PARA que no haya lugar a dudas, el dinero no representa ningún papel para nosotros mientras tengamos crédito. El problema es cuando, con ocasión de las numerosas fiestas del año, hemos de hacernos regalos mutuamente. Unos meses antes, ya empezamos a padecer de insomnio. Al fin y al cabo, la caja de las chucherías que lleva el rótulo de «Para ulterior empleo», no entra en consideración para nosotros. Es un problema terrible.
Hace tres años, por ejemplo, la mejor de todas las esposas me regaló un equipo completo de esgrima y recibió de mí una preciosa lámpara de pie. Yo no practico la esgrima.
Hace dos años, mi mujer tuvo la ocurrencia de regalarme un juego de objetos de escritorio consistente en pisapapeles, abrecartas, sujetapapeles y cartera, mientras que yo la sorprendí con una preciosa lámpara de pie. Yo no escribo cartas.
El año pasado, la crisis llegó a su punto culminante cuando obsequié a mi mujer con una preciosa lámpara de pie y ella a mí con un narguilé persa. Yo no fumo.
Este año, el afán de hacernos regalos adecuados se ha convertido en nosotros casi en una manía. ¿Qué es lo que podríamos todavía comprarnos el uno al otro? Unos buenos amigos me informaron de que habían visto a mi mujer en animado coloquio con un corredor de fincas. Tenemos una cuenta corriente común en el banco, para la cual puede mi mujer firmar también ella sola. Palideciendo, le dije:
—Oye, cariño, esto tiene que acabar. Los regalos deben dar alegría, pero no tormento. Por esto ya no nos devanaremos más los sesos pensando en lo que debemos regalarnos mutuamente. No veo ninguna relación entre un día de fiesta y una falda escocesa que, además, jamás llevaría. Hemos de ser razonables, como conviene a personas de nuestro nivel intelectual. ¡Juremos de una vez para siempre que nunca más vamos a hacernos regalos el uno al otro!
Mi mujer se me arrojó al cuello y me mojó con lágrimas de gratitud. También ella había pensado en esta solución, solo que no se había atrevido a proponerla. Ahora quedaba el problema resuelto para siempre. Gracias a Dios.
El día siguiente, se me ocurrió que para la próxima fiesta debía comprarle yo algo a mi mujer. En lo primero que pensé fue en una preciosa lámpara de pie, pero renuncié a comprarla, porque nuestra casa ya está suficientemente alumbrada con once preciosas lámparas de pie. Fuera de las preciosas lámparas de pie, yo no sabía que hubiese nada adecuado para mi mujer, o a lo sumo, una diadema de brillantes, lo único que todavía le falta. Por un anuncio del periódico me enteré de los precios y también renuncié a esta idea.
Diez días antes del día festivo, sorprendí a mi mujer introduciendo en la casa un paquete enorme. La obligué a abrirlo en el acto. Contenía leche en polvo. Abría cada uno de los botes y examiné su contenido con ayuda de una criba por si contenía gemelos de puños de camisa, agujas de corbata y cuerpos extraños análogos. No encontré nada. A pesar de ello, la mañana siguiente, lleno de siniestros presentimientos, corrí hacia el banco. Efectivamente: mi mujer había sacado 260 libras de nuestra cuenta corriente, en la que ahora solo quedaban 80 aguroth que yo saqué inmediatamente. Se apoderó de mí una gran cólera.
«Como quieras —maldije para mis adentros—. Voy a comprarte pues, la piel de astracán que va a arruinarnos. Ahora, pues, empezaré a contraer deudas, a beber y a tomar cocaína. Como tú quieras».
De nuevo, en el momento en que yo llegaba a mi casa, mi mujer entraba por la puerta trasera con un paquete gigantesco. Me abalancé sobre ella, le arrebaté el paquete y lo abrí… naturalmente. Camisas de caballero. Coger unas tijeras y cortar las camisas hasta convertirlas en confeti, fue todo uno.
—¡Toma, toma! —iba diciendo jadeante—. ¡Ya te enseñaré yo a quebrantar solemnes juramentos!
Mi mujer, que acababa de traer de la lavandería mis camisas, intentó detenerme.
—Somos personas mayores, de alto nivel intelectual —afirmó—. Hemos de tener confianza el uno en el otro. De lo contrario, se acabó nuestra vida conyugal.
Le hablé de las 260 libras que faltaban en la cuenta corriente. Con ellas había pagado sus deudas en la peluquería, según me dijo.
Algo confuso, puse fin a la conversación. Qué vergüenza, por mi parte, haber sospechado de un modo tan completamente injustificado de mi mujercita, la mejor de todas las esposas.
La vida volvió a discurrir por sus cauces normales.
En la zapatería me dijeron que los zapatos de piel de serpiente que yo deseaba para mi mujer no podían confeccionarlos sin saber las medidas de sus pies y que debía llevarles como muestra un par de zapatos viejos.
Cuando me disponía a salir de casa llevando bajo el brazo el par de zapatos como muestra, mi mujer, que se encontraba al acecho, me salió al paso de improviso. Se produjo una violenta escena.
—¡Monstruo sin carácter! —me dijo mi mujer—. Primero me echas en cara que no me atenga a lo convenido, y luego eres tú el que no se atiene a ello. Probablemente irías todavía a reprocharme porque no te he regalado nada…
Así no podía continuar. Renovamos nuestro juramento. A la clara luz de las once preciosas lámparas de pie, juramos decidida y definitivamente no volvernos a hacer ningún regalo. Por primera vez desde hacía meses volvió a reinar la paz en mi alma.
La mañana siguiente, seguí a mi mujer disimuladamente mientras se dirigía a Jaffa y me quedé muy aliviado al ver que entraba en un establecimiento especializado en medias de señora. Silbando alegremente volví a casa. Se acercaba la fiesta y no habría sorpresa. ¡Al fin!
En mi camino hacia casa, efectué una breve visita a un anticuario amigo mío y compré un pequeño jarrón chino del periodo de los Ming. El destino quiso que las cosas ocurrieran de otro modo. No sé por qué los conductores de autobús han de parar siempre tan cerca de donde uno se encuentra. Traté de pegar los fragmentos del jarrón, pero no salió bien. Tanto mejor. Por lo menos no podrá decir mi mujer que haya quebrantado el acuerdo.
Mi mujer me recibió en el comedor, vestida como para una fiesta y con semblante radiante de felicidad. Encima de la gran mesa del comedor vi, todo ello dispuesto con gusto, una nueva máquina de afeitar eléctrica, tres bolígrafos, un estuche para la máquina de escribir de piel de cabra, una caja de cera para los esquís, un canario junto con su jaula, una cartera, una preciosa lámpara de pie, una goma de borrar y un gramófono de maleta (que ella había adquirido bajo mano en casa del viejo comerciante en medias de Jaffa).
Me quedé como paralizado, sin poder proferir una palabra. Mi mujer me miró fijamente como si no pudiera creer lo que veía. No podía comprender que yo hubiese llegado a casa con las manos vacías. Entonces estalló en sollozos convulsivos:
—De modo que eres así. Así es como me tratas. Por una vez podrías darme una pequeña alegría, pero ni siquiera se te ocurre pensar en ello. ¡Uf! ¡Quítate de mi vista! ¡No quiero verte nunca más!
Solo cuando hubo terminado, yo saqué del bolsillo el reloj de pulsera de oro con zafiros.
—¡Pobrecita mías, qué tontuela eres!
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