Texto aleatorio

NO quisiera que se me interpretase mal. Sé distinguir muy bien entre el Sinatra ídolo de las adolescentes y Sinatra el filántropo. Sinatra viene a Israel y dedica el importe total de sus siete conciertos (un millón de libras, aproximadamente) a la construcción de un orfelinato interconfesional en Nazaret. Este es un rasgo muy hermoso de su parte. Pero ¿se ha sustraído con ello a toda crítica constructiva?

A mí no me molesta que él sea millonario y mantenga una flota aérea propia. Me parece bien que por un minuto en la televisión cobre medio millón de dólares. ¿Por qué no? Así es la vida. Por lo menos, la suya. Se levanta hacia el mediodía, va a los estudios de la tele, grazna su «Hiya, what’s doin’?» dentro del micrófono, pasa por caja, cobra el medio millón y hasta el fin de sus días ya no necesita trabajar más. Bueno, ¿y qué? ¿Dónde está escrito que se puede vender por más de su valor sopas y hojas de afeitar, pero no cantores? Le concedo de corazón que cobre lo que cobra.

Lo que, en cambio, no veo con buenos ojos es el éxito que tiene con el sexo femenino.

Si los grandes del cine, de la televisión, de las salas de concierto y de la industria discográfica tienen necesidad de pasar la noche con una bien proporcionada rubia diferente, es asunto exclusivamente suyo. Y si continuamente caen víctimas. No pueden hacer nada por evitarlo. Sencillamente, pierden el conocimiento y se derriten ante esos Hércules irresistibles, con su atlética figura, ante esos hombres fascinantes de risa enloquecedora, ante esos elegantes de gestos prometedores. Perfectamente. Pero ¿Frankie? ¿Ese limón desnutrido? ¿Qué hay en él de tan estupendo? ¡Vamos, que me lo digan de una vez!

—No lo sé —dijo la mejor de todas las esposas—. Es… es divino… ¡Y haz el favor de quitar tus manos de mi garganta!

¡Divino! Se atreve a decirme esto a la cara la compañera para toda la vida que me ha sido confiada por la ley. Le pongo delante de los ojos el periódico de hoy con el retrato de esa salchicha apergaminada.

—¿Qué ves ahí de divino? ¡Muéstramelo!

—Su sonrisa.

—Ya sabes que en América es donde se fabrican las mejores dentaduras postizas. ¿Qué más?

Mi mujer contempla el retrato. Sus ojos se cierran a medias y dice en voz baja, pero con entusiasmo:

—Qué más, qué más… Nada más. Solo que también es capaz de cantar como un dios.

—¿Canta? ¿Esta foto canta? Yo veo una boca muy abierta y una cara vulgar y adocenada, eso es todo. ¿Quién canta aquí? ¿Oyes el canto?

—Sí —suspira la mejor de todas las esposas esfumándose.

Irritado, salgo de casa y compro dos entradas para el primer concierto. Me gustaría ver personalmente a esa maravilla.

Mi mujer me abraza y me besa por primera vez desde hace muchas horas:

—¡Entradas para Sinatra… para mí!

Y corre enseguida al teléfono para llamar a su modista. Dice que no puede ir con sus viejos harapos a un concierto de Sinatra.

—Naturalmente que no —confirmo—. Cuando te vea con tu vestido nuevo en la fila diecinueve, dejará enseguida de cantar…

—No digas tonterías. Nadie se interrumpe en medio del canto. Ya se ve que no entiendes nada…

Traje a casa fotografías de Marlon Brando, de Curd Jürgens y del David de Miguel Ángel. No hicieron ningún efecto. Solamente Frankie hace efecto. Solamente Frankie.

«¿Acaso vio alguna vez Amor con los ojos? ¡No!», dice Shakespeare, que no era precisamente «francófilo».

El día siguiente, leí en el periódico una buena noticia y enseguida la transmití a mi mujer:

—Tu querido Frankenstein solo ocupa la mitad del programa. Solo una hora. La otra mitad consiste en cánticos de Sinagoga y canciones populares yemeníes. ¿Qué dices a ello?

La respuesta fue como un susurro henchido de entusiasmo:

—Una hora entera con Frankie… ¡Qué bueno!

Saqué del bolsillo la lupa que había comprado en el camino de regreso a casa y sometí la foto del Frankie boy a un examen minucioso.

—Su peluca parece un poco ladeada, ¿no te parece?

—¿Quién se preocupa de esas cosas? Además, algunos números los canta con sombrero.

Con sombrero. ¡Qué seductor! ¡Qué sexy! Probablemente el sombrero fue diseñado ex profeso para él, con ayuda de un sismógrafo que registra con precisión las oscilaciones de los cardiomotos femeninos. Después de todo, tiene también toda una hueste de palaciegos y secretarios a su alrededor que suministran a la Prensa descripciones verídicas de sus aventuras amorosas. Además, se encuentran en su séquito cinco damitas que se distribuyen hábilmente entre los espectadores y al primer estribillo solo a medias adecuado se desmayan, lo cual provoca otros desmayos en el público femenino. Su avión particular, además de médicos, científicos e investigadores de la opinión, contiene un cerebro electrónico portátil, una computadora, magnetófonos, tres guardias personales montables, un contraalmirante y numerosos ceros, entre los cuales él mismo.

Aunque yo había cubierto las paredes de las casas de nuestra ciudad con la pintada que decía FRANKIE GO HOME!, las localidades para el concierto se agotaron ya con unos días de antelación.

Ayer la Prensa diaria anunció que Frankie solo cantaría durante media hora. El coro de niños de Ramat-Gan, el grupo de danza del kibbutz Chefzibah y recitales de un primo del organizador completarían el programa.

—Está bien —declaró sobriamente la mejor de todas las esposas—. Más de media hora con Frankie no podría resistirla. Sería demasiado emocionante…

En estas circunstancias, renuncié a ir al concierto. Mi mujer subastó la segunda entrada entre sus amigas. Con el producto de la venta se compró un par de zapatos último modelo, varios frascos de perfume y un nuevo peinado.

Para finalizar este triste capitulo, voy a explicar también el verdadero motivo por el cual me decidí a quedarme en casa. Fue una pesadilla que tuve la noche de la víspera del concierto:

Vi a Frankie subir al escenario, en medio de los atronadores aplausos de la sala abarrotada de público… Se acerca al proscenio… Se inclina… El público salta de sus asientos… Resuenan gritos, la ovación parece que no va a tener fin… Frankie hace un guiño y pone en su cara la sonrisa número 18… Ahora se desmayan las primeras damas… Frankie hace otro guiño… Y ahora, ¿qué es esto?, se encienden las luces, él baja del escenario y avanza directamente hacia la fila diecinueve… no hacia mí, sino hacia mi mujer… ya está de pie delante de ella y solo le dice una palabra… «¡Ven!», le dice, y refulgen sus dientes de primera clase… La mejor de todas las esposas se levanta del asiento y se tambalea… «Tienes que comprender, Ephraim», dice… y abandona la sala del brazo de Frankie.

Veo cómo los dos se alejan. Hacen buena pareja, no puede negarse.

Si mi mujer no se hubiese comprado esos nuevos zapatos, los dos serían incluso igualmente altos.

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