Texto aleatorio

—¿ESTÁS completamente seguro, Ephraim, de que se trata de una invitación para ir a comer?

—Sí, que yo sepa…

Cien veces se lo había explicado ya a mi mujer, y ella no cesaba de preguntármelo. Yo mismo me puse al teléfono cuando llamó la señora Spiegel para invitarnos a su casa el miércoles a las ocho y media de la noche. Yo agradecí la invitación y volví a colgar el auricular. Esto fue todo. No valía la pena hablar de ello, podría pensarse. ¡Qué equivocación! Desde entonces, apenas hablamos de otra cosa. Continuamente nos poníamos a analizar aquella breve conversación telefónica. La señora Spiegel no había dicho que se tratase de una invitación a cenar en su casa. Pero tampoco había dicho que no nos invitaba a cenar.

—Nadie invita a una persona para las ocho y media en punto si no se les quiere dar de comer —fue la interpretación que al final hizo suya mi mujer—. Sí, es una invitación a cenar.

También yo era de esa opinión. Cuando no se tiene la intención de servir una cena a los invitados, se les dice, por ejemplo: «Pero no vengan antes de las ocho» o «Vengan entre las ocho y las nueve», pero en ningún caso se les dice: «Vengan a las ocho y media en punto». No recuerdo exactamente si la señora Spiegel dijo «en punto», pero sí que dijo «a las ocho y media». Incluso hizo hincapié en ello y en su voz había un acento claramente nutritivo.

«Yo estoy casi seguro de que era una invitación a cenar», era en la mayoría de los casos el final de mis reflexiones. Para acabar con todas las dudas, quise incluso llamar por teléfono a la señora Spiegel y hablarle de algunas recetas de régimen que ahora yo tenía que observar y probablemente no se enfadaría si le pedía que las tuviera en cuenta al confeccionar su menú. Entonces tendría que descubrirse. Entonces se vería enseguida si tenía intención de confeccionar un menú. Pero por muy refinadamente que hubiera sido elaborado este plan, mi mujer se opuso a su realización. No hace, afirmó, ninguna buena impresión poner a un ama de casa ante el hecho consumado de que uno quiere ser alimentado por ella. Además, era completamente superfluo.

—Conozco a los Spiegel —dijo—. En su casa, la mesa está repleta de manjares cuando tienen invitados…

El miércoles resultó que al mediodía estábamos muy ocupados y tuvimos que contentarnos con unos bocadillos. Cuando, por la noche, nos pusimos en camino hacia la casa de los Spiegel, teníamos un hambre canina. Y ante nuestros ojos mentales apareció un bufet con mucha volatería fría, con pavo y pollo, ganso y pato, con salsas y legumbres y ensalada… Es de esperar que, entretanto, los Spiegel no tengan ganas de conversación. Es de esperar que lo hagan después de haber comido…

Así que entramos en casa de los Spiegel y surgieron de nuevo nuestras antiguas dudas. Éramos los primeros invitados y los Spiegel estaban aún ocupados vistiéndose. Nuestras preocupadas miradas vagaron por el salón, pero no descubrieron ningún punto de apoyo sólido. Se les ofreció la vista usual en tales casos: un sofá, unos sillones y unas sillas alrededor de una mesa baja de vidrio en la que había una gran bandeja con almendras, cacahuetes y pasas, en otra bandeja mucho más pequeña unas cuantas aceitunas, en otra algo mayor unos trozos de queso en forma de dado con mondadientes de plástico y finalmente un bello recipiente de vidrio lleno de delgadas barritas saladas.

De pronto cruzó por mi mente la idea de que la señora Spiegel quizá había dicho por teléfono que fuéramos a las ocho y cuarenta y cinco minutos y no a las ocho y media, y que incluso ni siquiera se había hecho mención de ningún momento cronológico exacto, sino que solo habíamos estado hablando del Ocho y medio de Fellini.

—¿Qué habrá para beber?

El dueño de la casa, que todavía estaba ocupado con el nudo de su corbata, nos preparó un «John Collins», una bebida extraordinariamente refrescante, consistente en una tercera parte de coñac, un tercio de sifón y un tercio de «Collins». Otras veces nos gustaba mucho, pero esta vez los nervios de nuestro estómago estaban orientados hacia el pavo y, en todo caso, hacia algo más compacto. A duras penas podíamos pedirles que estuviesen en calma, mientras levantábamos nuestros vasos.

