NO hace falta presentar a la señora Regine Popper. Se la considera en general como la mejor babysitter de la nación y ha ganado repetidas veces y con gran diferencia con respecto a las demás el Campeonato de Liga del Estado. Es puntual, diligente, digna de confianza, leal y callada, en suma, una prestidigitadora en el reino de los pañales. Nuestro bebé Rafi todavía no se ha quejado nunca de ella. La señora Popper es una alhaja.
Su único defecto consiste en que vive en Tel Giborim, y no hay comunicación directa entre este lugar y nuestra casa. Como consecuencia de ello, tiene que servirse de la institución del tráfico pendular tal como se practica aquí por los taxis y que transporta cada vez de cuatro a cinco personas. Esta institución se llama en hebreo scherut. Con este scherut la señora Popper llega hasta la central de autobuses y allí tiene que esperar otro scherut, y a veces no hay ninguno y tiene que introducir a la fuerza su nada insignificante corpulencia en un autobús a punto de reventar, y en tales ocasiones llega a nuestra casa en un estado tan lamentable y descompuesto que sus miradas constituyen un único y mudo reproche y dicen:
—Tampoco hoy he encontrado ningún scherut.
Todas las noches, hacia las ocho, nos ponemos a rezar rogando para que la señora Popper encuentre un scherut. A veces da resultado y a veces no. Esto hace que nos sintamos siempre preocupados por el futuro, porque la señora Popper es insustituible. Lástima que viva en Tel Giborim. Sin teléfono.
¿Para qué sirven estos preámbulos? Sirven para conducirnos a aquella noche en la que queríamos marcharnos de casa a las ocho y media para ir al cine. Hasta entonces yo tenía que escribir aún algunas cartas importantes. Desgraciadamente aquella noche, mi estilo, posiblemente por efecto del paralizante calor, no fluía con tanta facilidad como de ordinario, y cuando aún no había terminado, ni mucho menos, hizo su aparición la señora Popper, aquella perfecta alhaja. Sus miradas revelaron enseguida que esta vez tampoco había habido scherut.
—He corrido como una loca —dijo jadeando.
En tales casos, solo se puede hacer una cosa: salir inmediatamente de la casa para justificar el maratón de la señora Popper. De otro modo, ella se habría esforzado completamente en vano.
Pero yo quería imprescindiblemente terminar mis importantes cartas antes de ir al cine.
A los pocos minutos se abrió ya la puerta de mi gabinete de trabajo.
—¿Todavía está usted ahí?
—Termino enseguida…
—Es increíble. ¡Yo corro hasta perder el aliento y usted ahí cómodamente sentado y sobrado de tiempo!
—Enseguida termina —dijo viniendo en mi auxilio la mejor de todas las esposas.
—No sé por qué me hacen venir, si de todos modos se quedan ustedes en casa.
—No nos quedamos en casa. Pero, naturalmente, la pagaríamos a usted, aun cuando…
—¡Esa observación está completamente fuera de lugar! —dijo la señora Popper irguiéndose en toda su mayestática corpulencia—. Yo no cobro por un trabajo no realizado. La próxima vez les ruego que piensen ustedes primero si me necesitan o no.
Para evitar más discusiones, cogí la máquina de escribir y salí corriendo de casa, y corriendo me siguió también mi mujer. En la pequeña pastelería de enfrente terminé de escribir las cartas. El tecleteo de la máquina de escribir llamó al principio un poco la atención, pero las personas que allí había se acostumbraron luego. Aquella noche ya no fuimos al cine. Mi mujer (no solo la mejor de todas las esposas, sino dotada también de una gran iniciativa) propuso llenar el mínimo de tiempo que aún nos quedaba, unas tres horas, dando un paseo. De noche Tel Aviv es una ciudad muy bella. Especialmente la playa, el barrio septentrional de quintas, la antigua Jaffa y la llanura de Abu Kebir ofrecen panoramas que valen la pena contemplar.
