Texto aleatorio

ALGUNOS niños no quieren a ningún precio ir a dormir a la hora que deben hacerlo y se burlan de todos los esfuerzos de sus padres. ¡Qué diferente es nuestro Amir! Se va a la cama con una regularidad que permite a uno poner el reloj a la hora: a las ocho y media de la noche en punto, ni un minuto más, ni un minuto menos. Y a las siete de la mañana se levanta fresco y sonrosado, tal como lo quiere el doctor y dando a sus padres una gran alegría.

Aunque hablemos tan gustosos de la docilidad de nuestro hijito y de su oportunidad en irse a la cama, ello tiene, por desgracia, un pequeño inconveniente: es que no es verdad. Todos los padres mentimos. En realidad, Amir se acuesta entre las once y media y las dos y cuarto. Ello depende de cómo esté el firmamento y de cuál sea el programa de televisión. Por la mañana, sale de la cama arrastrándose a gatas, tan rendido de sueño está. Los domingos y los días de fiesta, puede decirse que no abandona la cama.

Ahora bien, no se trata en modo alguno de que el pequeño rehúse seguir las recomendaciones del médico y se niegue a ir a la cama a las ocho y media. A esta hora en punto se introduce en su pijama, dice: «¡Buenas noches, queridos papás!», y se retira a su dormitorio. Solo al cabo de un determinado intervalo de tiempo (a veces dura un minuto, a veces minuto y medio) vuelve a levantarse para limpiarse los dientes. Luego bebe algo, después tiene que hacer pipí, más tarde busca si hay algo en su cartera de ir a la escuela, vuelve a beber alguna cosilla, generalmente delante del televisor, a continuación se pone a charlar con el perro, vuelve a hacer pipí, observa los caracoles de nuestro jardín, observa el programa de la televisión jordana y examina el frigorífico por si encuentra alguna golosina. Así llega a las dos y cuarto y al momento de irse a dormir.

Naturalmente, este género de vida no pasa por él sin dejar rastro. Amir está un poco pálido, incluso casi transparente, y con los grandes cercos alrededor de sus ojos parece a veces un espectro que llevase gafas. En los días calurosos, según nos hizo saber su maestro, se duerme en medio de las lecciones e incluso se cae yendo a parar debajo del banco. El maestro se informó de cuándo va a dormir Amir. Nosotros le respondimos:

—A las ocho y media en punto.

Durante mucho tiempo nos dio que pensar el hecho de que todos los niños de nuestra vecindad fuesen a dormir a la hora debida, por ejemplo, la niña Avital, hija de Gedeón Landesmann. Gedeón exige en su casa obediencia estricta y disciplina férrea. Él es el amo y basta. Avital se acuesta puntualmente a las nueve menos cuarto, según pudimos comprobar personalmente una vez que hicimos una visita a los Landesmann, no hace mucho tiempo. A las ocho cuarenta y cuatro minutos Gedeón dirigió una mirada al reloj y dijo en forma breve, pausada y que no admitía réplica:

—Tally, cama.

Ni una sílaba más. Esto es suficiente. Tally se levanta de su asiento, dice buenas noches a su alrededor y pasito a pasito se encamina hacia su cuarto sin dar la más ligera muestra de rebelión juvenil. Nosotros, la mejor de todas las esposas y yo, bajamos la cabeza avergonzados ante la idea de que a aquella misma hora, nuestro hijo Amir vaga por las habitaciones semioscuras como Hamlet en Helsingör. Nos sentimos avergonzados hasta la una y media de la madrugada. A la una y media se abrió la puerta, apareció la obediente niña Avital con unos periódicos bajo el brazo y preguntó:

—¿Dónde están los suplementos del fin de semana?

Ahora le tocó el turno a Gedeón de sentirse avergonzado. Y desde aquella noche les decimos a todos nuestros invitados que nuestros niños se acuestan puntualmente.

