Texto aleatorio

—¡EPHRAÍM! —llamó desde la habitación contigua la mejor de todas las esposas—. ¡Pronto estaré lista!

Eran las ocho y media de la tarde del 31 de diciembre. Desde que había oscurecido, mi mujer se hallaba sentada frente al gran espejo de su dormitorio arreglándose para la fiesta de San Silvestre que nuestro amigo Tibí había organizado en honor del calendario gregoriano. El 31 de diciembre empieza a oscurecer poco después de las tres de la tarde. Pero ahora, mi mujer pronto estaría lista. «Ya sería hora —dije yo— porque le prometimos a Tibí que estaríamos en su casa, a más tardar, a las diez».

Un anfitrión siempre cuenta con un cuarto de hora de retraso, replicó la mejor de todas las esposas, y otro cuarto de hora no haría daño alguno. Dijo que las fiestas, sobre todo la de San Silvestre, siempre resultan aburridas al principio. El ambiente se va formando luego, poco a poco. Y además, tal era la conclusión a que había llegado, aún no sabía qué vestido había de ponerse. Todo eran viejos harapos.

—No tengo nada que ponerme —dijo la mejor de las esposas.

Lo dice en cualquier ocasión, independientemente de cuándo y para qué salimos de casa. Sin embargo, casi no puede cerrar con llave su armario, tan repleto de ropa lo tiene que parece que va a reventar. No obstante, el hecho de que observaciones como la que acabamos de citar formen parte del vocabulario cotidiano, tiene otra razón. Ella quiere darme a entender que no cumplo con mis obligaciones de mantener la casa, que gano poco dinero, que soy una medianía. Yo, por mi parte, lo reconozco, no entiendo manda de vestidos de mujer. Los encuentro horrorosos, todos sin excepción. A pesar de ello, mi mujer me endosa siempre la decisión de lo que debe ponerse.

—Podría ponerme el negro liso —reflexionó esta vez—. O el azul, muy cerrado por arriba.

—Sí —dije yo.

—¿Dices que sí? ¿A cuál te refieres?

—Al muy cerrado por arriba.

—Pero no hace para una fiesta de San Silvestre. Y el negro es demasiado solemne. ¿Qué te parece la blusa blanca de seda?

—No está mal.

—¿Pero no resulta demasiado deportivo, una blusa?

—¿Deportivo una blusa? ¡Qué va!

Corrí hacia ella para ayudarla a cerrar la cremallera y prevenir un nuevo cambio de parecer. Mientras ella pasaba revista a las medias que podía ponerse, yo me retiré al cuarto de baño y me afeité.

Parece constituir una ley elemental el hecho de que las medias que una mujer podría ponerse para determinada ocasión nunca se presentan por pares, sino siempre en forma singular. También aquí y ahora. De las medias que habrían hecho juego con la blusa, solo había una, y la blusa no hacía juego con el único par de medias que había completo. Como consecuencia de ello, hubo que renunciar a la blusa. Comenzó de nuevo la búsqueda entre los viejos trapos.

—Ya son más de las diez —me aventuré a observar—. Llegaremos tarde.

—No importa. Así te perderás algunos de los chistes malos que siempre cuenta tu amigo Stockler.

Yo ya estaba preparado para salir, pero mi mujer aún no había resuelto la cuestión de si «nácar o plata». De dos géneros de medias había ya sendos pares completos y esto aún hacía más difícil la elección. Quizás aún no se habría efectuado cuando diesen las once.

Me dejé caer en un sofá y me puse a leer los periódicos del día. Mi mujer buscaba entretanto un cinturón que hiciese juego con las medias que había elegido. Lo encontró ciertamente, pero no encontraba, en cambio, ningún bolso que armonizase con el cinturón.

Emigré hacia la mesa escritorio para escribir unas cartas y una historia corta. También flotaba ya en mi mente un tema para un ensayo algo más largo.

—¡Ya estoy! —resonó cerca de mí la voz de mi mujer—. ¡Ten la bondad de ayudarme con la cremallera!

