TODO es cuestión de organización. Por esto guardamos en una caja subdividida en diversas secciones los regalos que no nos sirven para nada y que en el futuro regalaremos a otras personas. Cada vez que llega un regalo así, y llega con frecuencia, es registrado, clasificado y colocado en el sitio que le corresponde. Los objetos para bebés pasan automáticamente a un compartimento extra, los libros de un formato mayor de 20 × 25 centímetros se depositan en la sección «Bar Mizwah», los ceniceros especialmente horrorosos se clasifican bajo el epígrafe de «Nuevo domicilio», y así sucesivamente.
Un día vuelve a ser de pronto Purim, la fiesta de los regalos, y de pronto ocurre lo siguiente:
Llaman a la puerta. Es Benzion Ziegler, con una caja de bombones bajo el brazo. Benzion Ziegler entra y nos ofrece la bombonera como regalo de Purim. Está envuelta en papel celofán. En la tapa aparece representada una doncella de turbadora hermosura, rodeada de figuras alegóricas en tecnicolor. Nos sentimos profundamente conmovidos y Benzion Ziegler sonríe satisfecho.
Hasta aquí todo va bien. La bombonera nos agradó mucho, porque las bomboneras son regalos muy utilizables. Son adecuados para toda clase de ocasiones, para el día de la Independencia así como también para las bodas de plata. La depositamos enseguida en la sección de «Objetos diversos».
Pero el destino lo dispuso de otro modo. De pronto, a mi mujer y a mí nos asaltó un deseo irresistible de chocolate y que solo con chocolate podía satisfacerse. Trémulos de ansia, arrancamos el celofán que cubría la bombonera, abrimos la caja y… dimos un salto atrás. La caja contenía unos cuantos pedruscos de un color pardusco con una ligera capa de moho.
—¡Un récord! —dijo casi sin voz mi mujer—. Es el chocolate más viejo que hemos visto nunca.
Con un grito de rabia nos abalanzamos sobre Benzion Ziegler y lo sacudimos hasta que, pálido y tembloroso, nos confesó que había recibido de un buen amigo suyo la bombonera el año anterior. Llamamos al buen amigo y le exigimos responsabilidades. El buen amigo se puso a tartamudear: «Bombonera… bombonera… ¡Ah, sí! Un regalo del ingeniero Glück, con motivo de la victoria israelí en el frente de Sinaí…» Seguimos investigando. El ingeniero Glück había recibido la caja cuatro años antes de su cuñada, cuando a él le nacieron los mellizos. La cuñada, por su parte, se acordaba muy bien todavía del nombre del que le hizo el regalo: Goldstein, en 1953. Goldstein había recibido la caja de Glaser, Glaser de Steiner, y Steiner (parece increíble) de mi buena tía Ilka, en 1950. Enseguida supe de qué se trataba. La tía Ilka había estrenado entonces su nuevo domicilio, y como que a la sazón se encontraba vacío el compartimento correspondiente de nuestra caja de regalos, tuvimos que sacrificar, doliéndonos mucho, la bombonera.
Ahora volvía a estar en nuestras manos la histórica caja. Nos sobrecogió un sentimiento de respeto. ¡Qué de vicisitudes no habría tenido aquella bombonera! Fiestas de cumpleaños, fiestas de la victoria, colocación de primeras piedras, nuevos domicilios, mellizos… realmente, una porción de historia, aquella bombonera. Con esto avisamos públicamente de que la bombonera para regalo del Estado de Israel ha sido retirada de la circulación. El que quiera hacer un regalo así, tendrá que comprar otra.
.

Deja un comentario