Texto aleatorio

CUANDO un ciudadano del Estado de Israel emprende un viaje al extranjero, debe temer perder contacto con su patria. De vez en cuando verá quizás en la pantalla del televisor un mapa de la península del Sinaí cruzado por extrañas líneas de puntos. Aquí y allá podrá adquirir un periódico israelí viejo de dos semanas y de vez en cuando recibirá de su casa una carta que en realidad solo dirá: «A ver si la próxima vez escribes más». Esto es todo…

¡Pero alto! Al fin y al cabo, hay el teléfono. ¡Un instrumento útil, manejable y maravilloso, muy adecuado para establecer sin más preámbulos la comunicación con los seres queridos que se quedaron en la patria!

«Caro» es la palabra apropiada. Una conferencia desde Nueva York a Tel Aviv cuesta, por ejemplo, ocho jugosos dólares por minuto.

¡Sea! El israelí que está de viaje respira hondo, coge el teléfono de su modesta habitación de hotel, marca el número con trémula mano y escucha emocionado el prometedor «bip-bip-bip» que sale del aparato. Se ha logrado la primera fase de la toma de contacto.

Voy a ser breve. Mi conversación con la mejor de todas las esposas se limitará a lo estrictamente necesario. ¿En casa va todo bien? ¿Se encuentran bien de salud los niños? Sí, yo estoy bien. Sí, volveré tan pronto como pueda. Espera todavía un poco con respecto a la declaración de la renta, tenemos tiempo. Te abrazo, cariño… Esto va a ser todo, y a lo sumo puede durar tres minutos.

—¡Diga! —una dulce vocecita llega a mi oído desde el otro lado del océano. Es Renana, mi pequeña, a la que quiero como a las niñas de mis ojos—. ¿Quién es?

—¡Hola, Renana! —digo gritando—. ¿Cómo estás?

—¿Quién es? —dice Renana—. ¡Diga!

—Es papá.

—¿Qué?

—Papá está hablando, Renana. ¿Está mamá en casa?

—¿Quién habla?

—¡Papá!

—¿Mi papá?

—Sí, tu papá. Tú hablas con tu papá. Y papá quiere hablar con mamá. ¡Haz el favor de ir a buscarla!

—Espera, espera. ¿Papá? ¿Me oyes, papá?

—Sí.

—¿Cómo estás?

—Bien, estoy bien. ¿Dónde está mamá?

—¿Estás en América ahora, papá? ¿Verdad que estás en América?

—Sí, en América. Y tengo mucha prisa.

—¿Quieres hablar con Amir?

—Sí, muy bien. (No puedo decir que no, pues el niño se ofendería). Ve a buscarle. Pero date prisa. Adiós, querida.

—¿Qué?

—Te he dicho adiós.

—¿Quién habla?

—¡Ve a buscar a tu hermano!

—¡Adiós, papá!

—Adiós, hijita.

—¿Qué?

—¡Tienes que llamar a Amir, demonio!

—Amir, ¿dónde estás? —la voz de Renana suena estridente en otra dirección—. Papá quiere hablar contigo. ¡Amir! ¡Aaamiiir!

Hasta ahora han transcurrido siete minutos, siete minutos a ocho dólares cada uno. No se debería permitir que los niños cogiesen el teléfono. Ocho minutos. ¿Dónde se habrá metido ese granujilla pelirrojo?

—¡Hola, papá!

—¡Hola, pequeño! ¿Cómo estás?

—Bien, gracias, ¿y tú?

—También. ¿Va todo bien?

—Sí.

—Estupendo.

Una pausa. Pero lo más importante se ha dicho.

—¿Papá?

—Dime.

—Renana quiere decirte todavía algo más.

Ante mis ojos espirituales aparece una especie de taxímetro, solo que de mayor tamaño y con cifras alarmantemente altas, que se mueven vertiginosamente. Clic: 360 libras… clic: 396… clic: 432… clic…

—¿Papá? ¿Me oyes, papá?

—Sí.

—Ayer… ¿sabes?, ayer…

—¿Qué pasó ayer?

—Ayer… ¡Amir, déjame hablar con papá! ¡Papá, Amir está empujando!

—¡Ve a buscar a mamá y dile que se ponga!

—¿Qué?

—¡Mamá! ¡Pero rápido!

—Espera… ayer… ¿me oyes?

—Sí, te oigo, ayer, ¿qué pasó ayer, ayer, sí, qué pasó?

—Ayer no estuvo Moschik en el jardín de infancia.

—¿Dónde está mamá?

—¿Quién?

—¡M-a-m-á!

—Mamá no está en casa. ¡Escucha, papá!

—Dime.

—¿Quieres hablar con Amir?

—No. Adiós, querida.

—¿Qué?

—Digo que adiós, querida.

—Ayer…

En este instante se interrumpió de pronto la comunicación. Es posible que haya hecho un movimiento involuntario. Bueno, tengo que colgar. Pero vuelve a sonar el timbre. Santo cielo, ¿pero es que no…?

Es la telefonista.

—Son 166 dólares y 70 centavos, Mr Kitschen.

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