Texto aleatorio

CUANDO mi mujer y yo decidimos hacer un viaje de recreo, nos pusimos a elaborar un itinerario detallado. Todo iba bien, pero había un problema. ¿Qué van a decir los niños? Bueno, Rafi es ya un mocito con el que se puede hablar razonablemente. Comprende que papá y mamá han sido invitados por el rey de Suiza y que a un rey no se le puede decir que no, porque se pondría furioso. De modo que esto ya está arreglado. Pero ¿qué hacemos con Amir? A esa edad, como es sabido, el niño pequeño se aferra mucho a sus padres. Sabemos de casos en los que unos padres irresponsables dejaron solo a su hijo durante dos semanas y la pobre criaturita contrajo por ello toda una serie de complejos que finalmente hicieron que fracasara por completo en el estudio de la geografía. Dicen que incluso una niña de Natanja se volvió zurda por esta causa.

Durante el almuerzo hablé de este problema con mi mujer, la mejor de todas las esposas. Pero tan pronto como intercambiamos los primeros vocablos franceses, apareció en el rostro de nuestro hijo menor una expresión de tristeza indescriptible, que partía el corazón. Con los ojos muy abiertos nos miraba y preguntó con voz débil:

—¿Pol qué? ¿Pol qué?

El niño había notado algo, sin duda alguna. El niño había perdido su equilibrio interior. Nos tiene mucho cariño, el pequeño Amir, sí que nos lo tiene.

Un breve intercambio de miradas mudas nos bastó a mi mujer y a mí para abandonar inmediatamente el plan de nuestro viaje al extranjero. Hay muchos países extranjeros, pero Amir no hay más que uno. No, no nos vamos y basta. ¿Para qué tendríamos que irnos? ¿Cómo podría gustarnos París, si tuviésemos que pensar continuamente que Amir está entretanto en casa y empieza a escribir con la mano izquierda? A los niños no se les tiene por mero capricho, como flores o cebras. Tener niños es una vocación, un deber sagrado, el contenido de una vida. Si uno no puede sacrificarse por sus hijos, es mejor que lo deje todo y emprenda un viaje de recreo.

Este era exactamente nuestro caso. Nos atraía muchísimo este viaje de recreo, lo necesitábamos física y mentalmente, y nos habría resultado muy difícil renunciar a él. Queríamos ir al extranjero.

Pero ¿qué hacer con Amir, el Amir triste y de grandes ojos?

Lo consultamos con la señora Golda Arje, nuestra vecina. Su marido es piloto de aviación y cada año le da dos veces billetes gratuitos de avión. Si entendimos correctamente lo que nos decía, va dando a sus hijos la noticia gradualmente, les describe los países sobre los cuales va a volar y vuelve a casa con muchas fotografías. De esta manera el niño participa de la alegría de sus padres, e incluso tiene la sensación de haber participado de su viaje. Solo un poco de tacto y de comprensión, no se necesita nada más. Tan solo cien años antes, si a los niños de la señora Arje se les hubiese dicho que su mamá había volado a América, les habrían dado convulsiones histéricas o se habrían convertido en carteristas. Actualmente, gracias al psicoanálisis y al tráfico aéreo internacional, se resignan sin esfuerzo a lo inevitable.

Nos reunimos solos con Amir. Queríamos hablar francamente con él, de hombre a hombre.

—¿Sabes, Amirín —comenzó diciendo mi mujer—, que hay unas montañas muy altas en…?

—¡No os vayáis de viaje! —gritó Amir—. ¡Que papá y mamá no se vayan de viaje! Que no dejen solito a Amir. ¡Nada de montañas! ¡Nada de viajes!

Las lágrimas corrían por sus tiernas mejillas, y temblando de miedo apretaba su cuerpecillo contra mis rodillas.

—¡No nos vamos de viaje! —dijimos mi mujer y yo, casi simultáneamente, con un tono resuelto, consolador.

Las bellezas de Suiza y de Italia juntas no justifican una sola lágrima de nuestro pequeñín de azules ojos. Su sonrisa vale más para nosotros que cualquier paisaje alpino. Nos quedamos en casa. Cuando el niño sea algo mayor, cuando tenga dieciséis o veinte años, ya veremos. Con esto parecía resuelto su problema.

