POR lo que respecta a mi feliz familia, la mejor de todas las esposas solía seguir siempre los dictados de la moda. Para ello contaba con mi pleno apoyo moral, aun cuando la falda se acortase hasta convertirse en faldita y la faldita en faldillita.
—¡Adelante! —la animaba yo—. ¡Sigue acortándola! Piernas cortas, falda corta. Al menos lograrás así que la gente hable de ti.
Y la mejor de todas las esposas acortaba, cortaba, recortaba y volvía a acortar. Eran unos tiempos felices.
La crisis comenzó por razones de índole industrial-monetaria.
Como es sabido, en la Tierra viven ahora unos tres mil millones de personas. La mitad son mujeres. Incluso después de restar a las niñas y a los primeros ministros de sexo femenino, quedan aproximadamente mil millones de consumidoras, cada una de las cuales posee, como término medio, dos minifaldas y media. No obstante, en los países socialistas, el promedio es solo de una minifalda por cada persona femenina, pero debido a los esfuerzos incesantes de mi mujer, la diferencia global quedará pronto compensada de nuevo. Como resultado de este cálculo que no tiene nada de complicado, se deduce que, como consecuencia de la invención de la minifalda, la industria textil sufre una pérdida anual de más de dos mil millones de metros de tela.
Los que confeccionan prendas de vestir no se preocupan por la estética ni por la moral. Lo que les interesa ante todo es el dinero, y luego otra vez el dinero. En una secreta conferencia en la cumbre, celebrada en París, decidieron alargar las faldas femeninas hasta el suelo, para que en la Humanidad hubiese un poco más de tela.
—Esto nos resarcirá de las pérdidas de los últimos años —declaró uno de los jefes de la mafia.
—Y, ¿qué sucede con Kishon? —preguntó otro.
—Está arruinado.
—Está bien entonces —sentenció un tercer individuo poniendo fin a tan trascendental debate—. Mejor que esté arruinado él que nosotros.
¡Abominable! No hay otra palabra para calificar el resultado que tuvo la resolución tomada por el hampa parisiense. Abominable. Mujeres de cualquier edad, incluso aquellas cuyos hijos en el servicio militar habían ascendido a elevados rangos de oficiales, se inclinaron ante el nuevo dictado de la moda y alargaron sus faldas hasta el polvo de la calle. Naturalmente, la mafia procuró que el proceso se desarrollara por etapas, conforme a la llamada «táctica del salchichón». Cada semana unos cuantos centímetros.
La mejor de todas las esposas compartió mi indignación.
—Es como echarse a llorar, pensar en lo que han ideado esos señores. ¿Acaso hemos de cambiar ahora tal vez todo nuestro guardarropa?
Sin embargo, no pude sustraerme a la impresión de que el borde de su falda comenzaba un poco más abajo que antes. Y se lo dije.
—No lo creas —dijo ella—. Lo que llevo es una doble mini. La más reciente creación. Pero de esto tú no entiendes nada.
Yo quisiera aquí mencionar de paso el hecho de que el proceso de acortamiento se diferencia fundamentalmente del proceso de alargamiento. Se le podría designar como su diametralmente contrario. Para acortar solo se necesita una falda nueva.
En tales circunstancias, se comprenderá mi emoción cuando una noche (teníamos que ir a un concierto) vi a mi mujer que se acercaba a mí con una falda plisada que le llegaba muy por debajo de las rodillas.
—¡Mujer! —exclamé—. ¡Te has alargado la falda!
—¿Te has vuelto loco? ¡Ni un solo centímetro!
Me acerqué a ella, y haciendo uso de mis atributos conyugales de controlo, le levanté un poco el pullover. Se confirmó mi sospecha: la falda había sido bajada hasta las caderas, como en un cowboy o en un sheriff los pantalones. Había alargado y dejado de alargar simultáneamente. Y en todo caso se había sometido a la mafia parisiense. En ello tampoco modificó en nada su indicación de que aquella «nueva linda mini baja» no me costaría un céntimo.
—Para mí no es cuestión de dinero —le repliqué enojado—. Se trata de principios.
Como siempre que se trata de principios, se llegó finalmente a una solución de compromiso. En lo sucesivo, el límite inferior de la mini debía terminar a 3 centímetros por encima de la rodilla.
El acuerdo se mantuvo como cosa de dos semanas. Al comenzar la tercera, cuando de nuevo nos disponíamos a efectuar una salida nocturna, la falda de mi mujer terminaba 3 centímetros por debajo de sus rodillas en vez de por encima de ellas.
En vez de recibir la correspondiente explicación, solo obtuve un encogimiento de hombros:
—No sé de qué estás hablando. ¿O es que crees que mis rodillas suben y bajan?
Y antes de que tuviera tiempo de analizar esta interesante reflexión, de la mejor de todas las esposas salían a borbotones los más sagrados juramentos de que jamás haría el juego a las estupideces de la moda, o, ella no, y si a uno de aquellos homosexuales parisienses se le ocurriera crear faldas largas, que la llevase él mismo, el travestí, que lo que es ella, nunca haría caso de tal moda, y mucho menos se gastaría dinero en ella, y que la midifalda que había aparecido últimamente, la encontraba sencillamente horrorosa, ni carne ni pescado, en fin, que no era para ella.
Unas semanas más tarde, no solo habían desaparecido por completo las rodillas de mi mujer, sino también sus piernas. Del borde de su falda solamente asomaban aún las puntas de los zapatos. Además, parecía como si hubiera crecido.
Dado que no quería obligarla a refugiarse en nuevas mentiras con mis preguntas, decidí investigar el misterio por mi propia cuenta. La noche siguiente, fingí que estaba dormido y aguardé a ver si sucedía algo.
Sucedió algo. La mejor de todas las esposas se deslizó fuera de la cama y poco después, llevando una gran bandeja, descendió al sótano. La seguí a prudente distancia y de puntillas, o sea, muy despacio. Cuando llegué al sótano, ella ya estaba sentada ante la máquina de coser, rodeada de muchos metros de tela de muchos colores, accionando diligentemente el pedal, jadeando por el esfuerzo y la voluptuosidad. De vez en cuando, salía de su garganta una palabra inarticulada.
Sonaba algo así como: «maxi… maxi…».
Yo, sin decir palabra, di media vuelta y volví a mi lecho solitario. La soledad que sentí era más que una soledad meramente física. Estaba abandonado. Había perdido. La mafia había vencido.
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