AMIR, nuestro pelirrojo tirano, no quiere comer y nunca se ha distinguido por su apetito. Cuando mastica algo lo que mastica es el chupete.
Unas madres experimentadas nos aconsejaron que le hiciéramos pasar hambre, es decir, que no debíamos darle nada de comer hasta que él, arrepentido, se arrastrara a gatas hacia nosotros. Así, pues, estuvimos algunos días sin darle nada de comer, y se puso efectivamente tan débil, que fuimos nosotros los que tuvimos que arrastrarnos a gatas hacia él para obligarle a que comiera algo.
Finalmente lo llevamos a uno de nuestros principales especialistas, una eminencia en el campo de la alimentación de los niños pequeños. El profesor de fama internacional lanzó una rápida mirada a Amir y, antes de que nosotros hubiésemos pronunciado una sílaba, preguntó:
—¿No come?
—No.
—Ni tampoco comerá.
Tras un breve examen, el experto especialista confirmó que se trataba de un caso totalmente difícil. El estómago de Amir tenía la capacidad de recepción del de un pajarillo. La capacidad de recepción financiera del profesor era muchísimo mayor. Y la satisficimos.
Desde entonces intentamos varias veces al día obligar a Amir a comer por la fuerza, de acuerdo con el espíritu de aquella frase bíblica que dice: «Comerás el pan con el sudor de tu frente».
Debo reconocer, sin embargo, que ni yo mismo ni la mejor de todas las esposas tenemos la paciencia necesaria para esta actividad.
Afortunadamente, mi suegro se ha encargado del asunto y ha puesto todo su empeño en lograr que Amir tome alimento. Le cuenta fantásticas historias que hacen que Amir abra la boca asombrado, olvidándose de que no quiere comer. Una idea genial, pero que, por desgracia, no constituye una solución duradera.
Uno de los problemas principales atiende al nombre de «cacao». Esta bebida, nutritiva y rica en vitaminas e hidratos de carbonos, es imprescindible para el desarrollo físico de Amir. Por esto el abuelito se encierra por la noche con Amir en el cuarto de los niños y cuando, al cabo de algunas horas, vuelve a salir, agotado y tembloroso, puede anunciar con orgullo:
—Hoy ya se ha tomado casi media taza.
El cambio importante se efectuó durante el verano. Una noche calurosa, cuando el abuelito salió del cuarto de los niños, temblaba como de costumbre, pero esta vez de entusiasmo:
—¡Imaginaos que se ha tomado la taza entera!
—¡No es posible! —exclamamos mi mujer y yo—. ¿Cómo lo has conseguido?
—Le he dicho que engañaríamos a papá.
—¿Cómo? Procura ser más explícito.
—Le he dicho que si se bebía toda la taza como un niño bueno, llenaríamos luego la taza con agua caliente del grifo y te diríamos que Amir ha vuelto a negarse a tomar el cacao. Entonces tú te pones furioso y te tomas lo que hay en la taza. Y entonces nos reiremos al ver que te hemos engañado.
El truco me pareció un poco primitivo. También considero un error desde el punto de vista pedagógico el que un padre, que, después de todo, debe ser una persona que inspire respeto, se deje tomar el pelo por su hijo. Solo ante la presión materna («lo principal es que el niño se tome el cacao») me decidí a entrar en el juego. El abuelito se dirigió hacia el cuarto de baño, llenó la taza de líquido caliente del grifo y me la presentó:
—¡Otra vez Amir no ha bebido ni una gota!
—¡Es inaudito! —grité yo con una indignación muy bien imitada—. ¿Qué se habrá creído el niño ese? ¿Con que no quiere tomar este estupendo cacao? ¡Está bien, entonces lo tomaré yo!
Los ojos de Amir estaban pendientes de mi boca cuando yo acercaba a ella la taza. Y no defraudé su expectación:
—¡Uf, qué asco! —exclamé después del primer sorbo—. ¿Qué asqueroso brebaje es este? ¡Brrr!
—¡Ha caído en la trampa, ha caído en la trampa! —gritó Amir, dando un salto y sin poder contener su alegría.
La escena resultaba un poco deplorable, pero, para citar a su madre: «Lo principal es que el niño se tome el cacao».
El día siguiente, la misma historia. El abuelito me trajo una taza con agua del grifo. «Amir no ha bebido nada». «¿Qué se habrá creído el niño ese? Cacao estupendo, uf qué asco». «Ha caído en la trampa, ha caído en la trampa». Y desde entonces, día tras día lo mismo.
Al cabo de algún tiempo, la cosa funcionaba incluso sin abuelito. El desarrollo de Amir va realizando progresos. Ahora viene ya él mismo con la taza con agua del grifo. «Inaudito, estupendo cacao, uf, qué asco». «Caído en la trampa, caído en la trampa». Saltos de alegría.
Con el tiempo empecé a preocuparme:
—Cariño —le pregunté a mi mujer—, ¿no será tonto nuestro hijo?
Porque no me resultaba del todo claro lo que se desarrollaba en su mente. ¿Acaso cada noche olvidaba lo que había sucedido la noche anterior? ¿Me tenía por idiota, al ver que desde hacía meses caía en la misma trampa?
La mejor de todas las esposas encontraba, como siempre, las palabras consoladoras correctas: lo que el niño piense, carece de importancia, lo importante es lo que bebe.
