—EPHRAÍM —dijo la mejor de todas las esposas—, a nuestro Amir ha vuelto a darle uno de sus caprichos.
Los preparativos para la mascarada de los Purim se hallaban en todo su apogeo. Rafi, nuestro hijo mayor, había elegido el disfraz de pirata con ligeras reminiscencias de policía militar y estaba satisfecho de su elección. Pero Amir no. Andaba por la casa exhibiendo una cara de aspecto tan agrio que a uno, involuntariamente, se le hacía la boca agua, como si estuviera viendo un limón en acción. De vez en cuando, al pasar, daba un furioso puntapié al disfraz que yacía en un rincón y que su madre había hecho para él con sus propias manos. Los pantalones vaqueros, las botas altas, un enorme sombrero tejano, el cinturón con los cartuchos y el revólver, en suma, el equipo completo de un perfecto cowboy, todo ello provocaba en él el más profundo desprecio.
—¿Qué te pasa, Amir? —le pregunté con interés—. ¿No quieres ser cowboy?
—No. Yo quiero ser astronauta.
El mal provenía de que en su seminario infantil había leído algo referente al vuelo lunar del Apolo XIII.
—No te preocupes —traté de tranquilizarle—. Vamos a ver lo que se puede hacer.
—Muy bien dicho —corroboró su madre—. Hablemos del asunto con calma.
Celebramos una improvisada reunión de padre y madre y convinimos en que el deseo de nuestro hijo no tenía en sí nada de reprobable. Ser astronauta no es en modo alguno lo peor que hoy puede desear llegar a ser un joven. Finalmente llegamos a una fórmula de compromiso.
—Este año serás un cowboy —dije volviéndome hacia Amir—. Y el año que viene serás astronauta.
La respuesta sonó tan fuerte como negativa:
—¡No! ¡El año que viene no! ¡Este año! ¡Hoy! ¡Ahora! ¡Enseguida!
Aunque me dolía, tuve que ceder.
—Está bien. Este año serás, pues, un astronauta. Sujetaremos a tu sombrero una gran cartulina y con tinta roja escribiremos en ella con grandes letras: «Apolo XIII».
La respuesta de Amir volvió a sonar fortissimo:
—¡Pero con eso todavía no seré astronauta!
—¡Ah! ¿No? ¿Qué aspecto tiene pues un astronauta?
—No lo sé —sollozó nuestro pelirrojo—. ¡Vosotros tenéis que saberlo! ¡Vosotros sois los mayores!
La situación iba haciéndose cada vez más amenazadora. ¿No habrían podido esos sujetos volar hacia la Luna después de la fiesta de los Purim? ¿Habría sido pedir demasiado del Gobierno americano si se le hubiera pedido que tuviera un poco de consideración hacia los padres israelíes? Los del Cabo Kennedy seguramente oyeron los gritos de Amir.
—¡Astronauta! —gritaba el nene—. ¡Nauta, nauta, astronauta!
Yo intentaba calmarle.
—Bien, junto a la cartulina, te pondremos también un gran bigote.
—¡Yo no quiero ningún bigote! ¡Los astronautas no llevan bigote!
—¿Entonces, quizás unas gafas?
—¡Los astronautas tampoco las llevan!
Me parece una gran falta de imaginación por parte de ellos, preciso es decirlo. ¿Cómo puede un astronauta que se precie emprender un vuelo hacia la Luna sin bigote y sin gafas?
—¡Ya lo tengo! —exclamé—. ¡Amir se pondrá el pijama amarillo de papá!
El grito que profirió ahora mi hijo superó los límites acústicos y estuvo a punto de cruzar el muro del sonido:
—¡Yo no quiero ningún pijama! ¡Yo quiero ser astronauta!
—Hazle caso a tu papá. Te pondrás el pijama amarillo y por detrás te sujetaremos una hélice. Una verdadera hélice que dé vueltas de verdad.
—¡Yo no quiero estúpidas hélices!
—¿Quieres que te pongamos unas alas?
—¡No soy un estúpido pájaro! ¡Yo soy un astronauta! ¡Nauta! ¡Astro!
Con una furia incontrolada, Amir se revuelca sobre la alfombra, da golpes en derredor y grita cada vez más fuerte. Solamente los niños pelirrojos pueden gritar así, y si continúa un rato más, quizá vayan a estallarle los pulmones. No debo permitirlo.
—Está bien, Amir. Entonces voy a llamar ahora mismo por teléfono al tío astronauta y le preguntaré cómo es el traje que suele llevar cuando vuela hacia la Luna.
Amir se calla, sus ojos azules se abren llenos de esperanza y sigue con interés cada uno de mis movimientos. Descuelgo el auricular y marco un número cualquiera.
—¡Oiga! ¿Es el cuartel general del «Apolo»? Quisiera hablar con el astronauta de servicio.
—Por favor, ¿por quién pregunta usted? —dijo en el otro extremo del hilo una voz femenina con acento claramente extranjero—. Aquí es la casa del doctor Weissberger.
—¡Hola, Winston! —exclamo con alegría, sin hacer caso de la voz femenina—. ¿Cómo vais por ahí? ¡Estupendo! Tengo que pedirte un favor, Winston. Mi hijo Amir querría saber cómo vais vestidos los astronautas para vuestros viajes a la Luna.
—¿Quién? —se empeñó en preguntar la voz femenina extranjera—. Esta es la casa del doctor Weissberger.
—Por favor, Winston, no cuelgues, voy a buscar un lápiz… ¿Cómo dijiste? Pantalones vaqueros… botas altas… sombrero tejano…
—Yo no hablar bien hebreo. ¿Usted hablar alemán, por favor?
—Claro que lo apunto, Winston. Puedes continuar. Cinturón con los cartuchos y pistola… ¿Eso es todo? Gracias. Y saluda de mi parte al presidente Nixon.
—El doctor Weissberger viene a casa a las doce.
—Gracias de nuevo. ¡Y mucha suerte en vuestro próximo viaje a la Luna!
Cuelgo el auricular y con semblante preocupado me vuelvo hacia la madre de Amir.
—Ya lo has oído —le digo—. ¿De dónde vamos a sacar ahora las cosas que lleva un astronauta?
—¡Qué pregunta más tonta! —exclama triunfante el tonto de mi hijo—. ¡Pero si todo está ahí en ese rincón!
El mal había sido conjurado. En el último momento y con grandes apuros, pero había sido conjurado.
Para finalizar, un pequeño ruego. En el caso de que usted, querido lector, se encontrase en los próximos días con un pequeño cowboy pelirrojo, haga el favor de detenerse y decir en voz alta para que lo oiga:
—¡Fijaos! ¡Un verdadero astronauta!
Y reciba las gracias anticipadas de un padre acongojado.
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