A un recién inmigrado como yo pueden sucederle cosas extrañas. Por ejemplo, una mañana puede despertar y recordar con sonrisa satisfecha el sueño que acaba de tener, en el cual, en la remota ciudad provinciana húngara de Hodmezövasárhely, hablaba con soltura el hebreo con su abuela. Esta es, a mi modo de ver, la cima máxima de la aclimatación. (La segunda cima sería que a uno empezara a gustarle la cocina israelí).
En todo caso, dentro del ajetreo de la vida cotidiana, es bueno de vez en cuando hacer una pausa y preguntarse uno mismo si, además del acento, le ha quedado a alguno alguna cosa de los pasados tiempos del exilio húngaro.
El breve examen a que sometí a mi corazón dio como único resultado que solamente soy capaz de dividir en húngaro. Sumar y restar puedo hacerlo ya en hebreo, también con la multiplicación me sale bastante bien, pero la división, esto lo sabe cualquier niño, es una especialidad húngara. Continuamente me causa sorpresa el que haya personas que sepan desenvolverse en este campo de la división sin tener conocimientos de la lengua húngara.
Mi hijo Amir lo consigue sin esfuerzo, a no ser que en ocasiones llame a su padre en su ayuda, cuando no logra salir adelante con sus deberes de matemáticas para realizar el problema. Entonces acostumbro a calcular mental y rápidamente el problema planteado y luego traduzco el resultado a la lengua de la Biblia, suponiendo que llegue a algún resultado, cosa que no siempre sucede. Con mayor frecuencia debo indicarle a mi hijo segundo que los deberes para hacer en casa no son para que se hagan en colaboración con el jefe de la familia.
—Siéntate y concéntrate —reza mi consejo pedagógico.
Al fin y al cabo, sería un método educativo completamente erróneo el dejarle entrever que no soy capaz de distinguir entre una fracción verdadera y una fracción falsa, nada digamos entre una sucesión aritmética y una sucesión geométrica.
—Papá —me pregunta Amir—, ¿es posible expresar también un número cardinal como fracción decimal?
—Todo es posible —le respondo yo—. Es cuestión de fuerza de voluntad. Anda, ve a tu cuarto.
Estas fracciones decimales van a volverme loco. El libro de ejercicios de Amir está lleno de ellas. Allí todo es quebrado, todo es una diecisieteava parte de algo o treinta y ochocientonovenas partes. Incluso he descubierto una fracción llamada 8/6371, claro síntoma de nuestro orden social que se está desmenuzando y fraccionando. No sé por qué. A mi edad, uno no quiere que le recuerden continuamente los problemas no resueltos de la juventud. Uno quiere descansar.
Y he aquí que de pronto, en el Japón se funda un Instituto de investigación espacial y se crea una computadora de bolsillo. Este aparato en miniatura, del tamaño de una caja de cerillas bien desarrollada, resuelve los problemas de cálculo más complicados y tiene la enorme ventaja de que sin dificultado se le puede pasar de contrabando por la Aduana.
Un ejemplar de esta maravilla japonesa se encuentra ahora al alcance de mi mano, encima de mi mesa escritorio. Cada vez que me encuentro ante un reto matemático, pulso su teclado como el de un bien afinado piano. Incluso invento problemas difíciles de resolver, como, por ejemplo:
378,56973/63,41173=
En la época precomputadora, a la vista de semejante acumulación de cifras, me habría dado un acceso de rabia, y si mi futuro hubiese dependido de la resolución de este problema, habría dicho: quedaos con mi futuro y dejadme tranquilo. Desde que poseo la caja maravillosa, ya nada me asusta. Pulso unas teclas y ahí está la respuesta.
Por desgracia, también mi hijo Amir ha descubierto cuán sencilla puede ser la vida. Con el instinto animal del niño ha descubierto las facilidades que también para él puede contener el progreso técnico.
Ayer, cuando volví a casa, lo encontré sentado a mi mesa escritorio, a la izquierda el libro de ejercicios abierto y a la derecha la cajita mágica cuyas teclas pulsaba con increíble virtuosismo.
—¿Qué te has creído? —le dije, indignado—. ¡Debes hacer tú mismo tus deberes escolares! Sin decir palabra, Amir me puso debajo de la nariz el problema que le prescribía su libro de ejercicios: decía así:
«Un hombre dispone en su testamento la siguiente distribución de su fortuna: 2/17 para su mujer; 31,88 por ciento de la suma restante a su hijo mayor, 49/101 del resto al hijo segundo y lo que queda es para su hija, la cual recibe 71.4071/4 libras. ¿Cuánto recibe cada uno de los otros herederos?».
Creo que de todo ello se desprendía que el difunto o bien era una persona de carácter muy poco equilibrado o bien, más allá de la tumba, quería vengarse de su familia, con la que evidentemente había vivido muy mal. Pero ello no justificaba todavía a mi hijo y heredero Amir para arreglar mediante ejercicios de dedos en una computadora la disputa familiar. Por consiguiente, le amonesté así:
—Hijo mío, la aritmética no se practica con máquinas, sino con papel y lápiz.
—¿Por qué? —preguntó Amir.
—Porque no siempre vas a tener una computadora a mano. ¿Qué harías, por ejemplo, si la batería no funcionase?
—Compraría otra.
—¿Y si fuese día de Sabbath?
—Le pediría a Gilli que me prestase su computadora.
—¿Y si él no estuviese en casa?
—Te la pediría a ti.
La respuesta típica de un pelirrojo. Además, Gilli no es el único de sus amigos que se encuentra en posesión de una computadora. Casi cada uno de estos repelentes pilluelos tiene una. Sus irresponsables padres pasan de contrabando por la Aduana las cajitas mágicas y desarrollan una nueva generación, generación corrompida, una pobre generación de computadora, la cual ya no sabe dividir, en ningún idioma, sea el que sea.
Yo, por mi parte, he resuelto el problema con un indolente movimiento de mi mano. Mi mano se mueve (no sé si casual o intencionadamente) de una manera tan brusca, que resbala de ella la pequeña maravilla japonesa y va a parar al suelo, donde se descompone en sus partes.
Yo me arrodillé y recogí los fragmentos. Pero en medio de ellos no había ni la más pequeña ruedecita, ningún mecanismo, en general, nada misterioso. Solo cierto número de tiras de papel con signos impresos. Y esta cosa tan insignificante es capaz de realizar los más complicados cálculos, de resolver en unos segundos problemas matemáticos que a mí, que soy un prestigioso escritor y factor de cultura, hacen encanecer mis cabellos. ¿Qué duendecillo está operando en su interior? Tengo miedo.
Amir, mi hijo sin miedo, se enteró con sospechosa tranquilidad de la noticia de que mi computadora había quedado inservible.
Incluso su madre, la mejor de todas las esposas, concibió sospechas.
—Ephraim —dijo— no me sorprendería que Amir tuviese su propia computadora.
Registramos el cuarto de Amir con minuciosidad paternal, pero no encontramos nada. Quizás haya en su clase de la escuela un escondrijo para computadoras bien camuflado. Estas cosas se construyen ahora en un formato cada vez menor. Por consiguiente uno se las podrá esconder en el pabellón del oído.
Sea lo que fuere, Amir obtiene en matemáticas las mejores notas y sonríe como la Gioconda junior.
Tiene razón. El futuro pertenece a las computadoras y a los enanos. A mí no me queda más remedio que maldecir en húngaro. Ya no sé dividir ni siquiera en húngaro.
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