A veces me he preguntado qué harían las mujeres si no tuviesen maridos para ayudarles con sus cremalleras. Probablemente no irían a ninguna fiesta de San Silvestre. Mi mujer tenía un ayudante de cremalleras y, a pesar de ello, tampoco iba. Se sentó ante el espejo, se engalanó con un elegante peinador de nylon y comenzó a trabajar en su maquillaje. Primero viene la capa líquida de fondo, después los polvos. Los ojos están aún vírgenes de tinta para las pestañas. Los ojos vagan de un lugar a otro en busca de unos zapatos que armonizasen con el bolso. El par de color beige se halla, desgraciadamente, en la zapatería, los negros con tacones altos son preciosos, pero no sirven para andar y los de tacón bajo son adecuados para andar, pero tienen el tacón bajo.

—¡Son las once! —digo yo, poniéndome de pie—. Si aún no estás lista, me voy yo solo.

—¡Ya voy, ya voy! ¿Por qué tanta prisa?

Me quedo de pie y miro cómo mi mujer se quita el peinador de nylon porque ahora ha decidido ponerse el vestido negro de cóctel. Pero ¿dónde están las medias que hagan juego con él?

A las doce se me ocurre un ardid. Me dirijo con pasos perfectamente audibles hacia la puerta de la calle, hago resonar un saludo de despedida proferido en tono furioso, abro la puerta y la cierro con un golpe, aunque sin salir de la casa. Entonces, conteniendo la respiración, me arrimo a la pared y espero.

No pasa nada. Reina un absoluto silencio.

Ahora. Mi mujer se ha dado cuenta de la gravedad de la situación y se apresura. He conseguido hacerla entrar en razón. A veces, un marido tiene que hacerse valer.

Han transcurrido cinco minutos. En realidad, no es el sentido de la noche de San Silvestre lo que le hace a uno apretarse en silencio y sin moverse contra una pared.

—¡Ephraim, ven a cerrarme la cremallera!

Bueno, al menos se ha decidido ahora por la blusa de seda, pues en el vestido negro se había descosido una costura. También procede ahora a cambiarse las medias. Nácar o plata.

—¡Vamos, Ephraim, ayúdame un poco! ¿Qué me aconsejarías?

—Que nos quedásemos en casa y nos acostásemos —dije yo, y me quité el smoking y me eché en la cama.

—No seas ridículo. Dentro de diez minutos estoy lista, como máximo…

—Son las doce. El nuevo año ya ha empezado. Con sonido de órgano y toque de campanas. Buenas noches.

Apagué la lámpara de la cama y me dormí. Lo último que había visto todavía en el año viejo era mi mujer, que ante el espejo se pintaba las pestañas, con el peinador de nylon sobre los hombros. Yo odiaba aquel peinador como jamás un peinador ha sido odiado. Su visión me persiguió hasta el sueño. Soñé que yo era Charles Laughton, que en paz descanse, y ciertamente en el papel de Enrique VIII. Ya recuerdan ustedes, hizo decapitar a seis mujeres. Una después de otra fueron conducidas al cadalso en medio del júbilo de la multitud, una después de otra pidieron como última merced el poder justificarse una vez más con el peinador sobre los hombros…

Tras un sueño profundo y reparador, desperté el año siguiente. La mejor esposa de todas estaba sentada ante el espejo, con un vestido azul muy cerrado por arriba y se estaba pintando de negro los párpados. Me sobrevino entonces una gran debilidad interior.

—¿Te das cuenta, muchacho —sentí que me susurraba el subconsciente—, de que tienes una loca por mujer?

Miré el reloj. Iba a dar la una y media. Mi subconsciente tenía razón: estaba casado con una chiflada. Ya estaba dudando de mi propia conciencia de las acciones. Me sentía como el condenado de A puerta cerrada, de Sartre. Estaba condenado al infierno, estaba encerrado en un pequeño cuarto con una mujer que se vestía y desvestía y vestía y desvestía siempre, eternamente…

Me da miedo. Sí, tengo miedo. Ahora ella ha empezado a cambiar una infinidad de objetos del gran bolso negro al pequeño bolso negro y luego viceversa. Casi está vestida, también está casi peinada del todo, y todavía se pregunta si se dejará o no despejada la frente. La decisión es tomada a favor de unas guedejas que se distribuyen graciosamente. Así, después de una larga reflexión, se disipan las dudas de que, sin embargo, una frente despejada hace mejor efecto.

—¡Ya estoy lista, Ephraim! Ya podemos irnos.

—Pero ¿tiene eso aún algún sentido, querida? ¿A las dos de la madrugada?