Poco antes de la medianoche, estábamos de nuevo en casa, cansados, hechos polvo, con ampollas en los pies.
—¿Cuándo van ustedes a necesitarme de nuevo? —inquirió la señora Popper mientras le entregábamos la suma convenida de 5,75 libras.
Se requería una decisión rápida y clara, como corresponde al marido. Por otro lado, no se podía acordar nada sin antes reflexionar, porque, dado que la señora Popper no tiene teléfono, cualquier acuerdo era irrevocable.
—¿Pasado mañana? —preguntó la señora Popper—. ¿A las ocho?
—Pasado mañana es miércoles —murmuré yo—. Sí, nos va muy bien. Quizás vayamos al cine…
El hombre propone, pero Dios dispone. El miércoles, a las siete de la tarde, comenzó a dolerme la espalda. Un repentino sudor me postró en cama. No había duda: tenía fiebre. La mejor de todas las esposas se inclinó sobre mí, preocupada:
—Levántate —dijo, golpeándome impacientemente con los dedos—. La Popper puede estar aquí dentro de un momento.
—No puedo. Estoy enfermo.
—No seas quejica, por favor. ¿O quieres exponerte a que nos encuentre todavía en casa y pregunte por qué otra vez la hacemos recorrer para nada el largo camino desde Tel Giborim? Anda, levántate.
—Me encuentro mal.
—Yo también. Toma una aspirina y ven.
La máquina de precisión suiza que sentó sus reales en Israel con el nombre de Popper, apareció puntualmente a las ocho, respirando fatigosamente.
—Shalom —dijo como un silbido—. Otra vez tampoco ningún…
Con la prisa inspirada por el pánico, me vestí. Si ella hubiese venido en un scherut, quizá se la habría podido hacer mudar de parecer. Pero, después de un largo viaje en un autobús, en medio del calor asfixiante, y una marcha a pie probablemente aún más larga, su mera aparición ahogaba en germen toda resistencia. Abandonamos la casa con la rapidez que me permitieron mis piernas debilitadas por la fiebre. Cuando estuvimos fuera, tuve que apoyarme en una pared. No acababa de superar el vértigo cuando me sobrevinieron escalofríos. Ir al cine, como habíamos planeado, ni pensarlo. A duras penas, apoyándome en el brazo de mi mujer, me arrastré hasta el interior de nuestro coche, para poder estirarme un poco. Yo soy desde siempre alto de estatura y nuestro coche es desde siempre pequeño.
—¡Oh, Señor! —suspiré—. ¿Por qué, Señor, tengo que estar aquí encogido, en vez de estar acostado en la cama, en mi casa?
Pero el Señor no dio respuesta alguna.
Mi estado iba empeorando de cuarto de hora en cuarto de hora. Creía asfixiarme dentro del coche angosto y que aún quemaba de tanto tiempo de estar estacionado al sol. Tampoco me proporcionó ningún alivio la incipiente oscuridad.
—Déjame volver a casa, mujer —susurré.
—¿Ahora? —resonó anunciando desastres la voz de la mejor de todas las esposas—. ¿Cuándo apenas hace una hora y media que salimos? ¿Crees que por una hora y media va venir Regine Popper expresamente de Tel Giborim?
—No creo absolutamente nada. No quiero morir por Regine Popper. Todavía soy joven y la vida es hermosa. Quiero vivir. Quiero irme a casa.
—Espera aún veinte minutos. O treinta, por lo menos.
—No, ni siquiera media hora. Ya estoy harto. Yo me voy.
—¿Sabes qué podemos hacer? —me preguntó cuando estábamos cerca de la puerta de la casa apuntalándome para que no me cayera—. Vamos a entrar a escondidas, para que no nos oiga, nos quedaremos en el dormitorio y esperaremos…
La propuesta era razonable a medias. Asentí. Con cuidado abrimos la puerta de la casa y nos deslizamos al interior. De mi gabinete de trabajo salía un rayo de luz. En él se había instalado, pues, la señora Popper. Interesante. Continuamos de puntillas nuestro camino, en lo cual nos fue de gran utilidad el conocimiento del terreno. Pero poco antes de alcanzar el objetivo, nos traicionó un crujido de entarimado.
