—EPHRAÍM —dijo mi mujer, la mejor de todas las esposas—. Ephraim, ¿estoy guapa?
—Sí —dije yo—. ¿Por qué?
Resultó que la mejor de todas las esposas ya hacía tiempo que venía ocupándose de este problema. Ella sabe, naturalmente, y lo reconoce, que no hay nada en especial en ella. A pesar de esto, sin embargo, dice que en ella hay algo especial. Es decir, que lo habría si no tuviese que llevar gafas.
—Una mujer con gafas —dijo— es como una flor estrujada.
Esta poética comparación no era de su cosecha. Debió de haber leído esa majadería en alguna parte. Probablemente en un anuncio de periódico que alababa la más colosal invención desde que se inventó la rueda: los lentes de contacto. Todo el mundo civilizado está lleno de ellos. Dos diminutos lentes de vidrio, de cinco milímetros de diámetro como máximo, que sencillamente se colocan sobre la pupila del ojo, y ya está todo arreglado. Los que te rodean no ven nada y la sociedad humana no ve nada, pero en cambio tus ojos lo ven todo. Es un milagro y una redención, especialmente para actrices, jugadores de baloncesto y solteronas cortas de vista.
También por nuestro pequeño país se ha extendido esta maravilla. «Una maniquí de Haifa —decía recientemente un anuncio— empezó a llevar lentes de contacto, y apenas habían transcurrido tres meses, cuando ya era la esposa divorciada de un bien parecido millonario sudamericano».
Un invento sensacional. ¡Vivan los lentes de contacto! ¡Abajo las anticuadas e incómodas gafas que interponen una rígida pared de vidrio entre nosotros y la belleza de unos ojos femeninos!
—Me he procurado la dirección de un experto de mucha fama —me informó mi esposa—. ¿Vienes?
—¿Yo?
—Naturalmente. Después de todo, es por ti por quien quiero estar guapa.
En la sala de espera del experto de mucha fama estaban esperando aproximadamente un millar de pacientes. La mayoría de ellos ya estaban familiarizados con el uso de los lentes de contacto. Algunos de ellos se habían acostumbrado tanto, que ni siquiera podían decir con seguridad si llevaban lentes de contacto o no. Este era evidentemente el motivo por el cual iban a ver al experto de mucha fama.
Un caballero de edad madura estaba demostrando en aquel momento la facilidad con que podían aplicarse los lentes. Los puso encima de la punta de su dedo índice, luego, por favor, fíjense ustedes, levantó el dedo directamente hacia su pupila, y sin pestañear… ¡Alto! ¿Dónde está el lente?
El lente había caído al suelo. ¡Atención! ¡Cuidado! ¡Por favor, silencio! ¡Que nadie se mueva!
Nosotros, aprovechando el caos que se había organizado, nos deslizamos al interior de la sala de consulta del especialista, un hombre joven de aspecto agradable, que ejercía su profesión de óptico con entusiástica confianza.
—Es muy sencillo —anunció—. Los ojos se acostumbran gradualmente al cuerpo extraño y en un tiempo asombrosamente corto…
—Perdón —le interrumpí—. ¿En qué asombrosamente corto tiempo?
—Depende.
—¿De qué?
—De varias circunstancias.
El especialista dio comienzo a una serie de tests técnicos y se manifestó muy satisfecho del resultado. El estado del clima ocular de mi esposa, según explicó, era especialmente adecuado para los lentes de contacto. Luego demostró con qué facilidad podían colocarse sobre la pupila y con qué facilidad se los podía quitar de nuevo al cabo de seis horas.
Un pequeño toque con el dedo era suficiente.
La mejor de todas las esposas se mostró dispuesta a hacerse cargo del arriesgado procedimiento.
Una semana más tarde, le fueron presentados en un estuche de mucho gusto los lentes perfectamente labrados, para lo cual tuve que entregar un cheque de mucho gusto por valor de 300 libras.