—No te preocupes. Todavía quedarán bastantes de aquellas pequeñas salchichas delgadas como palillos y duras como una piedra…

Es evidente que la mejor de todas las esposas está un poco enfadada, que toma a mal mi incontenible impaciencia y la manera brutal como trato de darle prisa. Pero esto no le impide realizar, ahora definitivamente, su maquillaje. Incluso se ha quitado ya el breve y elegante peinador de nylon. Yace detrás de ella, en el suelo. Sigilosamente, con sumo cuidado, procuro acercarme a él…

He quemado el peinador de nylon con mis propias manos. En la cocina. Lo sostuve encima del fregadero y lo encendí y contemplé cómo las llamas lo iban consumiendo lentamente. Algo parecido debía sentir Nerón cuando veía arder Roma.

Cuando volví a la habitación de mi mujer, puede decirse que ya estaba lista. La ayudé con la cremallera de su vestido negro de cóctel, le deseé mucha suerte en la búsqueda de las medias, me fui a mi gabinete de trabajo y me senté a la mesa escritorio.

—¿Por qué te vas? —oí que me gritaba ya a los pocos minutos mi mujer—. ¿Precisamente ahora que ya estoy casi lista? ¿Qué estás haciendo pues?

—Escribo una pieza de teatro.

—¡Date prisa! ¡Enseguida nos vamos!

—Ya lo sé.

El trabajo iba como la seda. A grandes rasgos bosquejé el personaje principal. Tenía que ser un artista importante, quizás un pintor o un virtuoso del piano, o un escritor satírico, que había comenzado su carrera con gran entusiasmo y ganas de vivir, pero que ahora, al cabo de algún tiempo, se encuentra desesperadamente embarrancado y no sabe por qué. Finalmente se percata de que su mujer lo frena y lo paraliza, impide su libertad de movimientos, le retiene cada vez que se propone hacer algo. Ya no puede soportarlo por más tiempo. Va a liberarse de los lazos con que su mujer lo tiene atado. En una noche larga, insomne, resuelve abandonarla. Ya se encamina hacia la puerta…

Entonces la ve en el cuarto de baño, de pie ante el espejo, lavándose la cara. Le ha desagradado el color del sombreado de sus párpados y quiere aplicarse otro nuevo. Para ello es preciso cambiar todo el maquillaje con todos sus accesorios, todo.

No, una vida así carece de sentido. Es de esperar que la soga que hace poco vi en el cuarto de los trastos esté todavía allí. Y es de esperar que sea resistente…

De alguna forma mi mujer debió notar que yo estaba ya de pie encima de la silla, debajo del crucero de la ventana.

—¡Ephraim! —gritó—. ¡Déjate de tonterías y ven a cerrarme la cremallera! ¿Qué ocurre ahora de nuevo?

Nada. No ocurre nada en absoluto. Son las dos y media de la madrugada y mi mujer está de pie en el cuarto de baño ante el espejo y con el pulverizador se perfuma el cabello, mientras con la otra mano palpa buscando los guantes que, cosa extraña, están en el suelo. Y, cosa extraña, los guantes. Hasta aquí hemos llegado. Difícil de comprender, pero hasta aquí.

Un tenue y débil rayo de esperanza brilla a través de la oscuridad. Valía, pues, la pena esperar con paciencia y perseverancia. Dentro de un ratito nos iremos de verdad, a la casa de Tibi, a la fiesta de San Silvestre. Ya son las tres de la madrugada, pero seguramente habrá allí todavía algunas personas y todavía habrá buen humor, come el de mi mujercita, que irradia energía y actividad, mientras hace pasar los objetos del bolso negro grande al bolso pequeño blanco, lanza una postrera mirada al espejo y yo me encuentro de pie detrás de ella, y entonces ella se vuelve bruscamente y me dice:

—¿Por qué no te has afeitado?

—Sí me he afeitado, cariño. Hace rato, mucho rato. Cuando tú empezaste a vestirte. Entonces fue cuando me afeité. Pero si tú crees…

Me fui al cuarto de baño. Desde el espejo me miraba fijamente el rostro arrugado de un melancólico envejecido, víctima de los golpes del destino, el rostro de un hombre casado cuya esposa se halla de pie en la habitación contigua, apoyándose sobre un pie y luego sobre el otro, llena de impaciencia, hasta que no puede más y dice con un tono de reproche:

—¡Anda, date prisa, que siempre tengo que esperarte!

.


Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar