Texto aleatorio

DEBO decir tranquilamente que siempre he respetado los poderes celestiales. Pero ahora los temo.

Aquel lunes memorable nos despertamos temprano, miramos por la ventana y exclamamos como con una sola boca:

—¡Por fin!

El cielo ofrecía un color azul radiante, sin nubes.

Con una ligereza digna de encomio, la mejor de todas las esposas y su madre saltaron de sus camas y se lanzaron hacia la cesta de la ropa donde se había acumulado la ropa sucia de muchos meses, de muchos meses de lluvia, en los que, debido a que no podíamos tender la ropa, tuvimos que dejarla sin lavar en cualquier sitio. Más aún, cuando en la cesta ya no cabía más, tuvimos que dejarla en los sitios más inadecuados, debajo de las camas, en el interior de los baúles, en unos cajones de la mesa escritorio.

Pero ahora todo esto se había acabado. Mi esposa y mi suegra pusieron, tarareando, manos a la obra y al cabo de unas pocas horas nos encontramos ante la divertida tarea de transportar alrededor de una tonelada y media de ropa recién lavada al jardín, donde la tendimos en cordeles, cuerdas, alambres y cables.

Cuando habíamos terminado se puso a llover.

¿Cómo era posible? Tan solo unos minutos antes, se extendía sobre nosotros la bóveda de un cielo de purísimo azul, no se veía la más pequeña nube y ahora llovía. No solo llovía, sino que caía un fuerte chaparrón, el cielo se puso oscuro como boca de lobo, y los negros nubarrones procedentes de los cuatro rincones del universo se concentraban precisamente encima de nuestro jardín. Recogimos apresuradamente la ropa, corrimos de nuevo al interior de la casa llevando los hatillos y los depositamos en la bañera y pronto tuvimos que utilizar una escalera, porque la montaña de ropa llegaba hasta el techo. Luego, extenuados, cogimos el periódico.

El pronóstico del tiempo era el siguiente: «En las horas de la mañana algunas nubes y hacia el mediodía cielo despejado».

De ello podía deducirse que la tormenta y la lluvia durarían al menos tres días.

No nos habíamos equivocado. Fuera, caía monótona la lluvia y dentro de la casa se iniciaba el proceso de fermentación de nuestra ropa en la bañera. Por la noche, toda la casa olía a alcohol metílico y a cementerio. Aquí y allá en las paredes empezaban a aparecer las primeras manchas verdes de moho.

—Esto no puede continuar —declaró la mejor de todas las esposas—. Hay que secar la ropa antes de que se pudra completamente.

Tendimos un alambre a través del cuarto de estar. Iba desde la ventana de la derecha, a lo largo de la pared, hasta la puerta del dormitorio, de allí se dirigía hacia la araña, pasaba por encima de algunos cuadros hasta llegar al espejo veneciano, torcía a la izquierda y terminaba su recorrido en la ventana del lado opuesto. En algunos puntos, las piezas de ropa colgadas muy cerca unas de otras, quedaban a tan escasa altura, que solo podíamos desplazarnos arrastrándonos como reptiles, y teníamos que procurar no derribar los objetos dispensadores de calor (lámparas de carburo, infiernillos de alcohol a media llama, etc.) que habíamos instalado para acelerar el proceso de secado. Un murciélago, según afirmaba mi suegra, encontraría a pesar de ello su camino por entre las cuerdas de la ropa, porque posee una misteriosa capacidad de orientación, una especie de radar primigenio, que le permite eludir en su vuelo todos los obstáculos. Dado que yo no soy un murciélago, no encontré gran interés en estas explicaciones y opté por retirarme.

Serían las cuatro de la tarde, cuando la casa se vio sacudida por un ruido fuerte y sordo. La sala de estar presentaba un aspecto realmente caótico. El alambre se había roto bajo su excesivo peso y toda la ropa cubría el suelo. Afortunadamente estaba aún lo suficientemente húmeda para apagar los cuerpos calefactores que allí estaban instalados.

La mejor de todas las esposas se reveló una vez más como tal.

—Enseguida lo tendremos recogido —dijo mordiéndose heroicamente los labios.

