Texto aleatorio

ES un hecho generalmente conocido que mi mujer y yo tratamos nuestros asuntos familiares con suma discreción y que a mí jamás se me ocurriría, por ejemplo, explotarlos literariamente. Después de todo, a nadie puede interesarle lo que sucede en nuestra casa.

Tomemos, por ejemplo, al niño Amir, que en realidad todavía es un bebé, y ciertamente un bebé extraordinariamente bien desarrollado. En opinión de los médicos, a los que consultamos de vez en cuando, su nivel de inteligencia está por encima del 30-35 por ciento del mínimo absoluto, y los restantes 65-70 por ciento habrán de agregarse aún con el tiempo. Amir tiene ojos azules, como los tenía el rey David, y cabellos rojos, como el rey David los tenía asimismo. Esto puede constituir una coincidencia fascinante, aunque para el público carece de importancia.

Sin embargo, a veces ocurre en la vida de la criaturita un acontecimiento que es imposible pasar por alto en silencio. También en este caso. Un día, Amir se puso en pie y permaneció en pie. Sobre sus dos piernas.

¿No se lo creen? Bueno, ya sé que, tarde o temprano, todos los niños aprenden a sostenerse sobre sus piernas. Pero es que Amir se sostenía sobre las dos piernas sin haberlo aprendido nunca, sin anuncio previo o preparación.

Serían las cinco de la tarde, cuando del cuarto de los niños se oyó un grito completamente inesperado, un grito de triunfo. Corrimos allá y, efectivamente, el pequeño Amir estaba de pie agarrado a los barrotes de sus andaderas. Se sostenía sobre sus dos piernas, a diferencia de la economía de exportación del Estado de Israel. Nuestro gozo fue inmenso.

—¡Estupendo! —exclamamos—. ¡Muy bien, Amir! ¡Bravo! ¡Hazlo otra vez!

Ahora hubo algunas dificultades. El niño había escrutado sin ayuda el misterio de la puesta en pie con asombrosa precocidad, o, en todo caso, no demasiado tarde, pero aún no dominaba la técnica de volver a sentarse. Y como que un niño pequeño no puede pasarse de pie todo el día, la criaturita dio claras muestras de que quería que le ayudásemos a sentarse. Y le ayudamos.

A Amir le gusta mucho levantarse. Diríase que está obsesionado por ello. Al menos setenta veces al día, resuena esta llamada desde su rincón:

—¡Papá! ¡Papá!

Es a mí a quien llama. A mí, a su padre, al que le engendró. Esta idea tiene algo que conmueve profundamente. Su madre se ocupa de él casi ininterrumpidamente, lo alimenta con toda clase de leche y las más diversas especies de papillas, lo cuida y lo atiende con sus mejores energías, pero el maravilloso y casi atávico instinto primitivo del nene percibe con toda exactitud quién es el amo de la casa y a quién debe confiarse. Por esto, cada vez que Amir se pone de pie y no es capaz de volver a sentarse, grita en la misma dirección estas palabras:

—¡Papá! ¡Papá!

Y papá acude. Papá corre al lado de su hijito. No importa lo que esté yo haciendo en aquel momento y en qué posición me encuentre, vertical u horizontal. Cuando mi hijo me llama, lo dejo todo y me planto a su lado. De acuerdo: ello representa un fuerte golpe para el amor propio de mi mujer. Incluso a mí me causa una cierta perplejidad el que el niño, aun cuando en cierto sentido es también de ella, se decida clara e inequívocamente por su padre. Afortunadamente, mi mujer es una persona inteligente e ilustrada y sabe disimular sus celos. Hace unos días, me dio incluso a entender de una manera explícita que no tenía por qué preocuparme:

—Todo va bien, Ephraim —me dijo, cuando regresaba yo una vez más de una de las ceremonias de asentamiento—. El cariño de Amir te pertenece. Debo resignarme a ello.

Cosas así le hacen realmente bien a uno.

Por otro lado, a uno le gustaría también dormir de vez en cuando.