Por lo demás, sabemos muy bien qué es lo que le impide a Amir dormirse a la hora debida. Se infectó de este virus durante la Guerra de Yom Kippur, cuando la radio, hasta primeras horas de la mañana, emitía las noticias del frente y nosotros no queríamos impedir a nuestro hijo que las escuchara. Este error pedagógico no lo paga ahora con paseos nocturnos, limpieza de dientes, meadas, coloquios con el perro y observación de caracoles.

Una vez atrapé a Amir a las dos y media de la madrugada en la cocina con una botella de «Coca-Cola» en la mano.

—¿Por qué no duermes, hijo? —le pregunté.

La respuesta, en cierto modo sorprendente, fue:

—Porque me aburro.

Intenté ilustrarlo a base de contarle numerosos ejemplos sacados del reino animal cuyos individuos se duermen al anochecer y despiertan cuando amanece. Amir me rebatió con el ejemplo contrario del mochuelo, que desde siempre ha sido su idea, mejor dicho, desde ayer. Yo consideré la conveniencia de darle una azotaina, pero la mejor de todas las esposas no me lo permitió. No puede soportar que pegue a sus niños. Así, tuve que contentarme con exigirle en tono brusco que se fuese a dormir. Amir se marchó y estuvo resolviendo palabras cruzadas hasta las tres de la madrugada.

Nos dirigimos a un psicoterapeuta, el cual nos aconsejó encarecidamente que no ejerciésemos violenta presión sobre el modo de ser del pequeño. «Dejen ustedes el desarrollo del niño en manos de la Naturaleza», fue lo que nos dijo el experto especialista. Dimos una oportunidad a la Naturaleza, pero no la aprovechó. Cuando, poco después, encontré a Amir a las tres y media de la madrugada pintando dirigibles con tiza de colores en la pared, perdí los estribos y llamé por teléfono al indulgente psiquiatra.

En el otro extremo del hilo respondió una voz infantil:

—Papá está durmiendo.

La salvación llegó durante los días de Pascua. No vino inmediatamente. El primer día de fiesta de la escuela, Amir estuvo despierto hasta las cuatro menos cuarto de la madrugada, el día segundo hasta las cuatro y veinte minutos. Su activa vida nocturna no nos dejaba dormir a nosotros.

¿De qué nos servía contar ovejas, si nuestro propio corderito andaba loqueando, terriblemente despierto?

La cosa fue empeorando cada vez más. Amir se dormía cada vez más tarde. La mejor de todas las esposas quería darle una azotaina, pero yo no se lo permití. No puedo soportar que pegue a mis hijos.

Y luego, repentinamente, ella tuvo la idea salvadora.

—Ephraim —dijo, incorporándose de pronto en la cama—. ¿Qué hora es?

—Las cinco y diez —bostecé yo.

—Ephraim, tenemos que resignarnos a no poder hacer retroceder cronológicamente a nuestro hijo hasta lograr que se duerma a una hora normal. Pero ¿y si lo hiciésemos avanzar cronológicamente?

Así sucedió. Dimos plena libertad a las ojeras de Amir e incluso le animamos para que no se durmiese.

—Ve a la cama, si tienes ganas, es lo que más te conviene.

Nuestro hijo se mostró sumamente cooperativo y ciertamente con el siguiente resultado:

Al tercer día del tratamiento, se durmió a las cinco y media y se despertó a la una de la tarde.

Algunos días más tarde, se fue a la cama a las tres y media y se despertó a medianoche.

En el día decimoséptimo, fue a dormir a las seis de la tarde y se despertó con los pájaros.

Y en el último día del total de tres semanas de vacaciones, Amir se había puesto al corriente. A las ocho y media en punto de la noche se dormía y a las siete en punto de la mañana se despertaba. Y así ha continuado haciéndolo. Nuestro hijo duerme con tanta regularidad, que se puede poner el reloj a la hora fijándose en él. Lo decimos no sin cierto orgullo.

Sin embargo, también es posible que no digamos la verdad, como todos los padres.

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