No lo tuvimos recogido enseguida, sino al cabo de dos horas. Con fuerzas unificadas, incluidas las de la suegra, distribuimos las piezas de ropa por todas las mesas, sillas, postigos de ventana y lámparas. Cuando en el suelo volvió a ver espacio, nos desplomamos.

Apenas habíamos caído rendidos al suelo, llamaron a la puerta.

Mi mamá política se acercó a la ventana y miró con cuidado al exterior.

—Ahí está el doctor Zelmanowitsch —susurró—. El presidente del Tribunal Supremo. Con su esposa.

Nos quedamos de piedra. El doctor Zelmanowitsch nos visita, como término medio, una vez cada cinco años y considera esto como un especial honor para el cual debe uno mostrarse a la correspondiente altura. Sin embargo, en un recibidor cubierto por doquier con piezas de ropa húmedas, no se puede estar a la altura de ningún honor.

Nuevamente fue la mejor de todas las esposas la primera en recobrar la sangre fría:

—¡Fuera de aquí todo esto! Mamá me ayudará. Y tú debes retener entretanto a los visitantes junto a la puerta.

Debido a que yo soy el único escritor de la familia y, por consiguiente, se me considera como un mentiroso lleno de inventiva, esta tarea recayó, naturalmente, sobre mí.

Abrí la puerta, saludé al juez supremo y a su esposa tan cordial como prolongadamente, aludí con unos gestos ampulosos a la exquisita configuración estilística de nuestro vestíbulo y hablé con la voz más alta posible para que no se oyeran los ruidos que en el interior producía el transporte de la ropa.

Al cabo de un rato, la señora Zelmanowitsch expresó el deseo de sentarse.

Afortunadamente oí enseguida la señal de tos convenida de mi mujer, de modo que pude hacer pasar a nuestros huéspedes.

Nos sentamos en la sala de estar restaurada a medias, y mientras mi suegra preguntaba si querían té, café o cacao, mi mujer me susurró al oído en breves frases el informe relativo a la situación: había apilado la ropa en la habitación contigua, naturalmente, sin poderla desplegar, porque no tuvo tiempo para ello, pero lo principal era que había podido retirarla.

La conversación no se dejaba encauzar convenientemente. Reinaba un silencio que de pronto fue interrumpido por un extraño ruido. El ruido continuaba. Resultó que provenía de los dientes de la señora Zelmanowitsch, que castañeaban.

—Hace un p-p-poco de frío en esta ha-a-abitación —pudo al fin articular, y se puso en pie.

En la parte inferior de su vestido podía verse una gran mancha oscura que por arriba iba haciéndose algo más clara. También de los restantes ocupantes de la habitación se había apoderado un ligero temblor. Yo no constituía una excepción.

—El grado de humedad de su casa parece extraordinariamente elevado —observó el doctor Zelmanowitsch estornudando una vez detrás de otra.

Mientras yo intentaba contradecirle, sucedió algo espantoso.

De la habitación contigua llegaba algo que era, inconfundiblemente, agua, primero fina como un hilo, luego cada vez más ancho, hasta que inundó la alfombra en forma de pequeño arroyo.

El doctor Zelmanowitsch, uno de los jurisperitos más importantes de nuestro país, se levantó para despedirse. Su mujer ya se había levantado.

—Quédense todavía un ratito —balbuceó la mejor de todas las esposas vadeando hacia la puerta para retener a nuestros visitantes.

Pero ellos no quisieron. Se fueron. Se fueron sin saludar. Y es probable que en el futuro reduzcan aún el promedio quinquenal de sus visitas.

Los que quedábamos en la casa hicimos frente a la inundación y logramos contenerla con ayuda de muebles impermeables al agua. Pero ¿qué haríamos para eliminarla?

Entonces se me ocurrió una idea salvadora. Fui a la habitación contigua a buscar las piezas de ropa, las empapé en el agua acumulada en el suelo, llevé las piezas empapadas al jardín y las colgué, sin hacer caso de la lluvia, en los cordones, alambres y cables. Después de todo, tarde o temprano cesará de llover y el sol volverá a salir. Entonces la ropa se secará. Y entonces la cogeremos y la quemaremos.

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