—¿Quién está ahí? —oímos que preguntaba una voz desde el gabinete de trabajo.
—¡Somos nosotros!
Mi mujer encendió rápidamente la luz y me hizo entrar de un empujón.
—Es que Ephraim se ha olvidado del regalo.
¿Qué regalo? ¿Cómo se le había ocurrido tal idea? ¿Qué quería decir? Pero he aquí que, lanzándome una venenosa mirada de soslayo, la mejor de todas las esposas se acercó a la estantería de libros más próxima y sacó Historia del Teatro inglés desde Shakespeare, un pesado volumen de formato de diccionario que enseguida depositó en mis trémulos brazos. Después de habernos disculpado ante la señora Popper por la molestia, salimos de nuevo.
Una vez en la calle, me derrumbé definitivamente. De mi frente corría a mares el sudor y ante mis ojos veía por primera vez en mi vida centellear unos puntos rojos diminutos. Hasta entonces, había considerado esto como una imagen barata estereotipada, pero en realidad, los diminutos puntos rojos existen. Y centellean de verdad ante los ojos. Sobre todo cuando uno se halla sentado a la puerta de una casa y está llorando.
La mejor de todas las esposas puso en mis sienes sus refrescantes manos:
—No había otra posibilidad. ¿Cómo te sientes?
—Si Dios me permite sobrevivir esta noche —dije yo—, nos iremos a vivir a Tel Giborim. Lo mejor será en la misma casa en que vive la señora Popper.
Media hora más tarde había recobrado ya tanto mis fuerzas que pudimos atrevernos a un nuevo intento. Esta vez salió todo bien. Después de todo, ya teníamos práctica. Sin hacer ruido se abrió la puerta, sin crujido alguno pasamos por delante del rayo de luz que salía del gabinete de trabajo y, sin ser descubiertos, llegamos hasta el dormitorio y nos echamos en la cama vestidos. Todavía nos quedaban tres horas.
Sobre la laguna que a continuación se produjo en mi memoria, no puedo decir nada, naturalmente.
—¡Ephraim! —como de una gran lejanía llegó a mi oído la voz de mi mujer—. ¡Son las cinco y media! ¡Ephraim, las cinco y media!
Hasta entonces no me di cuenta de que me estaba sacudiendo sin cesar por los hombros.
La luz del nuevo día me cegaba. Hacía tiempo, mucho tiempo, que el sueño no me había resultado tan reparador. Sin embargo, desde el punto de vista estratégico, estábamos en mala situación. ¿Cómo debíamos hacer salir a la señora Popper de su posición fortificada?
—Espera —dijo la mejor de las esposas y desapareció.
De pronto, de la habitación de Rafi se percibió la voz estridente de un niño que pega berridos a alta frecuencia. Poco después, mi mujer volvió junto a mí.
—¿Le has pellizcado? —le pregunté.
Respondió afirmativamente con un gesto desde la puerta entreabierta a través de la cual vimos ahora cómo la figura corpulenta de la señora Popper pasaba corriendo por delante de nosotros en dirección a Rafi.
Esto nos dio tiempo para abandonar la casa y volver a entrar enseguida con un sonoro y alegre: «¡Buenos días!»
—¡Vaya una hora de llegar a casa! —comentó en tono de reproche la señora Regine Popper, meciendo en sus carnosos brazos al pequeño Rafi que poco a poco había ido calmándose—. ¿Dónde estuvieron tanto tiempo?
—En una orgía.
—Dios mío, estos jóvenes de hoy…
La señora Regine Popper movió la cabeza, puso en su camita a Rafi, que ahora volvía a dormir pacíficamente, cobró sus honorarios y salió hacia la fresca mañana para ver si encontraba algún scherut.
.

Deja un comentario