Texto aleatorio

SE equivocaría el lector si creyera que no tuvimos que enfrentarnos a otros problemas domésticos. Especialmente desde la llegada de nuestro precioso pequeño Rafi, los problemas no se acababan. Desde entonces ha desfilado por nuestra casa una serie inmensa de Sarahs, Miriams y Leas, porque Rafi ha resultado ser un espantacriadas excepcionalmente bien dotado. No bien acababa de trasponer el umbral de nuestra casa una nueva auxiliar femenina, empieza Rafi, impulsado por no sé qué atávicos instintos, a entonar su estridente y persistente canto de guerra, que invariablemente induce a la muchacha a hacer la siguiente observación:

—No sabía que vivieran ustedes tan alejados del centro de la ciudad. Lo siento…

Y un segundo después, desaparece sin dejar rastro.

Pero la Providencia no nos abandonó. Un día lleno de sol y gracias nos obsequió con Latifa, que venía recomendada por su hermana Etroga. Etroga había estado trabajando en nuestra casa hacía tres o cuatro años. Ahora nos enviaba a su hermana, para vengarse. Por la razón que fuese, Rafi abandonó las vulgares manifestaciones con las que solía indicar que estaba despierto. Mientras estábamos en trato con Latifa (y esto duró más de media hora), ningún sonido salió de sus labios. Con indecible alegría por nuestra parte, Latifa aceptó el empleo.

Latifa era una criatura de cara ancha, como de vaca. Su dialecto árabe ofrecía un encantador contraste con el austríaco que hablaba con soltura mi suegra. Pero pronto habríamos de descubrir que con Latifa había entrado también la magia negra en nuestra casa. Sin embargo, Latifa gozó de momento de la estima general, a pesar de que se mostraba muy poco diligente y con cada uno de sus soñolientos movimientos indicaba claramente que habría preferido estar sentada al sol o en el cine en vez de andar cambiando pañales y cosas por el estilo.

El primer choque algo más serio con Latifa lo tuvimos con ocasión del espejo veneciano. Nos disponíamos a efectuar algunos cambios de arquitectura interior en nuestra vivienda. Mientras trasladábamos con cuidado los muebles de un lado para otro, mi mujer encargó a Latifa que colgase el mencionado espejo en el rincón de la habitación. (Mi suegro había comprado en Viena aquel objeto carente de forma, porque el vendedor, timándolo, le había asegurado que en Israel podría obtener a cambio de aquel objeto de valor todo un rebaño de ovejas).

—¿El espejo en el rincón? —refunfuñó Latifa—. ¿Se ha sabido alguna vez de alguien que colgase voluntariamente un espejo en el rincón de la habitación? Cualquier chiquillo podrá decirle que un espejo en el rincón trae una horrible desgracia a toda la casa.

Y con una vivacidad insólita en ella, nos habló de una de sus vecinas que, a pesar de todas las advertencias, había colgado un espejo en el rincón de la habitación. ¿Qué sucedió? Una semana después, su marido ganó diez mil libras en la lotería, de la alegría tuvo un ataque de apoplejía y murió.

Nos quedamos profundamente afectados. Y como no queríamos exponernos a tal desgracia, vendimos enseguida el espejo por veinte piastras a un trapero al que, para persuadirle mejor, le dimos también unos esquíes con las botas correspondientes. Tres días después se produjo otra crisis al pedirle a Latifa que limpiase el techo.

—Perdonen ustedes —dijo Latifa—, pero ¿creen en serio que yo voy a subirme a una escalera mientras el niño esté en la casa? Solo necesita arrastrarse una vez por debajo de la escalera para quedar un enano toda su vida. Entonces podrán venderlo a un circo.

—Vamos, vamos —dijo mi mujer en tono apaciguador.

Yo me adherí a sus palabras y dije también en tono apaciguador.

—Vamos, vamos.

—¿Vamos, vamos? ¿Qué quieren decir con eso? El ebanista que vive en nuestra casa tiene un hijo que ahora cuenta quince años de edad y solo mide medio metro de estatura, porque cuando era pequeño no hacía más que pasar arrastrándose por debajo de las escaleras. Si ustedes se empeñan con todas sus fuerzas en hacer un enano de su hijo, yo no puedo impedírselo. Pero no quisiera cooperar con ello.