Aquella misma noche, en el marco de una pequeña reunión familiar, mi mujer inició el proceso de habituación, rigurosamente conforme a las reglas a las que en lo sucesivo quería atenerse: primer día, 15 minutos; segundo día, 20 minutos; tercer día… ¿tercer día? ¿Qué tercer día, si se me permite la pregunta? Preguntando más exactamente: ¿Qué segundo día? Y con toda exactitud: ¿Qué primer día?
En suma, una vez que, conforme a lo prescrito, hubo limpiado los dos objetos microscópicamente pequeños, imperceptiblemente convexos, puso uno de los lentes sobre la punta de su dedo y movió el dedo en dirección a la pupila. El dedo iba acercándose, iba acercándose, iba aumentando de tamaño, cada vez era mayor, iba creciendo, alcanzaba terribles dimensiones…
—¡Ephraim, tengo miedo! —gritó, pálida de terror.
—¡Valor, ten valor! —le dije tranquilizándola y animándola al mismo tiempo—. No debes dejarte vencer. Después de todo, he pagado por ello 300 libras. ¡Inténtalo otra vez!
Volvió a intentarlo. Temblando, apretando los dientes, acercó al ojo el dedo con la lentilla, lo acercó más que en el primer intento, ya estaba junto al objetivo, y ¡zas! Fue a aterrizar en el blanco del ojo.
Transcurrió más o menos media hora antes de que la lentilla estuviese colocada correctamente sobre la pupila. ¡Pero entonces fue estupendo! Nada de gafas, el ojo conserva su belleza natural, su brillo, su fulgor, es una verdadera maravilla. Claro que también hubo sus pequeños efectos secundarios y trastornos. Por ejemplo, los músculos de la nuca quedaron temporalmente paralizados y la expresión de la cara constantemente vuelta hacia arriba resultaba un poco rígida. Pero, de otro modo, aquella linda persona digna de lástima no habría podido ver nada; de otro modo, habría tenido que pestañear aún con los ojos medio cerrados. Y el pestañear hacía mucho daño. Hacía daño solo con intentarlo. Por eso intentaba no pestañear. Se quedó allí sentada como una caballa congelada, inmóvil, apoyada contra el respaldo del sillón, y las lágrimas corrían de los ojos rígidamente dirigidos hacia el techo. Por espacio de quince minutos enteros. Entonces ya no aguantó más y se quitó las lentillas.
Es decir, se habría quitado las lentillas si las lentillas lo hubiesen permitido. Pero no lo permitieron. Desafiaron a los intentos cada vez más desesperados de quitarlas. No se movían.
—¡No te estés ahí parado mirándome como un estúpido! —gimoteó la mejor de todas las esposas—. ¡Haz algo! ¡Muévete!
Pude entender muy bien el tono de reproche que había en su voz. Después de todo, estaba sufriendo todo aquel dolor por causa mías. Busqué en mi caja de herramientas un instrumento adecuado con el que pudiese extraer los pérfidos y diminutos vidrios, vacié todo el contenido de la caja en el suelo, pero solo encontré unas tenazas de corte oxidadas y entretanto hube de oír continuamente los gritos de dolor de mi pobre esposa. Finalmente llamé por teléfono pidiendo una ambulancia.
—¡Auxilio! —grité dentro del aparato—. ¡Un caso urgente! ¡A mi mujer se le han caído los lentes de contacto en los ojos! ¡De prisa!
—¡Imbécil! —me respondió el encargado de las ambulancias gritando también—. ¡Vayan ustedes a un óptico!
Hice tal y como me mandaban, levanté del sillón a la pobre gemebunda, me la cargué sobre los hombros, la llevé al automóvil, me dirigí a toda velocidad a nuestro especialista y la puse delante de él.
En cuestión de segundos, con un movimiento apenas perceptible de dos dedos, quitó las dos lentillas.
—¿Cuánto tiempo han estado, pues, ahí? —preguntó.
—Un cuarto de hora voluntariamente, un cuarto de hora a la fuerza.