Que el niño se pusiera de pie durante el día constituía algo natural, y ayudarle a sentarse me causaba gozo. Pero cuando me vi obligado, cada vez con mayor frecuencia, a correr en su auxilio hasta las primeras horas de la mañana, un agudo observador habría podido descubrir en mí ciertos indicios de nerviosismo. Yo necesito dormir por lo menos tres horas, de lo contrario, empiezo a tartamudear. Y ni siquiera estas tres horas quería concederme el arrapiezo.

Aquella inolvidable noche de San Bartolomé, yo había tenido que abandonar mi lecho treinta veces para acudir a prestar mis primeros auxilios, mientras la mejor de todas las esposas dormía profunda y apaciblemente, con la respiración acompasada y a veces con una dulce sonrisa en los labios, cuando, en su profundo sueño, llegaba a sus oídos la lejana llamada de «¡Papá!». Yo no le tomaba a mal esa sonrisa. Después de todo, mi hijo me había llamado a mí y no a ella. A pesar de ello, consideraba en cierto modo como una injusticia el que yo, el jefe de la casa, que me había matado trabajando durante el día, tuviera que correr sin cesar entre mi cama y el rincón del bebé mientras la madre roncaba tranquilamente a mi lado.

Un sordo rencor contra Amir germinó en mi interior. En primer lugar, ya hace tiempo que debería haber aprendido a sentarse sin ayuda de los demás, como los otros niños mayores. Y en segundo lugar, estaba muy feo por parte de él el portarse tan mal con su madre que se sacrificaba y desvelaba por tenerle bien atendido. El niño, como ya he dicho, es pelirrojo.

Cuando la mejor de todas las esposas volvió a la peluquería a perder el tiempo, yo senté a Amir sobre mis rodillas y le hablé lenta y amigablemente:

—Amir, no llames siempre «papá» cuando necesites algo. Acostúmbrate a llamar «mamá». Mamá, mamá. ¿Oyes, mi querido pequeñín? Mamá, mamá, mamá.

Amir, también creo haber dicho esto, es un niño muy despierto. Y la mejor de todas las esposas va con gran frecuencia a la peluquería.

Jamás olvidaré el histórico momento en que, en medio de la noche, sonó por vez primera desde el rincón de Amir el grito revolucionario:

—¡Mamá! ¡Mamá!

Yo agarré con fuerza a mi esposa y la sacudí hasta que se despertó.

—¡Madre! —le susurré en la oscuridad—. Tu hijo ya vuelve a estar sobre sus dos piernas.

La madre necesitó algún tiempo y algunas otras llamadas antes de hacerse cargo de la situación. Pesadamente, por no decir de mala gana, se levantó y tambaleándose, borracha de sueño, volvió al cabo de un rato. Pero no dijo nada y volvió a acostarse, como el que, saliendo del semisueño, proyecta volver a sumirse en el sueño entero.

—Prepárate, querida —le dije al oído—, porque nuestro hijo va a llamarte más veces todavía.

Y así sucedió.

Las semanas siguientes pude disfrutar de nuevo de un sueño completamente tranquilo desde hacía tiempo, mucho tiempo. Nuestro pequeño tesoro de ojos azules, bajo mi guía, había encontrado el camino verdadero y había comprendido perfectamente la importancia de la maternidad. La situación se normalizó. Una madre es una madre, así lo quiere la Naturaleza. Y cuando su hijo la llama, ella debe hacer caso de la llamada.

En una noche especialmente bendita, estableció un impresionante récord obedeciendo cuarenta y dos veces a la llamada del niño.

—Estoy realmente satisfecho de que Amir haya sabido encontrar al fin el camino que lleva hacia ti —le dije una mañana, durante el desayuno, cuando por fin logró mantener medio abiertos los ojos—. ¿No te parece también que la relación madre-hijo es la única que es natural?

Por desgracia, la única situación natural tuvo un fin brusco. Serían las cuatro de la mañana, cuando me desperté al sentirme rudamente sacudido.

—Ephraim —susurró junto a mi oído la mejor de todas las esposas—, tu hijo te llama.

Al principio no quería creerlo. Pero entonces volvió a resonar en la noche:

—¡Papá! ¡Papá!

Y así quedaron las cosas. Amir se había pasado de nuevo a mí. ¿Tendría esto algo que ver con el hecho de que por entonces yo tenía casi a diario algo que hacer en la ciudad, y a menudo estaba muchas horas fuera de casa?

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