Texto aleatorio

UNA noche llamaron a nuestra puerta. Inmediatamente se puso de pie la mejor de todas las esposas, atravesó corriendo mi gabinete de trabajo en dirección a mí y dijo:

—Ve a abrir.

Ante la puerta estaban los Grossmann. Dov y Lucy Grossmann, un simpático matrimonio de edad madura y en zapatillas. Como aún no nos habíamos encontrado nunca cara a cara, se presentaron y se disculparon por venir a molestarnos a una hora tan intempestiva.

—Después de todo, somos vecinos —dijeron—. ¿Podemos pasar un momento?

—Por favor.

Con asombrosa precisión, los Grossmann se dirigieron al salón, dieron la vuelta al piano y se detuvieron ante el carrito de té.

—¿Lo ves? —dijo Lucy volviéndose con aire de triunfo hacia su marido—. No es una máquina de coser.

—Sí, sí, está bien —la cara de Dov se puso roja de ira—. Has ganado. Pero anteayer yo tenía razón. No tienen ninguna Encyclopaedia Britannica.

—De británica no hablamos para nada —le corrigió Lucy—. Yo dije que en la casa no tienen ninguna enciclopedia y que, además, son muy snobs.

—¡Lástima que no hubiésemos grabado en cinta magnetofónica lo que dijiste!

—Sí, una verdadera lástima.

No se me ocultaba que en aquella conversación amenazaba infiltrarse cierta hostilidad. Por ello propuse que nos sentásemos todos juntos y nos explicásemos como corresponde a personas adultas.

Los Grossmann asintieron (cada cual por su lado) dando su aprobación. Dov se despojó de su impermeable nuevo y se sentaron. El pijama de Dov era de rayas grises y azules.

—Vivimos en la casa de enfrente —comenzó diciendo Dov señalando la casa de enfrente—. En el quinto piso. El año pasado hicimos un viaje a Hong Kong a allí nos compramos unos prismáticos estupendos.

Yo confirmé que los productos japoneses son efectivamente de la máxima calidad.

—Ampliación máxima uno por veinte —dijo Lucy tirando de sus rulos—. Con esos prismáticos vemos cualquier detalle insignificante de la casa de ustedes. Y Dobby, que a veces se comporta como una mula testaruda, aseguraba ayer que el objeto oscuro que tienen ustedes detrás del piano de cola era una máquina de coser. No se le podía convencer de que no tenía razón, a pesar de que encima de ese mueble se veía claramente un jarrón de flores. ¿Desde cuándo se ven jarrones de flores encima de una máquina de coser? Pero Dobby no quería entenderlo. Todavía hoy hemos estado discutiendo todo el día sobre este punto. Finalmente le dije a Dobby: «¿Sabes qué? Vamos a la casa de esos para ver con nuestros propios ojos quién de los dos tiene razón». Y aquí estamos.

—Han hecho ustedes muy bien —les alabé—. De lo contrario, la discusión jamás habría tenido fin. ¿Desean algo más?

—Solamente las cortinas —suspiró Dov.

—¿Qué les pasa a las cortinas y por qué suspira usted? —pregunté yo.

—Es que cuando corren ustedes las cortinas delante de su dormitorio, tan solo podemos seguir viéndoles los pies.

—¡Mala cosa!

—No es que quiera quejarme —dijo Dov—. No nos deben ninguna consideración. Después de todo, están en su casa.

El ambiente fue haciéndose visiblemente más cordial. Mi mujer sirvió té y pastas saladas.

Dov señaló con el dedo la parte inferior del brazo de su sillón.

—Lo que me interesaría enormemente saber…

—¿Sí? ¿Qué?

—Si está todavía adherido aquí el chicle. Era rojo, si no me equivoco.

—No seas bobo —le interrumpió Lucy—. Era amarillo.

—¡Rojo!

Las hostilidades se encendieron de nuevo. ¿Es que no pueden dos personas civilizadas conversar durante cinco minutos sin discutir? ¡Como si pudieran interesar tales fruslerías! Casualmente, el chicle era verde, yo lo sabía muy bien.