—No está mal para empezar —dijo el experto y como regalo de despedida nos entregó una pequeña bomba aspiradora de caucho, parecida a las que se emplean en la cocina para limpiar los tubos de desagüe obturados, pero mucho más pequeña. Esta bomba en miniatura debía aplicarse, como se nos indicó, directamente sobre la lente en miniatura, de modo que se originase un pequeño vacío, el cual haría que la lente se desprendiese por sí misma. Era muy sencillo.
Apenas podía creerse los malos tratos que soporta el ojo humano cuando quiere. Cada mañana, a las nueve y media en punto, la mejor de todas las esposas vencía su terror pánico y colocaba los dos trozos de vidrio sobre sus ojos. Después, con pasos cortos y vacilantes, se encaminaba hacia mi cuarto, con los brazos extendidos iba buscando a tientas mi mesa de escritorio y decía:
—¡Adivina si llevo puestas ahora las lentillas!
Esto estaba en consonancia con el texto del anuncio, según el cual era completamente imposible comprobar a simple vista la presencia de las lentes de contacto. Esto explicaba también la preferencia de que gozaba esta maravilla óptica.
El resto del tiempo de la prueba diaria lo pasaba mi mujer sollozando suavemente, pero continuamente. A veces recorría la casa con paso vacilante, y de sus labios resecos salían una y otra vez estas palabras:
—¡Esto no hay quien lo aguante! ¡Esto no hay quien lo aguante!
Sufría, no podía negarse. También su aspecto sufrió por ello. Se volvió, por decirlo con una palabra aproximadamente acertada, fea. Sus ojos enrojecidos chorreaban por cualquier motivo y el constante llorar perjudicaba también los rasgos de su cara. Además, el tormento era mayor de día en día. Y por si fuera poco, correr diariamente hacia el óptico para que le quitara las lentillas. Porque la pequeña bomba de goma era una birria, y esto se vio enseguida, la primera vez en que mi mujer la quiso hacer funcionar. El vacío que se originó conforme a lo programado, por poco no le chupa el ojo entero.
Jamás olvidaré el día en que la pobre criaturita se hallaba temblando de pie delante de mí, sollozando desesperadamente.
—La lentilla izquierda se ha deslizado hacia el ángulo izquierdo del ojo. ¡Quién sabe ahora dónde andará!
Yo consideré seriamente la posibilidad de tomar una enfermera que estuviese especializada en quitar lentes de contacto, pero no se encontraba ninguna. Tampoco dieron resultado nuestras conversaciones sobre la posibilidad de una emigración o de un divorcio.
Pero precisamente cuando yo ya iba a abandonar toda esperanza, literalmente en el último instante, fue cuando la situación tomó un buen cariz: las dos lentillas se perdieron. Hasta el día de hoy, no sabemos cómo ni dónde. Después de todo, estas lentillas son tan pequeñas, tan conmovedoramente diminutas, que desaparecen instantáneamente en medio del tráfico de la gran ciudad, cuando se las deja resbalar casualmente desde la ventana…
—Y ahora, ¿qué? —gimió la mejor de todas las esposas—. Ahora que precisamente me había acostumbrado a ellas, se han perdido. ¿Qué voy a hacer?
—¿De veras quieres saberlo? —le pregunté.
Asintió con la cabeza en medio de sus lágrimas y volvió a asentir cuando le dije:
—Vuelve a ponerte las gafas.
Es muy sencillo. El primer día, quince minutos, el segundo veinte, y al cabo de una semana, ya se ha acostumbrado a las gafas. Pero, a pesar de ello, se puede ir de vez en cuando a una fiesta sin gafas y presumir delante de todo el mundo de lo estupendas que son las nuevas lentillas de contacto. No se las ve en absoluto. Si uno no tiene la mala pata de tropezar con la mesa y derribarla, todos creerán lo que dice y se convertirá en un objeto de envidia general.
.

Deja un comentario