A continuación, vino el asunto de los vidrios de las ventanas, Latifa explicó que solo a un demente podía ocurrírsele mandar limpiar los cristales en viernes, sabiendo, como lo sabe todo el mundo, que enseguida se declara un incendio. En vano nos esforzamos para inducir a Latifa a obrar, por lo menos una vez, contra aquellas absurdas reglas de su vida. Ella no dio su brazo a torcer. Dijo que si encontrábamos en varias leguas a la redonda una sola mujer de mentalidad normal que estuviese dispuesta a limpiar las ventanas en viernes, ella renunciaría a cobrar su sueldo durante los próximos tres meses.

Tuvimos que ceder, nos dirigimos hacia la ventana y miramos desesperados al exterior. ¿Qué fue lo que vimos? En la casa del droguero, frente a la nuestra, la criada estaba ocupada precisamente en limpiar los vidrios de las ventanas.

—¡Es una granuja! —exclamó indignada Latifa—. ¡Hasta ayer no concertó un seguro contra incendios!

El jueves por la tarde pedimos a Latifa que quitase las cortinas. Se tambaleó, como herida por un rayo, y apenas pudo decir con un hilo de voz:

—¿Qué? ¿Quitar las cortinas? ¿En el mes de Kislew? ¿Es que se han vuelto locos? ¿Para que el pequeño Rafi se ponga enfermo?

Esta vez estábamos decididos a no ceder. Informamos a Latifa sin rodeos de que no la creíamos y que, además, en la casa de la esquina vivía un médico. Latifa repitió que una acción tan criminal como quitar unas cortinas en el mes de Kislew era algo que no podía conciliarse con su conciencia. Entonces le dijimos que asumíamos la plena responsabilidad de todas las consecuencias que pudieran derivarse de ello.

—Está bien —dijo Latifa—. ¿Pueden dármelo por escrito?

Me senté a la mesa escritorio y redacté una declaración jurada de que la señora Latifa Kudurudi nos había advertido de la posibilidad de que nuestro hijito enfermara en el caso de que quitásemos unas cortinas, pero que, a pesar de ello, la habíamos obligado a quitar las susodichas cortinas bajo nuestra responsabilidad.

Latifa quitó las cortinas.

Por la tarde, el pequeño Rafi se quejó de dolor de cabeza. Por la noche, tenía fiebre. La mañana siguiente, el termómetro indicaba cuarenta grados. Latifa nos miró con aire de reproche y se encogió de hombros. Mi mujer corrió en busca del doctor, el cual diagnosticó que Rafi tenía gripe.

—Pero ¿cómo es eso posible? —dijo mi mujer sollozando—. Con tanto como le vigilamos. ¿Por qué de pronto tiene gripe?

—¿Por qué? —salió la voz de Latifa del fondo de la habitación—. ¡Yo voy a decirle a usted por qué! Porque tuve que quitar las cortinas.

—¿Qué? —dijo el doctor volviéndose a la criada—. ¿Qué dice usted?

—Sí, señor —dijo Latifa—. Las cortinas. ¿Acaso alguna persona sensata ha quitado las cortinas en el mes de Kislew, habiendo en la casa un niño pequeño?

—La chica tiene toda la razón —dijo el médico—. ¿Cómo pueden ustedes quitar las cortinas con un tiempo tan desabrido y con tanta humedad? No es de extrañar que el pequeño se haya resfriado. Tengo que decirles que su comportamiento me sorprende…

Latifa se acercó en silencio al médico, le mostró el documento que yo le había extendido y volvió igualmente en silencio a la cocina.

A partir de entonces, nos regimos sin chistar por las decisiones de Latifa. Por lo que hemos podido comprobar hasta ahora, no se puede lavar ropa en domingo, porque, de lo contrario, se produce una inundación, y bruñir los pomos de las puertas antes de que empiece la primavera tiene invariablemente como consecuencia una plaga de serpientes.

Por lo demás, Latifa explicó que no podía efectuarse la limpieza en la vivienda por espacio de veintisiete días, si es que Rafi había de recobrar la salud. La mañana siguiente, entró en la habitación, acomodóse en la silla poltrona y pidió los periódicos.

La mala economía de nuestra casa va adquiriendo proporciones catastróficas. Pero debo admitir que Rafi ya no tose.

.


Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar