempo en brazos…
—Oiga —respondió el antiguo propietario, cuando hubo superado un pequeño acceso de tos—. Le voy a pagar con mucho gusto unas cuantas libras encima si usted…
—No hace falta. El animalito me gusta. Dentro de unas horas volveré, no se preocupe.
—¿Y bien? —inquirió la mejor de todas las esposas—. ¿Has encontrado algo?
Yo no caigo, naturalmente, en unas trampas tan primitivas.
—Un perro no se compra así como así —respondí fríamente—. He consultado a varios especialistas y he recibido varias ofertas, entre ellas un «scoth-terrier» y dos «rattlers». Pero no eran de raza suficientemente pura.
Aunque yo no estaba seguro en modo alguno de la existencia de «rattlers» de pura raza y no soy muy entendido en cuestiones de pureza racial, al menos logré convencer a mi mujer de que no compraría a ciegas lo que me ofrecieran. Se mostró tranquilizada.
—No tenemos prisa —dijo—. Puedes tomarte el tiempo que quieras. Un perro no se compra con gran frecuencia en la vida.
Yo me apresuré a mostrar mi conformidad:
—Precisamente. Estas cosas tienen que reflexionarse con calma. Si te parece bien, quisiera buscar algunos anuncios en el periódico.
Con ese pretexto salí de casa al día siguiente, me encaminé hacia la playa, me mecí sobre las olas y jugué algunas partidas de tenis. Al mediodía, en el camino de regreso, hice una rápida visita a mi perrito.
Sus alegres ladridos se mezclaron graciosamente con la tos seca de su amo, que enseguida quería volver a cargármelo. Yo rehusé:
—Mañana. Hoy no puede ser. Hoy va a vacunarse toda nuestra familia contra la rabia y no quisiera llevar al perro a casa. Mañana, pasado mañana a más tardar. Ya ve que quiero quedármelo. De lo contrario, no habría vuelto.
Y me alejé apresuradamente.
—Estos anuncios de periódico —le dije a mi esposa, que me estaba esperando—, ni siquiera valen la tinta que se gasta para imprimirlos. No querrías creer la de monstruos que me han enseñado.
—¿Por ejemplo?
El tono de su voz tenía algo de inquisitorial, como si quisiera ponerme en un aprieto. Olvidaba que tenía ante sí a un hombre lleno de creatividad y fantasía.
—Lo mejor era todavía un perro de lanas de Yorkshire en Ramat Gan —respondí con aire pensativo—. Pero su pedigree no se remonta a más de cuatro generaciones. Además, tengo la impresión de que era un producto de consanguinidad.
—Eso no tiene nada de extraordinario tratándose de perros —fue la sarcástica respuesta que oí.
—Pero para mí, estas cosas son importantes —dije, pues había llegado el momento de manifestar mi autoridad—. Yo, si tú no tienes nada que objetar, me imagino algo muy concreto, cuando pienso en la pureza de raza. O encuentro una criatura realmente aristocrática, o no hay nada del asunto.
La mejor de todas las esposas levantó los ojos hacia mí con admiración, cosa que desde hacía mucho tiempo no había hecho.
—Tienes mucha razón —susurró—. Te había subestimado. Pensaba que traerías el primer perro callejero con el que te cruzases.
—¿Ah, sí? —dije temblando de cólera—. ¡Llevamos casados doce años y aún no me conoces! Para que lo sepas, mañana me voy a Haifa a ver al doctor Munczinger, el famoso especialista en perros pastor alemán…
La mañana siguiente, me fui directamente a la casa de mi amigo de la tos para jugar un poco con Franzi, que era el nombre que le había puesto al perrito. De la alegría que tuvo al volver a verme, Franzi casi me destrozó el traje. Comencé a enseñarle algunas reglas básicas de las buenas costumbres perrunas, tales como saltar vallas, rastrear la pista de delincuentes y cosas por el estilo. Por desgracia, no solo brilló por su ausencia la capacidad de Franzi para aprender lo que le enseñaba, sino que el caballero de la tos estuvo aquel día de muy mal humor conmigo y me amenazó con las más terribles consecuencias si no me llevaba aquella vez a la condenada perra.
