DESDE que nos mudamos a vivir a la parte meridional de la ciudad en la que se encuentra también la Universidad, nos hemos convertido en adeptos de las niñeras académicas. Vamos al campus, que se encuentra por allí cerca, a buscar una linda estudiante, preferentemente de observancia filosófica o arqueológica, y le entregamos nuestra prole. Los niños se acostumbran rápidamente a la nueva persona que las vigila, y todo sale a pedir de boca, hasta que un día entran granos de arena en el engranaje de la máquina. La joven dama tiene de pronto ocupadas todas las noches o tiene que prepararse para los exámenes o solo tiene libres los miércoles, y precisamente también el miércoles Gedeón tiene su noche libre y cuando volvemos del teatro a casa, encontramos a los dos en el sofá-cama, con las caras coloradas de tanto estudiar, los cojines arrugados y Gedeón que se pasa el peine por el revuelto cabello, y la mejor de todas las esposas se vuelve hacia mí con estas palabras:
—Fíjate. Esta golfilla se ha traído un tío a casa.
Con esto suele terminar la carrera meteórica de la correspondiente niñera y da paso a la siguiente.
Esta vez fue Josepha. Al principio, nos causó la mejor impresión que pueda imaginarse: tan modesta era, tan pequeña y delicada, tan cubiertos sus ojos por unas gafas. Se le habrían calculado a lo sumo trece o catorce años de edad, pero resultó que con sus piernas delgadas como husos, había rebasado ya los veinte. Josepha iba vestida sin adornos, por no decir sin gusto, no hablaba en realidad, sino que tosía siempre muy deprisa unas cuantas palabras, con la voz baja y los ojos igualmente bajos. Numerosos granos adornaban su pálida piel e incluso ella misma daba, en conjunto, la impresión de ser un grano. Era, dicho con una palabra, el caso ideal de niñera a largo plazo.
Y así fue resultando Josepha, en efecto. Llegaba puntualmente al minuto, tosía un suave shalom y se sentaba en el cuarto de los niños, donde inmediatamente procedía a transcribir en un cuaderno lo que en otro llevaba escrito. Esto nos atacaba un poco los nervios, pero pasamos por ello. Además, nuestra Josepha, a la amable diferencia de todas sus predecesoras, estaba disponible en cualquier momento y a cada hora. Cada vez que la llamábamos por teléfono, se oía al otro extremo del hilo su modesta tosecilla:
—Sí, estoy libre.
—¿Podría usted venir hoy un poco antes?
—Desde luego.
—¿Y quedarse un poco más?
—Con mucho gusto.
Y llegaba más temprano para empezar más temprano sus transcripciones, silenciosa, frágil, con los ojos bajos. La misma actitud presentaba incluso cuando yo, a veces a altas horas de la noche, le llevaba a su casa en mi coche. Una vez quise informarme acerca de qué había de nuevo en la Universidad.
—Gracias —dijo con su acostumbrada tosecilla.
Y con esto puso fin a una conversación que parecía prometedora. En cualquier otro respecto, consideraba yo que era la personificación de la niñera: confiable, reposada, siempre libre, siempre Josepha.
Nosotros la respetábamos mucho, e incluso parecía que los niños, al poco tiempo, se acostumbraron al silencio conventual que difundía ella a su alrededor. Nuestras ocasionales invitaciones a cenar con nosotros las rehusaba con modestos movimientos de cabeza, casi temerosos. ¿Es que no comía nunca? ¿Tal vez no tenía las necesidades normales de una persona normal? Mi mujer lo dudaba.
—¡Pobre criatura! —murmuraba—. Encuentro sencillamente poco natural que una chica joven a esa edad esté siempre libre.
Los síntomas inquietantes iban acumulándose. Tanto por la mañana como por la noche o a las dos de la tarde, Josepha está siempre dispuesta a vigilar a los niños y a efectuar sus transcripciones de cuaderno a cuaderno. Una vez llamamos poco antes de la media noche, cuando incluso los grillos ya dormían.
—¿Está usted libre?
—Sí.
—¿Podría usted venir ahora mismo?
—Sí.
Mi mujer colgó el auricular. Sus ojos estaban húmedos:
—Es trágico. Nadie se preocupa por ella. No tiene a nadie en todo el vasto mundo…
Pero, después de algún tiempo, incluso mi mujer comenzó —¿a quién podría extrañarle?— a cansarse. Su compasión dio paso a una actitud sobria que ya no estaba exenta totalmente de crítica:
—Hay algo en esa muchacha que no va bien —refunfuñó—. Ha de tener algunas inhibiciones. ¡Y quién sabe por qué…!
Esto, en lo sucesivo, repercutió incluso en su propia vida psíquica. Se daba el caso de que, después de una llamada telefónica efectuada con éxito a Josepha, colgase mi mujer el auricular con rabia y exclamase furiosa:
—¡Ya vuelve a estar libre! ¡Otra vez!
En una noche tormentosa, hacia las tres de la madrugada, la mejor de todas las esposas se deslizó fuera de la cama y buscó a tientas el teléfono:
—¿Está usted libre, Josepha?
—Sí.
—¿Ahora?
—Ahora mismo.
