Texto aleatorio

POR la tarde vinieron a tomar el té los Lustig, a quienes habíamos invitado, y trajeron con ellos a su hijo Schragele, de seis años de edad, al que no habíamos invitado. Dicho con franqueza, no apreciamos de una manera especial que los padres se presenten siempre y en todas partes con su prole que en modo alguno es deseada siempre y en todas partes. Sin embargo, Schragele resultó ser un muchachito simpático y bien educado, aunque nos crispaba un poco los nervios el que sin cesar anduviera por todas las habitaciones de nuestra casa.

Estábamos sentados con sus padres tomando el té y charlando sobre todo lo habido y por haber, desde los vuelos lunares americanos hasta la crisis del teatro israelí. No eran temas muy originales y la conversación más bien resultaba difícil de arrastrar.

De pronto oímos (me gustaría poderme expresar claramente sin salirme del buen tono), oímos, pues, que Schragele, bueno, sí, ponía en movimiento el mecanismo de salida de agua de nuestro retrete.

En sí, esto no habría sido nada extraordinario. Por qué un niño sano, en el transcurso de una tarde, no habría de sentir la necesidad… ya se comprende, lo que quiero decir… y por qué, una vez satisfecha la necesidad, no habría de tirar de la cadena… Como he dicho: nada de extraordinario.

Lo extraordinario fue el comportamiento de los padres. Enmudecieron en medio de la frase, palidecieron, se pusieron de pie de repente, como si les hubiera dado un calambre, y cuando apareció Schragele en el marco de la puerta, le gritaron los dos al mismo tiempo:

—Schragele… ¿qué ha sido eso?

—La llave del armario ropero del tío —fue la información tranquilamente impartida por el niño.

La señora Lustig lo cogió de la mano y, llenándole de vehementes reproches, se lo llevó al rincón más apartado de la habitación y allí lo dejó con la cara vuelta hacia la pared.

—Nos agrada muy poco hablar de esto.

Sin embargo, el señor Lustig no pudo por menos de desahogar con voz triste su preocupado corazón de padre:

—Schragele es un niño completamente normal, con excepción de esta sola curiosa costumbre. Cuando ve una llave, se siente impulsado por una fuerza irresistible que le obliga a tirarla… Ya lo saben ustedes, dentro del water y a tirar de la cadena. Solo llaves, nada más que llaves. Tan solo llaves. Todos nuestros intentos para hacerle perder esa costumbre han sido en vano. Ya no sabemos lo que hemos de hacer. Unos amigos nos aconsejaron que simplemente no hiciésemos caso al niño y luego él mismo entraría en razón. Seguimos el consejo, con el resultado de que al cabo de algún tiempo, ya no teníamos ni una sola llave en la casa…

—¡Ven acá, Schragele! —llamé al pequeño travieso—. Dime, ¿por qué echas todas las llaves al water?

—No lo sé —respondió Schragele encogiéndose de hombros—. Lo encuentro divertido.

Ahora tomó la palabra la señora Lustig:

—Incluso consultamos a un psiquiatra. Estuvo interrogando a Schragele por espacio de dos horas y no obtuvo nada de él. Entonces nos preguntó si quizás le habíamos pegado con una llave cuando era pequeño. Naturalmente, una estupidez. Incluso por la razón de que una llave es demasiado pequeña para eso. También se lo dijimos. Él replicó y nos enzarzamos en una discusión bastante viva. Entretanto oímos de pronto el agua del water… o sea, para qué voy a seguir contando… Schragele nos había encerrado y solo al cabo de telefonear durante más de una hora, vino un cerrajero y pudimos salir. El psiquiatra sufrió un ataque de nervios y tuvo que ir a ver a un psiquiatra.

En aquel momento, sonó de nuevo el fatídico ruido. Nuestras pesquisas dieron como resultado que faltaba la llave de la puerta de la calle.

—¿Qué altura hay hasta el jardín? —preguntaron los Lustig.

—Un metro y medio, como máximo —respondí yo.

Los Lustig se fueron por la ventana y nos prometieron enviarnos un cerrajero.

Entré pensativo en mi cuarto. Al cabo de un rato, me puse repentinamente de pie, cerré la puerta desde fuera, cogí la llave y la tiré al water.

Es curioso. Lo encontré divertido.

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