—Dispense —le dije, interrumpiendo sus maldiciones—. ¿Dijo usted perra?
—Perra —repitió—. Y váyase con ella.
La mirada suplicante que me dirigió Franziska parecía decir: «¡Anda, llévame contigo!».
«Ya estoy haciendo gestiones para llevarte conmigo —le di a entender con el lenguaje de los ojos—. Ten tan solo un poco de paciencia».
Agotado por el cansancio de ir y volver en coche de Haifa, cuando llegué a casa me dejé caer en una butaca.
—Estuve con el doctor Munczinger. Me ha mostrado unos ejemplares muy interesantes, pero entre ellos no había nada que fuese perfecto.
—¿No exageras un poco? —inquirió la mejor de todas las esposas—. No hay nada perfecto en la tierra.
—No seas pusilánime, mujer —le dije—. He decidido comprar una magnífica pieza de pura raza, garantizada, de una famosa raza suiza.
—¿Y el precio?
—No lo preguntes. No acostumbro en reparar en gastos. Se trata de un perro enano que por parte de padre se remonta a Federico el Grande y por parte materna a Von Stockler. Un animal verdaderamente noble, con ligera tendencia a la ceguera para los colores.
—¡Estupendo! ¿Y estás completamente seguro de que no te engañan?
—¿Engañarme a mí? ¿A mí? He hecho todas las averiguaciones inimaginables. El animal será llevado directamente desde el aeropuerto al centro de comprobación, donde sus documentos serán sometidos a un control minucioso. Luego se ocuparán de él dos especialistas en perros enanos. Y si su cola se inclina hacia arriba aunque solo sea medio centímetro, se devuelve el envío.
—Que yo sepa, las colas de los perros no deben inclinarse hacia abajo…
Fue una objeción formulada con timidez, pero me puso fuera de quicio:
—¡No siempre! ¡No siempre, en absoluto! Hay caso en los que ocurre lo contrario. Y un enano suizo es uno de esos casos.
Mis palabras se encontraron con un encogimiento de hombros que no me hizo mucha gracia. Pero yo no quería retroceder ahora en el camino que había emprendido.
Los tres días siguientes fueron difíciles. La desconfianza de mi mujer crecía en la misma proporción y a la misma velocidad que la desconfianza del dueño del perro y de la tos. No quiso saber nada de que yo deseaba aplazar el llevarme a Franziska hasta el día del cumpleaños de mi hija pequeña, me acusó de darle falsos pretextos, se entregó a destemplados insultos contra mi persona y, cuando me alejaba indignado, me tiró a la pobre Franziska por encima de la valla del jardín. La acaricié para tranquilizarla, volví a arrojarla al otro lado de la valla y eché a correr para salvar el pellejo.
Entretanto, también a la mejor de todas las esposas se le habían agotado por completo sus reservas de paciencia. Cuando yo trataba de hacerle comprender que la autobiografía de Franziska iba a ser comprobada por el Instituto Genealógico de Jerusalén, me dijo que era un ridículo pedante y exigió que le mostrase por fin el resultado de mis arduos esfuerzos.
Franzi estaba aguardando delante de la valla. Su dueño la había ahuyentado definitivamente entre dos accesos de tos. Le compré un collar de cuero con una linda guarnición metálica y la llevé a casa para presentarla a mi familia:
—Franzi. Directamente de Suiza.
Era la primera vez que un perro enano de pura raza, traído ex profeso del extranjero, entraba en nuestra casa. El efecto fue fulminante.
—Un animal maravilloso —murmuró la mejor de todas las esposas—. Realmente valía la pena esperar tanto tiempo.
También los niños se hicieron enseguida amigos de Franzi. Y ella corresponde al afecto que se le dispensa. Su rabito está sin cesar en alegre movimiento, sus ojillos irradian una increíble inteligencia. A veces se tiene la impresión de que en el próximo segundo va a empezar a hablar.
Solo puedo esperar que esta impresión me engañe.
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