Texto aleatorio

NUNCA se puede saber si un barco que navega con sus mercancías con rumbo a Israel arribará a puerto. Quizá quede embarrancado en un banco de arena o le impida la llegada un motín o cualquier otra cosa. Así se explica la frenética histeria de compra que estalló entre la población de Tel Aviv cuando se inauguró el primer supermercado, una nueva señal de nuestras relaciones culturales con el Occidente.

Por espacio de tres días, mi mujer y yo estuvimos ejercitando una heroica reserva. Pero luego se acabó. Todavía tuvimos fuerzas para una última medida de precaución. Para evitar correr la suerte de algunos vecinos, que en una sola tarde de compras habían quebrado, dejamos las carteras en casa y en vez de ellas nos llevamos al supermercado a nuestro hijo primogénito, conocido en general como «Rafi».

En la entrada reinaba una aglomeración que era un peligro para la vida. Fuimos apretujados y prensados como… sí, realmente como:

—¡Sardinas! —gritó mi mujer entusiasmada.

Y con un salto de pantera digno de verse se lanzó hacia la mesa de venta situada estratégicamente en torno a la cual peleaban ya con uñas y dientes numerosas amas de casa. A base de las pilas de latas de sardinas que allí había, habría podido organizarse un pequeño viaje por el mundo. Había sardinas francesas, españolas, portuguesas, italianas, yugoslavas, albanesas, chipriotas e indígenas. Había sardinas en aceite, en salsa de tomate, en salsa de vino y en yogur.

Mi mujer se decidió por sardinas noruegas y se quedó además con dos latas de una procedencia insegura.

—Aquí todo es baratísimo —dijo.

—¡Pero si no hemos cogido dinero!

—En mi bolso había casualmente alguna cosilla.

Y diciendo esto se apoderó de uno de aquellos armatostes con ruedas para hacer la compra y puso en él las once latas de sardinas. Solo por curiosidad, solo para ver lo que realmente era, añadió una caja con la inscripción «Jarabe de Oro». De pronto palideció y comenzó a temblar:

—¡Rafi! ¡Santo cielo! ¿Dónde está Rafi?

Rogamos al benévolo lector que se imagine el pánico de un padre y una madre cuyo hijito acababa de desaparecer entre los cascos de una impetuosa manada de búfalos. Esto es más o menos lo que sentimos entonces.

—¡Rafi! —gritamos los dos hasta desgañitarnos—. ¡Rafael! ¡Hijo!

—La sección de juguetes en el segundo bloque a la izquierda —nos informó un experto miembro del personal de ventas.

A continuación, un ruido ensordecedor, como de una explosión, hirió nuestros tímpanos. El supermercado retembló hasta los cimientos y se inclinó hacia un lado. Suspiramos aliviados. Rafi había manipulado en una pirámide artísticamente levantada de unas quinientas conservas de compota y con el instinto certero de las criaturas de corta edad, había sacado la conserva central de apoyo de la hilera inferior. Para consolar a nuestro pequeñín del susto que se había llevado, le compramos algunos dulces, miel, chocolate suizo, cacao holandés, un poco de café en polvo y una bolsa de tabaco para pipa. Mientras yo estaba acumulando todo esto en nuestro carrito, vi que había también en su interior un frasco de perfume, una docena de libretas y diez kilos de remolacha.

—¡Mujer! —exclamé—. ¡Este no es nuestro carrito!

—¿No? Lo mismo da.

Tuve que reconocer que esta respuesta era acertada. En conjunto, el cambio que habíamos hecho no estaba mal. Además de los objetos mencionados, nuestro nuevo carrito contenía un número considerable de variedades de queso amablemente redondeadas, compota de diferentes colores, toallas de baño y una escoba.

—Podemos necesitar todo esto —explicó mi mujer—. La cuestión es cómo vamos a pagarlo.

—¡Qué casualidad! —dije yo moviendo sorprendido la cabeza—. Precisamente acabo de encontrar en el bolsillo del pantalón los billetes de banco que recientemente anduve buscando tanto.

Impulsados por la codicia, seguimos adelante, fuimos testigos de una pelea de tres señoras cuyos carritos habían chocado, y luego tuvimos que buscar de nuevo a Rafi. Lo encontramos junto a lo que había sido un puesto de venta de huevos.

—¿De quién es este mocoso? —resoplaba el vendedor de huevos, amarillo de rabia y de yema—. ¿Quién responde de este monstruo?

Le dimos la deseada información al llevarnos de allí a nuestro hijo a toda prisa, compramos todavía algunos productos químicos para fines caseros y volvimos junto a nuestro carrito, en el que entretanto alguien había puesto una selección de vinos griegos, una caja de azúcar y varias latas de aceite. Para que Rafi estuviese contento, lo sentamos encima de la montaña de artículos y le compramos un caballito japonés, debajo de cuya silla introdujimos dos pares de lindas zapatillas para los papás de Rafi.

—¡Mira esto! —gimió mi esposa extasiada.

—¡Más!

Pescamos un segundo carrito, avanzamos hacia la sección «Carne y volatería» y adquirimos varios pollos, patos y corderos, varios embutidos, salchichas de Frankfurt, lengua ahumada, pechuga de ganso ahumada, carne ahumada, pastel de hígado de ternera, pastel de hígado de ganso, pastel de hígado de bacalao, carpas, camarones, cangrejos, salmón, un «Mosche Rabenu», un «Alejandro Magno», media ballena y algo de aceite de hígado de bacalao. Poco a poco fueron agregándose varias tortillas, pimienta, cebollas, alcaparras, un pasaje para ir a Capri, canela, vainilla, vaselina, trastornos vasomotores, habas, col, espárragos, bicarbonato, manzanas, nueces, higos, dátiles, discos de larga duración, vino, espinacas, melones, un carabinero, fresas, frambuesas, grosellas, avellanas, cocos, cacahuetes, mandarinas, mandolinas, almendras, aceitunas, peras, bombillas (de sesenta vatios), un circo de pulgas, un lápiz de labios, un corsé, neumáticos de recambio, almidón, calorías, vitaminas, proteínas, un sputnik y algunas otras cosillas más.

No fue tarea fácil conducir hasta la caja nuestro convoy formado por seis carritos, porque la ternera, que yo había atado al último carrito, quería continuamente volver junto a su madre. Por fin, dijimos basta, y el cajero comenzó, sudando, a hacer la cuenta. Yo suponía que correspondería más o menos al déficit del balance comercial israelí, pero con gran sorpresa de mi parte, no subía mucho más de cuatro mil libras. Lo que más nos impresionó fue la destreza con que los vendedores envolvían nuestros artículos en grandes bolsas de papel marrón. A los pocos minutos, todo listo. Solamente faltaba Rafi.

—¿No han visto ustedes por aquí un niño muy pequeño? —preguntábamos a la gente que había a nuestro alrededor.

Uno de los empaquetadores se rascó pensativo el cogote.

—Un momento… ¿un chiquillo rubio?

—Sí.

—Aquí lo tienen.

El empaquetador abrió una de las grandes bolsas de papel. Dentro de ella estaba sentado Rafi masticando muy satisfecho un tubo de pasta dentífrica.

—Dispensen ustedes —dijo el empaquetador—. Creí que habían comprado al pequeño aquí.

Nos devolvieron por Rafi dos mil setecientas libras y abandonamos el supermercado. Fuera estaban esperando ya los dos camiones.

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