El dueño de la casa bebió con nosotros y nos preguntó qué opinábamos de Sartre. Cogí un puñado de cacahuetes e intenté realizar un análisis del existencialismo en la medida en que nos afectaba a nosotros, pero pronto hube de descubrir que se nos acababa el material. ¿Qué representa, pues, una bandeja con cacahuetes y almendras para una persona adulta? Lo mismo le sucedía exactamente a mi mujer. En una sola sesión había dado cuenta de las aceitunas negras y causado grandes estragos entre los dados de queso. Cuando pasamos a hablar de Vietnam, en la mesa solo quedaban abandonadas unas rodajas de pepinillo.

—Un momento —dijo la señora Spiegel, consiguiendo sonreír y simultáneamente enarcar las cejas—. Voy a buscar algo más.

Y salió de la estancia con las bandejas vacías debajo del brazo. Por la puerta de la cocina, que había quedado abierta, miramos si allí había algún indicio de opulencia. El resultado fue deprimente. La cocina parecía más bien una habitación de hospital, tan esterilizada y blanca y tranquila aparecía…

Ahora (iban a dar las nueve) se presentaron algunos otros invitados. Mi estómago saludaba a cada uno de ellos con un fuerte ronroneo.

Después de la segunda fuente de cacahuetes, yo había empezado ya a sentir molestias en el estómago. No es que yo tenga nada que objetar a los cacahuetes. El cacahuete es un alimento sabroso y rico en vitaminas. Pero no es ningún sustitutivo del pavo y de la ensalada de pescado con mayonesa.

Miré a mi alrededor. Mi mujer estaba allí sentada, con una cara pálida como la cera, y en aquel momento se llevaba las manos a la garganta, sin duda para no devolver el «John Collins» que en su interior se rebelaba contra los pepinillos y las pasas. Le hice una seña con la cabeza, me arrojé encima de un cargamento recién llegado de cubitos de queso y con la prisa me tragué uno de los mondadientes de plástico. La señora Spiegel cambió unas miradas de extrañeza con su marido, le susurró una observación sin duda referente a nosotros y se levantó para ir a buscar nuevas provisiones.

Alguien dijo, en el curso de la conversación, que el número de desempleados iba en aumento.

—No es extraño —comenté yo—. Todo el pueblo pasa hambre.

Hablar no me resultaba fácil, porque tenía la boca llena de barritas saladas. Pero me fastidiaba oír hablar tontamente de un supuesto aumento del paro mientras unas personas estaban acomodadas en una habitación bien amueblada sin otro deseo más vehemente que el de comer un trozo de pan.

Mi mujer había acabado con la tercera provisión de pasas y en los semblantes de nuestros anfitriones advertíanse claros indicios de pánico. El señor Spiegel llenó con caramelos los vacíos que se habían formado en las bandejas, pero los vacíos quedaron restablecidos. Hay que tener en cuenta que, desde primeras horas de la mañana, prácticamente no habíamos tomado alimento alguno.

Las barritas saladas crujían en mi boca, de modo que apenas podía oír nada de lo que se decía. Mientras iban formando una masa como una papilla, me apoderé de una nueva provisión de almendras. Los cacahuetes se habían terminado, pero quedaban aceitunas. Yo comía sin parar. Desaparecieron los últimos restos de mi autocontrol, en otras ocasiones tan ejemplar. Gimiendo y suspirando iba metiéndome en la boca cuanto se hallaba a mi alcance. Mi mujer chorreaba caramelo y me miraba con los ojos pegajosos debido a la misma sustancia. Todas las bandejas habían sido barridas de la mesita baja de vidrio. También yo estaba a las últimas. Ya no podía más. Cuando el señor Spiegel volvió de la casa de los vecinos y puso ante mí un plato con almendras saladas, tuve que volver la cabeza hacia el otro lado. Creía que iba a reventar. Solo el pensar en comer, me producía náuseas. No quería ver más comida. Por Dios, nada de comida…

—Tengan la bondad de pasar, señores…

La señora Spiegel había abierto la puerta de la habitación contigua. Mis ojos descubrieron una mesa cubierta con blancos manteles y un bufet con abundancia de volatería fría, con pollo y pavo, ganso y pato, con salsas y verduras y ensaladas.

.


Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar