HACE algunos meses, un genio desconocido hizo el descubrimiento de que los libros ilustrados solo pueden contar con el interés del niño pequeño cuando el niño pequeño puede pegar él mismo las ilustraciones y emporcar luego con el pegamento sobrante los muebles y las alfombras. El resultado de este descubrimiento es un álbum que ha sido ya la causa de que se hayan ido a pique el 40 por ciento de los matrimonios de nuestro país. El álbum se titula Las maravillas del mundo. Comprende un total de 46 hojas, cada una de las cuales ofrece espacio para un total de nueve cromos que deben pegarse y que deben adquirirse en la tienda de juguetes de Selma Blum. Los cromos son de un alto valor educativo porque ilustran al niño pequeño en forma alegre, fácilmente inteligible y multicolor acerca de la evolución de nuestro planeta, comenzando por los monstruos prehistóricos a través de las pirámides hasta las modernas prensas para imprimir que en el tiempo más breve producen 100 000 cromos para que el niño pequeño pueda pegarlos en un tiempo algo más largo. Las rotativas trabajan veinticuatro horas al día. Trabajan para mi hijo Amir.
El truco de este moderno método pedagógico consiste en que la señora Blum vende los cromos en sobres cerrados y en que los niños adquieren siempre un gran número de duplicados antes de encontrar un cromo nuevo. Con ello arruina por un lado las finanzas paternas, pero, por otro lado, debido a los valores de cambio que se producen, desarrolla ya en edad temprana un sano sentido para ulteriores transacciones bursátiles.
Mi hijo Amir manifiesta en ese campo un talento muy digno de tenerse en cuenta. Puede decirse tranquilamente que él domina el mercado. Desde hace meses invierte el dinero que le damos para sus gastos en el negocio de los cromos. Su cuarto rebosa de maravillas del mundo. Cuando se abre un cajón, salen al exterior una docena de brontosaurios.
—Hijo —le pregunté un día—, ya hace tiempo que tu álbum no puede contener más maravillas. ¿Por qué sigues comprando otras nuevas?
—Por si acaso —respondió Amir.
En honor suyo hay que decir que no tiene idea de lo que está pegando. No lee los textos que corresponden a las ilustraciones. Sobre la fuerza centrífuga, por ejemplo, solo sabe que a cambio de ella obtuvo de su amigo Gilli dos peces espada y un avión «Messerschmitt n.º 109».
Además, roba. Lo descubrí durante una de mis raras siestas, cuando casualmente abrí los ojos y vi a mi vástago pelirrojo que estaba buscando algo en los bolsillos de mi pantalón.
—¿Qué haces ahí? —le pregunté.
—Busco dinero. Gilli necesita un erizo de mar.
—Pues que robe Gilli el dinero a su papá.
—No puede. Su papá tiene muy mal genio.
Me aconsejé con la madre del delincuente. Decidimos aconsejarnos con la maestra de Amir, la cual, a su vez, pidió consejo a otros miembros del cuerpo docente. Ello se convirtió en una asamblea de padres sumamente concurrida. En opinión del cuerpo docente, el número de cromos que se halla en poder del alumnado oscila entre los tres y los cuatro millones en cada clase.
—Quizás —insinuó uno de los pedagogos— habría que llamar la atención del fisco sobre el excesivo beneficio de los que fabrican los cromos. Ello tal vez restringiría un poco la producción.
La propuesta no encontró aprobación. Era evidente que también entre los padres que se encontraban presentes había varios aprovechados.
La contribución que yo aporté a la discusión fue la preocupada comunicación de que Amir comenzaba a robar.
Una carcajada general fue la respuesta.
—Mi hijo —informó una madre acongojada— no hace mucho que emprendió un asalto a mano armada. Se abalanzó con un cuchillo sobre su abuelo, el cual había rehusado darle dinero para comprar cromos.
Varios padres propusieron hacer durante algún tiempo el boicot a la industria papelera, otros querían que, por lo menos durante medio año, se prohibiese comprar pegamento. Una contrapropuesta, emitida por un tal señor Blum, recomendaba el denominado «sistema danés» que, como es sabido, ha dado excelente resultado en el campo de la pornografía: había que comprarles a los niños tantos cromos que al final quedasen saturados. Esta propuesta fue aceptada.
Al día siguiente, traje a casa una cesta con nuevos cromos, entre los cuales figuraban La cultura de los aztecas y El primer avión de Leonardo.
Amir aceptó el regalo sin muestras de especiales sentimientos. Utilizó los cromos para fines de intercambio y llenó con el producto de intercambio todos los cajones que aún no habían sido llenados. El sobrante lo puso en el vestíbulo. Desde entonces, cada mañana tengo que hacer expedito el camino de la puerta valiéndome de una pala. El cuarto de baño está bloqueado por los dinosaurios. Y el álbum con el que se inició todo el desastre hace ya mucho tiempo que yace sepultado debajo de las «Formaciones de rocas de la época terciaria».
Ayer conseguí de tal modo limpiar mi gabinete de trabajo, que pude sentarme a leer un poco en la mecedora, al fin libre de cromos. De pronto vi ante mí a mi hijo, llevando en la mano una pila de unas cincuenta fotos repetidas del famoso futbolista Giora Spiegel.
—También tengo ya veintidós Pelés y una docena de Bobbys Moore —me informó no sin orgullo.
Acababa de aparecer El mundo del deporte, que hacía una despiadada competencia a Las maravillas del mundo.
Me despido de mis lectores. Era bonito escribir para ustedes durante años. Les agradezco que me hayan venido honrando con su lectura. Si durante algún tiempo ya no oyen hablar de mí, será mejor que busquen mi cadáver en el rincón izquierdo del cuarto de estar, debajo de un montón de vigorosos extremos sudamericanos y guardametas europeos.
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