Por desgracia, se produjo una complicación imprevista. La mañana siguiente decidimos, a pesar de todo, partir de viaje. Amamos a nuestro hijo Amir, lo amamos por encima de todo, pero también nos gusta viajar por el extranjero. No vamos a permitir que el pequeño monstruo nos prive de ese gusto.

—Habéis cometido un grave error —se nos dijo—. A los niños no se les debe mentir, pues si se les miente reciben daños psíquicos. Tendríais que decirle la verdad. Y de ninguna manera deberíais hacer las maletas a escondidas. Al contrario, el pequeño ha de ver cómo las hacéis. No debe tener la impresión de que queréis huir de él…

De vuelta a casa, bajamos del desván los dos grandes baúles, los abrimos y llamamos a Amir para que entrara en la habitación.

—Amir —dije yo sin rodeos y con voz clara y enérgica—. Mamá y papá…

—¡No os vayáis de viaje! —chilló Amir—. ¡Amir quiere a mamá y a papá! ¡Amir no puede estar sin mamá y papá! ¡No os vayáis de viaje!

El niño era todo él un grande y único temblor. Sus ojos estaban inundados de lágrimas, su nariz goteaba y sus brazos se agitaban en el aire en un espanto lleno de desvalimiento. El pobrecito Amir iba a sufrir un choque del que no podría recuperarse nunca. No, esto no debía ocurrir. Lo cogimos en brazos, lo besamos y lo acariciamos:

—Papá y mamá no se van de viaje… ¿Por qué cree Amir que mamá y papá se van a ir de viaje…? Papá y mamá han bajado los baúles para ver si tal vez había dentro de ellos algún juguete para Amir… Papá y mamá se quedan en casa… siempre… toda la vida… siempre solo Amir… nada más que Amir… Europa… ¡qué asco!

Pero esta vez la conmoción psíquica de Amir había sido ya demasiado grande. Se aferraba continuamente a mí, y en cada nuevo sollozo había el dolor cósmico de generaciones. Nosotros estábamos a punto de romper a llorar. ¿Qué era lo que habíamos hecho, santo cielo? ¿Qué nos ha sucedido, que hayamos podido herir de un modo tan brutal a esta pequeña y delicada alma infantil?

—¡No estés ahí parado como un idiota! —me exhortó mi mujer—. ¡Tráele un chicle!

Los sollozos de Amir cesaron tan sin transición que casi oímos rechinar los frenos:

—¿Chicle? ¿Papá traerá a Amir chicle de Eulopa?

—Sí, querido, sí. Naturalmente. Chicle. Mucho chicle, muchísimo. Con rayas.

El niño ya no llora. El niño tiene un semblante radiante:

—¡Papá traerá a Amir mucho chicle de Eulopa! ¡Papá ir de viaje! ¡Papá ir de viaje enseguida! ¡Mucho chicle para Amir! ¡Con layas!

El niño da saltitos por la habitación, el niño aplaude, el niño es un símbolo de la alegría de vivir y de la felicidad:

—¡Papá ir de viaje! ¡Mamá ir de viaje! ¡Los dos ir de viaje! ¡Deprisa, deprisa! ¿Pol qué papá todavía aquí? ¿Pol qué? ¿Pol qué…?

Y volvieron a llenársele de lágrimas los ojos, su cuerpecito temblaba, sus manos se aferraban al baúl y lo empujaba con todas sus fuerzas hacia mí.

—Ya nos vamos, Amir precioso —dije yo para tranquilizarle—. Nos iremos muy pronto.

—¡No pronto! ¡Ahora mismo! ¡Mamá y papá ir de viaje ahora mismo!

Esta fue la razón por la que tuvimos que adelantar un poco nuestra partida. Los últimos días fueron muy fatigosos. El pequeño nos dio muchos quebraderos de cabeza. Por la noche, nos despertaba tres veces como término medio para preguntarnos por qué estábamos aún allí y por qué no nos marchábamos de una vez. Nos tiene mucho cariño, el pequeño Amir, muchísimo. Vamos a traerle muchos paquetitos de chicle. También le traeremos unos cuantos a la psicóloga de niños.

.


Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar