MI mujer y yo no somos religiosos fanáticos, pero en casa se observan rigurosamente las festividades. Todas. Los días de fiesta no se tiene que trabajar y además proporcionan una variedad en el aspecto culinario. Para mencionar tan solo un ejemplo, en Pascua hay ocasión de mojar determinados manjares dos veces en una suculenta salsa de carne, antes de consumirlos. En los días laborables, generalmente no se moja la comida en salsa ni siquiera una vez.
Nada tiene de extraño que este año, llegado el momento, dirigiese a mi mujer las siguientes palabras:
—Tengo una idea magnífica. Vamos a celebrar una velada del Seder en el sentido de nuestras tradiciones históricas e invitaremos a nuestros buenos amigos Sansón y Dwora. ¿No es la manera más hermosa de celebrar una fiesta?
—¿Qué quieres decir? —replicó la mejor de todas las esposas—. Aún sería más hermoso que nos invitasen ellos a nosotros. No tengo la intención de preparar una cena opípara y luego tener que pasarme unas horas limpiándolo todo. Ve a decirles a Sansón y Dwora que con mucho gusto los habríamos invitado a la fiesta del Seder, pero que, desgraciadamente, esta vez no puede ser porque… déjame que piense… porque nuestra olla eléctrica a presión ha explotado, o porque el conmutador con el que se da paso al calor se ha roto y no podrá estar arreglado hasta dentro de diez días y que por eso deberían invitarnos ellos a nosotros…
Me incliné ante esta lógica irrebatible, fui a ver a Sansón y Dwora y les sugerí lo bonito que sería que pasáramos la velada del Seder en familiar intimidad.
La respuesta fueron unas exclamaciones de alegría.
—¡Estupendo! —dijo Dwora—. ¡Maravilloso! ¡Lástima sin embargo, que esta vez no podamos celebrarlo en casa! Nuestra olla de presión eléctrica se ha estropeado, se ha roto el conmutador de calor y hasta dentro de diez días no podrán repararlo. ¿Verdad que te haces cargo?
La indignación me impidió responder.
—Así, pues, el día del Seder iremos todos nosotros a vuestra casa —concluyó despiadadamente Dwora—. ¿Te parece bien?
—No —respondí a duras penas—. Quizá parezca una tontería, pero también se ha estropeado nuestra olla eléctrica a presión. Una verdadera ironía del destino. Pero, qué le vamos a hacer…
Sansón y Dwora cambiaron unas miradas.
—Últimamente —proseguí diciendo yo un poco cohibido— se oye continuamente hablar de ollas a presión que han reventado. Están explotando en todo el país. Quizás hay algo que no funciona bien en la central eléctrica.
Se produjo un largo silencio. De pronto, Dwora profirió un grito ronco y propuso incluir en la proyectada celebración a nuestros amigos Botoni y Piroschka.
Se acordó enviar a tratar con Botoni y Piroschka una delegación diplomática de dos personas del sexo masculino. Sansón y yo nos pusimos enseguida en camino.
—Oye, muchacho —dije enseguida a guisa de saludo y dando unos golpecitos joviales a Botoni en la espalda—. ¿Qué te parece una velada del Seder en común? Una idea estupenda, ¿verdad?
—Podríamos traer con nosotros una olla eléctrica, en el caso de que la vuestra hubiese hecho explosión —añadió Sansón prudentemente—. ¿De acuerdo?
—¡En el nombre de Dios! —la voz de Botoni tenía una resonancia agria—. Podéis venir, entonces, a nuestra casa. También mi mujer se alegrará seguramente de veros.
—¡Botoooni!
Una estridente voz femenina hirió dolorosamente nuestros tímpanos. Botoni se levantó de su asiento, supuso que su mujer quería pedirle algo en la cocina y se alejó. Nosotros nos quedamos esperando, llenos de negros presentimientos.
Cuando él regresó, los rasgos de su cara se habían endurecido claramente.
—¿En qué día cae este año el Seder? —inquirió.
—Es la víspera de Pascua —le expliqué cortésmente—. Una de nuestras tradiciones históricas más bellas.
—¡Qué estúpido soy! —dijo Botoni golpeándose la frente con la palma de la mano—. Había olvidado por completo que en ese día se efectuará la limpieza de nuestra casa. Y habrá que pintarla de nuevo. Tendremos que comer en otra parte. Lo más lejos posible. A causa del olor.
Sansón me miró. Yo miré a Sansón. Resultaba increíble que una persona pudiera inventar excusas tan tontas y primitivas para sustraerse a una obligación religiosa. ¿Qué otro remedio nos quedaba sino iniciar a Botoni en la historia de las ollas reventadas? Botoni nos escuchó con gran atención. Al cabo de un breve rato, dijo:
—¡Pero si carecemos totalmente de ideas! ¿Por qué habríamos de excluir de nuestro Seder a una pareja tan simpática como Midad y Sulamita?
Nos abrazamos afectuosamente, porque, en el fondo, los tres éramos íntimos amigos. Luego nos dirigimos los tres a ver a Midad y Sulamita para exponerles nuestro plan de una bella velada del Seder pasada conjuntamente.
Los ojos de Midad y Sulamita se iluminaron. Sulamita incluso aplaudió de alegría:
—¡Qué bien! ¡Podéis cenar todos vosotros en nuestra casa!
Nos quedamos atónitos. ¿Todos? ¿Todos nosotros? ¿A cenar? ¡Aquí hay gato encerrado!
—Un momento —dije yo concentrando mi voz—. ¿Estáis seguros de que os referís a vuestra casa?
—¡Qué pregunta!
—¿Vuestra olla a presión funciona?
—Perfectamente.
Yo no sabía qué pensar. Y me di cuenta de que también Sansón y Botoni eran presa del pánico.
—¡Las paredes! —exclamó Botoni—. ¿Qué hay de vuestras paredes? ¿No tenéis que blanquearlas?
—Déjate de tonterías —dijo Midad amistosamente y con excelente humor—. Quedáis invitados a la cena del Seder, y basta.
Completamente perplejos y confusos nos fuimos de la casa de Midad. Naturalmente, no iremos a cenar con ellos la noche del Seder. Algo extraño ocurre allí y no caemos con tanta facilidad en una trampa. No irá ninguno de nosotros. Nos quedaremos en casa. Así, como corresponde en el sentido de nuestras más bellas tradiciones históricas.
.

Deja un comentario