—Uno de los invitados a cenar con ustedes, lo dejó aquí pegado la semana anterior —explicó Dov—. Un hombre alto, bien trajeado. Mientras la esposa de usted iba a la cocina, él se sacó el chicle de la boca, miró en derredor por si alguien le estaba observando, y luego… tal como he dicho.

—Es estupendo —dijo mi mujer reprimiendo la risa— que puedan ustedes ver todo.

—Como no tenemos televisor, hemos de procurarnos distracción de otra manera. ¿No tienen ustedes nada en contra de ello, verdad?

—Nada, en absoluto.

—Pero tendrían ustedes que vigilar mejor al hombre que viene a limpiarles las ventanas una vez por semana. El del mono de trabajo gris. Va continuamente al cuarto de baño de ustedes y utiliza su desodorante.

—¿De veras? ¿Pueden ustedes ver incluso dentro de nuestro cuarto de baño?

—No muy bien. A lo sumo, podemos ver al que se encuentra debajo de la ducha.

La siguiente advertencia se refirió a nuestra niñera.

—Tan pronto como su pequeño se queda dormido —nos reveló Lucy—, la chica se retira al dormitorio de ustedes. Con su amante. Un estudiante. Lleva gafas sin montura.

—¿Qué tal es, pues, la vista del dormitorio?

—No está mal. Lo único que molestan son las cortinas, ya se lo he dicho. Además, me desagrada el dibujo a base de flores.

—¿Es suficiente la iluminación, por lo menos?

—Si he de decirle la verdad: no. A veces, lo único que se puede ver son unas siluetas. Así no se puede fotografiar nada.

—Las lámparas que hay en nuestro dormitorio —dije disculpándome— son en realidad más bien para leer. Leemos muchísimo en la cama mi mujer y yo.

—Lo sé, lo sé. Pero a veces, eso llega a irritarle a uno, créame usted.

—¡Dov! —intervino Lucy en tono de reproche—. ¡Qué cosas tienes!

Y a modo de consuelo nos hizo saber que lo que veía más a gusto era cuando mi mujer entraba en el cuarto de los niños para darles las buenas noches y al más pequeñín le daba un beso en el culito.

—¡Es una verdadera delicia presenciar esa escena! —dijo Lucy, henchida de entusiasmo—. El domingo pasado vino a visitarnos un matrimonio canadiense. Los dos son arquitectos de interiores, y los dos declararon independientemente uno de otro que nunca habían presenciado una escena tan conmovedora. Prometieron enviarnos un verdadero telescopio, uno por cuarenta, el último modelo. Por lo demás, Dov ya ha pensado instalar en el dormitorio de ustedes uno de esos micrófonos japoneses que según dicen, funciona a una distancia de hasta dos kilómetros. Pero yo preferiría esperar que pudiéramos permitirnos adquirir uno realmente de primera clase, de América.

—Tiene usted toda la razón. Tratándose de tales cosas, no se debe reparar en gastos.

Dobby se levantó y limpió su pijama de las migas que en él habían dejado los bocadillos con que mi mujer les había obsequiado entretanto.

—Estamos realmente muy contentos de haberles conocido por fin a ustedes cara a cara —dijo cordialmente.

Y diciendo esto me dio un codazo en las costillas y añadió en voz baja:

—¡Vigile su peso, muchacho! Se le ve la barriga desde la casa de enfrente.

—Le agradezco que me llame la atención sobre esto —le respondí un poco avergonzado.

—No hay de qué. Cuando se puede ayudar a un vecino, se le debe ayudar. ¿No opina usted lo mismo?

—Naturalmente.

—¿Y no opina que el dibujo de flores de sus cortinas…?

—Tiene usted toda la razón.

Rogamos a los Grossmann que volviesen muy pronto. Poco después vimos encenderse la luz en el quinto piso de la casa de enfrente. En el marco de la ventana se divisó la esbelta figura de Dobby. Cuando enfocó hacia nosotros sus prismáticos de Hong Kong, le hicimos señas con la mano. Él nos las hizo también a nosotros. No había duda de que habíamos hecho unos nuevos amigos.

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