—Gracias… No es necesario.
Para decirlo sin rodeos: Mi mujer comenzó a odiar a Josepha. Estaba convencida de que se trataba de una criatura defectuosa psíquica y mentalmente. Probablemente estas deficiencias se remontaban a la tierna infancia de Josepha, cuando a los doce años, en la escuela, parecía que tenía siete.
—He aquí a mis alumnas preferidas —dijo el maestro al inspector que entró en la clase—. Tirsa, la inteligente… Miriam, la bella… Josepha, la libre…
Incluso el día de la Independencia estaba libre y lo pasó vigilando a los niños y transcribiendo cuadernos hasta entrada la noche.
—Ahora ya estoy hasta la coronilla de esa chica —dijo la mejor de todas las esposas sollozando casi de cólera—. ¿Cómo es que esa condenada muchacha no tiene un amigo, ni un admirador, ni un amante? ¿Por qué se viste tan horrorosamente mal? ¿Por qué no se desprende de sus granos?
Ni siquiera quería creer en la miopía de Josepha. Probablemente las gafas solo le servían para ahuyentar a los posibles interesados.
Dado que el estado de mi mujer no experimentaba ninguna mejoría, consulté a nuestro médico. Siguiendo el consejo de este, invité a que nos visitara la noche siguiente el hijo bastante crecidito de un matrimonio vecino.
Josepha estaba allí sentada transcribiendo. La vista del joven la paralizó por completo. Cuando él le tendió la mano, ella solo profirió con voz apenas audible una palabra:
—Josepha.
Eso fue todo.
El gran cambio se operó en la figura del hermano mayor de nuestro primer e infructuoso visitante. Se llamaba Naftali y disponía de unos anchos hombros y de unas piernas muy velludas, así como de una falta absoluta de consideración hacia el sexo femenino. Se sentó junto a Josepha y se la quedó mirando mientras hacía sus transcripciones, hasta que ella dejó esta ocupación y se limitó a vigilar a los niños. Al final, intercambiaron incluso algunas palabras y el apretón de manos al despedirse duró varios segundos.
—Quizá —murmuró mi experimentada esposa—, quizás esto es el comienzo.
Pocos días después, sucedió. Mi mujer preguntó telefónicamente a Josepha si estaba libre y la respuesta fue:
—No.
—¡Cómo! ¿Dice usted que no?
—Tengo que hacer.
Después de la llamada telefónica, una sonrisa de triunfo iluminó el rostro de mi mujer. Yo me uní a su alegría. Rezamos juntos.
A partir de aquel día, la situación mejoró de golpe. A la siguiente llamada, ya no se oyó la tosecilla, sino una voz recia, aunque un poco quebrada, con la que Josepha dijo:
—No, lo siento, hoy no. Estoy ocupada.
Dijo «ocupada» como una chica mayor.
—¿Y mañana?
—Mañana tendría que ser hasta las nueve como máximo.
Rebosábamos de orgullo. Habíamos abierto las puertas de la vida a aquella pobre criatura, habíamos salvado el alma de una virgen judía, el alma, por lo menos. Felices y contentos estábamos en casa, y si algo perturbaba nuestro contento era el hecho de estar en casa porque no podíamos marcharnos. Y no podíamos marcharnos porque Josepha no estaba libre. Por esto teníamos que quedarnos en casa. Si bien se piensa, esto no estaba bien por parte de ella. Incluso era una villanía. Después de todo, cabía esperar un poco de gratitud de aquella mujercita que aún estaría vegetando miserablemente si nosotros no la hubiésemos sacado de su existencia carente de consuelo. Pero, no, debía de andar con hombres.
Y así era, en efecto. Por unos informes dignos de crédito que llegaron a nuestros oídos, era evidente que Josepha y Naftali habían sido vistos paseando por la noche.
—Una golfa —afirmó la mejor de todas las esposas con un gesto de resignación—. Como dije ya, una golfa de lo más vulgar. Si un tío la silba, acude enseguida…
Naturalmente, nosotros ya hace tiempo que habríamos echado de casa a la pequeña ninfómana, pero habíamos tropezado con la resistencia de nuestros hijos que se sentían extraordinariamente a gusto bajo la custodia de Josepha. No nos quedó más remedio que conformarnos a regañadientes con el: «Lo siento, hoy no estoy libre» de Josepha.
Una noche, cuando volvíamos del cine, nos encontramos con una joven pareja. En medio de la noche, en medio de la calle.
—Buenas noches —dijo Josepha.
Pero entonces la mejor de todas las esposas no pudo contenerse por más tiempo y dijo:
—¿Yo creía, querida, que tenía que prepararse usted para sus exámenes?
—Y eso es lo que hace —dijo Naftali saliendo en su defensa—. Hoy ha estado en casa como niñera y ha estudiado todo el rato. Ahora la acompañaba a casa.
Dicho esto, desaparecieron en la oscuridad de la noche los dos. Naftali con sus piernas velludas y Josepha con sus granos.
Desde ahora, lo he jurado, desde ahora no entrarán más en mi casa tales criaturas. Solo admitiremos como niñeras a rubias esbeltas y atractivas, pero sin complejos.
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