Sería más o menos a mediados de octubre cuando yo, quizá por pura distracción, quizá por una protesta inconsciente, tiré directamente al water el líquido caliente usual sin decir lo de «inaudito» y «brrrrr».
Ver esto Amir y romper a llorar fue todo uno.
—¡Oh, papá! —dijo sollozando—. ¡Ni siquiera lo has probado!
Ahora se acabó el dominio de mí mismo.
—No tengo necesidad de probarlo —le dije a mi retoño—. Cualquier imbécil puede ver que solo es agua.
Una penetrante mirada de Amir fue la consecuencia de esto.
—¡Embustero! —me dijo en voz baja—. Entonces, ¿por qué hasta ahora siempre lo habías probado?
La cosa estaba clara. Amir sabía que noche tras noche habíamos realizado un juego idiota. Probablemente lo había sabido desde el principio.
En tales circunstancias, ya no había necesidad de continuar un juego tan ridículo.
—Sí que hay necesidad —replicó la mejor de todas las esposas—. Al niño le hace gracia. Lo principal es que él…
En noviembre, Amir introdujo una pequeña modificación en el texto. Cuando yo, al presentarle la taza, le preguntaba por qué no se había tomado el cacao, respondía:
—No me lo he tomado, porque no es cacao, sino agua del grifo.
Otra dificultad fue introducida en diciembre, al acostumbrarse Amir a remover con el dedo el líquido antes de probarlo. La ceremonia me resultaba cada vez más repugnante. Por la tarde, yo ya sentía náuseas al imaginar cómo, por la noche, el pequeño monstruo pelirrojo comparecería ante mí con el agua del grifo. Todos los otros niños toman cacao, porque los niños precisamente toman cacao. Solo mi propio hijo no quiere tomarlo…
Hacia el final del año, sucedió algo misterioso. No sé lo que me ocurrió, pero aquella noche cogí de manos de mi hijo la taza y, en vez de escupir trazando un amplio arco aquella porquería, apuré la taza hasta el fondo. Casi me ahogué, pero bebí.
Amir se quedó decepcionado. Cuando pasaron los primeros segundos de horror, exclamó con toda la fuerza de sus pulmones:
—¿Por qué? ¿Por qué has bebido eso?
—¿Qué significa «por qué»? —le pregunté a mi vez—. ¿No me has dicho que hoy no habías tomado ni una gota de cacao? ¿Y no te he dicho que yo mismo me tomaría el cacao? ¿Entonces?
En los ojos de Amir fulguró una chispa de odio hacia su padre. Se volvió, fue a acostarse y estuvo llorando toda la noche.
En realidad, habría sido mejor acabar de una vez con la comedia. Pero de esto no quería oír hablar mi mujer.
—Lo principal —explicó— es que el niño se tome el cacao.
Así fue como la comedia del cacao fue desarrollándose implacablemente noche tras noche, entre las siete y las siete y media…
Cuando Amir fue un poco mayor, se produjo un pequeño cambio de hora. Le habíamos permitido invitar para el día de su cumpleaños a algunos amigos, con los cuales se retiró al cuarto de los niños, llevándose la taza. Hacia las ocho, empecé a impacientarme y quise llamarlo para el desarrollo del ritual. Cuando me acercaba a la puerta, oí que decía:
—Ahora tengo que ir al cuarto de baño a buscar agua caliente.
—¿Por qué? —le preguntó su amigo Gilli.
—Mi papá lo quiere.
—¿Por qué?
—No lo sé. Todas las noches lo mismo.
El pobre niño, en aquel momento me di cuenta de ello, había creído todo el tiempo que era yo el que necesitaba la comedia del cacao. Y él participó en ella solo por mi causa.
El día siguiente, estreché a Amir contra mi pecho y en una efusión de confianza le dije:
—Hijo mío, ya es hora de dejar esta tontería. ¡Se acabó la comedia del cacao! Los dos sabemos qué es lo que hay en todo ello. Vamos a inventar alguna otra cosa.
El solo de gritos y berridos que a continuación se produjo, resonó en todo el barrio. ¡Y lo que tuve que oír de labios de mi mujer!
La representación tuvo que continuar. No había más remedio. A veces me llama Amir, cuando ha llegado la hora, desde el cuarto de baño.
—Papá, ¿puedo llevarte ya el agua del grifo?
Y yo procedo enseguida a recitar mi parte del diálogo: «Inaudito, cacao estupendo, uf qué asco, brrrr…» Es para desesperarse. Una noche en que Amir se hallaba en cama con un poco de fiebre, fui yo mismo al cuarto de baño, llené mi taza del asqueroso brebaje y me lo bebí.
—¡Has caído en la trampa, has caído en la trampa! —me gritaba Amir a través de la puerta abierta.
Desde hace poco tiempo, Amir ha asumido mi texto. Cuando sale del cuarto de baño con la taza llena, murmura:
—Amir no ha vuelto a tomar ni una sola gota de cacao… Esto es inaudito… ¿Qué se habrá creído este niño…?
Y así hasta el brrrr.
Cada vez me siento más superfluo en esta casa. En realidad, si lo principal no fuera que Amir se tome su cacao, y ni siquiera sabría para qué sirvo.
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