HACE algún tiempo mi mujer volvió a decirme que ya no podía atender a todos los quehaceres domésticos ella sola. Y que debíamos tomar inmediatamente una buena asistenta.
Después de algunas investigaciones y exámenes, nos decidimos por Mazal, un ser del sexo femenino que gozaba de la mejor fama en la vecindad. Mazal era una oriental de edad madura y aspecto de mujer instruida. Este aspecto se lo debía a sus gafas sin montura que llevaba sujetas a la punta de la nariz por medio de dos alambres.
Fue un caso de amor a primera vista. Supimos enseguida que Mazal era la ayuda idónea para descargar a mi compañera de matrimonio, abrumada por el trabajo. Todo iba como una seda hasta que de pronto nuestra vecina, la señora Schawuah Tow, dejó gotear en nuestros oídos demasiado receptivos el amargo óleo de la desconfianza.
—Sois demasiado bobos —dijo la señora Schawuah Tow cuando nos visitó una mañana y vio a nuestra auxiliar doméstica manejando diligentemente la escoba—. Cuando una mujer como Mazal trabaja para vosotros, no lo hace ciertamente por la miseria que le dais como sueldo.
—¿Por qué lo hace entonces?
—Para robar —dijo la señora Schawuah Tow.
Nosotros rechazamos enérgicamente aquella calumnia. Nunca, dijimos haría Mazal semejante cosa.
Pero a mi mujer comenzó enseguida a llamarle la atención el hecho de que Mazal, cuando barría el suelo, no nos mirase a los ojos. En cierto modo nos recordaba el comportamiento de Raskoinikov en Crimen y castigo. Y los bolsillos de su bata de trabajo aparecían insólitamente abultados.
Con el refinamiento que me es propio, me puse a observarla, haciendo como si estuviera absorto en la lectura del periódico. Me fijé en que Mazal limpiaba especialmente nuestros cubiertos de plata con un afán muy curioso. También se manifestaron otros factores que infundían sospechas. La tensión fue en aumento y llegó a hacerse tan insoportable, que propuse dar cuenta a la Policía.
Sin embargo, mi mujer, lectora empedernida de novelas policíacas, me hizo ver que tal vez todo el material de pruebas acumulado en contra de Mazal no era sino indicios más o menos impugnables y que quizá lo mejor que podríamos hacer fuese pedir consejo a nuestra vecina.
—Tenéis que atrapar a ese monstruo en flagrante delito —explicó la señora Schawuah Tow—. Por ejemplo, podríais esconder un billete de banco en algún sitio. Y si Mazal encuentra el dinero sin devolverlo, entonces la lleváis ante el juez.
El día siguiente preparamos la trampa. Nos decidimos por un billete de cinco libras, que escondimos debajo de la alfombra del cuarto de baño.
Desde las primeras horas de la mañana estaba yo tan excitado que no podía trabajar. También mi mujer se quejaba de intensos dolores de cabeza. No obstante, conseguimos fijar un plan de operaciones detallado. Mi mujer retendría con algún ardid a la ladrona mientras yo iba a avisar al escuadrón de seguridad.
—Shalom —saludó Mazal al entrar en la habitación—. He encontrado diez libras debajo de la alfombra del cuarto de baño.
Disimulamos nuestra decepción, le dimos las gracias y nos retiramos desconcertados. Durante algunos minutos, mi mujer y yo no nos atrevíamos a mirarnos a los ojos. Entonces dijo mi esposa:
—Por lo que a mí respecta, yo siempre tuve en Mazal la mayor confianza. Nunca he podido comprender cómo has llegado a pensar que esa criatura tan honrada iba a robar a sus amos.
—¿Que yo dije que ella robaba? ¿Yo? —mi voz gritaba más que la suya, henchida de justa cólera—. ¡Es una desvergüenza de tu parte afirmar semejante cosa! ¡Durante estos últimos diez días me he esforzado en vano en defender a ese modelo de virtudes contra tus infames sospechas!
—No me hagas reír —dijo mi mujer, riendo efectivamente—. Resultas sumamente cómico.
—¡Ah! ¿Sí? ¿Cómico yo? ¿Querrías decirme quizá quién escondió las diez libras debajo de la alfombra, a pesar de que solo habíamos decidido esconder cinco? Si Mazal hubiese realmente robado el dinero, de lo cual, por supuesto, es totalmente incapaz, habríamos sido diez libras más pobres, sin necesidad de ello.
Hasta la noche no volvimos a cruzar ni una sola palabra.
Cuando Mazal hubo terminado su trabajo, volvió a la habitación para despedirse.
—Buenas noches, Mazal —dijo mi mujer con acentuada cordialidad—. Hasta mañana temprano. Y procures ser puntual.
—Sí —respondió la buena empleada de hogar—. Desde luego. ¿Desea la señora darme ahora algo más?
—¿Darle algo? ¿Qué está diciendo, querida?
Entonces se produjo el mayor alboroto que se haya producido en esta región desde hace dos mil años.
—¿De modo que la señora no desea darme nada? —chilló Mazal con ojos fulgurantes—. ¿Y qué hay de mi dinero? ¿Eh? ¡Ustedes saben perfectamente que pusieron debajo de la alfombra del baño un billete de cinco libras para que yo lo robara! Seguramente querían ustedes probarme, ¿no?, pero se pasaron de listos.
Mi mujer perdió el color. Yo, por mi parte, esperaba que la tierra se abriera y me tragase, pero lo esperé en vano.
—Bueno, ¿a qué esperan todavía? —Mazal iba impacientándose—. ¿O es que quieren tal vez quedarse con mi dinero?
—Disculpe usted, querida Mazal —dije con forzada sonrisa—. Aquí tiene sus cinco libras, querida Mazal.
Mazal me arrebató de la mano el billete de banco y se lo metió en uno de sus abultados bolsillos.
—Comprenderán ustedes —dijo fríamente— que no puedo seguir trabajando en una casa en la que se roba. Afortunadamente he llegado a descubrirlo a tiempo. Hoy en día no se puede confiar en nadie…
Se fue y no hemos vuelto a verla.
Sin embargo, la señora Schawuah Tow fue contando por todo el vecindario que nosotros habíamos intentado robar a una pobre y honrada empleada del hogar.
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